Qué pocas veces advertimos la belleza
del caminar de esa persona,
a la que no conocemos de nada,

el pelaje lustroso de ese perrito
que camina como al trote,
la gentileza con que nos han dado turno
en la carnicería,
cómo le brilla el rostro hoy
a la panadera,
lo guapa, lo realmente guapa
que se ha puesto,
para ir , un día más, a vender pan.
Me pregunto también
si acaso nos hemos fijado
en que los jazmines
ya desprenden olor , y el campo se va agostando.
Y…..la ilusión del cartero,
consciente de que últimamente
sólo trae notificaciones de multa
, te va a entregar hoy una carta
, caligrafiada,
remitida desde Cádiz.
Porque, algo te conozco,
y pasarás la mañana
pensando en ese encuentro con el cartero.
Sí, porque su sonrisa,
al entregarte la carta,
transmitía el calor de su ….,
y no parecía querer
desprenderse de ella.
Sí, qué pocas veces,
qué pocas veces así, así,
así las letras, así las sonrisas.
Y ….no sé si te has fijado,
en cómo María Luisa,
sí, la panadera,
con qué esmero
envolvía los pasteles
en esas pequeñas bandejitas plateadas
, sus manos, parecían bailar
cuando rodeaba los dulces
con esos leves cordeles.
Y cada lacito
que hacía en las bandejas
era diferente,
porque cree
,siempre ha creído,
que nadie es igual a nadie.
Y….con qué entusiasmo
Matías volvía al colegio,
después de una semana constipado,
con sus tizas de colores
bien guardadas en el abrigo.
Se las roba a Ariadna,
la profesora de pintura
, cuando está pendiente de otra cosa.
Matías está enamorado de ella.
Y le gusta dibujar solecitos
en las aceras,
cree que Ariadna es
como una constelación.
Aunque Matías
no sabe lo que es una constelación,
piensa que el sol sí lo es
,así que, cada día,
de camino al colegio,
dibuja con disimulo
solecitos por las aceras
con las tizas de colores que le quita a su profesora.
Mientras esto sucede,
es decir, siempre, siempre,
cada una de las mañanas
en las que Matías
dibuja soles de colores en el suelo
, se dibuja también un secreto,
del que él no sabe.
Herminia vive en un cuarto piso,
vive sola,
y tiene ochenta años.
Hace tiempo ya
que no baja a la calle,
para casi nada. Pero,
cada mañana,
habita una ventana
siempre, siempre la misma.
Marcelo, su marido,
se marchó hace tiempo….
.y ella guarda
su vieja cámara de fotos.
Herminia sigue
besando la vida…
.sólo que ha aprendido
a resguardarse tras las ventanas.
Siempre le gustaron,
pero ahora, mucho más.
Así que, cada mañana,
de lunes a viernes,
y tras tomar su desayuno,
se prepara con la cámara de Marcelo
junto a la ventana, y dedica un tiempo
, un tiempo sin tiempo,
un tiempo dulce y amable,
a hacer fotos
de ese niño que dibuja soles en las aceras.
Los soles son para ella,
claro, sí, sólo para ella,
Como su Marcelo
de algún modo, son ,son sus soles
. Y, las paredes de su casa
están vestidas de esos astros,
de esos soles.
Así pasa los días Herminia,
salpicando sonrisas
de sol a sol.
Ya nada se nubla más en su vida.
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