Orestes Duarte. Primera Parte

Orestes Duarte. Primera Parte

DOCTOR ZAIUS

01/08/2026

Orestes Duarte. Primera Parte

Que yo recuerde, Orestes Duarte nunca perdió la costumbre de dar gracias a Dios por haber mantenido vivo en él aquel “don” de maravillarse con las cosas más nimias. Siempre. Podía sorprenderse uno al encontrarlo ensimismado en extravagancias casi inverosímiles, como aquella vez en la que permaneció por más de ocho horas tumbado sobre el césped del jardín, la cabeza semihundida en la tierra, imaginándose a sí mismo en un mundo fantástico en el que estuviera parejo en tamaño con los insectos. O las tardes interminables, charlando con su amigo Armando sobre lo divino y lo humano sin discriminar.

—Lo primero que debo admitir, muy a pesar mío, es que no sé distinguir el oro bueno de cualquier otro metal dorado —se lamentaba Armando de su falta de ojo para los metales valiosos—. No he sabido nunca identificarlo.

—Reconoce, Armando, que tú no vales para los negocios —contestaba Orestes, casi por inercia.

—Es verdad —admitió su amigo—. Cuando me quiero hacer el listo, siempre la cago.

También es verdad que Orestes no estaba solo en esta vida, aparte de sus amigos. Aunque a él se le olvidasen las fechas, los detalles y los acontecimientos dignos de recordar, allí estaba siempre a su lado ella.

No podía haber una pareja más dispareja, valga la redundancia. A los intereses de Orestes, Ana Rosa —Tata— presentaba su carta de sanidad, pero adornada con un miedo exagerado a todo: al clima, a los bichos del jardín, a los cambios drásticos y al destino sibilino y siniestro acechando en cada evento. Tenía miedo al miedo.

—¡Por un culo, mijo, por un culo yo me convertí en inmigrante!

Así contestaba siempre Orestes a los que le preguntaban por qué se había ido del país hacía ya más de treinta años.

—Imagina, ¿qué le voy a hacer? Ya no puedo cambiar nada, lo hecho, hecho está. Que mi vida hubiera sido distinta sin esa elección, no lo dudo. ¿Pero quién sabe? —asentía, encogiendo los hombros.

Orestes se pasaba luego los tiempos muertos divagando sobre sus actos; algunos con añoranza y otros con la total certidumbre de no querer repetirlos. Todo era posible menos encarar la realidad de su presente, extraño en su propia tierra, perdido aún en el intermedio existencial de no pertenecer ni a un sitio ni a otro. A pesar de llevar casi un año de regreso al país que le vio nacer, y a pesar de estar acompañado por su inseparable Tata, seguía con la sensación de no pertenencia. Tantas cosas le parecían ajenas. Tantas costumbres que quizás, antes de irse, ni siquiera percibió y que ahora sudaba sangre no solo para entenderlas, sino para empezar a asimilarlas. Se sentía varado en la tierra de nadie entre dos trincheras: la de su pasado por tanto tiempo y la del futuro incierto. Su única solución, la mayoría de las veces, se limitaba a procrastinar, esperando que la vida encajara sus piezas por sí misma, sin que aquello fuera con él. Y así resumía su experiencia vital: dejarse llevar por la corriente de los acontecimientos diarios.

Recordó aquella tarde de verano de calor insoportable en la que se dedicaba a dejar pasar la existencia. Aún estaba abierta la herida emocional de su último desengaño. No entendía cómo ese sentimiento mezclado de rabia e impotencia no se le iba, si ya habían pasado casi dos años desde que rompió definitivamente con Ana Lucía, su novia por casi un lustro. Había intentado salir con otras mujeres, pero la última llegó a decirle que todavía se le notaba el dolor retenido.

Y es que la mente de Orestes aún no concebía la causa de esa traición: «¿Con un amigo mío, de verdad? ¿No había más gente disponible? ¡¿Y encima quedarse embarazada?! ¿Pero esta mujer se volvió loca?». Cinco años practicando la marcha atrás para evitar accidentes, vigilando que no se escapara un espermatozoide explorador extracurioso y… ¡zasca! Con dos huevos, llega el nuevo mindundi y le deja la puerta abierta.

Esa misma noche aprovechó la supuesta “frescura” de las horas nocturnas para sentarse en el salón a ver la televisión, pero al poco sonó el telefonillo. Sintió una rabia espontánea, molesto porque alguien viniera a esas horas a joderle la paz. Aun así, caminó hacia el aparato al lado de la entrada y, justo al ir a preguntar quién era, recordó lo que le había advertido su hermana: «Estate pendiente, tengo una amiga cubana que va a pasar la noche aquí. Me pidió el favor de quedarse porque era muy tarde para coger el autobús de la Sierra y le dije que sí».

Orestes descolgó el auricular y preguntó sin muchas ganas:

—¿Quién es?

—Soy Blanca, la amiga de Marta.

