Tenía 25 años. Salía a trabajar como cualquier persona normal. El detalle es que, cuando la vida se vuelve una eterna rutina, eso puede ser lo más peligroso para el ser humano.
Yo era de los que tomaban y sobrevivían a su propia existencia. No pasaba nada interesante. Llegaba una chica y, con lo mismo, se iba. Vivía en una casa de dos cuartos y estaba completamente solo. Regularmente, solo llegaba, preparaba la cena y me dormía.
Un día me puse a limpiar el cuarto. Había un desorden que nunca había ordenado. Había cosas de los antiguos inquilinos y nunca me había detenido a observar qué había ahí cuando me mudé. Hasta ese día.
Mientras limpiaba, encontré zapatos, muebles, televisores… Poco a poco fui sacándolo todo, hasta que llegué al final y observé un cajón. Intenté abrirlo, pero no pude. Parecía tener un candado.
Me fui a la sala con el cajón y, utilizando una herramienta, logré abrirlo. Dentro había un botón rojo y una pequeña caja a la que parecía conectarse.
La curiosidad recorrió todo mi cuerpo. Conecté el botón rojo a la cajita, pero no pasó nada. Así que lo dejé ahí y continué limpiando.
Después me fui a la cama y me acosté a dormir.
Cuando desperté, ya era de mañana y tenía que trabajar. Fui al baño a lavarme los dientes, pero me di cuenta de que no había agua.
—Rayos —pensé.
Fui donde el vecino para preguntarle si él tenía agua, pero cuando toqué la puerta, nadie respondió. Me tuve que ir así.
Cuando salí, todo parecía estar bien, pero no había ningún carro en la calle. Se me hizo raro.
Cuando llegué al trabajo, no había nadie.
«¿Qué estará pasando?», pensé.
Esperé y esperé, pero no llegó nadie. Anduve por toda la zona de trabajo y no había una sola persona. Así que regresé a mi casa y empecé a observar.
Nada estaba abierto.
Se me hizo aún más raro.
Al llegar a mi casa recordé que tenía un perro. El vecino le daba de comer porque trabajaba después de las doce, y por las noches yo me encargaba de alimentarlo.
Uno siempre necesita de alguien. La vida necesita de uno y uno necesita de ella.
Cuando llegué, quise ir a verlo. Estaba ahí, acostado.
Lo toqué.
No respondió.
Volví a tocarlo.
Nada.
Había muerto.
Cavé un hoyo y lo enterré. Ese perro me había acompañado durante casi ocho años. Era un buen perro. Aunque las pulgas hubieran hecho un hogar en él, yo había hecho un hogar para él.
Encendí la televisión.
Todo estaba congelado.
No podía entender qué había pasado.
Salí afuera y observé la casa de mi hermano. Fui a visitarlo. Él trabajaba por la noche y, a veces, tenía que dormirse cerca de las once porque debía dejar a sus hijos en el kínder por la mañana. Así que supuse que estaría ahí.
Cuando llegué a su casa, ahí estaban los niños acostados.
Y él también.
—¡Oto! ¡Despierta! ¡Algo raro está pasando!
No respondió.
Lo toqué.
Estaba tieso.
Le busqué el pulso.
No respiraba.
Miré a mis sobrinos.
Tampoco respiraban.
No podía creerlo.
Me puse a llorar.
Tenía que llamar a mamá y a mis otros hermanos. Los llamé una vez, y otra, y otra vez.
Nadie contestaba.
Salí corriendo en busca de ayuda, pero no había nadie.
No podía entender qué estaba pasando.
Fui a la casa de un vecino, rompí la puerta y entré.
Estaba ahí.
De pie.
Sin moverse.
Tampoco respiraba.
Me asusté y regresé corriendo a mi casa. Me senté en el sillón y comencé a pensar.
Y pensé.
Y pensé.
Hasta que lo vi.
El botón rojo.
Me dio curiosidad.
Lo apreté de nuevo.
Entonces escuché unos ladridos debajo de mi casa.
Salí corriendo.
Era mi perro.
El mismo perro que había enterrado hacía unos minutos.
Estaba vivo.
Corrí hasta la casa de mi hermano.
Estaba despierto, junto a mis sobrinos.
No entendía nada.
¿Qué estaba pasando?
Corrí a buscar el botón. Lo encontré y observé a mi perro moverse.
Lo apreté.
Mi perro se quedó completamente quieto.
—¿Qué es esto? —pensé.
Volví a apretarlo.
Se movió.
Lo apreté otra vez.
Todo quedó inmóvil.
Entonces lo entendí.
Ese botón podía detenerlo todo.
Podía detener el movimiento.
Podía detener la vida.
Busqué un martillo.
Apreté el botón una última vez, esperando que todo volviera a la normalidad.
Y destruí el dispositivo.
Me quedé mirando los pedazos en el suelo.
Entonces pensé:
No quiero un mundo donde nada se mueva.
De eso se trata la vida.
De que todo se mueva.
De que las personas lleguen y se vayan.
De que los días pasen.
De que las cosas cambien, aunque a veces duelan.
Porque, si nada se mueve…
¿qué haría un ser como yo en medio de un mundo lleno de gente inmóvil?
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