El siguiente cuento fue inicialmente escrito en el 2007, pero, se perdió y esta versión es una reconstrucción a partir de recuerdos. En total, eran unos once cuentos inconclusos. Ahora son cuentos perdidos.
La taza estaba a la derecha del periódico. El vapor había desaparecido hacía varios minutos. El café seguía allí, intacto, mientras el hombre pasaba una página y luego otra sin apartar los ojos de la tinta. La cocina era pequeña. Apenas había espacio para la mesa, dos sillas, el fregadero y la estufa. Ella estaba de pie frente al lavaplatos, con las manos sumergidas en agua tibia y jabón.
—No entiendo cómo puedes dejar que se enfríe. Nunca lo he entendido.
El hombre no levantó la vista del periódico.
—Lo preparé hace menos de diez minutos. Todavía estaba hirviendo cuando lo serví. Te habría quemado la lengua. Eso era precisamente lo que se suponía que hiciera.
Ella tomó un plato, lo enjuagó y lo dejó escurrir. El agua golpeó el acero inoxidable con un sonido apagado.
—Mi padre nos obligaba a tomarlo caliente. El café y el chocolate. Decía que si se servía caliente era para beberlo caliente. Mi hermano y yo nos sentábamos a la mesa y esperábamos a que se distrajera para soplarle un poco, pero nunca funcionaba. Siempre se daba cuenta. No teníamos madre para defendernos. No teníamos a nadie, en realidad.
El hombre siguió leyendo.
—Lo odiaba por eso. Me quemaba la lengua. Me hacía llorar a veces. Pero ahora resulta que tenía razón. Me acostumbró. Me entrenó. Si me sirvo una taza de café, la tomo enseguida. No puedo evitarlo. Y cada vez que te veo dejarla ahí, enfriándose como si fuera cualquier cosa, me pregunto para qué me molesto.
Las últimas palabras no llegaron a cruzar la cocina. Se quedaron donde siempre se quedaban.
Durante años había sostenido conversaciones enteras con él sin pronunciar una sola sílaba. Al principio eran respuestas a discusiones que ya habían terminado. Después fueron explicaciones. Más tarde se convirtieron en acusaciones. Con el tiempo habían terminado por mezclarse con los recuerdos, como si su mente hubiera decidido que resultaba más sencillo hablarle a él que hablar consigo misma.
El hombre dobló una esquina del periódico para leer mejor una columna. La taza permaneció inmóvil.
—Nunca te he dicho que a veces me haces pensar en mi padre. No de la forma que crees. Él era más duro. Mucho más duro. Tú ni siquiera te acercas. Pero cuando levantas la voz ocurre algo extraño. Durante un segundo vuelvo a ser una niña.
Tomó otro plato.
—No porque tenga miedo de que me golpees. Nunca me has puesto una mano encima. Ni una sola vez. Lo curioso es que eso hace más difícil explicarlo. La gente entiende los golpes. Los gritos son más difíciles de mostrar. Los silencios todavía más.
El hombre pasó otra página.
—Cuando éramos niños no había mucho. Había días mejores y días peores. Mi hermano y yo comíamos lo mismo, nos acostábamos a la misma hora y nos levantábamos antes del amanecer. Mi padre decía que el trabajo no esperaba a nadie. Yo tampoco quería esperarlo. Quería crecer. Quería salir de allí. Quería estudiar.
El agua corría sin prisa por el fregadero.
—No sabes cuánto quería estudiar.
El hombre se llevó finalmente la taza a los labios. Tomó un sorbo pequeño y volvió a dejarla sobre la mesa.
—Ahora sí lo bebes. Frío.
Ella observó el perfil de la taza mientras fregaba un vaso.
—Pensaba que cuando llegara a la ciudad todo sería distinto. Pensaba que la gente vivía de otra manera. Que las cosas importantes ocurrían allí. Y durante un tiempo lo creí. Tú trabajabas más que nadie. Siempre estabas construyendo algo. Siempre había un plan. Siempre había una meta un poco más adelante. Me gustaba escucharte hablar de ellas.
El hombre acomodó el periódico.
—No te culpo por eso. No te culpo por haber soñado. Lo que me cuesta perdonar es que hubiera espacio para tus sueños y ninguno para los míos.
La espuma comenzó a desaparecer de la superficie del agua.
—Nunca me pediste directamente que renunciara. Eso sería más fácil de contar. La verdad fue más elegante. Más limpia. Había gastos. Había prioridades. Había plazos. Había decisiones sensatas. Y yo fui tomando cada una de ellas hasta que un día descubrí que ya no iba a entrar a la universidad. Así de simple.
La cocina volvió a quedar en silencio.
—A veces me pregunto si te diste cuenta.
El hombre bebió otro sorbo.
—A veces me pregunto si te importó.
La mujer dejó el último plato junto a los demás y se secó las manos con un paño. El periódico seguía abierto sobre la mesa como una muralla pequeña entre ambos.
—Recuerdo que cuando nos casamos pensé que tendríamos hijos. Lo pensé durante años. Tú también lo pensabas. Lo sé porque hablabas de ellos como si ya existieran. Como si estuvieran esperando detrás de una puerta.
Miró la ventana de la cocina. Afuera no ocurría nada.
—Perdimos dos.
No añadió nada más.
—No hace falta hablar de eso. Ya hemos pensado suficiente en ellos los dos.
El hombre terminó una columna y comenzó otra.
—A veces imagino cómo serían ahora. No siempre. Algunas semanas ni siquiera los recuerdo. Y luego algo ocurre y vuelven. Un niño pasando por la calle. Una fotografía. Una risa. Cualquier cosa.
Ella tomó la cafetera que todavía conservaba algo de calor.
—No sé si habríamos sido buenos padres. Tampoco sé si habríamos sido peores de lo que somos ahora.
Sirvió café en una taza limpia.
—Porque eso es lo que somos, ¿no? Dos personas atrapadas en una vida que ayudaron a construir.
El hombre no levantó la vista.
—Hay días en los que creo que tú también te sientes atrapado. No por mí. Por todo. Por el trabajo. Por los años. Por las expectativas que te inventaste cuando eras joven. Hay días en los que pareces estar esperando algo que nunca llega.
La taza nueva comenzó a liberar un hilo delgado de vapor.
—Y entonces gritas.
El hombre alcanzó nuevamente su café.
—No siempre. No todos los días. Pero lo suficiente.
Ella se sentó frente a él por primera vez aquella mañana. La mesa era tan pequeña que habría podido tocarle la mano con solo estirar el brazo.
—Nunca he entendido por qué crees que el tono de la voz convierte una opinión en una verdad.
Bebió un sorbo de su propio café. Estaba caliente. Como debía estar.
—¿Sabes qué es lo peor? Que durante años pensé que algún día te diría todas estas cosas. Pensé que encontraría el momento adecuado. Una noche tranquila. Una conversación sincera. Algo.
El hombre continuó leyendo.
—Y ahora ya no quiero.
Ella observó la taza de él.
El café estaba casi terminado.
—Porque ni siquiera estoy segura de que escucharas.
La mujer sostuvo la suya entre las manos. El calor le recorrió los dedos. Frente a ella, el hombre dio otro sorbo distraído mientras seguía leyendo las noticias de personas que jamás conocería.
Lo observó durante unos segundos. Después volvió a beber.
—Tómatelo todo, hasta el fondo. Mañana puede que te lo presente con veneno.
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