El último reflejo
Capítulo I — Lo que el agua recuerda
El agua de la laguna era amplia y verdosa, de ese verde turbio y vivo que tienen las aguas quietas cuando llevan tiempo sin que nadie las intervenga. En las orillas, los álamos y sauces que en otro tiempo habían dado sombra a los visitantes seguían ahí, más altos y más libres que antes, con las ramas colgando hasta rozar la superficie. Más atrás, los eucaliptos formaban una pantalla densa que olía a resina y a humedad. Y al fondo, cerrando el horizonte por todos lados, los cerros áridos y rocosos de la cordillera de la costa: pardos, escarpados, sin vegetación en las cimas, con esa presencia seca y antigua que tienen las cosas que no necesitan adorno para imponerse. En otro tiempo había sido un lugar de recreo, con botes y familias y el ruido que hace la gente cuando está contenta. Ahora era solo el agua y los árboles y los cerros, que seguían siendo exactamente lo que habían sido siempre, antes de que los humanos llegaran y después de que se fueran. Santiago devolvía lentamente todo lo que le habían construido encima. Era paciente, la naturaleza. Más paciente que cualquiera de ellos.
Ernesto la miraba desde la carpa.
Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas, en esa postura que había adoptado sin querer durante los últimos meses, como si el cuerpo hubiera decidido por su cuenta que esa era la manera correcta de esperar. A sus setenta años, esperar era lo que mejor sabía hacer. O quizás era lo único que le quedaba por hacer.
Elena estaba de espaldas a él, dentro del agua hasta la cintura, con los brazos levantados mientras se pasaba los dedos por el pelo mojado. El sol de la mañana —un sol pálido, casi avergonzado de sí mismo— caía oblicuo sobre la laguna y convertía el agua que escurría por su espalda en pequeños destellos fugaces. Ernesto los siguió con los ojos, uno por uno, como si cada destello fuera algo que pudiera perderse para siempre si dejaba de mirarlo.
Vio las cicatrices.
Las conocía de memoria, como conocía cada centímetro de esa mujer que cincuenta y nueve años antes había llegado al mundo sin pedirle permiso a nadie y que treinta y cuatro años atrás había llegado a su vida de la misma manera. Pero verlas así, a la luz de la mañana, con el agua desnudándola sin compasión, era distinto. La más larga empezaba bajo el omóplato derecho y bajaba en diagonal hasta perderse en la cintura, una línea gruesa y antigua que ya había perdido el rosado furioso de los primeros tiempos. Las otras eran más pequeñas, más dispersas, como si alguien hubiera lanzado piedras sobre su piel y cada impacto hubiera dejado su firma.
Todo lo que ha tenido que pasar, pensó Ernesto. Todo lo que ha tenido que pasar junto a mí.
No era un pensamiento nuevo. Lo había pensado de muchas maneras distintas, en muchos momentos distintos, durante los últimos dos años. Pero seguía doliendo con la misma intensidad, como esas canciones que uno escucha cien veces y la centésima vez duelen igual que la primera, quizás más, porque ya uno sabe exactamente en qué momento va a golpear.
A su izquierda, el carrito de supermercado descansaba inclinado sobre una raíz. Era un Líder, o había sido un Líder alguna vez; la calcomanía azul todavía era vagamente reconocible entre la corrosión. Una de las ruedas delanteras había quedado torcida en algún momento del camino y ahora el carrito se tambaleaba con cualquier peso, pero seguía funcionando, y eso era suficiente. Adentro llevaban lo que quedaba del mundo: dos frazadas enrolladas, una olla de acero con el mango reparado con alambre, un encendedor y la caja de repuesto, tres latas de conserva sin etiqueta, la linterna que parpadeaba si uno le daba un golpe seco en el costado, la mochila de Elena con sus cosas, la mochila de Ernesto con las suyas. Nada más. O casi nada: en el bolsillo interior de su mochila, envuelta en una bolsa plástica sellada con cinta de embalaje, había una fotografía. No la había mirado en semanas. No porque se hubiera olvidado de ella, sino porque ya no necesitaba mirarla para verla.
Elena salió del agua despacio.
Se quedó parada un momento en la orilla, con los ojos cerrados y la cara levantada hacia el sol, como si estuviera midiendo el calor, calculando cuánto quedaba. Luego abrió los ojos y miró en su dirección. Ernesto levantó una mano en un gesto mínimo, casi imperceptible, y ella asintió de la misma manera. Era así como hablaban ahora, la mayor parte del tiempo. Con gestos pequeños que decían cosas grandes.
Mientras ella se secaba con la tela que usaban de toalla —un trozo de género gris que había sido otra cosa en otra vida—, Ernesto cerró los ojos.
Y el recuerdo vino, como siempre venía, sin que uno lo llamara.
Habían sido las tres y cuarto de la madrugada.
Lo sabía porque había mirado el teléfono cuando lo despertó la luz, ese reflejo automático de buscar la hora en la oscuridad, ese gesto que había repetido miles de veces en miles de madrugadas y que aquella noche había ejecutado por última vez sin saberlo. La pantalla dijo 3:17. Y la luz dijo que no importaba.
Era una luz que no tenía nombre.
No era el blanco de los focos ni el amarillo de los faroles de la calle. No era el anaranjado de un incendio ni el azul de una sirena. Era todo eso y ninguna de esas cosas al mismo tiempo, una luz que cambiaba de color sin que los ojos pudieran seguirle el paso, que pulsaba con una frecuencia que uno sentía en los dientes y en el pecho antes de verla con los ojos.
Entró por las persianas.
No entró a través de las persianas, como entra la luz normal, filtrándose por las rendijas. Entró por ellas, como si el plástico celeste del dormitorio no existiera, como si los materiales hubieran decidido temporalmente no cumplir con su función. Y entonces toda la habitación fue esa luz.
Ernesto se incorporó en la cama sin saber que se había incorporado. Elena ya estaba sentada a su lado, con las manos aferradas a la sábana y los ojos muy abiertos, mirando la ventana.
—¿Qué es eso? —dijo ella.
Su voz sonó extraña. Más pequeña que de costumbre, pero también más clara, como si la luz hubiera limpiado el aire de algo que normalmente lo entorpecía.
—No sé —dijo él.
Y eso fue suficiente para los dos, por un momento. No sé. Una respuesta honesta para una pregunta honesta, en medio de algo que todavía no tenía forma ni nombre ni tamaño.
Se quedaron mirando la ventana.
La luz pulsaba. Crecía y menguaba con una regularidad que casi —casi— podría haberse llamado ritmo. Como una respiración. Como si algo muy grande, allá afuera en la noche de Santiago, estuviera respirando.
—Voy a mirar —dijo Ernesto, y empezó a quitarse las sábanas de encima.
—No —dijo Elena, y su mano encontró su brazo en la oscuridad iluminada, y lo sujetó con una firmeza que él conocía bien. La firmeza de cuando ella sabía algo que todavía no podía decir con palabras.
Se quedó.
Juntos miraron la ventana. Juntos escucharon el silencio de afuera, que no era un silencio normal: era la ausencia de todos los sonidos que debería haber habido. Ningún auto. Ningún perro. Ningún avión en la lejanía. Nada. Solo la luz que respiraba y los dos en la cama, con las manos entrelazadas sin que ninguno recordara el momento exacto en que eso había ocurrido.
Después vinieron los sonidos.
Pero eso era otra historia. O la misma historia, más adentro.
—Ernesto.
Abrió los ojos. Elena estaba de pie frente a él, ya vestida, con el pelo oscuro todavía húmedo pegado a los hombros. Lo miraba con esa expresión que a veces él no sabía descifrar del todo: algo entre la ternura y la preocupación, con una capa fina de algo más debajo, algo que podría haber sido gratitud o podría haber sido otra cosa para la que no había encontrado el nombre exacto.
—Estabas lejos —dijo ella.
—Estaba aquí —dijo él.
Ella se sentó a su lado en el suelo, sin preguntar, sin hacer el cálculo visible de si los huesos se lo permitían. Apoyó la cabeza en su hombro y miró la laguna, que seguía ahí, quieta y verde oscura, devolviéndoles una imagen del cielo que no era del todo exacta.
Estuvieron en silencio un momento largo.
—Hay que seguir moviéndose —dijo Elena, al fin. No era una pregunta ni una queja. Era simplemente la verdad, enunciada en voz baja, como se enuncia la temperatura del día o la distancia que falta.
—Sí —dijo Ernesto.
Pero ninguno de los dos se levantó todavía. La mañana podía esperar un poco más. La laguna podía seguir siendo de ellos un poco más. El mundo roto que se extendía más allá de los matorrales podía seguir esperando, como había esperado todos los días anteriores, como esperaría todos los días que vinieran.
Ernesto miró el agua y pensó que, en otro tiempo, le habría tomado una fotografía.
En otro tiempo.
Fin del Capítulo I
El último reflejo
Capítulo II — Lo que no llegó a ser
La carpa se resistía, como siempre.
Era una de esas carpas de camping que en otra vida habían sido azul petróleo y que ahora era un color indefinido entre el gris y el verde, desteñida por dos años de sol, lluvia y descuido. El sistema de varillas había perdido dos piezas en algún cruce de la Alameda —o lo que quedaba de la Alameda— y desde entonces armarla y desarmarla exigía una negociación silenciosa con la estructura, un entendimiento mutuo de hasta dónde cedía cada parte. Elena lo sabía mejor que nadie. Había desarrollado una técnica: doblar primero el lado izquierdo, soltar la varilla central con un giro hacia adentro, nunca hacia afuera, y luego dejar que el resto colapsara solo, con paciencia, sin forzar nada.
Ernesto enrollaba las frazadas al otro lado del campamento.
Lo hacía despacio, con esa lentitud que Elena había aprendido a no confundir con desgano. Era la lentitud de alguien que cuida lo que tiene, que sabe que cada cosa que poseen es la última versión de sí misma y que no habrá reemplazo. Enrollaba con las manos grandes y nudosas que ella conocía desde hacía treinta y cuatro años, las mismas manos, algo más lentas ahora, algo más cuidadosas, pero las mismas.
Elena dobló el lado izquierdo de la carpa.
Aflojó la varilla central con el giro correcto.
Y entonces, sin que nada lo anunciara, sin que hubiera una razón visible en el paisaje quieto de la laguna o en el sonido del agua o en la postura de Ernesto arrodillado sobre el pasto húmedo, pensó: menos mal.
El pensamiento llegó completo, sin culpa, con esa serenidad extraña de las verdades que han tardado mucho tiempo en asentarse.
Menos mal que no tuvimos hijos. Cómo habría sufrido él tratando de salvarlos. Cómo habríamos sufrido los dos.
No era la primera vez que lo pensaba. Pero cada vez que llegaba, ese pensamiento, lo recibía de manera distinta. Al principio, en los primeros meses después del evento, había llegado envuelto en algo parecido al horror: ¿cómo podía sentir alivio por una ausencia que durante años había sido la herida más constante? Luego había llegado con culpa. Luego con confusión. Ahora llegaba así, limpio y quieto, como el agua de la laguna esta mañana. Como algo que simplemente era verdad y no necesitaba más que eso para existir.
La carpa colapsó hacia adentro con un suspiro suave.
Elena se quedó mirándola un momento antes de empezar a doblarla.
El médico se llamaba Rodríguez. O Rodrigo. Después de tantos años, los dos nombres se habían fundido en su memoria en una sola figura borrosa: un hombre de mediana edad con anteojos de montura delgada y una manera de hablar que era amable en la superficie y clínica por debajo, como esas frutas que por fuera son suaves y por dentro tienen un hueso duro.
Habían esperado cuarenta minutos en la sala de espera.
Elena recordaba eso con una precisión que siempre le había parecido injusta: los cuarenta minutos de espera, el color crema de las paredes, la revista Paula
sobre la mesita ratona con una actriz en la portada cuyo nombre ya no recordaba, el sonido del aire acondicionado que hacía un ruido leve y constante, como una respiración mecánica. Recordaba todo eso con claridad y en cambio las palabras exactas del médico se le habían borrado hace mucho, quedando solo la forma general de lo que dijo, el contorno de la noticia.
Ernesto había tomado su mano en algún momento de la explicación.
Eso sí lo recordaba con exactitud.
No recordaba en qué momento exacto había ocurrido, si fue cuando el médico dijo lo del conteo de espermios —bajo, demasiado bajo, secuela de aquella fiebre que Ernesto había tenido a los dieciocho años y que en ese tiempo nadie había considerado seria— o si fue después, cuando mencionó los ovarios, los quistes, la palabra poliquístico, dicha con esa neutralidad técnica que los médicos usan para decir cosas que no son neutras en absoluto. Lo que recordaba era la mano de Ernesto buscando la suya bajo la silla, sin mirarla, con los ojos fijos en el médico, y los dedos entrelazándose con los suyos con una suavidad que en ese momento le había partido algo adentro.
Porque era la suavidad de alguien que también está recibiendo un golpe y aun así extiende la mano.
Salieron a la calle y Santiago los recibió como siempre: ruidoso, indiferente, lleno de gente que iba a sus propios lugares con sus propias urgencias. Elena recordaba haber pensado, parada en la vereda frente a la clínica, que era extraño que el mundo siguiera siendo tan igual cuando adentro de ella algo acababa de cambiar de forma para siempre.
—¿Quieres caminar un poco? —había dicho Ernesto.
—Sí —había dicho ella.
