Se apaga la luz del cuarto y se enciende el infierno en mi mente,
se activa el tribunal donde soy el acusado y el juez más demente.
Llegan las voces malditas, no piden permiso, se sientan al frente,
a escupirme en la cara las culpas que cargo y que callo ante la gente.
Me sacan los viejos cuadernos de errores, de faltas, de daños,
me cobran facturas pendientes que vengo arrastrando hace años.
«¡Mírate!», gritan con saña, «contempla tu peor invento,
el monstruo que fuiste, el error cometido, tu vil argumento».
Cada defecto se ensancha y se vuelve un espectro gigante,
cada pecado pasado me clava su garra punzante.
El pecho me pesa como si cargara una losa de piedra,
mientras la culpa en mis venas se enreda y me asfixia cual hiedra.
De rodillas en la sombra le pido clemencia a la nada,
busco un perdón que limpie esta culpa estancada.
Miro al reloj, lloro al aire, suplico salvar el pasado…
pero el tiempo es un monstruo de hielo que ya me ha olvidado.
No hay eco, no hay tregua, no existe una mano piadosa,
la noche me juzga y me encierra en su fría fosa.
Y aquí sigo despierto, pagando el precio de mi propio nombre,
esperando que el amancer borre y me vuelva a hacer hombre.
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