Percival era un soñador. Y como todos los jóvenes vino a comerse el mundo. Se cuenta de él que acudió a las orillas del tiempo dispuesto a devorar las constelaciones. Pero dentro de su espíritu habitaba una torpeza de pájaro herido: tropezaba con los pliegues de su propia capa, desconocía la cortesía de los cubiertos en la mesa de los reyes y aprendía la vida a base de acumular cicatrices y pedir disculpas.
Cuando llega al castillo del Rey Pescador se siente deslumbrado por el Santo Grial, pero fracasa en su primer intento por no hacer la pregunta adecuada debido a su inexperiencia. Pues el enigma del Grial —lo comprendería mucho después, bajo el hielo negro de la noche— no es un acertijo para la lógica ni un desafío contra trampas de granito, sino el arte de romper el gran silencio del mundo mediante la pura compasión. Y es que Percival arrastraba la herida más triste de la memoria: haber abandonado a su madre en la linde del bosque para perseguir un vano tintineo de metales y falsos laureles, dejándola morir de pura nostalgia ante su ausencia.
Percival supo demasiado tarde que los grandes sueños están hechos del humo que dispersa el viento, y que el Santo Grial es imposible de encontrar porque nuestra ciega necedad nos impide ver que, desde el primer día, lo llevábamos guardado en los bolsillos.
OPINIONES Y COMENTARIOS