Y caminaron. No hablaron de nada importante durante un buen rato, o hablaron de cosas pequeñas, del frío que estaba haciendo para ser noviembre, de si había algún lugar cerca donde tomar algo caliente. Era la manera de Ernesto de darle tiempo. Siempre había sabido cuándo ella necesitaba que el mundo siguiera girando despacio antes de detenerse a mirar lo que había pasado.
Tomaron once en algún café de Providencia. Elena no recordaba cuál.
Y en algún momento, con las manos envueltas en la taza, ella había dicho:
—¿Estás bien?
Y Ernesto había tardado un segundo, solo un segundo, antes de responder:
—Estoy contigo. Eso es lo que estoy.
No era una respuesta. O era demasiada respuesta para ser solo una respuesta. Elena había mirado su taza y había sentido que algo se acomodaba adentro de ella, no en el lugar donde estaba el dolor —ese lugar seguía igual, seguiría igual durante mucho tiempo— sino a su lado, junto a él, como cuando uno pone algo frágil sobre una superficie firme y respira.
Lloraron, esa noche. Los dos, en la oscuridad del dormitorio, sin decir mucho.
Y luego, con el tiempo, construyeron la vida que cimentaron. Una vida sin hijos que de todas formas estuvo llena de cosas: los sobrinos de ella, los fines de semana, los viajes pequeños, los años que se fueron acumulando con la velocidad silenciosa que tienen los años felices. No era la vida que habían imaginado. Era otra vida, distinta, que con el tiempo dejó de parecerse a una segunda opción y empezó a parecerse, simplemente, a la suya.
Y ahora, en medio de todo esto, Elena pensaba que esa vida —esa vida y no otra— era exactamente la que les había permitido estar aquí. Juntos. Sin tener que cargar con el peso imposible de haber perdido más.
Menos mal, pensó otra vez.
Y esta vez el pensamiento no tenía ningún filo.
—¿Me pasas el alambre? —dijo Ernesto.
Elena parpadeó. Estaba de rodillas sobre el pasto, con la carpa doblada a medias sobre sus piernas, y Ernesto la miraba desde el carrito con la mano extendida. Había algo en su expresión —en la inclinación leve de la cabeza, en el modo en que entornaba los ojos— que le decía que llevaba un momento mirándola, esperando.
—Perdona —dijo ella, y buscó el rollo de alambre en el bolsillo lateral del carrito.
Se lo pasó. Sus dedos se rozaron un instante.
—¿Estabas lejos? —dijo él, usando las mismas palabras que ella le había dicho a él esa mañana, con el mismo tono, sin ninguna ironía.
—Estaba aquí —dijo ella, usando las mismas palabras que él había usado.
Ernesto la miró un segundo más, y asintió, y volvió a lo suyo.
Elena terminó de doblar la carpa. La ató con el trozo de cuerda que usaban para eso y la acomodó en el carrito, encima de las frazadas enrolladas, con el cuidado mecánico de quien ha repetido ese gesto suficientes veces como para que las manos lo hagan solas. Revisó que no quedara nada olvidado en el suelo: ninguna lata, ningún pedazo de género, ninguna huella que no fuera la del pasto aplastado donde había estado la carpa, que ya empezaría a recuperarse en cuanto se fueran.
Ernesto acomodó el alambre, verificó que la rueda torcida no hubiera empeorado durante la noche, y tomó el asa del carrito.
Elena se puso la mochila.
Miraron la laguna una vez más, los dos juntos, sin ponerse de acuerdo para hacerlo. El agua seguía quieta y verde oscura, devolviendo un cielo que no era del todo exacto. Un pájaro —algún tipo de pájaro que Elena no sabría nombrar, de los que habían vuelto después del evento con una confianza que los humanos ya no tenían— cruzó la superficie rozándola apenas con las alas y desapareció entre los matorrales del otro lado.
—¿Para dónde? —dijo Elena.
Ernesto miró hacia el norte, donde en algún lugar más allá de los edificios silenciosos y las calles cubiertas de pasto y las autopistas vacías, algo que todavía no sabían nombrar seguía haciendo lo que fuera que hacía.
—Al sur —dijo.
Elena asintió.
Y echaron a andar.
Fin del Capítulo II
El último reflejo
Capítulo III — Lo que el fuego guarda
La Ruta 68 era un río muerto.
Eso era lo primero que pensaba Ernesto cada vez que caminaban por ella: que se parecía a un río, con su ancho constante y su manera de abrirse paso entre los cerros como si hubiera estado ahí antes que todo lo demás. En otro tiempo había sido una de las carreteras más transitadas del país, el cordón que unía Santiago con Valparaíso, con el mar, con los fines de semana y los veranos y los camiones cargados de fruta bajando hacia el puerto. Ahora era silenciosa y gris, con el asfalto cuarteado por dos años de abandono y los pasto creciendo por las grietas con esa terquedad vegetal que a Ernesto le resultaba, dependiendo del día, o esperanzadora o simplemente triste.
Caminaban por el lado derecho, cerca de la berma. Ernesto tiraba del carrito y Elena iba medio paso adelante, como era su costumbre, con los ojos moviéndose de un lado al otro de la ruta con una cadencia regular que ya no era vigilancia consciente sino algo que el cuerpo había aprendido a hacer solo. Como respirar. Como desconfiar.
Los cerros de la cordillera de la Costa los flanqueaban a ambos lados, cubiertos de matorral seco y de ese silencio particular que tienen los lugares grandes cuando ya no hay máquinas que los interrumpan. De vez en cuando el viento bajaba por alguna quebrada y los encontraba de frente, frío y limpio, oliendo a tierra y a algo vegetal que Ernesto nunca había podido identificar con exactitud pero que asociaba, desde siempre, con la idea de estar lejos de la ciudad.
Hablaban poco mientras caminaban. Era una economía que habían desarrollado sin discutirla: las palabras para cuando hubiera algo que valiera la pena decir, el silencio para todo lo demás. A veces Elena señalaba algo con la cabeza —un edificio en ruinas, una manada de perros cruzando la ruta a lo lejos, una nube con una forma que le parecía digna de mención— y Ernesto miraba y asentía, y eso era suficiente conversación para un buen trecho.
El sol fue bajando despacio, como si también él estuviera cansado.
Los vieron desde lejos.
O más bien vieron las siluetas: dos galpones enormes de techo de zinc, separados por una explanada de estacionamiento que el pasto había empezado a reclamar desde los bordes. Las letras del letrero de Walmart habían caído en su mayoría, quedando solo la W azul y un fragmento de la segunda letra, suficiente para reconocerlos. El de Unimarc estaba un poco más atrás, con los vidrios del frontis quebrados y la persiana metálica de la entrada entreabierta, detenida a medio camino como si alguien la hubiera abierto y no hubiera vuelto a cerrarla.
Elena se detuvo.
Ernesto se puso a su lado y los dos estudiaron el lugar en silencio durante un momento. Era lo que siempre hacían antes de acercarse a cualquier estructura: mirar, esperar, medir. Buscar humo, movimiento, señales de fuego reciente. Buscar la presencia de otros, que podía ser una bendición o un problema dependiendo de quiénes fueran esos otros.
No había humo. No había movimiento visible.
—¿Mañana? —dijo Elena.
—Mañana —confirmó Ernesto.
Explorar al atardecer era un error que no habían vuelto a cometer después de la segunda semana. La oscuridad cambiaba los espacios cerrados de una manera que ninguna linterna compensaba del todo, y los espacios cerrados ya eran suficientemente impredecibles a plena luz.
Encontraron un lugar para el campamento un poco más adelante, donde la berma se ensanchaba y un grupo de quillayes y matorral bajo formaba una pantalla razonable desde la ruta. No era invisible, pero era lo suficientemente discreto. Ernesto calculó los ángulos, la distancia al galpón, las posibles líneas de aproximación desde el norte y desde el sur, y decidió que serviría.
Armaron la carpa en silencio, con el ritmo que ya era automático entre ellos: él extendía, ella tensaba, él fijaba, ella verificaba. La varilla central cedió con el giro correcto. En doce minutos la carpa estaba en pie.
El fuego era pequeño, contenido, del tamaño exacto para lo que necesitaban y nada más. Ernesto había aprendido eso también: los fuegos grandes eran señales, invitaciones, faros para quien estuviera buscando algo en la oscuridad. Un fuego pequeño daba calor y permitía calentar comida y no anunciaba nada a nadie.
Elena abrió dos latas con el abrelatas que llevaba siempre en el bolsillo delantero de su mochila. Porotos con algo que había sido chorizo en otra vida, según la imagen desteñida de la etiqueta que quedaba en una de ellas. La otra no tenía etiqueta y el contenido, al abrirla, resultó ser una especie de guiso de verduras que olía razonablemente bien. Las vaciaron en la olla, agregaron un poco del agua que cargaban en la botella grande, y pusieron la olla sobre las piedras que rodeaban el fuego.
Esperaron.
El cielo sobre la ruta 68 se había puesto del color que se pone cuando el sol ya bajó, pero la oscuridad todavía no terminó de llegar: un azul muy oscuro en el oriente y un anaranjado apagado en el poniente, con una franja de malva en el medio que duraba exactamente lo que duraba, que era poco. Elena lo miraba con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas. Ernesto removió el guiso con el trozo de madera que usaban de cuchara.
Comieron despacio, pasándose la olla, sin cubiertos, con el pan duro que les quedaba de dos días atrás y que Elena había racionado con la precisión que aplicaba a todo.
Cuando terminaron, Ernesto limpió la olla con un puñado de pasto húmedo y la dejó al lado del carrito. El fuego seguía ardiendo, más bajo ahora, con las brasas anaranjadas pulsando de a poco. Elena se había recostado sobre el costado, apoyada en un codo, mirando las llamas con esa expresión que significaba que su cabeza estaba en algún otro lugar, aunque sus ojos estuvieran ahí.
Ernesto la miraba.
Miraba el perfil de su cara, la línea de su cuello, la manera en que el pelo le caía hacia adelante cuando se apoyaba así. Y entonces, sin proponérselo, su mirada bajó hacia la espalda de ella, hacia el lugar donde la cicatriz mayor vivía debajo de la ropa, invisible pero presente, como ciertas cosas que uno sabe que están, aunque no pueda verlas.
Sintió el peso de algo subiéndole por el pecho.
—Elena —dijo.
Ella lo miró.
—Estaba pensando en la cicatriz —dijo él. Sin preámbulo, sin buscarle una entrada más suave. A esta altura del camino, los dos habían aprendido que los preámbulos eran un lujo.
Elena no dijo nada. Esperó.
—Pienso en ese día —dijo Ernesto—. Más de lo que quisiera.
El fuego hizo un pequeño ruido, un chasquido de madera cediendo, y una brasa se desplazó hacia un lado.
Habían llevado tres meses después del evento.
El edificio era de oficinas, o había sido de oficinas: uno de esos bloques de los años ochenta en la calle Teatinos, con la fachada de cerámica beige y las ventanas selladas que en otro tiempo habían sido espejadas y que ahora eran simplemente oscuras. Ernesto había visto señales de que alguien había estado ahí recientemente: una huella en el polvo del lobby, una puerta interior que había sido forzada con algo más preciso que el azar. Pero las señales eran de días atrás, o eso había calculado él, y el edificio tenía cuatro pisos que explorar y la posibilidad de encontrar algo útil era suficiente razón para intentarlo.
Habían subido al tercer piso cuando escucharon el ruido.
No era un ruido grande. Era el sonido de un peso desplazándose sobre el suelo en algún lugar del corredor, el crujido específico de alguien que está tratando de no hacer ruido y no lo está logrando del todo. Ernesto hizo la señal con la mano —dos dedos apuntando a sus propios ojos, luego hacia adelante— y Elena asintió, pegándose a la pared.
Fueron tres. O habían sido tres: después, tratando de recomponer la secuencia, Ernesto nunca pudo estar seguro del número exacto porque todo había ocurrido con la velocidad desordenada con que ocurren las cosas cuando el cuerpo decide antes que la cabeza. Lo que sí recordaba con claridad era al primero, un hombre joven con la cara muy delgada y los ojos de alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir bien, que salió de una puerta lateral con algo en la mano que en ese momento Ernesto no identificó y que después resultó ser un destornillador de mango amarillo.
El hombre joven fue directo hacia Elena.
No hacia Ernesto. Hacia Elena, porque ella cargaba la mochila más grande y en ese mundo nuevo las mochilas grandes eran lo que en otro tiempo habían sido los bolsos de marca.
Lo que pasó después Ernesto lo recordaba en fragmentos que nunca habían terminado de ordenarse en una secuencia limpia. Recordaba haber gritado. Recordaba el sonido que hizo Elena al caer contra el marco de la puerta, un sonido seco y breve que todavía escuchaba a veces en el momento justo antes de dormirse. Recordaba haber llegado hasta el hombre joven y haber hecho algo con las manos que no sabría describir con precisión porque en ese momento no era del todo él mismo. Recordaba que los otros dos huyeron por la escalera. Recordaba el silencio después.
Y recordaba haberse arrodillado junto a Elena en el suelo del corredor oscuro y haber visto la sangre, oscura y abundante, empapando la parte de atrás de su chaqueta.
El destornillador. El hombre joven lo había usado como un cuchillo improvisado, con la punta larga y plana, y había alcanzado a Elena cuando ella se dio vuelta para correr.