Cuando abrió la puerta, todavía medio molesto por la intromisión, la miró de arriba abajo y se limitó a soltar un «hola» bastante frío. Ella pareció ignorar su actitud:

—¿Tú eres Orestes, el hermano de Marta, verdad?

—Sí —balbuceó él, justo cuando su hermana llegaba al recibidor para atender a su invitada.

No hubo más comunicación entre ellos. Después de ponerse al día de los chismes cotidianos, las dos amigas decidieron irse a dormir y Orestes volvió a quedarse solo con sus pensamientos frente al televisor. Ya se estaba quedando dormido cuando se abrió el cuarto de las chicas. Era Blanca, que salía en dirección al baño. Al percatarse de que él seguía en la sala, se giró para saludarlo.

En ese instante, Orestes vio de cerca lo que, a la larga, se convertiría en su perdición. Descubrió que, sin saberlo hasta entonces, pertenecía al club de los adoradores de nalgas. Quedó ensimismado y absorto ante aquella visión, totalmente nueva para él. Allí quedó, inútil e incapaz, preso de un culo.

Voy a tratar de explicar lo inexplicable, aunque reconozco de antemano que nunca encontraré las palabras exactas.

La relación de Orestes con Armando era única en el sentido de compartir no una, ni dos, ni siquiera una decena de afinidades, sino muchísimas. Con sus otros amigos podía salir, reír, compartir momentos… pero nunca llegó a tener con ninguno el grado de complicidad que tuvo con él. La prueba más evidente es que, cuando años después retomó el contacto con casi todos tras marcharse de España, con el único con el que mantenía conversaciones prácticamente diarias era con Armando.

Habían desarrollado incluso la costumbre de enlazar los correos electrónicos como si fueran capítulos de un libro improvisado —y Orestes todavía conservaba muchos de ellos, por cierto bastante divertidos—. Hablaban absolutamente de todo. Daba igual que fuera una película que destripaban con su crítica completamente sui generis, el tamaño del universo o el enésimo arbitraje escandaloso contra el enemigo común de aquellos años: los “vikingos”.

Pero aquello venía de mucho antes, de cuando todavía Orestes vivía en España.

Podían salir en grupo como cualquiera, claro. Tomar unas copas, contar anécdotas, exagerar historias y arreglar el mundo de madrugada. Pero con Armando siempre había algo más. Las conversaciones podían prolongarse durante horas y desviarse hacia cualquier tema imaginable. Algunas veces quedaban para ir a bibliotecas a buscar libros rarísimos sobre asuntos todavía más raros, simplemente porque eran los únicos del grupo interesados en semejantes extravagancias. Otras veces se metían a ver películas que nadie más quería ver “ni en pintura”, solo por pura curiosidad. Incluso llegaban a visitar museos por iniciativa propia, algo que en su entorno sonaba casi a actividad sospechosa. Cada loco con su tema. Buena parte de los recuerdos de Orestes de aquellos “viejos y buenos tiempos” están inevitablemente unidos a él.

Resulta curioso recordar ahora que Armando era tremendamente tímido, especialmente con las mujeres. No soltaba prenda jamás. Los demás amigos tendían a sobreprotegerle de forma casi inconsciente. Y no es que ellos fueran precisamente una panda de conquistadores temerarios… pero a su lado Orestes, que nunca se había considerado especialmente atrevido, parecía el León de la Elipa. Pero aquello también formaba parte de su encanto. De su forma de ser. Y todos lo asumían con absoluta naturalidad.

Otra cosa peculiar es que, después de más de diez años de amistad, Armando era el único miembro de su familia al que Orestes conoció personalmente. Nunca llegó a ver a sus padres ni a su hermano, aunque sí hablaba alguna vez con ellos por teléfono. Ni siquiera llegó a entrar en su casa. Si había que quedar en alguna parte, al final siempre acababan en la casa de Orestes.

Y luego está el vacío. Ese vacío extraño que dejan algunas personas cuando desaparecen de tu vida y que no se parece al de ninguna otra ausencia.

Durante mucho tiempo después de que Armando se fuera, Orestes se sorprendía a sí mismo hablándole en voz alta. Comentándole cosas que veía. Pensando cuánto le habría gustado una película, una noticia absurda o cualquier conversación pendiente. Había demasiados temas inconclusos, demasiadas historias que le hubiera gustado contarle todavía, demasiadas preguntas sin hacer. A veces, a pesar de los años pasados, aún lo sigue haciendo.

Es más: en una de sus mesillas de noche, Orestes tenía una especie de pequeño altar doméstico. Había fotos de su madre, de su padre, de sus dos abuelas… y una foto suya. Muchas noches les daba las buenas noches antes de dormir, o los saludaba por la mañana antes de irse al trabajo. Y le daba exactamente igual lo que cualquiera pudiera pensar sobre eso. Porque para él seguía allí. Y, de alguna manera extraña, siempre lo estaría.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS