El tren avanzaba hacia la gran ciudad. Julián miraba por la ventanilla con la tranquilidad de quien ya ha pasado de los sesenta y ha visto demasiado como para andar con rodeos o intentar impresionar a nadie. Viajaba a la capital por un asunto concreto, pero con la mente abierta. A estas alturas, lo único que podría causarle un verdadero respeto o nerviosismo era la muerte; lo demás eran cosas de la vida que se afrontaban cara a cara.
No era un hombre de vicios, sino una buena persona con ganas de vivir. Sabía que el deseo de un roce, de una caricia o de un beso es una necesidad tan fisiológica como cualquier otra, y que no muere con la edad. Pero en su pueblo, buscar eso era perder el tiempo: significaba pasarse un mes entero dando de comer a las palomas en el mismo banco para coincidir con una mujer y, con suerte, dirigirle la palabra, o directamente pagar por ello. La capital, en cambio, ofrecía la oportunidad de un contexto liberal donde las cartas ya estaban sobre la mesa y el hielo ya venia roto de casa. Sin niñerías. Una oportunidad que Julián estaba dispuesto a aprovechar.
Una vez cumplidas sus gestiones, Julián comprobó que, por ser sábado, los trenes de vuelta eran más espaciados. Con varias horas muertas por delante, decidió adentrarse en un barrio cercano a la estación donde abundaban los locales de sexo, básicamente Sex Shops o peep shows.
Julián cruzó la puerta con un recuerdo grabado en la memoria. Hacía muchos años, en una de sus visitas a la capital, había estado en un peep show de ese mismo barrio. Recordaba las cabinas, las monedas, las pantallas y ese anonimato rápido de antaño. Sin embargo, al mirar a su alrededor, se sintió completamente desubicado. No quedaba ni rastro de aquello; el espacio se había transformado en algo totalmente distinto, un entramado oscuro y confuso de pasillos.
Detrás del mostrador estaba el empleado del negocio. Al ver la cara de desconcierto de Julián, que se había quedado quieto con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, el operario lo caló de arriba abajo con la mirada. Llevaba años allí metido y sabía distinguir perfectamente a los clientes habituales de los hombres que entraban buscando el viejo formato heterosexual. Rompió el silencio con una franqueza inesperada:
—Buscas el peep show de toda la vida, ¿verdad, compañero? —le dijo, apoyando los codos en la barra—. Olvídate. Eso ya no existe. Las cosas han cambiado mucho y ahora lo que se lleva son las nuevas realities: el laberinto, el cuarto oscuro…
Se te nota en la cara que no vienes a buscar tíos, por eso te aviso: aquí por la tarde lo tienes difícil. Yo no soy gay, pero me paso aquí las tardes trabajando y sé cómo funciona el negocio hoy en día. Si buscas a una mujer en un sitio así a estas horas, es casi imposible. No vienen. El ambiente de tarde ahora es predominantemente de hombres.
Julián asintió en silencio, asimilando de golpe el choque entre su recuerdo y la realidad actual.
El empleado, contagiado por la actitud honesta y tranquila de Julián, continuó desmenuzando cómo se movía el dinero y el sexo para explicarle dónde se metían las mujeres:
—Las mujeres que buscan algo van a los clubes de intercambio por la noche. Por eso aquí por la tarde encontrar una mujer es pura ciencia ficción. Pero prepárate, porque allí la película es otra. Tienes que vestirte de gala, ponerte un traje de Armani aunque sea falso, y pagar cien euros la pareja solo por entrar. Todo pura fachada. Obreros que se disfrazan de señores para hacer posturitas y mirar, sin sentimientos, solo por el postureo del dinero y la supuesta elegancia. Un negocio redondo para los dueños, claro.
Después de la explicación, Julián hizo una mueca, dio un paso al frente y se adentró en el local.
Aquel lugar olía a lo que huelen los sitios que han visto pasar demasiadas modas: a asfalto, a productos de limpieza y a esa mezcla de curiosidad y desengaño que solo se siente en la penumbra, cuando la luz del sol todavía golpea fuera.
Entró sin mucha convicción, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros gastados y la camiseta de algodón que era, en esencia, su segunda piel. A sus más de sesenta años, Julián ya no buscaba fuegos artificiales ni rituales complejos. Buscaba la sencillez que el mundo parecía haber enterrado bajo capas de postureo.
Se detuvo frente a las videocabinas. El parpadeo de una pantalla no le decía nada; era una luz fría que no devolvía la mirada. Recordó entonces, casi con nostalgia de película en blanco y negro, los antiguos peep shows. Aquella persiana que subía, el cristal que separaba pero permitía la inmediatez del directo, el pulso de lo real. Ahora, todo era o la soledad de un monitor o la pantomima de los clubes nocturnos.
Mientras observaba la penumbra, se imaginó por un momento que el local se transformaba. En su mente, el laberinto oscuro en el que había entrado no era un lugar exclusivo para encuentros rápidos entre hombres, sino un espacio de respeto y luz tenue donde la gente corriente, la de verdad, podía cruzarse. Al contrario de lo que el operario le dijo, vio a una mujer de su edad,, quizás algo más joven. No llevaba un vestido de gala ni joyas prestadas para aparentar. Llevaba una chaqueta sencilla y la mirada cansada de quien también busca un refugio del «qué dirán». En ese laberinto imaginario, sus miradas se cruzaron. No hacían falta juguetes sexuales, ni sillas de diseño, ni el traje de Armani que Julián tanto detestaba. Ella le sonreía, una sonrisa de «te reconozco». Él se acercaba, respetando ese espacio invisible pero sagrado. Un roce en la mano, una palabra susurrada sobre lo difícil que es encontrar autenticidad en una ciudad que solo abre sus secretos de madrugada.
—Un café después, si te apetece —le decía él, sin la presión de haber pagado cien euros por una entrada.
Ella aceptaba con un gesto suave. Lo que surgía después no era un espectáculo para terceros, sino esa necesidad fisiológica y emocional que los dos compartían: la caricia, el reconocimiento, el saber que bajo la ropa de diario todavía latía el deseo de estar vivo.
Julián suspiró, cortando el hilo de sus pensamientos, y salió de nuevo a la calle. El sol todavía le dio en la cara, recordándole que eran apenas las siete de la tarde. Los clubes de la ciudad seguían cerrados, esperando a que los obreros se vistieran de gala para jugar a ser otros. Él, en cambio, prefería seguir siendo él mismo, aunque fuera a solas con sus vaqueros, esperando a que la vida, por una vez, fuera tan sencilla como un «sí» correspondido tras una mirada honesta.
Se dirigió a la estación. No podía demorarse más; si perdía el tren, quizás no hubiera otro hasta mañana. Alargando el paso llegó al andén. Rebuscó en el bolsillo trasero de sus vaqueros el billete de ida y vuelta y, al sacarlo, vio que le acompañaba un papel doblado. Lo abrió. Ponía: Susana, seguido de un número de teléfono.
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