Abandonada.
Hace veinticuatro horas era la mujer más feliz del mundo. Había esperado aquel momento mucho tiempo y llegó. Una lujosa boda celebrada en Madrid en la iglesia de los Jerónimos Reales con trescientos invitados; un maravilloso vestido tipo sirena confeccionado por Alberto Palatchi con un velo de encaje de Brujas y una tiara de cristales de Swarosky, prestada por mis suegros. El novio, Alonso, con un traje hecho a medida de color azul oscuro, camisa blanca y corbata azul turquesa, tan elegante, tan varonil que todas las mujeres le miraban por el rabillo del ojo. La ceremonia fue preciosa donde todos los participantes se sintieron en familia. Después de la iglesia fuimos a almorzar al hotel Sheraton. Los padres de ambos se sentían encantados con la boda y el resto de los familiares y los amigos demostraban alegría y felicidad. Bailamos el vals y los rostros de nuestros acompañantes reflejaban entusiasmo por aquel matrimonio tan joven y distinguido.
Ahora me encontraba aturdida. Aquel hombre que debía estar a mi lado para iniciar una vida juntos, se había ido sin despedirse, durante la madrugada, como un vulgar ladrón. Cuando me desperté con una sonrisa en mis labios, volví la cabeza hacia el lado donde debería estar mi esposo y no había nadie, solo un hueco vacío, frío como el mármol. Ninguna ropa en el armario, ni maletas ni objetos personales. Nada. Me levanté angustiada. No podía parar de moverme buscando algún resquicio de aquel amor ausente. Desolación es la palabra que me identifica. Veo los restos de mi vestido blanco de novia tirado en la alfombra de la habitación y mis zapatos de Sara Navarro que asoman la puntera por debajo de la cama. El eco de la música en la Iglesia de Los Jerónimos Reales todavía resuena en mi mente y las risas de los invitados a la fiesta después de la boda están presentes en este dormitorio conyugal; sin embargo, estoy sola con un dolor que atraviesa mi carne, mis músculos y que no puedo describir.
Varias horas antes Luis había tomado mi mano en el altar y había prometido amor, lealtad en una vida juntos. Ahora en mi soledad intento comprender como he llegado hasta aquí. Hace un suspiro de tiempo que Luis me apretaba contra su pecho con fuerza, me besaba apasionadamente y hablaba de nuestros futuros planes de formar una familia, de viajes, de objetivos importantes. En este instante me siento desolada y abandonada como si fuera un perro sarnoso de la calle. Aquel hombre que juró ante Dios amarme hasta que la muerte nos separase decidió romperme el corazón aquella noche que ya era el inicio de nuestras vidas. Aún una parte de mi memoria todavía recuerda con nitidez las horas de felicidad cuando mi corazón latía con fuerza porque creí las delicadas palabras, llenas de dulzura, rotundas y plenas de vida de aquel desalmado. Incluso el padre Antonio Checa, nuestro mentor y asesor espiritual que nos guio en nuestras dudas, que nos escuchó en las clases prematrimoniales, que nos alentó a seguir el camino de la convivencia y del amor conjugal, no daría crédito a la actuación despreciable de Luis.
Estoy llena de amargura, no solo por sentirme como una muñeca rota, no solo por desear que aquello fuera un sueño y volver a sentir el cuerpo de Luis junto al mío sino porque no se el motivo real de la huida sorpresiva de mi marido. Me levanto del sofá para servirme una copa y mirando el líquido dorado vuelve mi mente el instante después de fallecer mi padre de un infarto de corazón. Hace tres meses estábamos almorzando de nuestro restaurante favorito. Él me hablaba de la situación de sus empresas y sociedades que habían batido el récord de beneficios. Se sentía muy orgulloso de mi y su deseo más importante era que yo me hiciera cargo como presidenta del patrimonio y de la dirección del holding empresarial. Me dio una copia del testamento y me dijo que soñaba con llevarme del brazo al altar. Hasta el último suspiro de vida mi padre pensó que entraría en la iglesia como un padrino exultante de felicidad, orgulloso de llevar a su única hija en la ceremonia nupcial. Han pasado tres meses y el vacío que dejo mi padre en mi vida fue demasiado grande. No pudo acompañarme en el día más feliz de mi vida y su recuerdo durante ese día fue demasiado doloroso para mí. Luis estuvo a mi lado en el duelo aunque notaba que algo inexplicable se interponía entre nosotros. Tenía la sensación de que él se alejaba de mí. Ahora entiendo las largas ausencias, los silencios, la falta de empatía y de compasión cuando se escapaban lágrimas y suspiros de dolor días antes de la boda. Pensé en algún instante que deseaba casarse conmigo para obtener algún beneficio económico al ser hija única de uno de los empresarios más importantes del país. Busco respuestas en la habitación donde horas antes habíamos consumado el matrimonio que yo creí, tonta de mí, que era para siempre.mi corazón en un puño. Bajo al salón y reviso todos los rincones para ver si hay algún indicio como una nota, una carta de despedida, algo a lo que pueda aferrarme para no caer en un abismo. En una mesita cerca del sofá está una foto de am
