Caminaba entre colinas como un gigante. Me sentía en plenitud. A veces saltaba montañas y pensaba que, para los gigantes, no había nada que los superara.

Había momentos en los que aparecía un obstáculo frente a mí y pensaba que no lograría saltarlo porque estaba demasiado lejos. Pero, al final, siempre lo conseguía.

Hasta que un día caminé y caminé, hasta llegar a un lugar donde ya no había nada.

Parecía ser el final de las montañas.

Observé y vi que, a lo lejos, en medio de aquel abismo, había una pequeña luz.

Ese día no quise saltar hacia ella.

Me fui a casa y preparé mi cena, pero algo estaba mal. Algo se sentía diferente. La curiosidad inundó mi mente.

Al día siguiente, me preparé con unas poleas para bajar a aquel abismo.

Salí de casa, salté las montañas y las colinas, pero ya no me parecían divertidas.

Ya no me sentía un gigante.

Llegué a aquel abismo oscuro e insípido. Fui bajando poco a poco. El aire se sentía cada vez más pesado.

Después de varias horas descendiendo, llegué hasta la luz.

Era una pequeña fogata.

Ahí, sentado, había un niño con los pies y la cara cubiertos de barro.

Cuando le toqué la espalda, me di cuenta de que era yo de niño.

Comencé a recordar los días de tortura y sufrimiento que viví. Recordé la soledad que me acompañaba cuando no estaban ni mamá ni papá.

Solo éramos la fogata y yo.

Me senté a su lado.

Lo abracé.

Y le susurré al oído:

—Te sacaré de aquí. No volveré a dejarte en este abismo. Ahora estarás conmigo, porque hay unas colinas y unas montañas que todavía debes conocer.

Etiquetas: relato

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