Pedro no estaba seguro si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre, pero si sabía que no era normal que los cuervos lo persiguieran a cualquier lugar. Incluso cuando iba a la facultad lo miraban a través de las ventanas.

Él sabía que no se iban a ir pronto, así que adoptó la idea de tenerlos como cuidadores, y eso le gustaba, ya que la idea de que le sacaran un ojo con sus picos a cualquiera que intentara propasarse con él lo hacía sentir protegido, un calorcito en el pecho que le recordaba que ya no estaba más solo, que al fin alguien (o algo) cuidaría de él.

Lo llamaron “el rarito de los cuervos”, hasta una vez escuchó a la vecina de enfrente, una señora muy católica, llamarlo “el portador de la muerte”, y la idea le dio tanta gracia que sentía como los cuervos se reían de ella.

Podía ser un presagio de desastre, de muerte, pero él lo consideraba una señal maravillosa, una suerte de fortuna que nunca esperó que llegaría. Más que nada porque eran muy útil

No solo para protegerlo, como había dicho, o hacerle compañía que tanto le hacía falta, sino que también sabían ocultar cosas.

Porque cuando llegaba a casa, y se iba al patio de la casa con una puerta que lo llevaba al sótano, dejaba pasar a los cuervos con él, a un par, suficiente para que cumplieran su función, mientras que otros se quedaban vigilando parados sobre los faroles o cables de la calle, era importante que nadie llegara de improvisto.

Y allí adentro, cuando cerraba las puertas del sótano y prendía la pequeña luz, se veían los cadáveres, algunos en descomposición, algunos con ya poca carne aferrándose a los huesos.

A sus cuervos les encantaba, llegaban con hambre, dispuestos a arrancar toda la carne que tenían o que quedaba de esos cuerpos moribundos. Dejaban a los cadáveres vacíos hasta los huesos, no llegaban ni a tener moscas de lo rápido que los cuervos se encargaban de comer la carne.

Y ahí Pedro entendía porque se quedaban con él, les daba de comer, una gran cantidad de comida, y ellos a cambio le devolvían fidelidad.

Por suerte para ambos, no dejaría nunca de haber cuerpos en el sótano. Hasta que sus capacidades fallaran, Pedro seguiría alimentando a sus compañeros, y ellos también estarían ahí, hasta su muerte, esperando para comer su carne.

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