Todavía siento incredulidad y una sensación de tener mi corazón en un puño. Bajo al salón y reviso todos los rincones para ver si hay algún indicio como una nota, una carta de despedida, algo a lo que pueda aferrarme para no caer en un abismo. En una mesita cerca del sofá está una foto de ambos cuando nos prometimos. Veo la sonrisa de Luis, que en aquel momento me pareció sincera, y la mirada arrobada que yo dirigía al hombre que iba a ser mi compañero de vida. Al volver la vista hacia la chimenea, lágrimas de dolor se deslizan por mi rostro cuando veo, sobre la ella, la fotografía familiar, de ambos. Mi padre sonriente me abrazaba; yo le miraba con adoración. Aunque mi padre, en vida, me advirtió de aquellos hombres con apariencia de buenismo que tienen el corazón duro como el pedernal que no demuestran su modo de ser hasta que cometen un pequeño error y aparece su verdadera cara. No le hice caso porque en el corazón no manda en la razón y los sentimientos son poderosos e irracionales casi siempre. Siento tanto pesar en mi alma por su ausencia que el dolor traspasa todas las barreras del tiempo.
Estoy demasiada cansada. Miro al techo preguntándome qué error cometí con Luis. No encuentro respuestas porque yo no hice nada más que amarle con todo mi corazón y entregárselo a un ladrón de guante blanco. Hace tres meses y medio enterré al hombre que me dio la vida y me siento más sola que nunca. Pasados diez días de la huida de Luis y de mi soledad impuesta una llamada del abogado de mi padre hace que aterrice en la cruel realidad. Aparte de citarme para la lectura del testamento me comunica que ha recibido un sobre de Zurich donde hay una solicitud de divorcio transfronterizo interpuesto en el Consulado General de España en Zurich a través de un poder especial para pleitos. Ese es el verdadero motivo oculto de la huida de Luis. Descubro con estupor que el hombre al que confié mi futuro solo me amaba para buscar la herencia que mi padre me transmitió: es decir la mitad de mi herencia porque nos casamos en bienes gananciales. El abogado me explicó las opciones que tenía. Le dije que las estudiaría con calma. Esa noche, leyendo las posibles situaciones decidí que no voy a facilitar un divorcio por mutuo acuerdo porque voy a pelear hasta el último recurso. A los sinvergüenzas no se les puede facilitar el camino hacia una vida relajada con una economía saneada. Deben pagar por el mal que han hecho.
He sido inocente al pensar que me dejó por falta de amor o desidia. Me dio la espalda y me humilló. Al casarse conmigo conseguía su principal objetivo personal: la mitad del dinero de mi herencia. Su silencio demostraba que fue tan calculador como hipócrita. El cazador de fortunas había conseguido su pieza y ya no le servía para nada más. No le importó ni mis sentimientos heridos, ni mi dignidad pisoteada, ni que dejaba una mujer hundida. Se marchó sin ningún tipo de remordimiento o vergüenza. Así son los hombres que utilizan a las mujeres para su propio beneficio, sea el que sea ese beneficio.
En el silencio de la casa siento que perdí no solo la inocencia de la entrega total de mi corazón, sino también descubrir que solo fui parte de una transacción financiera. La confianza ciega en un hombre y la falta de información de antecedentes de Luis me deja al borde de una depresión que voy a superar con la ayuda de profesionales y de tiempo. Intentaré construirme de nuevo, retirar las cenizas y los escombros de entorpecen mi mente y bloquean mi corazón. También he decidido plasmar mis sentimientos dolorosos de pérdida para aliviar este sufrimiento en un relato breve. Pienso que podría ayudar a otras personas que han pasado por esta situación. Me planteo cambiar de trabajo como empleada pública y dedicarme a lo que más me gusta que es pintar porque cuento con una economía saneada. Ahora considero este episodio como un punto de inflexión en mi vida y creo salir reforzada en mi autoestima. Espero que Luis no se acuerde de mi y de haberme abandonado en algún momento y sienta verdaderos remordimientos aunque creo, en el fondo de mi corazón, que solo fui un botón en su camisa y que no se acuerda ni de mi nombre.
La vida continua y voy a estar presente en ella. Mi padre, donde quiera que esté, se sentirá orgulloso de mí. Voy a ser feliz de nuevo y esto no es solo una promesa, es un propósito existencial, es el inicio del camino de una mujer luchadora que vuelve a sonreír.
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