Ernesto había rasgado la chaqueta con las manos. Había presionado con lo que tenía. Había hablado todo el tiempo, sin parar, diciéndole a Elena que estaba bien, que no era tan grave, que la escuchaba, que siguiera mirándolo, sabiendo que algunas de esas cosas eran verdad y otras no lo eran, pero diciéndolas igual porque eran lo que había.
Elena había sobrevivido. Por supuesto que había sobrevivido. Pero la herida era profunda y larga y en ese mundo ya no había puntos de sutura en una clínica limpia, y lo que quedó fue lo que quedó.
—No fue culpa tuya —dijo Elena.
Lo dijo tranquila, sin énfasis, con la misma voz con que podría haber dicho cualquier cosa verdadera y simple.
—Lo sé —dijo Ernesto—. Acá. —Se tocó la cabeza. —Acá no siempre. —Se tocó el pecho.
Elena se incorporó. Se sentó a su lado, muy cerca, con el hombro contra el hombro de él, y pasó un brazo por su espalda. Ernesto sintió el peso de ese brazo y algo en él que había estado tenso durante todo el día, quizás durante varios días, cedió un poco.
—Eras el único que podía hacer algo —dijo Elena—. E hiciste todo lo que se podía hacer.
—Llegué tarde.
—Llegaste.
Ernesto no respondió. Miraba las brasas, que seguían pulsando despacio, naranjas y rojas, haciéndose más pequeñas a medida que la madera se consumía. Sintió que algo le quemaba en los ojos y no intentó evitarlo. A su edad, con todo lo que había pasado, el orgullo de no llorar delante de nadie le parecía una economía absurda.
Las lágrimas le bajaron despacio por la cara.
Elena no dijo nada más. Solo apretó un poco más el brazo que tenía sobre su espalda, y se quedó quieta a su lado, y dejó que el silencio fuera lo que era: no una ausencia de palabras sino una presencia de otra cosa, más antigua y firme que cualquier palabra que pudieran haberse dicho.
El fuego siguió ardiendo, pequeño y constante, sin anunciarle nada a nadie.
Los cerros de la costa eran sombras negras contra un cielo lleno de estrellas que en otro tiempo casi no se veían desde aquí, ahogadas por la luz artificial de la ciudad. Ahora estaban todas. Más de las que cualquiera de los dos hubiera podido contar.
—Mañana los galpones —dijo Elena, al fin, en voz baja.
—Mañana los galpones —repitió Ernesto.
Y eso también era suficiente. Un plan pequeño para el día siguiente. Un motivo para que mañana existiera.
Se quedaron así, hombro con hombro, hasta que el fuego se apagó solo.
Fin del Capítulo III
El último reflejo
Capítulo IV — Lo que el día trae
Ernesto abrió los ojos antes de que hubiera luz suficiente para justificarlo.
Era un hábito antiguo, anterior al evento, de cuando trabajaba y el cuerpo había aprendido a despertarse solo a las seis y cuarto con la puntualidad silenciosa de un reloj interno que nadie le había pedido que desarrollara y que de todas formas había desarrollado. Ahora no había nada que hacer a las seis y cuarto, o no había nada que hacer a ninguna hora específica, y sin embargo el cuerpo seguía ahí, fiel a su rutina, abriéndole los ojos en la oscuridad casi completa de la carpa con la misma indiferencia con que lo había hecho durante décadas.
Se quedó quieto un momento, escuchando.
El respiro de Elena, largo y regular a su lado. El viento leve entre los quillayes. Nada más. Nada que no debiera estar.
Se incorporó despacio, con el cuidado de siempre, distribuyendo el peso para que el movimiento no sacudiera el suelo de la carpa. Tomó las botas, las revisó por dentro antes de ponérselas —otro hábito, otro aprendizaje— y salió al frío de la mañana.
El cielo al oriente era de un azul muy oscuro, casi negro todavía, con una franja color ceniza en el horizonte que anunciaba el sol sin mostrarlo todavía. Las estrellas en el cénit seguían encendidas. Ernesto respiró el aire frío, que olía a tierra húmeda y a la ceniza fría del fuego de la noche anterior, y sintió ese momento de claridad extraña que a veces le daba la madrugada: una sensación breve y limpia de que el mundo, pese a todo, seguía siendo el mundo.
Buscó las dos latas vacías que guardaban para esto. Las llenó con agua de la botella grande, midiendo con el ojo, partes iguales, ni un centímetro más para uno que para el otro. Reconstruyó el fuego con las brasas que quedaban y un poco de material seco que había guardado bajo una piedra antes de dormir, otro hábito, otra economía pequeña. Las llamas tardaron un momento en decidirse y luego prendieron con esa convicción repentina que tiene el fuego cuando encuentra lo que necesita.
Puso las latas sobre las piedras.
Se sentó a esperar.
Tres días más y era su aniversario.
El pensamiento llegó sin que lo llamara, con la misma naturalidad con que llegaban todas las fechas que el cuerpo recuerda, aunque la cabeza no lleve la cuenta. Treinta y cuatro años. Treinta y cuatro años desde aquella tarde en el Registro Civil de Ñuñoa, con los dos testigos que habían conseguido a último momento porque los originales habían cancelado por razones que ya no recordaba, y el funcionario que había pronunciado mal el segundo apellido de Elena y Elena había dejado pasar sin corregirlo porque estaba demasiado feliz para que le importara.
Ernesto miró el fuego.
Pensó en lo que le habría gustado darle. No algo grande: hacía mucho tiempo que lo grande era una categoría que no tenía sentido en sus vidas. Algo pequeño. Una pinza para el pelo, por ejemplo. Elena llevaba el pelo siempre suelto o recogido con un trozo de cuerda desde que la última pinza que tenía se había roto en algún punto del camino, y él la había visto pasar los dedos por su pelo oscuro con ese gesto de quien busca algo que ya no está y lo ha aceptado, pero no del todo.
Una pinza. O cualquier cosa que pudiera envolverse en un gesto y entregarse con las manos y decir: me acuerdo. Estoy aquí. Seguimos siendo nosotros.
Quizás en los galpones. Era improbable, pero improbable no era lo mismo que imposible, y Ernesto había aprendido a vivir en el espacio que hay entre esas dos palabras.
El agua empezó a hervir con un sonido suave, de burbujas pequeñas, y desde adentro de la carpa Elena se movió.
Salió con el pelo revuelto y los ojos todavía a medio abrir, envolviéndose en la frazada como si fuera una capa, y se sentó junto a él sin decir nada. Ernesto le pasó su lata con cuidado, sujetándola por la base con un trapo doblado. Elena la recibió con las dos manos, aspiró el vapor, y cerró los ojos un momento.
El sol asomó por encima de los cerros del oriente.
No fue un amanecer dramático: fue ese tipo de amanecer quieto en que la luz llega poco a poco, sin anunciarse, y de pronto el mundo tiene colores que un momento antes no tenía. Los cerros de la costa se volvieron verdes. El asfalto de la ruta 68 se volvió gris claro. El cielo fue perdiendo el azul oscuro y ganando algo más parecido al blanco, y luego algo más parecido al celeste, y en el poniente todavía había una franja rosada que se resistía a irse.
Elena apoyó la cabeza en el hombro de Ernesto.
Él pasó el brazo por sus hombros, sobre la frazada, y la acercó. Los dos sostuvieron sus latas con agua caliente y miraron el amanecer con esa atención silenciosa que se le presta a las cosas que uno sabe que importan, aunque no sepa del todo por qué.
El calor del agua les calentaba las manos. El sol naciente les calentaba las caras. Sus cuerpos —demacrados los dos, más delgados de lo que habían sido nunca, con los años y el camino marcados en cada ángulo— encontraban en ese contacto lateral algo que ninguna frazada podía dar del todo.
—Buenos días —dijo Elena, al fin.
—Buenos días —dijo Ernesto.
Era suficiente. Siempre había sido suficiente.
Enterrar el carrito llevó más de lo que Ernesto había calculado.
El suelo junto a los quillayes era más duro de lo que parecía, con una capa de tierra suelta encima y piedra compacta debajo, y la pala plegable que cargaban era pequeña y estaba diseñada para otras urgencias. Pero Ernesto cavó con la metódica paciencia que le había dado la vejez, sin apurarse, haciendo el hoyo del tamaño exacto que necesitaba, ni más ni menos. Bajaron el carrito de costado, acomodaron encima las mochilas y las frazadas envueltas en la lona impermeable que habían encontrado meses atrás, y lo cubrieron todo con tierra y con las piedras planas que Elena fue juntando de los alrededores.
Sobre las piedras, Ernesto puso tres ramas cruzadas de una manera específica: una señal que solo ellos dos conocían y que desde cierta distancia no parecía nada.
—Dos horas —dijo Elena, que era lo que siempre se decían antes de entrar a explorar un lugar nuevo.
—Dos horas —confirmó Ernesto.
Llevaban consigo solo lo esencial: la linterna, el cuchillo de Ernesto en su vaina al cinturón, la botella de agua, el abrelatas, una bolsa plegable para lo que encontraran. Livianos. Listos para moverse rápido si era necesario.
El Walmart por dentro era una caverna.
Los ventanales del techo dejaban entrar una luz grisácea y difusa que alcanzaba para ver sin linterna, aunque las zonas más alejadas de las cajas registradoras quedaban en una penumbra que hacía difícil distinguir los detalles. Las estanterías seguían en pie en su mayoría, aunque muchas estaban volcadas o con los contenidos desparramados en el suelo: el resultado de años de saqueo sistemático, por capas, primero lo urgente y luego lo menos urgente y luego lo que nadie habría considerado valioso en otro tiempo.
Caminaban despacio, uno a cada lado del corredor central, revisando con los ojos antes de tocar nada.
Elena encontró tres latas de atún en el fondo de una estantería de artículos de limpieza, ocultas detrás de botellas vacías de detergente, como si alguien las hubiera escondido ahí con intención y luego no hubiera podido volver por ellas. Ernesto encontró un rollo de cuerda sintética en buen estado y dos velas de cumpleaños, las únicas que quedaban de un paquete de veinte, pequeñas y de colores, probablemente inútiles para cualquier propósito práctico y que de todas formas guardó en la bolsa porque la luz es la luz y no pesa nada.
Iban a entrar al sector de bazar cuando lo escucharon.
Ernesto se detuvo primero. Elena lo hizo medio segundo después, ya con la cabeza girada en la dirección del sonido.
Era un llanto. Inconfundible, aunque amortiguado por la distancia y por las estanterías: el llanto específico de un niño, ese sonido que el cuerpo humano reconoce antes que la mente, con una urgencia que no pasa por el razonamiento.
Se miraron.
Sin hablar, Ernesto señaló hacia el fondo del galpón, hacia el sector de ferretería y artículos del hogar donde las estanterías eran más altas y la penumbra más densa. Elena asintió. Se movieron en paralelo, despacio, pegados cada uno a una hilera de estanterías, sin hacer ruido, de la misma manera en que se mueven los que han aprendido que los sonidos inesperados pueden ser muchas cosas distintas y que la precaución no es lo mismo que el miedo.
El llanto se fue haciendo más claro a medida que avanzaban.
Y luego lo vieron.
Estaba en el suelo, entre dos estanterías volcadas que formaban una especie de refugio accidental. Una niña de unos diez años, con el pelo oscuro y enredado, la ropa sucia y varias tallas más grande de lo que debería haberle quedado, sentada con las rodillas contra el pecho y la cara hundida en los brazos. Lloraba con ese llanto que viene después del llanto grande, cuando ya no quedan fuerzas para el sonido y solo queda el temblor.
A su lado, tendido en el suelo, había un hombre.
Ernesto calculó que había tenido más de setenta años, aunque era difícil estar seguro en este tiempo en que el hambre y el camino envejecían los cuerpos más rápido que el calendario. Era muy delgado, de esa delgadez que no es constitución sino ausencia, con la ropa colgando en los huesos y la cara hundida en los ángulos que deja la inanición cuando termina su trabajo. Tenía los ojos cerrados. Tenía la quietud absoluta de los que ya no tienen nada pendiente.
Ernesto y Elena se miraron otra vez.
Fue una conversación entera en dos segundos: las cejas de Elena subiendo levemente, la boca de Ernesto apretándose un momento, una inclinación casi imperceptible de su cabeza hacia la niña, la respuesta de él con los ojos, el peso de lo que ambos sabían que significaba esta decisión y de todas formas la estaban tomando. Fue así de breve y así de completa.
Ernesto carraspeó suavemente.
La niña levantó la cabeza de golpe. Se pegó contra la estantería de atrás, con los ojos muy abiertos y el cuerpo tenso como un animal que evalúa en una fracción de segundo si corre o se queda. Miró a Ernesto. Miró a Elena. Volvió a mirar a Ernesto.
—No te vamos a hacer nada —dijo Elena, en voz baja, desde donde estaba, sin moverse—. Te lo prometemos.
La niña no respondió. Seguía mirándolos con esos ojos grandes y evaluadores que a Ernesto le recordaron, con un dolor súbito, a los ojos de ciertos animales que han aprendido que el mundo no es seguro.
Esperaron. Era lo único que se podía hacer.
Y entonces la niña, con una voz que era pequeña pero sorprendentemente directa, preguntó:
—¿Son personas buenas?
Ernesto sintió la pregunta como algo físico. No era una pregunta de niño: era la pregunta más seria que alguien podía hacer, formulada con la precisión brutal de quien ya no tiene tiempo ni energía para preguntas menos importantes.
Fue Elena quien respondió.
—Intentamos serlo —dijo—. Todos los días.
La niña los miró durante un momento más, con esa seriedad que tienen los niños cuando procesan algo que los adultos subestiman. Luego, despacio, aflojó los hombros un centímetro.
Se llamaba Sofía.
Lo dijo cuando Elena se sentó en el suelo a tres metros de ella, sin apurarse, como quien no tiene ningún apuro porque en efecto no lo tiene. Ernesto se quedó de pie un poco más atrás, apoyado en la estantería, dándole espacio. Era la táctica correcta y ambos lo sabían sin haberlo discutido nunca: Elena primero, Ernesto después, porque había algo en la manera de moverse de Elena que los niños leían de otra manera.
El hombre en el suelo era su abuelo. Eso también lo dijo Sofía, con esa economía de palabras que usan los que han aprendido que las explicaciones largas cuestan energía. Su abuelo. Llevaban juntos desde el principio. Desde el evento.
—¿Tienes hambre? —dijo Elena.
Sofía asintió. Una vez, pequeño.
Elena sacó de la bolsa una de las latas de atún que había encontrado, la abrió con el abrelatas, y la deslizó por el suelo hacia ella. La niña la miró. Miró a Elena. Y luego comió, con esa concentración silenciosa que tiene el hambre real, sin modales ni pausas, hasta que la lata estuvo vacía.
Mientras Elena permanecía junto a Sofía, Ernesto recorrió el espacio en silencio. Era un instinto que había desarrollado con el tiempo: cuando alguien había vivido en un lugar, aunque fuera poco tiempo, siempre dejaba algo. Un escondite. Una reserva. La esperanza guardada en algún rincón que los ojos ajenos no encontraran a primera vista.
Revisó detrás de las estanterías volcadas. Revisó bajo un trozo de cartón que había servido de colchón. Y entonces, en el hueco entre la base de una estantería y el muro, envuelto en una bolsa plástica atada con un nudo cuidadoso, lo encontró.
Tres latas sin etiqueta. Un paquete de galletas de agua sellado, algo aplastado pero intacto. Un frasco pequeño de mermelada con la tapa oxidada pero firme.
Ernesto sostuvo el paquete un momento antes de voltearse.
El abuelo lo había guardado para ella. Con las últimas fuerzas, o quizás mucho antes, cuando todavía las tenía, había pensado en Sofía y había escondido lo poco que tenía donde nadie más pudiera encontrarlo. Solo ella sabría buscarlo, cuando estuviera lista.
Ernesto dejó el paquete frente a Sofía sin decir nada. La niña lo miró, y algo en su cara cambió de una manera difícil de describir: no fue llanto, no fue alivio, fue algo más profundo y quieto, como el reconocimiento de un gesto que ya no tenía destinatario pero que igual había llegado.
—Era de él —dijo Sofía.
—Ahora es tuyo —dijo Ernesto.
Enterraron al abuelo en la explanada del estacionamiento.
Ernesto cavó sin que nadie se lo pidiera. Era trabajo duro con la pala pequeña y el suelo compacto bajo el asfalto que habían roto a golpes con un trozo de barra metálica que encontraron adentro, pero Ernesto cavó hasta que el hoyo fue suficientemente profundo para ser una tumba y no solo un agujero. Elena estuvo con Sofía todo el tiempo, sentada junto a ella en el borde del estacionamiento, sin hablar mucho, dejando que el silencio fuera lo que era.
Cuando terminaron, Sofía puso una piedra plana sobre la tierra removida. La miró un momento. No dijo nada.
No hacía falta.
El sol estaba alto cuando los tres salieron del Walmart.
Ernesto miró hacia el galpón del Unimarc, más atrás en la explanada, con la persiana entreabierta y el interior en sombras. Quedaba por explorar. Pero el día había dado ya demasiado de una vez, y Sofía necesitaba descanso, y ellos también, aunque ninguno de los dos lo dijera.
—El Unimarc mañana —dijo Elena, siguiendo su mirada.
—El Unimarc mañana —confirmó Ernesto.
Recuperaron el carrito del escondite bajo los quillayes. Ernesto desarmó la señal de las ramas cruzadas y acomodó las cosas de vuelta con el orden de siempre, sumando el paquete de los alimentos del abuelo en el fondo, bien envuelto. Elena ayudó a Sofía a subir su bolsa pequeña al carrito para que no tuviera que cargarla.
Instalaron el campamento de nuevo en el mismo lugar de la noche anterior, entre los quillayes y el matorral bajo que daban pantalla suficiente desde la ruta. Esta vez fueron tres armando la carpa: Ernesto extendía, Elena tensaba, y Sofía, sin que nadie le explicara qué hacer, fue recogiendo las piedras para rodear el fogón con esa iniciativa silenciosa de quien necesita ser útil y sabe cómo serlo.
Ernesto la observó un momento sin que ella lo notara.
Pensó en el abuelo que había guardado tres latas y un paquete de galletas en un hueco de estantería. Pensó en la clase de hombre que hace eso. Pensó que Sofía llevaba algo de ese hombre adentro, en la manera de moverse, en la manera de no pedir, y que eso era una forma de que él siguiera presente, aunque ya no estuviera.
—¿Sabes armar un nudo? —le preguntó a Sofía, tendiéndole un trozo de cuerda.
La niña lo miró. Asintió una vez.
—Muéstrame.
Sofía tomó la cuerda e hizo un nudo doble, torpe pero firme, con la lengua asomando levemente entre los dientes por la concentración. Ernesto lo examinó y asintió con seriedad, como quien evalúa un trabajo bien hecho.
—Sirve —dijo.
Y eso, en el lenguaje que Sofía ya estaba aprendiendo a leer, significaba algo más que “sirve”.
El atardecer llegó despacio sobre la ruta 68. Los tres se sentaron alrededor del fuego pequeño, con la olla al centro y el olor del guiso mezclándose con el humo y el aire frío de los cerros. El Unimarc esperaba al otro lado de la explanada, oscuro y quieto, guardando lo que almacenara.
Mañana sabrían.
Fin del Capítulo IV
El último reflejo
Capítulo V — Lo que la noche escucha
El fuego era el mismo de siempre: pequeño, contenido, fiel.
Habían comido despacio, los tres, compartiendo la olla sin ceremonia, con el guiso que Elena había preparado mezclando una de las latas sin etiqueta con un poco de agua y las últimas especias que quedaban en un frasquito de plástico que cargaban desde hacía meses. Sofía había comido con la misma concentración silenciosa de antes, aunque esta vez más despacio, como si el cuerpo hubiera empezado a recordar que no era necesario apurarse.
Cuando la olla estuvo vacía, nadie se levantó.
Era esa hora en que el fuego invita a quedarse, en que la oscuridad alrededor se vuelve una pared suave y el círculo de luz parece suficiente mundo para los que están adentro. Ernesto tenía las manos cruzadas sobre las rodillas. Elena había apoyado la espalda en el tronco caído que habían arrastrado hasta el fogón para tener donde sentarse. Sofía estaba entre los dos, con la frazada que Elena le había puesto sobre los hombros enrollada hasta la barbilla, mirando las llamas con esa atención fija que tienen los niños cuando están procesando algo que no saben todavía cómo decir.
Ernesto no preguntó nada.
Elena tampoco.
Esperaron, porque habían aprendido que ciertas cosas se dicen solas cuando el momento es el correcto y nadie las apura.
Y entonces Sofía habló.
Lo hizo despacio, con la voz baja y pareja de quien narra algo que ha repasado muchas veces en silencio, que ha ordenado y reordenado en la cabeza durante noches largas hasta que las piezas quedaron en un lugar que podía sostenerse.
Sus papás se habían ido a Viña del Mar.
Lo dijo así, primero, como se dice el principio de una historia que uno sabe que va a doler pero que de todas formas hay que empezar por el principio. Sus papás se habían ido a Viña del Mar una semana antes del evento. Al Hotel Casino, que era un lugar al que su mamá quería ir desde hacía mucho tiempo y que su papá le había regalado por su cumpleaños. Una semana entera, los dos solos, por primera vez en años.
—Mamá estaba muy contenta —dijo Sofía—. Me mandó una foto desde la piscina.
Lo dijo sin énfasis, con la precisión de un detalle que se ha guardado con mucho cuidado. La foto desde la piscina. Su mamá con anteojos de sol y una sonrisa que Sofía probablemente podría dibujar de memoria, aunque ya no tuviera el teléfono donde estaba guardada.
Mientras sus papás estaban en Viña, ella se había quedado con sus abuelos en el departamento de Maipú. Era un arreglo habitual: cuando los papás necesitaban tiempo, los abuelos aparecían, y el departamento de Maipú se convertía por unos días en un lugar donde se comía más temprano y se veía más televisión y el abuelo le enseñaba juegos de cartas que ella sospechaba que él inventaba sobre la marcha.
Entonces ocurrió el evento.
Sofía no lo llamó así. Lo llamó esa noche, que era como lo nombraba en su cabeza, con esas dos palabras que lo contenían todo sin tener que describirlo. Esa noche las luces. Esa noche el ruido que no era ruido sino algo para lo que ella tampoco tenía nombre. Esa noche el abuelo levantándola de la cama y envolviéndola en una frazada y llevándola al pasillo interior del departamento, lejos de las ventanas, con la abuela pegada a ellos repitiendo algo en voz baja que Sofía no entendió del todo pero que sonaba a oración.
—El abuelo dijo que no pasaba nada —dijo Sofía—. Pero me agarraba muy fuerte.
Ernesto miró el fuego.
Los días después de esa noche los narró con la misma economía: el departamento sin luz, sin agua después del tercer día, el silencio de la calle que era distinto al silencio normal. La abuela que intentaba llamar a los papás desde el teléfono que fue perdiendo batería hasta que no quedó nada. El abuelo bajando al almacén de la esquina, volviendo con lo que había podido encontrar, sin explicarle del todo qué tan vacío estaba todo ahí afuera.
Y luego la decisión.
—El abuelo dijo que teníamos que ir a buscarlos —dijo Sofía—. A mis papás. Dijo que seguro estaban bien pero que había que ir a buscarlos igual.
Lo había dicho así, el abuelo: seguro están bien, pero hay que ir a buscarlos igual. Esa lógica particular de los adultos que protegen a los niños de la verdad sin mentirles del todo, que construyen una versión del mundo que es técnicamente posible, aunque no sea la más probable.
Sofía lo había creído. O había decidido creerlo, que a veces es lo mismo.
Salieron los tres de Maipú con lo que pudieron cargar. El abuelo sabía dónde iba: Viña del Mar estaba al otro lado de los cerros, por la ruta 68, y si seguían la ruta llegarían. Era un plan simple, de la clase de planes simples que funcionan sobre el papel y que el mundo real va complicando a medida que uno avanza.
La abuela se llamaba Rosa.
Sofía lo dijo de repente, como si necesitara que el nombre existiera en voz alta antes de poder seguir.
—Rosa —repitió Elena, suavemente, como confirmando que lo había escuchado y que iba a recordarlo.
La abuela Rosa había empezado a toser en la segunda semana de camino. No era una tos nueva: tenía algo en los pulmones desde hacía años, algo que los médicos habían nombrado de una manera que Sofía no recordaba exactamente pero que el abuelo llamaba lo de siempre con esa resignación tranquila con que los viejos hablan de sus enfermedades crónicas. Lo de siempre había sido manejable mientras había pastillas. Cuando las pastillas se acabaron, lo de siempre dejó de ser manejable.
La tos se fue haciendo más profunda. Los descansos más frecuentes. El paso más lento.
El abuelo no dijo nunca que estaba asustado. Pero Sofía lo veía en la manera en que miraba a la abuela cuando ella no lo observaba, en la manera en que ajustaba el paso al de ella sin comentarlo, en la manera en que por las noches le hablaba en voz baja, muy cerca, con palabras que Sofía no alcanzaba a escuchar desde su lado de la carpa, pero cuyo tono conocía bien: era el tono de las cosas que se dicen cuando uno quiere que el otro sepa algo importante antes de que sea demasiado tarde.
La abuela Rosa murió una mañana antes de que saliera el sol.
Sofía lo dijo con esa frase exacta, antes de que saliera el sol, y no agregó nada más sobre ese momento, y Ernesto y Elena no le pidieron que agregara nada. Había cosas que no necesitaban más detalle que el que uno decide dar.
El abuelo había cavado solo. Sofía no sabía cuánto tiempo había tardado porque ella no había podido mirar, había estado sentada dando la espalda con las rodillas contra el pecho y los ojos cerrados, escuchando el sonido de la pala que era el sonido más triste que había escuchado nunca. Después el abuelo había vuelto a su lado y la había abrazado durante mucho tiempo sin decir nada, y luego había dicho:
—Seguimos.
Y siguieron.
Pero sin la abuela Rosa el abuelo era otro. No de golpe, no de una manera visible que Sofía pudiera señalar con exactitud. Era más lento, pero no solo en el cuerpo. Era como si algo que lo había mantenido orientado en una dirección se hubiera apagado, y ahora avanzaba por inercia, porque había prometido seguir y era un hombre que cumplía sus promesas, aunque ya no supiera del todo hacia dónde.
Llegaron al Walmart porque era lo que había. Porque el abuelo vio el galpón y calculó que adentro podría haber algo útil y adentro se quedaron, un día y luego otro y luego más, mientras el abuelo se hacía más quieto y comía menos y dormía más y Sofía fingía no darse cuenta de ninguna de esas cosas porque sabía, con esa sabiduría práctica y terrible que dan las pérdidas, que a veces fingir no darse cuenta es la única forma de cuidar a alguien.
Una mañana el abuelo no se levantó.
Todavía respiraba. Le habló y él respondió, con los ojos cerrados, con palabras que eran a medias para ella y a medias para alguien que no estaba ahí. Le dijo su nombre. Le dijo niña mía. Le dijo algo sobre la abuela Rosa que Sofía no entendió del todo pero que guardó igual, intacto, para después.
Y luego se quedó quieto.
Sofía dejó de hablar.
El fuego ardía bajo, casi brasas, con una luz anaranjada que pulsaba despacio. En algún lugar entre los matorrales un grillo había empezado a cantar, o algo parecido a un grillo, uno de esos sonidos que habían vuelto después del evento con la misma confianza tranquila de todo lo que no dependía de los humanos para existir.
Elena no dijo nada. Abrió el brazo y Sofía se recostó contra ella con la naturalidad de quien encuentra un lugar que llevaba buscando sin saberlo. Elena la rodeó con la frazada y con el brazo y se quedó quieta.
La niña lloró.
No fue un llanto largo ni dramático. Fue un llanto honesto y cansado, de esos que salen cuando ya no queda energía para contenerlos y el cuerpo decide que es el momento y no el momento más adelante. Lloró con la cara hundida contra el hombro de Elena, con los hombros temblando apenas, y Elena le puso la mano en el pelo y no dijo nada, porque no había nada que decir que valiera más que eso.
Ernesto miraba el fuego.
Sentía el peso del silencio de la misma manera en que se siente el peso de algo que uno está sosteniendo con cuidado para que no se caiga, consciente de cada movimiento. Pensó en el abuelo que había guardado tres latas y un paquete de galletas en un hueco de estantería. Pensó en la abuela Rosa que había muerto antes de que saliera el sol mientras el abuelo le hablaba en voz baja. Pensó en dos personas en el Hotel Casino de Viña del Mar que quizás habían mandado una foto desde una piscina y que después de esa noche habían dejado de poder ser buscados y de poder buscar.
No pensó en voz alta ninguna de esas cosas.
El llanto de Sofía fue haciéndose más lento. Luego más espaciado. Luego su respiración cambió, se hizo más larga y pareja, con esa transición suave de los niños que se quedan dormidos antes de terminar de decidirlo.
Elena la miró y luego miró a Ernesto con una pregunta silenciosa.
Ernesto asintió: adentro.
Se levantaron con cuidado, Elena sosteniendo a Sofía sin despertarla, y la llevaron a la carpa. La acomodaron sobre las frazadas dobladas que hacían de colchón, con la frazada de Sofía encima y la de Elena agregada sobre eso, porque la noche estaba fría y la niña era pequeña.
Elena se quedó adentro.
Ernesto tomó su frazada, la que quedaba, y volvió al fuego. Se sentó en el tronco, se envolvió en ella, y miró las brasas que seguían ahí, fieles, resistiéndose a apagarse del todo.
El aire era frío y limpio.
Las estrellas sobre la ruta 68 eran las mismas de siempre, más de las que nadie podría contar, indiferentes y constantes y hermosas de una manera que no pedía permiso.
Ernesto pensó que en tres días era su aniversario.
Pensó en una pinza para el pelo.
Pensó que mañana era el Unimarc.
Y se quedó ahí, guardián silencioso de un fuego pequeño y de dos mujeres dormidas, hasta que el frío y el cansancio lo vencieron despacio, y su cabeza cayó sobre el pecho, y también él durmió.
Fin del Capítulo V
El último reflejo
Capítulo VI — Lo que el día exige
Ernesto no escuchó a Sofía salir de la carpa.
Lo que escuchó fue el frío, o más bien el cambio en el frío: ese leve corriente de aire que se cuela cuando la cremallera de la carpa se abre despacio, con el cuidado de quien no quiere despertar a nadie. Lo escuchó sin terminar de despertarse, desde ese lugar intermedio entre el sueño y la vigilia donde los sentidos funcionan antes que la conciencia, y su cuerpo registró que el movimiento era pequeño y cauteloso y no amenazante, y entonces no hizo nada.
Luego sintió una mano sobre la suya.
Abrió los ojos.
La penumbra del amanecer era de ese azul muy suave que dura poco, casi gris, casi nada todavía. Sofía estaba sentada a su lado en el tronco, envuelta en su frazada hasta la barbilla, con la mano pequeña apoyada sobre el dorso de la mano de él. Lo miraba. Y cuando vio que él abría los ojos, sonrió.
Era una sonrisa pequeña, todavía cautelosa, de las que no prometen demasiado pero tampoco se esconden. Ernesto la miró un momento, con la cabeza todavía pesada de sueño, y sintió algo que no supo nombrar con exactitud pero que reconoció igual, de la misma manera en que uno reconoce el olor de la lluvia antes de que llegue.
—Buenos días —dijo Sofía, en voz baja.
—Buenos días —dijo Ernesto, en el mismo tono.
El fuego era solo brasas. El cielo al oriente empezaba a aclararse por el filo, muy despacio, como si el sol también necesitara un momento antes de comprometerse con el día.
Elena salió de la carpa poco después, con el pelo recogido con el trozo de cuerda y esa expresión de los primeros minutos de la mañana que Ernesto conocía bien: los ojos completamente abiertos pero la cara todavía en otro lado, procesando el paso de un mundo al otro. Miró a los dos sentados en el tronco y no dijo nada, solo asintió levemente, y tomó la botella de agua y las dos latas que usaban para el desayuno.
Se distribuyeron sin ponerse de acuerdo.
Elena tomó las latas y la botella y midió el agua con el ojo, partes iguales, tres porciones esta vez, recalculando la proporción con la misma precisión silenciosa con que hacía todo. Ernesto reconstruyó el fuego desde las brasas, agregando el material seco que había guardado bajo la piedra, soplando suave hasta que las llamas decidieron aparecer. Y Sofía, sin que nadie le dijera nada, entró a la carpa.
Ernesto y Elena se miraron.
Desde adentro llegaba el sonido discreto y ordenado de alguien doblando frazadas, acomodando mochilas, organizando el espacio con una meticulosidad que ninguno de los dos le había pedido ni sugerido. Ernesto arqueó levemente las cejas. Elena sonrió, apenas, con esa sonrisa que no necesita mucho espacio para decir lo que dice.
Sofía salió de la carpa, sacudiéndose el polvo de las manos, y se sentó junto al fuego como si siempre hubiera sabido cuál era su lugar ahí.
Ernesto pensó que sí. Que ya lo era.
Bebieron el agua caliente despacio, los tres juntos alrededor del fuego, con los últimos trozos del pan duro que Elena había racionado hasta el final, mojándolo en el agua para ablandarlo, sin comentar nada sobre el sabor ni sobre la escasez, porque a esta altura del camino comentarlo habría sido un lujo innecesario.
El sol terminó de salir.
La explanada del estacionamiento al otro lado de los quillayes fue cobrando color: el gris del asfalto cuarteado, el verde del pasto que avanzaba por las grietas, la silueta del Unimarc con su persiana entreabierta y sus ventanas oscuras reflejando el cielo de la mañana. Ernesto lo estudió desde donde estaba, como había hecho la tarde anterior y como haría una vez más antes de acercarse: midiendo distancias, leyendo el silencio, buscando en la quietud del lugar algo que no encajara. Por ahora, nada.
Enterrar las pertenencias llevó menos que el día anterior porque Sofía ayudó.
No esperó instrucciones: vio a Ernesto empezar a descargar el carrito y empezó a pasar las cosas con cuidado, una a una, con ambas manos, asegurándose de que nada se cayera. Ernesto le indicó con un gesto cómo envolver las mochilas en la lona impermeable y ella lo hizo, torpe al principio y luego con más seguridad, doblando las esquinas hacia adentro como él le mostró.
Cuando el hoyo estuvo cubierto y las piedras planas en su lugar y las tres ramas cruzadas sobre ellas, Ernesto revisó el equipo del día.
La linterna: carga suficiente, la probó con un golpe seco en el costado y el haz fue firme. El cuchillo: en su vaina al cinturón, bien ajustado. La botella de agua: llena. El abrelatas: en el bolsillo del pantalón. La bolsa plegable: doblada y guardada en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego se volvió hacia las dos.
—Sofía va contigo —le dijo a Elena.
No era una pregunta. Sofía lo miró un momento y luego miró a Elena, evaluando, y asintió con esa seriedad de los que han aprendido que ciertas decisiones no se discuten porque quien las toma sabe algo que uno todavía no sabe.
Se acercaron al Unimarc por el costado, pegados a la línea de matorral que bordeaba la explanada, en fila: Ernesto adelante, Elena detrás con Sofía entre los dos. Avanzaban despacio, con pasos que no levantaban ruido, deteniéndose cada pocos metros para escuchar.
El silencio del galpón era el silencio correcto. No el silencio tenso de un lugar que guarda algo que no quiere mostrar, sino el silencio neutro de un espacio grande y vacío. Ernesto lo fue leyendo a medida que se acercaban, con esa atención que se parece a la lectura: buscando en cada detalle algo que estuviera fuera de lugar.
Estaban a unos veinte metros de la entrada cuando lo vio.
Fue casi nada. Un movimiento breve junto al bulto de material apilado a un costado de la persiana entreabierta, a ras del suelo, que podría haber sido el viento moviendo algo liviano o podría haber sido una mano. Ernesto lo procesó en un segundo y eligió la segunda opción porque en este mundo la segunda opción era siempre la que había que elegir.
Levantó el puño: alto.
Los tres se detuvieron.
Sin voltearse, Ernesto inclinó levemente la cabeza hacia la derecha, señalando con la mirada la dirección del bulto. Elena siguió la indicación y sus ojos encontraron el mismo punto. Ernesto vio que ella lo había visto.
Esperaron.
El bulto no se movió. La persiana no se movió. El silencio siguió siendo el silencio, pero ahora tenía una textura distinta, más cargada, de la clase que se acumula cuando alguien está conteniendo la respiración.
Fue entonces cuando el ruido llegó desde la derecha.
No fue un ruido grande. Fue el crujido específico de un peso sobre material seco, el sonido de alguien que estaba donde no debería estar y que se había movido un centímetro de más. Venía de los matorrales a la derecha de las mujeres, demasiado cerca.
Ernesto ya se estaba moviendo.
A sus setenta años el cuerpo no respondía como a los cuarenta, eso era una verdad con la que había hecho las paces hacía tiempo. Pero el cuerpo tenía memoria propia, y la memoria de Ernesto incluía décadas de montañismo y dos años de supervivencia, y cuando la situación lo pedía encontraba una velocidad que el resto del tiempo prefería guardar.
Elena reaccionó al mismo tiempo: tomó a Sofía por los hombros, la colocó a su espalda, y se encuclilló orientándose hacia el ruido en un solo movimiento fluido. Desde esa posición vio a su marido moverse hacia los matorrales con una decisión que no dejaba espacio para la duda.
Lo que ocurrió duró muy poco.
Elena se giró sobre sí misma, colocando la espalda hacia donde estaba Ernesto, y cubrió los ojos de Sofía con la palma de la mano. La niña no protestó. Hubo un sonido breve, seco, y luego silencio.
Después, los pasos de Ernesto acercándose.
—¿Están bien? —dijo, en voz baja.
—Bien —dijo Elena, sin soltarle todavía los ojos a Sofía.
Ernesto las miró un segundo, confirmando lo que Elena había dicho, y luego avanzó hacia el bulto junto a la entrada sin decir nada más. Elena soltó a Sofía despacio y la encontró mirándola con esos ojos grandes y evaluadores de siempre.
—¿Estás bien? —le preguntó Elena.
Sofía asintió. Luego, en voz muy baja:
—¿Ernesto está bien?
Elena miró hacia la entrada del Unimarc, donde su marido se estaba acercando al bulto con el paso directo y cauteloso de quien ya sabe lo que va a encontrar.
—Sí —dijo Elena—. Ernesto está bien.
El hombre detrás del bulto se levantó con las manos en alto.
Era joven, o había sido joven: era difícil precisarlo porque el hambre y el tiempo hacían con las caras lo que hacen, borrando los años exactos y dejando solo una impresión general de desgaste. Tenía los ojos muy abiertos y las manos temblorosas, levantadas a la altura de la cabeza, y miraba a Ernesto con esa expresión particular de quien acaba de calcular mal algo importante y lo sabe.
Ernesto se le acercó sin apuro, sin brusquedad innecesaria, y lo redujo con la eficiencia de quien no quiere usar más fuerza de la que el momento requiere. El hombre no resistió. Con las cuerdas que usaba para sostener los pantalones, Ernesto le ató las manos a la espalda y los pies juntos, con nudos que sostenían, pero no cortaban, y lo dejó sentado contra el bulto en una posición que no era cómoda pero tampoco era cruel.
El hombre no dijo nada en todo ese tiempo. Solo miraba.
Ernesto se enderezó y se volvió hacia las mujeres, que se acercaban por la explanada con pasos cautelosos. Les hizo una señal con la mano: despacio, todo bien. Luego señaló hacia la entrada del Unimarc y luego hacia sí mismo.
Voy a entrar solo.
Elena lo miró.
Era una mirada que Ernesto conocía con exactitud, con todos sus componentes: el reproche genuino en la superficie, y debajo de él la comprensión, y debajo de la comprensión el recuerdo de un edificio en la calle Teatinos y un corredor oscuro y una herida que había tardado semanas en cerrar. Era una mirada que decía varias cosas a la vez y que al final decía una sola: Está bien. Sé cuidarme. Pero vuelve.
Ernesto asintió.
Elena detuvo a Sofía con una mano suave en el hombro, y las dos se quedaron en la explanada, al sol de la mañana, esperando.
Ernesto se volvió hacia la persiana entreabierta del Unimarc.
Sacó la linterna, le dio el golpe seco en el costado, y el haz de luz apareció firme y directo.
Entró.
Fin del Capítulo VI
El último reflejo
Capítulo VII — Lo que se encuentra y lo que se deja
Pasaron veinte minutos.
Elena los contó sin proponérselo, de la manera en que uno cuenta las cosas cuando no tiene nada mejor que hacer con la atención: los fue sumando en silencio, en bloques de a cinco, mientras mantenía la vista repartida entre la persiana entreabierta del Unimarc y la explanada a sus espaldas y el hombre atado junto al bulto, que había dejado de mirarlas directamente y ahora tenía los ojos fijos en el suelo con esa quietud de quien ha decidido que lo mejor que puede hacer es no moverse.
Sofía estaba a su lado, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada yendo de la persiana al hombre y del hombre a la persiana, copiando sin saberlo la misma cadencia vigilante de Elena.
Cuando la persiana se movió las dos se tensaron al mismo tiempo.
Ernesto salió agachando la cabeza bajo el borde metálico, se incorporó, y parpadeó un momento contra la luz del sol de la mañana. Tenía la frente perlada de sudor y una expresión que Elena leyó de inmediato: el relieve específico de quien ha revisado cada rincón de un lugar desconocido y ha llegado al otro lado sin que nada malo ocurriera.
Elena soltó el aire que no sabía que había estado reteniendo.
Sofía dio un paso adelante, se detuvo, y luego dio el paso igual.
Ernesto los vio: a las dos haciendo guardia al lado del hombre atado, con esa postura que en cualquier otro contexto habría resultado casi cómica y que en este no tenía nada de cómico. Sonrió. Fue una sonrisa leve, cansada, pero genuina, de las que salen solas cuando uno ve algo que le hace bien.
Se acercó y con un gesto de la cabeza les indicó que podían entrar.
Antes de moverse hacia la persiana, Ernesto se detuvo junto al hombre atado.
Lo había estado observando desde que salió. No había intentado liberarse, no había gritado, no había hecho ninguna de las cosas que podría haber intentado. Solo había estado ahí, quieto, con los ojos en el suelo y los hombros caídos de una manera que no era derrota física sino algo más parecido a la espera de quien ya no controla nada y lo sabe.
Ahora tenía los ojos levantados, mirando a Ernesto, y en ellos había algo que Ernesto identificó sin dificultad porque era un idioma que todos hablaban en este mundo nuevo: la pregunta sin voz de alguien que quiere saber si la persona que está al otro lado de la situación es de las que hacen daño cuando ya no hay necesidad de hacerlo.
Ernesto se agachó hasta quedar a su altura.
Le habló en voz baja, cerca del oído, para que solo él escuchara.
—Ella está viva —dijo—. Y tu compañero también. Aturdido, atado, con la boca tapada, pero vivo. Los soltaré cuando hayamos encontrado lo que necesitamos. No les he tocado nada de lo que tenían.
El hombre lo miró. Tenía los ojos húmedos y una lágrima le bajó por la mejilla sin que él hiciera nada para detenerla ni para disimularla.
Ernesto se incorporó sin agregar nada más.
Señaló a Elena y a Sofía que esperaran un momento, y volvió a entrar.
Salió dos minutos después con una mujer en brazos.
Tenía los pies y las manos atados y los ojos muy abiertos sobre el trozo de tela que le cubría la boca, mirando con una expresión que era mitad miedo y mitad algo más difícil de leer. Ernesto la cargaba con el cuidado que se usa con las cosas frágiles, sin brusquedad, y la dejó en el suelo junto al hombre atado con la misma precisión cuidadosa.
Los dos se miraron. El hombre dijo algo con los ojos que no necesitaba traducción.
Ernesto no los miró más. Se volvió hacia Elena y Sofía, y con un gesto breve de la cabeza las invitó a entrar.
El Unimarc por dentro olía a humedad y a algo dulce y rancio que podría haber sido fruta en otro tiempo. La luz entraba por los mismos ventanales del techo que el Walmart, con la misma calidad grisácea y difusa, aunque aquí había secciones donde el techo había cedido parcialmente y el sol entraba directo en columnas de luz llenas de polvo en suspensión.
Las estanterías estaban más saqueadas que las del Walmart. Era un saqueo antiguo, de las primeras semanas, cuando la gente todavía actuaba con la lógica del supermercado: llevarse lo conocido, lo que tenía marca, lo que se podía identificar con facilidad. Lo que quedaba era lo que nadie había querido primero: productos sin etiqueta, cosas en formatos industriales demasiado grandes para cargar, materiales de limpieza que en este contexto tenían usos que sus fabricantes no habían contemplado.
Ernesto los fue guiando por los corredores con la linterna, señalando lo que valía la pena examinar y lo que no.
Encontraron aceite vegetal en un envase de cinco litros, demasiado pesado para llevarlo entero: Elena buscó un recipiente más pequeño y transfirió lo que podían cargar. Encontraron fósforos, dos cajas selladas, que Ernesto guardó con el cuidado que se le da a algo que vale más de lo que pesa. Encontraron vendas en un botiquín industrial que alguien había abierto y revisado, pero no vaciado del todo. Y en el fondo del sector de almacén, detrás de una paleta volcada, encontraron lo que Elena consideró el mejor hallazgo del día: dos kilos de sal en una bolsa de género grueso, intacta, sin humedad.
Lo que los otros tres habían reunido en un rincón del sector de bazar, Ernesto lo señaló con la linterna y lo rodeó con un gesto amplio: no se toca. Elena y Sofía lo entendieron sin que hiciera falta explicarlo. Era poco lo que tenían, esas tres personas. Suficiente razón para dejarlo donde estaba.
Fue en el sector de bazar donde Ernesto encontró su tesoro.
Lo vio casi de pasada, en el fondo de una canasta plástica volcada que había rodado hasta el pie de una estantería: un collet de tela elástica, casi nuevo, color verde oscuro, sin roturas visibles. Lo recogió y lo examinó con la linterna. Sirve, determinó. Siguió mirando.
Debajo del collet, semioculta por el borde de la canasta, había una pinza para el pelo. De esas sencillas, de plástico negro, del tipo que se compra en paquetes de diez y que en otro tiempo no habría merecido ni un segundo de atención. La tomó entre los dedos, la probó: el mecanismo de resorte funcionaba, un poco rígido pero funcional.
Y junto a la pared, recostada contra el zócalo como si alguien la hubiera dejado ahí con intención, una peineta de carey sintético a la que le faltaban cuatro dientes en el sector central pero que en los extremos estaba intacta.
Ernesto miró los tres objetos en su mano.
Pensó en su aniversario. En dos días.
Pensó en Elena pasándose los dedos por el pelo con el trozo de cuerda. Pensó en la foto desde la piscina del Hotel Casino que una niña de diez años guardaba en la memoria porque ya no podía guardarla en ningún otro lugar.
Guardó los tres objetos en el bolsillo interior de la chaqueta, despacio, con más cuidado del que objetivamente requerían, y siguió caminando.
Estaba calibrando la expresión de su cara cuando Elena pasó cerca por el corredor paralelo y lo miró a través del hueco entre estanterías.
Lo había visto sonreír.
Frunció el ceño levemente, con esa curiosidad directa que no se molesta en disimularse.
Ernesto desestimó la pregunta con un gesto de la mano: nada, sigue. Elena lo sostuvo con la mirada un segundo más, evaluando, y luego siguió.
Salieron los tres al sol de la mañana con la bolsa plegable más pesada de lo que había entrado.
Ernesto reunió a los tres capturados en el exterior, junto al bulto, donde la luz era suficiente y el espacio abierto daba a todos la misma visibilidad. La mujer tenía ahora los ojos secos y una expresión más compuesta, como si el tiempo adentro le hubiera dado la oportunidad de ordenarse. El otro hombre, el que Ernesto había traído antes, seguía aturdido pero consciente, parpadeando despacio contra la luz.
Ernesto se plantó frente a ellos.
—No intenten acercarse a nosotros —dijo, con una voz que no era amenazante sino simplemente firme, de la que no necesita subir el volumen para que se entienda que va en serio—. Quédense en el Unimarc. Nosotros nos iremos en un par de horas y no volveremos. Lo que tienen adentro está intacto. No les hemos tocado nada.
Los tres lo miraban. Nadie habló.
Ernesto se agachó junto a la mujer y le desató las manos con el mismo nudo inverso con que las había atado, sin tirones, dejando que ella completara el movimiento sola cuando las cuerdas cedieron. Ella se frotó las muñecas y lo miró.
—Lo demás se desata solo —dijo Ernesto—. Con tiempo.
Se enderezó y miró a Elena y a Sofía.
—Vayan al campamento —dijo.
Elena lo miró un momento, con esa mirada que medía distancias y calculaba riesgos y al final confiaba, como siempre terminaba haciendo. Tomó a Sofía de la mano y las dos echaron a andar hacia la línea de quillayes sin apurarse, con el paso tranquilo de quien ha aprendido que apurarse sin razón es también un tipo de error.
Ernesto se quedó hasta verlas llegar al borde del matorral.
Luego miró una última vez a los tres junto al bulto, que ya empezaban a ayudarse entre ellos con las cuerdas que quedaban, y dio media vuelta.
Llegó al campamento cinco minutos después.
Elena ya había recuperado el carrito del escondite y estaba acomodando los nuevos hallazgos con el orden de siempre: lo más pesado abajo, lo más frágil arriba, todo lo que pudiera derramarse envuelto por separado. Sofía doblaba la lona impermeable con las instrucciones de sus manos en la memoria, las esquinas hacia adentro, sin que nadie se lo recordara.
Ernesto tomó su mochila, verificó el cinturón, guardó la linterna.
En diez minutos estaban listos.
Ernesto tomó el asa del carrito. Elena se puso su mochila. Sofía tomó el costado del asa, junto a la mano de él, como había aprendido a hacer.
Miraron el Unimarc una última vez desde la distancia, quieto y gris bajo el sol de la mañana, con la persiana entreabierta y lo que guardaba adentro.
Luego miraron la ruta 68, que se extendía hacia el sur con su asfalto cuarteado y su pasto en las grietas y su silencio ancho y constante.
—Vamos —dijo Ernesto.
Y los tres echaron a andar.
Fin del Capítulo VII
El último reflejo
Capítulo VIII — Lo que viene detrás
Lo notó a la hora de camino, o quizás antes, pero fue a la hora cuando el patrón se volvió suficientemente consistente para que su cerebro lo registrara como algo más que una coincidencia.
Un movimiento. Al costado derecho de la ruta, entre el matorral bajo que bordeaba la berma. Fugaz, del tamaño de una sombra, que desaparecía antes de que los ojos pudieran confirmarlo. La primera vez lo dejó pasar: el viento movía cosas, los animales cruzaban, las sombras de las nubes corrían por el suelo y a veces el ojo les daba formas que no tenían. La segunda vez frunció el ceño levemente y siguió caminando. La tercera vez calculó.
La distancia era razonable. Lo suficientemente atrás para no representar una amenaza inmediata, lo suficientemente cerca para que dejara de serlo en cuanto se detuvieran. Era el seguimiento de algo que sabía lo que hacía, que medía el espacio entre perseguidor y perseguido con una precisión que no era casual.
Ernesto no dijo nada.
No había pruebas, solo la acumulación de tres percepciones que por separado no significaban nada y juntas significaban algo que todavía no sabía nombrar. Decirlo en voz alta sin certeza era innecesario. Alarmar a Elena y a Sofía con una sombra era un gasto que prefería evitar hasta tener algo concreto que mostrar.
Lo guardaría hasta el campamento.
Siguió caminando con el mismo paso de siempre, tirando del carrito, mirando la ruta al frente, sin voltearse.
Fue entonces cuando sintió que Sofía lo miraba.
La miró de reojo. La niña tenía los ojos en él, con esa expresión concentrada que usaba cuando estaba procesando algo en silencio. Luego, despacio, giró la cabeza hacia atrás. Miró la ruta detrás de ellos durante un segundo, con una atención que era demasiado específica para ser casual. Volvió a mirar a Ernesto.
Y asintió.
Fue un asentimiento mínimo, casi imperceptible, del tamaño exacto de un secreto compartido.
Ernesto la miró un momento. Luego asintió también, de la misma manera: pequeño, firme. Hasta llegar a alguna parte. Sofía volvió la vista al frente y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido, con esa capacidad que tenía para guardar las cosas sin que se le notaran en la cara.
Ernesto pensó que el abuelo le había enseñado bien.
A las tres horas de camino, Ernesto miró hacia la derecha.
Lo que quedaba del letrero era poco: unas letras metálicas oxidadas sobre un poste inclinado, la mitad caídas, las que quedaban formando un mensaje incompleto que sin embargo era suficiente para quien supiera leerlo. Y más allá del letrero, entre el matorral, la huella de lo que alguna vez había sido un camino de acceso: el asfalto cuarteado, los postes de luz caídos en serie como fichas de dominó, y al fondo, apenas visible entre los cerros bajos, el destello de algo que reflejaba el sol de la tarde.
Ernesto detuvo el carrito.
Elena y Sofía se detuvieron junto a él, mirando en la misma dirección.
—Subestación Eléctrica Lo Aguirre —dijo Ernesto—. Hay, o había, cuatro tranques artificiales. —Hizo una pausa—. Agua.
Elena miró la huella del camino. Calculó con los ojos, como hacía siempre. Luego asintió.
Giraron hacia la derecha.
El camino de acceso tardó una hora en llevarlos hasta los tranques.
No era una hora fácil: el asfalto había cedido en varios puntos y el carrito exigía maniobras constantes para sortear los hoyos y las raíces que habían empujado desde abajo. Sofía ayudaba desde su lado del asa, anticipando los obstáculos, ajustando el peso con una intuición que seguía sorprendiendo a Ernesto cada vez que la notaba.
Pero cuando los tranques aparecieron al doblar una curva entre los cerros, valió cada metro del camino.
Eran cuatro, dispuestos en el terreno plano y árido que rodeaba la subestación: rectángulos de agua oscura separados por caminos de tierra compactada, de distintos tamaños pero al mismo nivel, como si alguien hubiera trazado sus bordes con escuadra sobre la tierra seca. El terreno alrededor era pardo y sin vegetación, de ese color ocre que tienen los suelos cuando el sol los trabaja durante años sin que nada los cubra. Estaban lejos de llenos, pero tampoco estaban vacíos: el nivel del agua en el mayor llegaba a algo más de la mitad, con esa superficie quieta y oscura que tiene el agua acumulada cuando no hay nada que la mueva. Agua de lluvia, calculó Ernesto, acumulada durante los meses húmedos. Habría que hervirla, sin duda. Pero era agua, y en cantidad.
Elena se paró al borde del tranque mayor y lo miró durante un momento largo, con una expresión que Ernesto no supo leer del todo pero que tenía algo de la misma emoción contenida con que uno mira las cosas que necesitaba sin saber cuánto hasta que las encuentra.
Sofía se arrodilló al borde y metió los dedos. Los sacó, los olió, los miró.
—Fría —dijo.
—Bien —dijo Ernesto.
Instalaron el campamento en el terreno plano entre el tranque mayor y los muros bajos de la subestación, que ofrecían algo de protección del viento del poniente. Era un buen lugar: agua cerca, visibilidad razonable en tres direcciones, el muro a la espalda.
Mientras Elena y Sofía armaban la carpa con el ritmo ya automatizado entre las dos, Ernesto fue hasta donde estaba Elena y le habló en voz baja.
Le contó lo de la sombra. Los tres movimientos, la distancia calculada, el patrón que no era aleatorio. Le dijo que no sabía qué era, ni quién, ni cuántos. Le dijo que era posible que no fuera nada y que de todas formas había que tratarlo como si fuera algo.
Elena lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando terminó, asintió una vez, despacio, con la compostura de quien procesa información difícil sin gastarse en la reacción.
Se acercó a Sofía.
Ernesto no escuchó todo lo que le dijo, solo el tono: tranquilo pero serio, sin suavizar demasiado ni alarmar de más. Vio a Sofía asentir mientras Elena hablaba, con esa atención concentrada de quien está grabando instrucciones. Vio a Elena mostrarle con gestos breves qué hacer si escuchaba algo, hacia dónde moverse, dónde quedarse. Vio a Sofía repetir los gestos para confirmar que los había entendido.
Luego Ernesto les dijo a las dos:
—Quédense aquí. Voy a retroceder por donde vinimos, unos veinte metros. Quiero ver qué es.
Elena lo miró con la expresión de siempre: el cálculo, la confianza, la advertencia silenciosa de que volviera.
—Veinte metros —repitió él.
—Veinte —dijo ella.
Caminó de vuelta por la huella del camino de acceso con la linterna apagada, pegado al borde del matorral, despacio, poniendo los pies con cuidado sobre el asfalto cuarteado para no hacer ruido. A veinte metros se detuvo, se agachó detrás de un poste caído, y esperó.
No tuvo que esperar mucho.
Apareció entre los matorrales a unos diez metros, avanzando con el hocico pegado al suelo y la cabeza levantándose cada dos pasos para verificar el entorno. Era un perro. Mediano, de pelaje oscuro con manchas más claras en el pecho y las patas, con las costillas marcadas bajo el pelo de una manera que no dejaba dudas sobre cuándo había comido bien por última vez. Las orejas estaban erectas y los ojos, oscuros y brillantes, se movían con una atención que Ernesto reconoció porque era la misma que había aprendido a tener él: la de quien no puede permitirse distraerse.
El animal se detuvo.
Había detectado algo. Levantó el hocico, aspiró, y miró directamente hacia donde estaba Ernesto con una precisión que habría sido desconcertante si no fuera perfectamente lógica.
Los dos se miraron.
Ernesto casi se ríe. Casi.
Se quedó quieto y dejó que el animal procesara lo que estaba procesando. No se movió, no hizo gestos bruscos, no intentó nada. Solo estuvo ahí, en cuclillas detrás del poste, dejándose mirar. Era la misma lógica de siempre: no pidas confianza, gánatela. Demuestra primero que no eres una amenaza y después todo lo demás tiene más posibilidades de ocurrir.
El perro bajó el hocico un centímetro. Luego otro.
Ernesto extendió la mano despacio, con la palma hacia arriba, y esperó.
Tardó un tiempo. El perro avanzó un paso, se detuvo, avanzó otro, se detuvo. Ernesto no se movió. El viento del poniente bajaba por el camino y le llevaba el olor al animal, que era otra cosa a su favor: olía a sudor y a caminata y a comida de lata, ninguna de las cuales era la clase de olor que los perros asociaban con el peligro.
Cuando el hocico frío tocó la palma de su mano, Ernesto dejó salir el aire despacio.
—Ven —dijo, en voz baja—. Ya.
Entró al campamento con el perro caminando junto a su pierna derecha, no atado, no sujeto, sino siguiéndolo con la decisión algo cautelosa de quien ha tomado una apuesta y todavía está evaluando si fue buena.
Elena estaba de pie junto a la carpa ya armada.
Miró al perro.
Miró a Ernesto.
Volvió a mirar al perro, que en ese momento se sentó junto al pie de Ernesto y levantó la vista hacia ella con una expresión que era la suma de todas las expresiones posibles de un perro hambriento tratando de causar buena impresión.
En la cara de Elena se instaló esa expresión que Ernesto conocía bien y que era la negociación interna entre lo que uno quería decir y lo que finalmente valía la pena decir, entre el reproche genuino y algo más difícil de sostener cuando el animal en cuestión tenía las costillas marcadas y los ojos brillantes y se había sentado con tanta dignidad junto a la pierna de su marido.
Ernesto se encogió de hombros. Sonrió.
Elena abrió la boca.
Pero Sofía ya había cruzado el campamento corriendo y estaba arrodillada en el suelo frente al perro con las dos manos extendidas, y la alegría que tenía en la cara era de la clase que no necesita permiso ni justificación ni ningún argumento adicional para existir en el mundo.
El perro olió las manos de Sofía, y movió la cola una vez, con cautela. Luego otra vez, con menos cautela.
Elena cerró la boca.
Miró a Ernesto con el último vestigio del reproche todavía en los ojos, aunque ya sin mucha convicción.
—Donde comen tres —dijo Ernesto.
—Pueden comer cuatro —terminó Elena.
Hizo una pausa.
—¿Cómo se llama?
—No sé —dijo Ernesto—. Pregúntale a Sofía.
Las dos miraron a Sofía, que ya tenía al perro apoyando el hocico en su rodilla con la resignación feliz de los animales que han encontrado lo que buscaban.
Esa noche cenaron cuatro.
Fue una ración más pequeña para cada uno de los tres, sin comentarios, porque ninguno de los tres habría aceptado que el perro no comiera. Sofía le dio su porción con tal naturalidad que Elena y Ernesto intercambiaron una mirada por encima de su cabeza que decía varias cosas a la vez, todas ellas ciertas.
El fuego era el fuego de siempre: pequeño, contenido, fiel.
El perro se echó junto a Sofía con la cabeza sobre las patas delanteras y los ojos abiertos, mirando las llamas con esa atención tranquila que tienen los perros cuando han decidido que el lugar donde están es suficientemente seguro para quedarse.
Ernesto miró el tranque mayor, cuya superficie oscura reflejaba las estrellas con una exactitud que el agua quieta tiene y que ningún espejo logra del todo. Pensó en lo que había al sur. En el lugar que quedaba a cuatro horas de camino, quizás más dependiendo del estado de la ruta, quizás menos si encontraban un tramo despejado.
Talvez habría respuestas ahí.
Talvez.
Era suficiente para que mañana existiera. Era suficiente para levantarse antes de que saliera el sol y calentar el agua y revisar la linterna y ajustar el cuchillo al cinturón y tomar el asa del carrito y seguir.
Siempre había sido suficiente.
El perro bostezó, un bostezo largo y sonoro que rompió el silencio del campamento y que Sofía recibió con una risa pequeña y genuina, la primera risa verdadera que Ernesto le había escuchado desde que la encontraron llorando en el suelo del Walmart junto a su abuelo.
Ernesto la miró.
Elena también la miró.
Y los dos sostuvieron ese sonido en silencio, como se sostienen las cosas que uno sabe que importan en el momento exacto en que ocurren.
Fin del Capítulo VIII
El último reflejo
Capítulo IX — Lo que la manada sabe
El perro no estaba.
Ernesto lo notó antes de notar nada más, en ese primer momento de conciencia donde los ojos todavía no funcionan del todo, pero el resto de los sentidos sí. El calor del animal junto a la carpa, que había estado ahí al dormirse, no estaba. Salió despacio, sin despertar a Elena ni a Sofía, y confirmó lo que ya sabía: la explanada junto al tranque mayor estaba vacía salvo por el carrito, las piedras del fogón y el silencio del amanecer.
Buscó con los ojos el borde del matorral. Nada.
Pensó en Sofía.
Pensó en cómo iba a recibirlo cuando saliera de la carpa y no encontrara al animal, y el pensamiento tuvo el peso específico de las cosas que uno no puede evitar y de todas formas quisiera poder evitar. La niña había dormido con una mano apoyada en el lomo del perro, eso lo había visto Ernesto antes de que el sueño lo venciera. No era un vínculo de un día; era el vínculo de alguien que llevaba mucho tiempo sin tener a quién cuidar y había encontrado algo que lo necesitaba.
Agachó la cabeza y reavivó el fuego.
Puso las latas con agua sobre las piedras. Miró el tranque mayor, cuya superficie reflejaba un cielo que empezaba a aclararse muy despacio, como si el día también necesitara tomarse su tiempo. El aire era frío y quieto, con ese olor a tierra húmeda de las mañanas junto al agua.
Escuchó los pasos antes de verlo.
Venían del borde del matorral, hacia el norte, con ese ritmo particular de cuatro patas que distribuyen el peso de una manera que ninguna marcha humana replica. Ernesto levantó la vista.
El perro atravesó la explanada con el trote seguro de quien conoce el camino de vuelta. Traía algo en el hocico, sujeto con cuidado, la cabeza levemente inclinada hacia arriba para que no arrastrara. Se detuvo frente a Ernesto, lo miró un momento con esos ojos oscuros y brillantes, y depositó su carga en el suelo junto a sus pies con la precisión deliberada de quien hace una ofrenda.
Un conejo silvestre. Limpio, reciente, bien cazado.
Ernesto lo miró. Miró al perro. El animal seguía sentado, con la espalda recta y la cola moviéndose una vez, dos veces, esperando con una dignidad que en otro contexto habría resultado casi formal.
Ernesto le puso la mano en la cabeza.
El perro cerró los ojos un momento, solo un momento, y luego los volvió a abrir y miró el fogón como quien señala que hay trabajo pendiente.
—Sí —dijo Ernesto, en voz baja—. Ya sé.
Tomó el conejo y empezó a prepararlo con los movimientos de quien ha hecho esto antes, en otro tiempo y por otras razones, pero cuyas manos recuerdan igual. El cuchillo, la secuencia, el cuidado de no desperdiciar nada. El perro se echó a su lado y observó el proceso con una atención tranquila, sin impacientarse, como corresponde a quien ya cumplió su parte.
Elena salió de la carpa a los pocos minutos, con Sofía detrás, todavía envuelta en su frazada.
El perro se levantó de inmediato y fue hacia Sofía con ese trote que reservaba para ella, más rápido y menos formal que el de las otras ocasiones. Sofía se agachó y lo recibió con los brazos abiertos, con la cara hundida en el pelo del cuello, y el animal aguantó el abrazo con la paciencia de quien lo esperaba y no le desagrada en absoluto.
Elena se acercó al fogón, miró las latas, miró a Ernesto, y luego miró lo que Ernesto tenía entre las manos.
Ernesto inclinó la cabeza hacia el perro, que seguía siendo abrazado por Sofía con una intensidad que él toleraba con elegancia.
—Trajo el desayuno —dijo.
Elena miró al animal.
Fue una mirada larga, evaluadora, de las que ella usaba cuando algo le merecía una reconsideración. El perro, como si lo hubiera sentido, levantó la vista desde los brazos de Sofía y sostuvo la mirada de Elena con una calma que no era insolencia sino simplemente seguridad en sí mismo.
Elena asintió, una vez, despacio.
Era el asentimiento de quien reconoce un hecho que no estaba en el plan original y decide incorporarlo sin mayor ceremonia. El perro volvió a apoyar el hocico en el hombro de Sofía. Elena tomó las latas del agua y verificó el nivel.
Ciertamente, pensó Ernesto, la manada se estaba afianzando.
El conejo al fuego olía a algo que ninguno de los cuatro había olido en mucho tiempo: comida caliente con sustancia, con proteína, con ese aroma que el cuerpo reconoce antes que la memoria y que hace que el estómago responda con una urgencia que la voluntad no controla del todo.
Comieron despacio, los tres, con el respeto que se le da a lo que escasea. El perro recibió su parte sin ceremonia y la consumió con la eficiencia tranquila de quien sabe que la comida es comida y no hay motivo para dramatizar al respecto.
Sofía comió con las dos manos, mirando al animal de vez en cuando, con una expresión que mezclaba el orgullo ajeno de quien ve a alguien suyo hacer algo bien y la calidez simple de quien está, por primera vez en mucho tiempo, en un lugar que se parece a estar bien.
Después del desayuno, Elena tomó a Sofía del hombro y la guió hacia el tranque más pequeño, el que quedaba al costado sur, el que tenía menos agua y cuyo fondo era visible desde la orilla. El perro las siguió tres pasos y luego miró a Ernesto, como consultando.
Ernesto señaló hacia las mujeres con la cabeza.
El perro fue.
Ernesto los vio alejarse desde el fogón, con esa ternura quieta que a veces lo sorprendía a él mismo, como si no esperara seguir siendo capaz de sentirla después de todo. Elena ayudaba a Sofía a quitarse las capas de ropa con el pragmatismo cariñoso que había desarrollado con la niña en pocos días, sin hacer de nada más de lo que era, sin comentarios innecesarios. El perro se echó en la orilla del tranque y las vigiló con la atención profesional de quien se ha asignado una responsabilidad y la toma en serio.
El agua estaba fría, eso era evidente por la manera en que Sofía respondió al primer contacto: los hombros subiendo, un sonido breve y agudo, y luego la resignación activa de quien decide que si ya empezó más vale terminar. Elena entró con más parsimonia, con la economía de movimientos de quien lleva más tiempo negociando con el frío.
Fue cuando Sofía rodeó a Elena para enjuagarse el pelo cuando lo vio.
O más bien cuando Elena le dio la espalda y Sofía quedó detrás de ella: los ojos de la niña encontraron la cicatriz, la larga, la que bajaba desde el omóplato derecho hasta la cintura en esa línea diagonal que Ernesto conocía de memoria. Sofía no dijo nada. No señaló, no preguntó, no hizo ninguno de los gestos que hacen los niños cuando descubren algo que no esperaban. Solo la miró un momento, y luego miró hacia donde estaba Ernesto, y en sus ojos había algo que era comprensión, la clase que no necesita explicación porque ya tiene suficientes piezas para armar el cuadro sola.
Ernesto sostuvo esa mirada un segundo.
Sofía volvió a lo suyo sin decir nada.
Era más de lo que muchos adultos habrían sabido hacer.
El turno de Ernesto llegó cuando las mujeres salieron y se envolvieron en las frazadas para secarse al sol que ya calentaba con algo más de convicción sobre los cerros.
Se desvistió en la orilla con la eficiencia de quien no tiene tiempo para pudores y entró al tranque con el paso directo de quien sabe que no hay manera de hacer esto gradualmente y que la única estrategia honesta es comprometerse de una vez.
El frío fue absoluto y completo e inmediato.
Ernesto dejó salir el aire por la boca, despacio, y se obligó a quedarse quieto mientras el cuerpo procesaba la temperatura y decidía que podía manejarlo. Luego se lavó con rapidez y método, empezando por el pelo y terminando por los pies, sin perder tiempo en ningún punto.
Estaba de espaldas a la orilla cuando escuchó el chapoteo.
Se volvió.
El perro había entrado al tranque.
No de golpe, no con el entusiasmo desordenado de algunos perros con el agua. Lo había hecho despacio, evaluando cada paso, con las orejas erectas y una expresión que sugería que esto era algo que estaba considerando cuidadosamente y no una decisión impulsiva. El agua le llegaba al pecho. Se detuvo ahí, mirando a Ernesto con esa seriedad suya, como si esperara instrucciones o validación o simplemente compañía.
Desde la orilla llegó la risa de Elena primero, breve y genuina, de las que se escapan antes de que uno pueda decidir si dejarlas salir. Y luego la de Sofía, más larga, más libre, con esa calidad particular de la risa de los niños que no está midiendo nada sino simplemente ocurriendo.
Ernesto miró al perro.
El perro seguía ahí, con el agua al pecho y la misma expresión seria de siempre, completamente ajeno al efecto que había producido o completamente indiferente a él, que en los perros a veces era lo mismo.
Ernesto sacudió la cabeza.
Y también se rio, en voz baja, para sí mismo, con esa risa pequeña y sin testigos que es la más honesta de todas.
Se vistieron al sol. El perro salió del tranque y se sacudió con esa violencia centrífuga que tienen los perros mojados, salpicando en un radio generoso que hizo retroceder a Sofía entre carcajadas y a Elena con un gesto de la mano que pretendía ser reproche y no terminaba de serlo.
Ernesto los miró a los tres mientras se ponía la chaqueta.
Pensó en la palabra que la situación pedía y que ninguno de los cuatro había dicho todavía, quizás porque decirla en voz alta era ponerle un nombre a algo que todavía era frágil, que existía con esa precariedad de las cosas nuevas que todavía no saben si van a durar.
La pensó sin decirla.
Le pareció suficiente.
Cuando el campamento estuvo levantado y el carrito cargado y las tres ramas cruzadas sobre las piedras planas del escondite, Ernesto miró hacia el norte, hacia la línea de los cerros bajos que bordeaban la subestación por ese lado.
—Avanzaremos por el costado de los cerros —dijo—. A unos cuatro kilómetros hay un lugar.
Elena lo miró.
—¿Qué clase de lugar? —dijo.
Ernesto eligió las palabras con el cuidado de quien no quiere prometer más de lo que puede cumplir.
—Un lugar que podría dar respuestas —dijo—. Sobre el evento. Sobre lo que pasó. —Hizo una pausa—. Es una posibilidad remota.
—¿Pero es una posibilidad? —dijo Sofía.
Los dos adultos la miraron. La niña sostuvo la pregunta sin pestañear, con esa actitud suya que a estas alturas ya no los sorprendía pero seguía mereciéndoles respeto.
—Sí —dijo Ernesto—. Es una posibilidad.
Sofía asintió, como si eso fuera suficiente. Y quizás lo era: en este mundo, una posibilidad era más de lo que muchos días ofrecían.
El perro ya estaba en la ruta, unos metros adelante, mirándolos por encima del hombro con una impaciencia tranquila.
—Nos está apurando —dijo Sofía.
—Tiene razón —dijo Elena.
Ernesto tomó el asa del carrito. Sofía tomó su lado. Elena se puso la mochila.
Y los cuatro echaron a andar hacia los cerros, hacia el lugar sin nombre que quedaba a cuatro kilómetros y que tal vez tenía respuestas y tal vez no las tenía, bajo un sol que esta mañana había decidido esforzarse un poco más, calentando con algo que casi se parecía a una promesa.
Fin del Capítulo IX
El último reflejo
Capítulo X — Lo que el sol hizo
El letrero estaba inclinado, como si la tierra hubiera intentado tragárselo a medias y luego hubiera perdido el interés. El metal oxidado había adoptado ese color entre naranja y café que tienen las cosas de acero cuando llevan años sin que nadie las cuide, y algunas de las letras habían perdido el relieve suficiente como para requerir un momento de atención antes de poder leerse.
Pero se podían leer.
Centro de Estudios Nucleares Lo Aguirre.
Elena y Sofía se detuvieron junto al letrero y miraron a Ernesto con la misma expresión, aunque cada una a su manera: Elena con las cejas levemente alzadas y esa evaluación silenciosa que le daba a la información nueva antes de emitir cualquier juicio, Sofía con los ojos más abiertos de lo habitual y la cabeza levemente inclinada, como quien recalibra lo que pensaba que sabía.
Ernesto les devolvió la mirada con la convicción de quien ha tenido tiempo de llegar a sus propias conclusiones y está dispuesto a defenderlas.
—Dije posibilidades de saber —dijo—. No cómo lo vamos a saber.
Las dos lo miraron un momento más. Luego Elena asintió, una vez, con ese asentimiento que no era entusiasmo sino algo más sólido: confianza práctica, la clase que se construye con el tiempo y no necesita explicarse.
Ernesto señaló hacia la línea de quillayes que bordeaba el acceso al centro, a unos cincuenta metros del edificio principal.
—Quédense ahí con las cosas.
El perro ya estaba a su lado, sentado, mirando el edificio con las orejas erectas y el hocico levantado, leyendo el aire con esa atención profesional que le conocían. Cuando Ernesto empezó a caminar hacia la entrada, el animal se levantó y fue con él sin que nadie se lo pidiera.
Media hora después regresaron los dos.
El perro venía con el mismo paso tranquilo de siempre. Ernesto venía con el polvo del interior en la ropa y una expresión que las mujeres ya sabían leer: no había peligro, había algo que valía la pena, había que entrar.
Les hizo una señal con la cabeza.
Entraron.
El edificio principal del Centro de Estudios Nucleares Lo Aguirre era de esa arquitectura funcional y sin pretensiones de los años setenta: pasillos largos con piso de baldosa, paredes de hormigón pintadas de blanco que el tiempo había llevado a un amarillo indefinido, puertas de metal numeradas con placas que en su momento habían sido esmaltadas y que ahora mostraban el metal por debajo en los bordes. El caos era evidente: archivadores volcados, papeles dispersos, sillas en posiciones que no correspondían a ningún uso racional. El tipo de desorden que deja la interrupción súbita de todo, cuando nadie tuvo tiempo de cerrar nada ni ordenar nada ni decirle a nadie dónde estaba lo importante.
Las luces no funcionaban.
Ernesto los guió con la linterna por el pasillo principal hasta la sala más grande del edificio, donde las paredes estaban cubiertas de planos laminados, diagramas de flujo, mapas de instalaciones. Se detuvo frente a ellos y empezó a leer con la concentración de quien busca algo específico entre mucho ruido visual.
Elena y Sofía lo observaban desde atrás. El perro olfateaba el perímetro de la sala con metodología.
Ernesto encontró lo que buscaba.
Señaló un plano en particular sin decir nada, siguió con el dedo una línea que cruzaba varios sectores del edificio, y asintió para sí mismo. Se volvió hacia las mujeres con una expresión que pedía paciencia y confianza en partes iguales, y salió de la sala.
Volvió veinte minutos después con las manos sucias de polvo y aceite y una expresión nueva, distinta a las anteriores: la concentración satisfecha de quien acaba de hacer funcionar algo que llevaba mucho tiempo sin funcionar.
Las luces de la sala parpadearon.
Parpadearon una vez, dos veces, y luego se encendieron.
Fue un momento extraño y completo: la luz artificial, blanca y directa, llenando el espacio después de tanto tiempo de linternas y fuegos pequeños. Mostraba todo con una claridad que la penumbra había ocultado hasta ahora, el caos real del interior, la magnitud del abandono, cada detalle del desorden preservado exactamente como lo había dejado el momento en que todo se detuvo. Una taza sobre un escritorio. Un calendario en la pared marcado con una fecha que ya no importaba. Un par de anteojos sobre una silla.
Sofía miró las luces con los ojos muy abiertos.
Elena no dijo nada, pero Ernesto vio que tragaba saliva.
La oficina que buscaba estaba en el segundo piso, al fondo del pasillo este.
La encontró por el letrero de la puerta: Jefatura de Investigación. Adentro había un escritorio grande, un archivador de cuatro cajones, una pizarra blanca cubierta de ecuaciones que nadie había borrado, y sobre el escritorio, conectado a un cable de red que recorría la pared hasta perderse en el piso, un computador personal. Una torre color beige, antigua incluso para antes del evento, del tipo que uno encuentra en las instituciones públicas que reemplazaban el equipamiento con una cadencia que no tenía en cuenta el paso del tiempo.
Ernesto lo encendió.
El ventilador interno respondió con un ruido que llenó la oficina. La pantalla tardó, parpadeó, y mostró una interfaz de inicio de sesión con el logo del centro sobre fondo azul oscuro.
Ernesto buscó en los cajones del escritorio. En el tercero encontró lo que esperaba encontrar: una libreta de procedimientos de seguridad con contraseñas anotadas en la última página con tinta azul, la caligrafía ordenada de alguien que no confiaba en su propia memoria.
Ingresó.
El sistema respondió lentamente, con la parsimonia de un computador que lleva demasiado tiempo sin usarse y necesita recordar cómo se hacen las cosas. Ernesto esperó. Cuando el escritorio del sistema apareció, revisó las unidades disponibles y encontró lo que temía: los archivos principales estaban en red, en servidores que no estaban activos.
Volvió a los planos del pasillo.
Siguió el mapa hasta la sala de servidores, en el subterráneo, un cuarto frío y largo con filas de equipos en torres metálicas que en su momento habían zumbado con el tráfico constante de datos y que ahora estaban en silencio. