Cantar y parar para no avanzar

Cantar y parar para no avanzar

Laufer ִ ۫ ˑ

07/07/2026

El pueblo emberracado, furioso, con la piedra al mil y la punteria donde la madre, se metía al congreso a diestra y siniestra, pavoneando los huevos en las manos, reventando de ira sobre la dignidad rebajada, el respeto escupido, la burla en la cara y la yema de la gallina en la jeta de las ratas.

Las ratas salieron, pavoridas temorosas, de una brutalidad jamás vista de los nadies, de una bronca que solo había sido soñada, por la gran puerta de su magnificencia de la alcantarilla.

Los huevos no bastaron, y tampoco fueron solo 1800; era toda una ciudadanía calando justicia, desgarrándose la voz, sus muertos y sus vidas. El recorrido de la sangre en las venas cogió rumbo al exterior, al grito del deseo de un triunfo sobre los tiranos y malnacidos que reinaban la tierra. Sangre que contenía el chocolate mañanero de las casas, casas hechas a pulso de barro, ladrillo y falta de oportunidades. 

Sangre que corrió por las calles del sur en busca de lugar donde producir, sangre que pataba en el corazón, y que 6042 veces salió y batió el latir.

Un pueblo al que le decían estudien vagos, pero cómo estudiar en la lejanía de las lomas, cómo estudiar con el estómago de la familia rugiendo de hambre y también de justicia…

El pueblo, emputado, paró y paró en serio: paró las calles, los peajes, las carreteras y la respiración de los gobernadores. El cielo se pintó de rojo tinto; no había viento ni el agua corrió, pues la inmensidad de los barrios era absurdamente colosal.

Y también el sueño paró. La esperanza se detuvo, la emoción duró solo una rotación de la Tierra, los entierros se sumaban a las listas, el fuego como fósforo se consumió, y todo se apagó.

A veces duró un día, otras veces 3 soles, incluso llegó a perdurar una semana, mas no era suficiente. Y no porque no se tuviera fuerzas, ni porque fueran pocos los caminantes y revoltosos, sino porque el parar para avanzar no tenía más repercusión que su literalidad. 

Y los zapatos avanzaban, muchísimo, en el ocaso corrían ante el miedo de perder los ojos, la luna se imponía con temor, las estrellas brillaban en los parques y conjuntos, la niebla y los bombazos sacudían la ciudad. Y hasta ahí quedaba todo. Hasta ahí llegaba el suelo, la ilusión del cambio.

Días después, lo único que se respiraba, además de gases, era desilusión, decepción, ira e impotencia, ante la ineptitud de los dirigentes, de su avaricia por tener hasta la última mermelada, y sobre todo por el pueblo mismo, por regresar otra vez y dejarse vencer.

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