3:14 de la madrugada, recibo mi puesto de centinela temprano y prendo un cigarrillo para que su humo se camufle con la niebla que atormenta el ambiente.

Apenas si es observable la garita y los camiones oxidados que me cubren la espalda de cualquier guerrillero.

Tan pronto se enciende el cigarro, escucho un fuerte sonido proveniente de los árboles que cegaban mis ojos exactamente a 50 metros de mi ubicación.

Como protocolo, decido silbar para informar sobre una posible amenaza y para tratar de recibir una respuesta a cambio.

Tras 2 minutos sin respuesta, decido acercarme para verificar el lugar y asegurarme de que solo haya sido una falsa alarma.

Cuando me encontré bajo un árbol, me percaté de una sombra que corría exaltadamente entre los árboles. Supuse allí que era un ser humano por su silueta.

Decido chasquear con la boca para informar nuevamente, pero no recibo una respuesta inmediata.

Frente a esto, por medida de precaución, decido informar por mi radio y desasegurar mi Galil entrando en situación.

Tras seguir los pasos hasta la carretera, veo a lo lejos un hombre descuartizado, sin sus piernas y parte de su cuello cortado; apenas si parecía respirar.

Con la piel de gallina y la sangre helada, decido dar un paso al frente y buscar cubierta y protección…

Me acerco con cautela, el Galil preparado, mientras mi mirada barre el entorno buscando cualquier señal de amenaza adicional. El hombre descuartizado yace inerte; su respiración casi imperceptible es un hilo tenue que me hace dudar de si aún está vivo. La niebla parece querer envolverlo todo, como si quisiera ocultar los horrores que se despliegan ante mí. Me agacho junto a él, intentando evaluar su estado sin exponerme demasiado. Hay un charco de sangre oscura alrededor de su torso mutilado; parece que ha perdido mucha. Me encargo de hallar un pulso débil en su cuello desgarrado, y apenas logro detectar un latido mínimo e irregular.

De repente, escucho un crujido leve detrás de mí. Me giro rápidamente, el arma lista, pero solo veo la oscuridad y la niebla que parecen jugar con mis sentidos. Me pregunto si la sombra que vi corriendo entre los árboles tiene algo que ver con esto. ¿Fue el perpetrador? ¿O alguien más? La adrenalina corre por mis venas mientras mantengo la vigilancia.

Comienzo a hablar por la radio, intentando contactar con mi unidad para pedir apoyo médico urgente. “Posición Delta, aquí Centinela Uno. Tengo un herido grave, posible ataque. Requiero evacuación médica inmediata, repito…” La respuesta es un ruido estático, como si la niebla también quisiera interferir con las comunicaciones.

Mientras espero respuesta, mi mirada vuelve al hombre mutilado. Hay algo extraño en su rostro… Parece que intenta decir algo, un murmullo casi inaudible. Acerco mi oído a su boca, intentando captar sus palabras. “P… Puesto… cuatro… LZ…R22…E” es lo único que logro escuchar, un susurro débil como un espectro que se desvanece. Me estremezco; ¿Puesto 4?, ¿Quiere que vaya allí?, ¿LZR22E?

La niebla parece cerrarse más sobre nosotros, como si el mundo entero se estuviera reduciendo a este momento de oscuridad y sangre. De pronto, escucho pasos ligeros, casi furtivos, acercándose. Tras esto, me acerco al Puesto 4 con extrema precaución y con el Galil listo para cualquier eventualidad. La niebla parece envolverme como un manto húmedo y frío, reduciendo la visibilidad a apenas unos metros. Avanzo paso a paso, intentando no hacer ruido, mientras mi corazón late con fuerza en el pecho. Al llegar a la garita del Puesto 4, verifico el perímetro con cuidado, buscando cualquier señal de peligro. No veo nada anormal, no hay movimiento, no hay sonido fuera de lo común en este silencio opresivo. Me detengo un momento, intentando procesar lo que está sucediendo, intentando conectar los fragmentos de esta noche macabra.

Con cautela, me doy la vuelta para regresar, pensando en el hombre mutilado y en lo que pueda haber pasado. Es en ese instante, cuando comienzo a dar marcha atrás, que siento un golpe brutal, un dolor lacerante que me atraviesa la garganta. Un cuchillo se clava profundo, cortando tejidos, desgarrando mi tráquea. Siento el filo frío que se hunde también en mis órganos, un dolor indescriptible que me hace querer gritar, pero solo sale un gorgoteo de sangre. Mi visión se nubla, veo sombras borrosas moviéndose a mi alrededor mientras la vida se me escapa a borbotones. El Galil se me cae de las manos inertes, mi cuerpo comienza a ceder, mis piernas se doblan y caigo al suelo húmedo y frío.

Mientras yago allí, sintiendo el calor de mi propia sangre que me abandona, veo una figura oscura que se agacha junto a mí. Es un hombre, su rostro es una máscara distorsionada por la niebla y la maldad. Con una mano enguantada, agarra mi cabeza con fuerza brutal y la levanta como si fuera un trofeo macabro. “LZ…R22… E…” susurro, o creo susurrar, en un intento desesperado por entender. Pero la palabra se pierde en un borboteo de sangre.

Y entonces… todo se vuelve negro.

Despierto con un jadeo brutal, pero no es un despertar normal. Abro los ojos y veo mis manos que están cubiertas de sangre aún fresca. Estoy de pie en un claro rodeado de árboles oscuros, y frente a mí yace el cuerpo del soldado al que yo… al que yo descuarticé. Veo los cortes limpios y profundos, veo la mutilación brutal de sus piernas, el cuello desgarrado. Es mi obra. Soy yo.

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