Ver, amar, creer

Ver, Amar, creer

Por Oscar Campana
Julio 2025

Tiempos en los que proliferan las ofertas religiosas y afines.

Baratijas en el mercado de espiritualidades erráticas y pasajeras.

Atajos desesperados a la búsqueda de sentido.

En el banco de una plaza de barrio hay pegado un volante. Ofrece un encuentro, para una mañana de sábado, donde meditar, reflexionar, hacer un alto. La pregunta motivadora es “¿Desde qué creencia te vinculás con los otros?”

Me quedo pensando que la pregunta parte de un supuesto: la vinculación interpersonal, el amor en sus diversas formas y expresiones, necesita de alguna creencia como soporte. Y me recuerda una consigna tantas veces escuchada en ambientes religiosos. Cristianos, para más precisiones. Dicha consigna puede resumirse en esta frase: amar a los otros por amor a Dios.

Pareciera, desde allí, que el otro, la otra, los otros, no dan para que los ame. Si lo hago, es por una causa superior: por amor a Dios. Ya sea como fruto de un mandato. Ya sea para complacerlo. Ya sea porque ese amor adquiere la forma de un sacrificio redentor.

Amar a los otros por amor a Dios…

En cualquier caso, los otros serían apenas un medio para llegar al único y verdadero objeto de nuestro amor: Dios. Sólo él merece ser amado.

“¿Desde qué creencia te vinculás con los otros?”, preguntaba aquel volante.

¿Y si la respuesta fuera que no me vinculo con los otros desde ninguna creencia?

¿Y si el otro, la otra, los otros fueran objeto de un amor in-crédulo, despojado de explicaciones sobrenaturales, esotéricas o místicas?

¿Y si los otros fueran en sí mismos la creencia?

¿Y si los amo porque creo en ellos, porque vale la pena creer en ellos, porque apuesto por ellos?

Aquel volante sugería una dirección: de las creencias a los vínculos.

¿Y si el camino fuera el inverso?

¿Y si es la vinculación con los otros la que genera y provoca las creencias?

¿Y si lo que ocurre es que sospechamos transcendencia en la supuesta inmanencia?

¿Y si fuera que “sólo el amor” –vinculo– “es digno de fe” –creencia–, como alguien dijo una vez?

En el Nuevo Testamento cristiano, la Primera Carta de Juan dice en un pasaje: “El que dice: ‘Amo a Dios’, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?”

Ver para amar, entonces.

Amar para creer.

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