La oscuridad me atormentaba, pero no la oscuridad natural, sino la oscuridad que hacía dentro de mí. Me desperté; tenía las manos en unas esposas, sentado en una silla de metal. Me dolían las posaderas, la mesa y la silla, estaba muy fría. Percibí un breve olor a cigarrillo cuando, de pronto, alguien interrumpió el silencio.
—¿Quién eres? —dijo.
—Nadie —respondí.
—¿Juegas conmigo? —dijo.
—No —respondí.
—¿De dónde eres? —dijo.
—De ninguna parte —dije.
No podía entender qué hacía ahí ni quién era la persona o cosa que me estaba haciendo preguntas, pero supe en un instante que esta no iba a sacar información de mí.
—¿A qué te dedicas? —dijo.
—Intento ser escritor —dije.
—¿A qué le escribes?
—A la nada —respondí.
—¿Y qué es la nada para ti?
—Cuando ganas y pierdes lo mismo, te da un resultado de nada. Te quedas en el limbo: no vas hacia adelante y tampoco para atrás, no tienes ni idea. Solo te quedas esperando tu muerte o un lugar como este, porque no sé si estoy perdiendo o estoy ganando en este lugar.
—¿Por qué crees que nunca has ganado?
—Porque la pérdida es el triunfo de un perdedor.
—¿Sueñas?
—No más por el día.
—¿A qué aspiras?
—A la nada.
—Entonces, ¿para ti qué es una victoria?
—Es sentarme en un sillón a fumarme un cigarrillo. Por cierto, ¿tienes uno?
—No.
—Bueno, cuando me fumo un cigarrillo y escribo, ahí triunfo.
—¿Y qué es la pérdida para ti?
—Que nadie lea mis escritos.
—¿Y por qué quieres que los lean?
—Para que vean que no soy tan perdedor. Y si alguien lee esto, sería una total victoria: sumaría uno a las victorias e iría ganando.
—¿Tienes familia?
—Sí, y mucha.
—¿Y por qué eres tan solitario?
—Porque un solitario conoce más el final que el inicio.
—¿Por qué crees que estás aquí?
—No lo sé. Tal vez caminé demasiado y supongo que tuve que llegar a algún lugar.
—¿Sabes quién soy?
—No lo sé; y si lo sé, está bien.
—¿Cuánto tiempo tienes de no ganar?
—Desde que nací.
Estaba pensando y preguntándome quién estaría jugándome esta jodida broma. Tal vez mi gato o mi perro… Mi perro tiene la mala costumbre de esconderme el control y creo que se unió con el gato para este malévolo plan. Los dejaré una hora afuera de casa por gastarme esta broma.
—¿En qué piensas?
—En mis mascotas.
—¿Son buenas?
—Antes pensaba que sí.
—¿Por qué?
—Cosas de la vida de los fracasados, que son acosados por sus mascotas.
—¿Amas a tus mascotas?
—Suelen ser buena compañía.
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Por qué?
—No llenaba la casa por completo y busco una más grande.
—¿Sufres por ello?
—A veces, pero ya pasó. Debe haber alguien a quien le guste lo pequeño y la comodidad de mi hogar.
—¿Quieres algo en tu vida?
—Un cigarro.
—¿Por qué?
—Me acompaña por las noches y me incita a escribir.
—¿Qué tiene que ver el cigarro con escribir?
—Cuando se enciende, porta la luz que debo alcanzar.
—¿Alguna vez la alcanzaste?
—Con ella lo logré. No fumaba porque a ella no le gustaba, así que no tenía necesidad de alcanzar la luz porque ya no estaba a oscuras: ella brillaba mucho más y me abrazaba y me besaba. Pero cuando se marchó, volvió la luz del cigarrillo.
—¿Te sientes cómodo en la oscuridad?
—No, la detesto. Por eso quería un cigarrillo, para empezar de nuevo.
—¿Quieres que encienda la luz?
—Por favor, ya estoy harto de no verte.
(Enciende la luz)
—¿Tú eres yo? —pregunté.
—Sí, soy la esperanza. Si no te traigo aquí, morirás sin haber visto la esperanza en persona.
Me desperté y todo era un sueño, al parecer. Pensé qué jodido debo de estar para mandarme a mí mismo como la esperanza. Esta vez no agarré un cigarrillo, me puse a escribir este relato. Creo que mañana se lo mostraré a alguna persona; esta vez tengo que ganar y desempatar esto. Mucho tiempo ganó la nada, y la nada no tiene nada donde escribir.
OPINIONES Y COMENTARIOS