Capítulo 1. El relato
De todas las noches de mi vida, la que recuerdo con mayor nitidez, fue la noche que mi abuela entró en mi habitación y me susurró al oído:
—Acompáñame.
Solo una palabra bastó para hacerme saltar de la cama. No fue lo que me dijo, sino lo inesperado de su silueta a contraluz, y su aliento rozándome la oreja.
Fui tras ella hasta su cuarto. Al entrar, el perfume de las hierbas aromáticas de sus macetas nos recibió, colándose por una de las hojas mal encajadas del balcón. La austeridad del cuarto la rompía un armario de roble colocado junto a la cama. Debía de tener los mismos años que la abuela, y al igual que ella, mantenía su porte, aunque algo desvencijado de un lado.
—Ayúdame.
Su voz, entrecortada, me obligó a descargarla moviendo por ella la pila de sábanas que guardaba en el armario, dejando a la vista el tablero del fondo. Del bolsillo de su bata sacó una herramienta en forma de «L» con restos de óxido. El artilugio encajó en una muesca que se difuminaba con la veta de la madera. Con un movimiento de muñeca hizo saltar una pieza que desplazó un portón, revelando una guitarra. La tomó y me la mostró mientras me besaba la mejilla. Me pregunté por qué la escondía, cuando en casa había instrumentos repartidos por doquier.
—Esta guitarra me la regaló un artesano cuando era una niña e ignoraba muchas cosas de las que me sucedían. Aunque no me creas, la guitarra me buscó, me llamaba desde detrás del escaparate. Escucha bien, no suena como las demás.
Rasgó las cuerdas, pulsándolas después como si las apretara. Al hacerlo, la puerta del balcón se movió agitada por una brisa repentina. El autillo que martilleaba con su “tiuu, tiuu” el silencio, dejó de hacerlo al escuchar el sonido de las cuerdas.
—MI – DO – SI – LA – LA.
—¡TAKKA!
No sonó como otras veces.
—Tu voz parece una cuerda más de la guitarra, no se distingue, vibras como ellas.
—Mírala bien. Es anaranjada, pero las vetas nacaradas suavizan el naranja. Eso la hace única, entre otras cosas.
El silencio tras pronunciar estas palabras duró lo que tarda una duda en madurar en la cabeza hasta asegurarse de que es viable seguir.
—Héctor, si algo me ocurriera, —paró de nuevo— la guitarra podría terminar maltrecha y todo se olvidaría. —El párpado le temblaba.
—¿Por qué me asustas? —Me cobijé bajo su hombro. Al hacerlo el aroma a hierbas me tranquilizó. Olía a ella.
—Ha refrescado, ¿lo notaste? Acércate más. —Me apretó contra ella. Había recobrado su color natural, ya no me parecía un espectro.
—Tengo que contarte algo.
No siguió hablando, solo me miraba. Volvió a dudar, o puede que no tuviera claro cómo empezar. Palpó la guitarra acercando su nariz al cuerpo del instrumento.
—Todo comenzó con un árbol en una isla.
El relato que comenzó cambió mi vida para siempre.
Capítulo 2. La caída del árbol
Anchurica era una isla perdida en el mar de la niebla. La zozobra del mar la resguardó, pero no para siempre. Cuando eso sucedió, los supervivientes de los naufragios se encargaron de protegerla de nuevo, al menospreciar su valor.
En Anchurica solo había un bosque que cubría todo cuanto la vista podía alcanzar. Oculto en aquel mar verde, un ejemplar de árbol era custodiado. Las nubes ocultaban las ramas más altas, disfrazando su altura. El tronco, perdido entre los juegos de luces y sombras de sus semejantes, escondía su trayectoria sobre la tierra. Junto a él, desde el comienzo de los tiempos, adorándolo, unos seres cubiertos de harapos lo custodiaban. Lo único visible era su envergadura, por lo demás, los rastrojos de tela ocultaban con pericia cualquier tramo de su figura.
Un día empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios, a veces, azarosos. La emprendieron con ellos, derribándolos uno tras otro, los más ancianos primero. La naturaleza buscó defenderse impidiendo el avance. Hubo hombres que quedaron paralizados al rozar las plantas, mientras que, a otros, las picaduras de los insectos les impidieron seguir adelante.
Cuando llegaron hasta él, al elevar la mirada se sorprendieron. No era solo el árbol lo que impresionaba, la ubicación, se les antojó laberíntica. Se hacía invisible hasta encontrarse justo delante. Frente al árbol, el capitán Tanenbaum susurró:
—Más que un árbol, me atrevería a afirmar que es una catedral orgánica.
Abrió los brazos para llenarse los pulmones de aire. El lugar invitaba a ello. El resto de hombres conforme se acercaban repetían el gesto, como si el lugar ofreciera una bocanada de bienestar a los visitantes.
James, mano derecha del capitán, dejó caer las herramientas resoplando. Sin pedir permiso, se acercó a tocar la corteza.
—Un templo —palpó las grietas con los dedos—. No recuerdo haber visto un ejemplar como este ni en los viejos libros de botánica. —Se giró hacia Tanenbaum con el ceño fruncido.
—No es solo talar un árbol, las raíces se extienden tocando cuanto aquí crece, conectándolo todo. Con esta enormidad, debe de llevar cientos o hasta puede que miles de años aquí.
—Tiene razón—miró el árbol recorriéndolo con la mirada, —pero eso no nos concierne. Ocupe su energía en plantear la forma de talarlo, — continuó el capitán con gesto sombrío.
James lo miró con desprecio, volviéndose hacia el árbol.
—No va a ser fácil derribarlo. —James apretó con fuerza los puños.
—Deje de quejarse y acompáñeme. —Hizo un gesto con la mano dibujando un círculo.
Desaparecieron tras el tronco y volvieron a aparecer transcurrido un buen rato. Disimularon antes sus hombres la preocupación por la complejidad del trabajo que les aguardaba.
—De todas las formas posibles de cortarlo, solo una es la menos arriesgada. Cortaremos por la zona de umbría para que se deje caer ladera abajo, tiene una ligera inclinación hacia ese punto. —se asomaron a comprobar.
—No será cosa de un día. Montemos el campamento y descansemos, no hay tiempo que perder. Mañana nos emplearemos con él.
Era temprano cuando emprendieron el trabajo. Los rayos del sol empezaban a asomar sobre las cumbres. El silencio que precede al alba es solemne, pero aquella mañana amenazaba. Apenas se escuchaba el canto de los pájaros. El riachuelo que bajaba del barranco disminuyó su cauce, el borboteo de sus aguas dejó de oírse. Ni siquiera el viento agitó las hojas. Los hombres dudaban que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones, incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito.
—Saquemos la boca. Se vencerá cuando extraigamos la cuña de madera de este lado. Todos a una en las zonas marcadas hasta que las partes se encuentren, entonces será nuestro —gritaba James.
El primer golpe hizo vibrar el tronco. James se detuvo con el hacha en alto.
—Seguid —ordenó el capitán Tanenbaum sin convicción.
La vibración de las hachas atacando el tronco retumbaba contra el silencio del bosque, ondulando los cuerpos de los leñadores, incapaces de sujetar con precisión las herramientas.
Uno de los hombres dejó caer la suya.
—No soporto el ruido, me destroza los tímpanos.
—¡Continuad! En la zona marcada. —insistía el capitán que no dejaba de increparlos para que golpearan. Las herramientas apenas arrancaban virutas de la corteza.
Cada amanecer sorprendía con alguna merma por el sobreesfuerzo, el árbol se hacía inmune a los mordiscos, como si una coraza lo protegiera. Pero la mañana que James se dejó caer sobre la corteza, indicando a los hombres que descansaran, se retiró de inmediato.
—Está caliente.
—Es el sol —cortó el capitán.
—No ha llegado a esta parte del árbol todavía. —replicó James.
A cada golpe, se hacía más difícil respirar, como si el aire se densificara en los pulmones y les impidiera tomar aire. Las herramientas se hincaban sobre el árbol arrancando bocados.
—¡Es nuestro!, parece que ha bajado la guardia, aprovechemos que se deja morder—arengó el capitán.
El sonido metálico de las herramientas atacando el tronco retumbaba. La boca, cada vez más grande estaba a punto de desprenderse.
El árbol se deslizó muy despacio. Se cimbreó buscando el equilibrio y volvió a erguirse.
James murmuró.
—Debería haber caído.
—¡Otra vez! —insistió el capitán.
Volvieron a golpear. De nuevo la vibración del sonido producido por las hachas les hizo crujir los oídos.
Uno de los hombres se arrodilló. James lo miró e hizo lo mismo.
—¡Parad! ¡Dejadlo en paz! —la boca dejó de responderle. Comenzó a cantar:
—…Na…xa…
Intentó cerrarla, pero la mandíbula no le obedecía.
—…aquin,
—¡TAKKA!
El capitán dio un paso atrás.
Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente sur. Se dejó caer despacio, en una despedida anunciada. Fue acogido por el arbolado, que amortiguó su caída parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros. Uno de los leñadores dijo que el ruido al caer le recordó a un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero tenía la certeza de sentirse observado.
—Talar un árbol no te convierte en un desalmado —James se dijo a si mismo contrariado. Sin dejarse arrastrar por sentimentalismos gritó a los obreros.
—Por fin se ha vencido, ¡celebrémoslo!
El silencio desplazó al alboroto tras la partida de los leñadores. Una lengua de aire invadió la meseta abierta por la tala. El tocón, unido a la tierra, desprendía un aroma a madera antigua que impregnó a los seres que se acercaron cautelosos para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba orando junto a él.
Antes del amanecer, el ser que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza, acercando su rostro a la superficie mientras palpaba sus rugosidades. Buscaba una zona concreta a media altura del tronco, sobre la parte central. Clavó la herramienta repitiendo el gesto con ímpetu, hasta topar con un trozo deforme de madera encajado en el interior. De forma ceremoniosa lo extrajo. El chamán lo frotó con las tiras de tela de su ropaje, para limpiarlo de los restos de serrín. La oscuridad no dejaba ver sus facciones, ni la forma de sus extremidades, que seguían ocultas por los harapos. Arrancó de su interior un sonido gutural al que se acopló el proveniente de los demás seres, haciéndolos vibrar. Todos callaron cuando el sumo sacerdote elevó el volumen de los cánticos para concluir con:
—Naxa aquin lag,
— ¡TAKKA! —descerrajado como un grito.
El chamán elevó el trozo mostrándolo. Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó la semilla y, comenzó a realizar movimientos involuntarios. Al finalizar su danza, un destello atravesó el tocón anclado al suelo y se perdió en el cielo. Antes de que las primeras luces del día los delataran, se ocultaron. La semilla oculta en el árbol retornó a ellos.
* * *
—Abuela. —La zarandeé. Se había quedado perpleja, apenas reaccionaba. — Sigues pálida, ¿te encuentras bien?
—Será mejor dejarlo para mañana. —Me indicó. La acompañé a su cama, arropándola.
—Salvo que alguna circunstancia nos lo impida, acabas de adquirir un compromiso conmigo, nos veremos por las noches.
Se incorporó lo suficiente para permitir que su voz saliera del cuerpo, la noté más grave.
—Si eso es lo que quieres, aquí estaré.
Su rostro, a intervalos, se volvía sombrío. Tenía la sensación de que la habitación se estrechaba alrededor de su relato.
—Abuela, ¿has hablado con alguien más sobre esto? Creo que deberías visitar a un doctor.
Como si un resorte la hubiera accionado, se sentó en la cama y me agarró las solapas del pijama.
—He dicho com-pro-mi-so conmigo. Me has dado tu palabra, ¿sabes lo que eso significa en esta casa? “La palabra es ley”, recuerda.
—Yo no te he dado… —me tembló la voz.
—Deja de hacerme perder el tiempo. Nos vemos mañana. No hagas ruido al salir.
Así fue como adquirí aquella noche un compromiso, más por devoción por mi abuela que por convicción sobre su cordura.
Capítulo 3. La tribu.
Me preocupó la forma en que me recibió en su habitación la noche siguiente. Estaba inquieta, noté como disimulaba al limpiarse la humedad de las manos sobre la ropa.
—Hoy necesito sentir que vas a tratar de entender lo que voy a contarte. — repitió el gesto de sus manos al frotar la ropa.
—Confía en mí— la tranquilicé. Deslizó mi flequillo, despejando mi frente. Tomó aire.
—No, no sabes a qué me refiero. La verdadera historia comienza ahora—me apretó contra su cuerpo.
—Si sigues así me voy a dormir. —noté el frío que entraba por la rendija abierta del balcón. Al levantarme a cerrarlo, sujetó mi brazo impidiendo que me alejara de su lado.
—No cierres, necesito el perfume de las hierbas aromáticas, me ayuda a tener la mente clara. Solo escucha como fue y no pongas más en duda mi cordura.
—Enfádate conmigo si quieres, pero creo que estás enferma y deberías visitar un doctor— en ese momento me cuestioné si debería hablar con mis padres y trasladarles mis dudas sobre la salud de la abuela.
—Mira muchacho—me sujetó de los hombros. —Sé lo que estás pensando. No me tomes por loca. —levantó mi barbilla mientras sus ojos enfurecidos taladraban los míos.
—Solo estoy preocupado.
—Pues deja de preocuparte de una puñetera vez y escucha.
—¡Y si no quiero saber nada! Tengo sueño, como tú, aunque lo disimules. Y ya soy casi un hombre para que me entretengas por las noches con historias de fantasía. ¡No te das cuenta de que no soy un niño!
—¡Déjate de bobadas y escucha! Puede que al final cambies de opinión sobre tus palabras. Historias de fantasía dice…
Murmuró antes de comenzar a relatar tirando de mí para que me sentara sobre la cama. Te pondré en contexto, nos remontaremos muchos miles de años atrás.
Mi ceja se levantó con autonomía. Ella lo notó, apretándome la mano con fiereza.
*****
En el mundo antiguo tronaba por las tardes, y a la negrura seguía la lluvia caótica, que obligaba a buscar cobijo entre las fisuras de las piedras.
Durante eones, por ciclos, el terreno ascendió, llegó casi a hundirse y se fracturó para fusionarse después. Un enorme montículo, en forma de isla, se desgajó de las grandes masas permaneciendo a la deriva desde el comienzo. El resto de masas terrestres, chocaban y se alejaban en erráticas direcciones, cuando no se adherían para siempre. La isla esquivó los golpes desplazándose con una suerte de autonomía que la mantuvo a salvo de destrozos mayores.
Aislados en mitad de la nada, solo quedaron ellos y la semilla traída de ese otro mundo del que procedían. La custodiaron hasta que la atmósfera se volvió benévola, estabilizándose en ciclos regulares. Aguardaron a que la negrura no arrastrara agua cada día, a que las ráfagas de viento amansaran y a que la tierra calmara sus vaivenes.
La noche apropiada fue elegida por Kner, la criatura que los guiaba, congregándolos a un ritual en un claro del bosque primitivo. Al firmamento acudieron, como cada noche, las libélulas celestes, formando las constelaciones de un orden antiguo. La forma en la que se posicionaban en el cielo, indicaba el lugar del que venían.
Kner tomó la semilla elevándola. La expuso ante las estrellas, mostrándola, en un gesto de muda sumisión. Hizo una reverencia antes de su sumergirla bajo la tierra húmeda, inclinándose ante ella. A su alrededor, los seres sin forma visible se plegaron en torno a Kner, formando un solo cuerpo sobre el lugar del enterramiento. Unidos a la semilla eran una sola entidad, construyendo con sus formas otra de mayor tamaño encajando como piezas de un puzle. El gran chamán, cuya silueta coronaba aquella arquitectura de sombras, inició el ritual haciendo una invocación:
—Naxa aquin lag. (Todos somos tú)
—¡TAKKA!
La tierra tembló, y al hacerlo, las formas de la superficie se disgregaron, permitiendo que del suelo escapara un leve fulgor que ascendió hacia la estrella en la dirección indicada por Kner.
El ciclo dio su comienzo. La semilla comenzó a nutrirse del entorno, aferrándose al lugar.
Fue creciendo sin aparecer por la superficie por dos inviernos. Hundida en la tierra fue adoptando formas. Primero fue piedra, estirándose en vetas minerales, resecando su pulpa. No hubo cambio ni crecimiento, más allá de su estado inicial, solo parálisis. El agua la deshacía, el hielo la resquebrajaba, pero su naturaleza buscaba la inquietud del crecimiento. La no satisfacción la llevó a probar nuevas morfologías.
Experimentó con la forma animal. Notó su viveza, el calor de la sangre recorriendo una anatomía en constante agitación, la urgencia del hambre, el pánico a la brevedad.
Entonces, buscó el equilibrio entre la eternidad de la roca y la vibración de la carne. De todas las formas del reino vegetal, el árbol le pareció la más elegante y duradera. La más bella de las formas que encontró en la naturaleza. Dispuso que se transformaría en ésta, mutando en un ejemplar que fue creciendo sin premura, adorado y protegido como el dios TAKKA, transformado en madera viva.
De los seres que la custodiaban, nadie vio nunca su rostro, si es que lo tienen, ni la geografía de su cuerpo, siempre oculto. Ni siquiera a mí, que, a través del instrumento, me ha sido concedido el don de conocer lo que sucedió, me ha sido permitido contemplarlos. Lo único que quedaba de ese otro mundo del que vinieron y que los aferraba a éste era el árbol. Llevan tanto tiempo entre nosotros, que son más de aquí que los que aquí nacieron.
*****
Hizo un descanso.
—Será mejor que lo dejemos, podemos seguir mañana. Te noto fatigada, debes descansar. No eres la de antes, estás abatida. —Por primera vez tuve la sensación de que las historias la consumían.
—Queda poco. —Se levantó para dirigirse al armario. Volvió a sacar la guitarra de su escondite. Con cuidado pellizcó las cuerdas. El gesto me produjo un escalofrío. Acompañó con su voz los acordes.
«Alma entre las almas,
Dios entre los seres”
Cantaba con voz grave, impostada, no era ella. La guitarra desprendía un suave aroma a madera recién cortada.
—¿Quieres tocarla tú? Solo debes pellizcar las cuerdas.
Me entregó la guitarra. Antes la acercó a su pecho apretándola fuerte, mientras le murmuraba algo. Me indicó con gestos cómo colocar las manos para hacerla sonar.
—Suena mejor así, abuela.
Rasgué las cuerdas.
—Debes hacerlo como te he enseñado, debes reconocer el gesto.
La vibración me atravesó. Las cortinas se movieron livianas. Mi boca se abrió, entonando un cántico sin ser consciente. No recuerdo más de aquella noche, o puede que sí: un olor profundo a madera mezclado con hierba buena.
—Ahora eres parte de ella, aunque no lo hayas entendido—la depositó en su armario. Me despidió con una sonrisa.
—Será como digas, pero no acabo de entender qué tiene que ver esta guitarra con todo esto.
Le dije antes de cerrar la puerta con cuidado.
Capítulo 4. Matilde
La noche siguiente me esperó con una taza de chocolate caliente. Los labios le temblaban.
— Ponte la manta—le acerqué una toquilla de lana gruesa que ella misma había tejido. Al colocarla sobre los hombros, le toqué la frente.
—Estás destemplada. Podríamos dejarlo hoy.
Me miró torciendo la boca.
—Ni hablar, en cuanto me acabe el chocolate me encontraré mejor. No te preocupes por mí, soy fuerte—levantó la cuchara llena de chocolate y se la llevó a la boca. Al sacarla se relamió los labios. No pude evitar sonreír, era una niña encerrada en el cuerpo de una abuela.
—Ese mundo que has creado es mucho más interesante que el de ahí fuera.
No pude mirarla, los ojos se me enturbiaron de repente.
—¿Por qué dices eso?
—No lo sé. Las noches contigo hacen que me evada. Por alguna extraña razón, me olvido de todo cuanto ocurre fuera de estas cuatro paredes.
—Veamos ¿Cómo se llama tu problema?
—¿De qué hablas? —me giré dándole la espalda.
—Lo veo en tus ojos cada noche. Algo que no quieres que vea, pero veo. Ese problema tuyo tiene nombre y apellidos, estoy convencida. No hace falta que me digas nada si no quieres. Cuando así lo decidas, sabes que soy todo oídos.
Acaché la cabeza porque me sentí descubierto y vulnerable por primera vez frente a ella.
—No lo he contado a nadie. —Musité—Me resulta difícil hablar sobre ello, y más aún contigo. Algún día…—tragué saliva al darme cuenta de hacia dónde había derivado la conversación. Me levanté de la cama con premura para desplazar la hoja del balcón. Necesitaba respirar ese aire denso de sus macetas, me cautivaba, calmándolo todo.
Desde la cama la abuela continuó como si nada, como si supiera que cambiar de tema era lo mejor que podía hacer en ese momento.
— La pregunta que deberías hacerte es ¿por qué ese árbol? Vayamos por partes. Es hora de que conozcas a Matilde.
No hablé más el resto de la noche, pero olvidé por completo lo que me preocupaba.
*****
**El proyecto. **
Las pisadas de Matilde se escucharon minutos antes de que ella cruzara el umbral de la puerta. James miró al capitán, después apretó los labios.
Al llegar, movió la cabeza de arriba a abajo, haciendo un gesto en forma de saludo. Se limitó a preguntar:
—Bien, ¿qué tenemos?
El capitán tomó la palabra.
—Hemos dado con un bosque en el interior de una isla. —hizo una pausa.
—Continúe, no se detenga.
El capitán, sereno, la miraba a los ojos. No se dejó amedrentar, lidiaba con hombres rudos y mal encarados a diario, ella no difería mucho de estos hombres.
—Mire este mapa— James se acercó interrumpiendo al capitán.
—Es una copia de un mapa del siglo I, o lo que queda de él. Es la isla que ha mencionado el capitán. Por los dibujos que contiene puede que allí quede una reserva de árboles milenarios. Sería la última oportunidad para dar con lo que quiere.
Matilde se mecía en su sillón pensativa. Analizaba a los dos hombres trazando un perfil psicológico de sus interlocutores.
—Último intento, Tanenbaum. — Jugó con un papel que traía en la mano mientras se seguía meciendo. Hizo una bola y se la lanzó.
James se volvió a adelantar al capitán atrapándolo en el aire. Lo extendió mientras Matilde lo miraba impaciente.
—¿Un barco? —James levantó las cejas.
Matilde no lo dejó seguir. Los dientes asomaron amenazantes tras lo que parecía una sonrisa.
—Un barco, no, James, “El barco”. Un árbol, un barco, ya me entiende.
James ojeó el diseño, las manos comenzaron a temblarle. Al salir de la sala, tomó al capitán del brazo parándolo, haciendo que se girara frente a él.
—¡No vamos a encontrar el árbol! ¿has mirado los planos? Es enorme para construirlo con un solo árbol —. su nerviosismo enfadó al capitán.
—Hemos ganado tiempo—se soltó de su brazo—. No se acueste muy tarde esta noche, mañana partimos temprano para Anchurica.
El viaje hasta la isla transcurrió con los incidentes propios de una travesía de largo recorrido. Al contemplarla por primera vez en el horizonte, la isla se perdía entre la niebla, apareciendo y desapareciendo a su merced, respaldada por el mar de fondo.
*****
Lo que ocurrió tras el desembarco ya lo conoces, pero no lo que hicieron con el vetusto ejemplar tras deshacerlo en tablones. Aprovechando el caudal del río, los guiaron por su cauce hasta la desembocadura, donde los embarcaron para transportarlos, apilándolos en un almacén cerca del astillero. Una legión de obreros venidos de todas partes se encargó de la gesta. La construcción se prolongó en el tiempo casi tanto como la búsqueda del ejemplar. Matilde Ferrer tomó distancia.
**Botadura.**
Eran las tres de la tarde cuando llegó acariciando a un pequeño caniche. Siempre que podía lo llevaba consigo acurrucado contra su pecho. El sol se hacía notar para la época del año. Cuando se encontró frente a él, se giró buscando entre los asistentes a Tanenbaum.
—Si llego a imaginar la envergadura del árbol, no lo hubierais derribado sin haber tenido el privilegio de verlo en persona. — estaba convencida de que había perdido la oportunidad de contemplar algo único.
—Doy por bien empleada mi fortuna.
Tanenbaum no respondía a sus comentarios. Eligió callar. Notó como se dirigía a él. Lo trataba desde la perspectiva de la dama de un tablero de ajedrez que exhibe su posición frente a un peón.
—¡Terminemos la ceremonia y vayamos dentro, estoy impaciente por ver lo que habéis logrado!
¡Pasadme la botella! —Mientras la asía para lanzarla, notó las miradas fijas en ella, eso le agradó.
—Buena mar y buenos vientos, yo te nombro EL NAVEGANTE.
El ruido del vidrio al estamparse se mezclaba con los aplausos de la multitud que estalló de alegría. Se había convertido en una embarcación mítica. Todo el mundo quería ver la celebración. Matilde se enorgullecía de lo que había conseguido mucho más que de cualquier otra cosa anterior.
—¿Has oído eso? —se acercó al barco.
—¿Ha crujido? ¿no has escuchado hablar?
El capitán la miró con sorpresa. Tras notar su extrañeza se sintió incómoda. Disimuló retirándose el pelo que se le había descolgado tapándole la cara. Aprovechó el gesto para tocarse la frente. No notó calor.
—“Todos somos tú, ¡TAKKA!”—musitó sin que el capitán llegara a entender.
—Tomemos algo de una vez, me siento mareada. —la asió del brazo sin pensarlo, camuflando su acción como un gesto de cortesía.
—Me tiemblan las piernas, sujéteme fuerte, no sé si podré mantenerme en pie.
—Hace mucho calor, eso es todo —apostilló Tanenbaum.
La miraba de reojo preocupado. Hasta ahora, esa mujer era para él poco más que un trozo de carne con dinero. No le merecía ningún respeto.
El barco comenzó su maniobra de botadura, moviéndose despacio por deslizamiento de popa. Un leve bamboleo sembró cierta inquietud entre los presentes. Se introdujo en el mar, siendo acogido por sus aguas sin estrépito.
—Subamos a cubierta, Matilde. Lo mejor está por ver —Acercó su cara a la de ella. Este gesto la perturbó. Eso no lo esperaba. Se puso nerviosa.
—¡Cachorro!
El animal se revolvía en su regazo, inquieto.
—Rrrrrr, rrrr. —Comenzó a ladrar cada vez más fuerte, mientras intentaba escaparse de sus brazos.
—No te va a pasar nada, no te voy a dejar caer, acurrúcate junto a mi pecho y no mires abajo.
En un descuido, se escabulló descendiendo por la pasarela que llevaba a cubierta. Desapareció entre el decorado que ocultaba a la vista los aspectos menos agradables de la puesta en escena.
Se agitó inquieta mirando hacia todos lados.
—Traedlo de vuelta—ordenó.
Ya en cubierta, la panorámica hizo que esbozara una sonrisa, no pudiendo disimular lo que sentía.
—No me diga que no ha merecido la pena mi empecinamiento por esta locura.
Se había olvidado de Cachorro. Las comisuras de los labios se movían sin control.
—No sé si volvería a hacerlo si pudiera retroceder en el tiempo. —el capitán sembró en ella un atisbo de duda. Respetaba su criterio. Era sincero, a veces en exceso, eso le agradaba.
—¿Dónde está James? — cambió el discurso cuando se dio cuenta que estaba empezando a prestarle demasiada atención a Tanenbaum. Lo buscó con la mirada, haciéndole gestos para que se acercara.
—Esto también es culpa suya. Lo habéis hecho posible, ¡brindemos!
—Es culpa mía…—hizo una pausa dándose cuenta de lo que acababa de decir— tiene razón. Hemos hecho posible su sueño, solo espero que lo disfrute. — A pesar del resultado, nada de lo que veía se asemejaba al ejemplar que vio por primera vez en aquel bosque perdido.
—No lo dude, lo más difícil ya está, ahora solo queda disfrutarlo. Tenga por seguro que pondré el mismo empeño en esta parte que el que he puesto en la anterior —se giró dejándolo con la palabra en la boca para acercarse al resto de invitados.
Al término de la celebración, cuando ya nadie quedaba, Matilde decidió disfrutar en soledad de su logro.
—Hay tanta paz en la belleza de esta madera tallada. —acariciaba la madera de cubierta mientras la recorría. No había salientes, ni zonas punzantes, era un trabajo hecho con cuidado artesano.
—Cachorro, ¿dónde estás? —se inquietó—te necesito. Sabes que me cuesta dormir si no estás a mi lado. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Ninguna resbaló por su mejilla, se contuvo, marchándose a dormir. Esa noche no soñó con la pérdida de su pequeño, fue la primera en mucho tiempo que eso no sucedió.
Cuando a la mañana siguiente las velas se desplegaron, la embarcación adquirió otra dimensión, ensanchando su volumen con el movimiento oscilante de las olas. Se dejó ver por puertos cercanos. Eran necesarias más pruebas de navegación antes de adentrarse en alta mar.
Capítulo 5. El cementerio de barcos
—Le he dicho a padre, que paso un rato contigo por las noches para leerte un poco y que concilies mejor el sueño. Así nos dejará tranquilos. Anoche me interrogó cuando salí de aquí. Cree que nos traemos algo entre manos. Le resultó curioso mi interés por la lectura tan de repente.
Los dos nos reímos con discreción para no hacer ruido.
—A veces pienso que me cuentas esta historia para que la traslade a papel y me convierta en escritor. Como mis padres, no confías en que pueda ganarme la vida por mí mismo. Yo no soy como mis hermanos, tengo mis limitaciones.
—Déjate de bobadas. Sabes de sobra que yo no pienso como ellos. Yo solo quiero que seas feliz, no hace falta ser perfecto. —No me gustó su mirada. Se había enfadado de verdad. Quería que el recuerdo de estas noches no fuera solo escucharla divagar, me apetecía hablar con ella sobre las cosas que me preocupaban.
—Sigues pensando que estoy chocheando, ¿verdad?
Me encogí de hombros. Ella reaccionó dándome un palmetazo en la espalda.
—Sigues siendo un adolescente descerebrado.
—¿Me vas a relatar qué pasó con Matilde y el barco o vamos a pasar la noche peleándonos?
************
No hubo pasado mucho tiempo en alta mar, cuando el olor a podrido proveniente de las bodegas, fue incrementando hasta volverse insoportable. La tripulación, siguiendo órdenes, bajó a comprobar el estado de la comida fresca almacenada. No hallaron el origen de la putrefacción. Lejos de atenuarse se expandía de abajo hacia arriba intensificando las náuseas de la tripulación.
—Todo en orden, señora, no hay nada que justifique este horror, puede acompañarnos si quiere a las bodegas o a dónde disponga. La madera se está corrompiendo a pesar de encontrarse en perfecto estado, debe de ser eso, no hay otro motivo. La línea de flotación se acerca a cubierta, se está hundiendo, compruébelo usted misma.
Se acercó a la popa, entraba agua cada vez que una ola de poca entidad batía la nave.
— ¿Qué clase de madera es ésta? —se dijo. Sus manos se retorcían. —Tanenbaum, ¿qué has hecho?
El regreso a puerto hubo de hacerse tomando precauciones. El barco no respondía a las maniobras de la tripulación, ni navegaba en consecuencia. Se volvió ingobernable. Matilde pidió ser evacuada. El riesgo de hundimiento no se verbalizaba, pero se leía en los ojos de los navegantes. Una vez en puerto, nada cambió. Nadie pudo darle las respuestas que ella necesitaba escuchar, porque no las tenían.
La tarde que James regresó para asegurarse de que era cierto lo que le habían contado, la encontró en el astillero. Estaba sentaba frente a él, como si esperara a que alguien le dijera que todo se había solucionado. Sin hacer ruido se sentó a su lado.
—Si pudiera volver atrás, no talaría ese árbol. No soy el mismo hombre desde aquel día, usted tampoco volverá a serlo, se lo aseguro. No me busque, no intente contactarme porque no quiero volver a verla. Quédese con su dinero, ha destrozado mi vida. —le acercó un sobre, poniéndolo en sus manos.
—Nunca me pareció adecuado para esta expedición, es usted débil —no le dirigió la mirada, agitando las manos para que se marchara.
Las tardes en el banco esperando un milagro comenzaron a afectarle.
—Este sueño no puede acabar así, amarrado a un muelle. Tu destino es atravesar mares, exhibirte por el mundo, mostrar quién eres, no eres un barco cualquiera. Naufragar navegando en alta mar en un accidente inevitable, te eternizaría como una leyenda. Morir anclado y abandonado, eso no es digno de un barco de tu calado.
El orgullo de la señora Ferrer comenzó a hundirse mientras flotaba el desprecio hacia el barco, que se convirtió en su vergüenza pública.
—Al principio no lo entendía, pero ahora, creo que eres como yo. Podrido por dentro pero impecable por fuera. Si tuviera un espejo, podrías reflejarte en mí cuando me empeño en algo. Necesito que sepas que no siempre fui así. Hubo un tiempo en que yo era otra persona. —Paró para respirar—. Puede que a ti te pasara algo parecido, que también perdieras lo que más querías y eso te transformó. Estoy agotada, quiero dejar este juego de una vez. Me has vencido, considero que has ganado.
Una ligera brisa se elevó de golpe, transportando partículas de perfume a madera recién cortada, recordando el desmayo que sufrió en la botadura. En los escasos segundos que duró pudo verse en un escenario distinto del que hasta ahora se había desarrollado su vida. Desde ese instante, la posibilidad de que esa visión fuera más una premonición que un desvarío se apoderó de ella.
—Todos somos tú, ¡TAKKA! —lo recordaba perfectamente, no lo había imaginado. Confusa y cansada dio orden de abandonarlo en un cementerio de barcos.
Esa noche, el capitán trajo de regreso a Cachorro.
—Te hará bien tenerlo de vuelta—la abrazó contra su pecho. Ella se dejó abrazar mientras cosquilleaba la cabeza del caniche.
—Usted no me conoce, capitán, no siempre fui lo que cree —agachó la cabeza.
—Nunca la he admirado por quien era. Ni siquiera ahora, que la tengo a mi lado, entiendo por qué no puedo dejar de pensar en ti.
—Capitán deje de hablarme así, —la estaba incomodando, era ella la que hacía sentir así a los demás.
—Olvide ese maldito barco, su empresa, su vida, su dinero. Venga conmigo, conozco un sitio que puede que la haga sentirse bien.
Capítulo 6. Encuentro
Entre el enjambre de obreros que trabajó día y noche para trasladar el material desde Anchurica, para luego darle la forma final, hubo un niño que se hizo hombre tallando sus detalles. Ese hombre, lo buscó hasta encontrarlo desahuciado.
Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos, inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo. Lo contempló desde el muelle del fondeadero de desguace.
—Cómo he echado de menos este olor a madera. Vuelvo a casa —musitó mientras sus pensamientos lo devolvían a su infancia.
—Padre, ha sido la terquedad que heredé de ti la que me ha traído de vuelta.
De su padre recordaba casi todo: la fuerza descomunal, el aspecto descuidado, la ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo.
«Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño a su cargo»
Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improviso. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.
Los recuerdos estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Los días de trabajo lo golpearon de frente: el hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos.
«Si atiendes lo suficiente, y no te dejas ver cuando no debes, te convertirás en uno más de la cuadrilla. Aprenderás el oficio si pones de tu parte, solo tienes que mirar cuando trabajamos. Te enseñaré a tallar la madera por las noches, antes de dormir.»
Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos para labores más precisas, así que su padre comprendió que enseñarle el oficio podría garantizarle un futuro a su lado.
—¡Ya eres mío! —gritó cuando lo vio.
Ese barco lo entusiasmaba. Conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano. Deseaba quedarse dormido, porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el rostro mientras le murmuraba palabras de amor al oído, incluso le cantaba canciones. Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.
Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas.
«La vista es el mejor maestro»
le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo.
Cerró los ojos al alcanzar la cubierta, posponiendo la recompensa de contemplarla por dentro. Al abrirlos, se hincó de rodillas.
—No puedo verte así —gimió—. No has sido construido para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡No estás muerto!
Sollozó deseando que el barco lo escuchara. Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su dignidad, conservando el aroma de la madera que él podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello. Se tumbó bocabajo en el suelo sollozando. La furia que sentía por dentro lo impulsó a levantarse. En esa posición, el destrozo adquiría mayor importancia. Se dispuso a comprobar el alcance del saqueo. Mirara donde mirara, no quedaba nada de la belleza de antaño, pero tras tranquilizarse no le importó. Seguía sintiendo que era su hogar. Esa sensación lo llevó hasta la proa, encaramándose al mascarón. Con los dedos recorrió las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.
—Sigues aquí, madre. No han dañado tu rostro. —Se abrazó al mascarón.
Un crujido seco, seguido de un brusco movimiento de la embarcación, hizo que se descolgara. Asido por las manos y con el cuerpo colgando, estuvo a punto de caer al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco, buscando los salientes con la punta de las botas. El barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar, seguía trepando por el casco con dificultad. Tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar adentro.
El suave bamboleo del mar lo meció. Cayó dormido en cubierta mientras contemplaba la cúpula celeste bordada de estrellas. La claridad del día mostró con mayor crudeza la barbarie. Recorrió la cubierta en dirección a la popa palpando las partes que llevaban su impronta y la de su padre.
«Padre, esto es obra tuya.»
Abrazó el palo mayor mientras ascendía sin perder de vista la madera, hasta la cofa.
—¿Te acuerdas, padre? Cómo sudabas el día que lo hincasteis amarrados al soguero hasta conseguir la perpendicularidad del enclave. La cuadrilla, amarrada también a las sogas, evitaba como titanes que se desplazara en el sentido equivocado. Todo eran abrazos cuando quedó afianzado, tal como ahora sigue. —Recordaba en voz alta, podía escucharlo. Qué orgulloso se sentía.
Recordar tiempos pasados le ayudó a soportar el presente. Se alegró de que su padre no lo hubiera acompañado. Siguió moviéndose por instinto, intentando asir a su lugar todo lo que había sido dispersado. Ya en la popa tomó con ambas manos el timón. Lo giró con suavidad: solo unos pocos grados hacia babor, cambiando de nuevo hacia estribor. No desvió el rumbo. Volvió a intentarlo. Como una súplica, esta vez puso intención cuando lo maniobraba. El barco giró sin brusquedad, accediendo al ruego.
—¿Quieres jugar conmigo? —Una ráfaga de aire hinchó las velas de la mesana, el palo mayor y el trinquete despacio, en secuencia. El movimiento avivó el olor a madera que penetró con fuerza en sus pulmones. No regresó a suceder en todas las mañanas que pasó dentro. Lo tuvo por una especie de bienvenida a bordo—. Estás hecho un desastre, puede que quieras que te repare.
Oteó el horizonte, el mar seguía en calma. No lograba orientarse por mucho que se afanaba. Las explicaciones de su padre sobre las señales del viento, las nubes y el movimiento de las aves no le habían servido de mucho.
—Me has traído para curar tus heridas. No tengo idea de hacia dónde me llevas, pero imagino que será importante para ti.
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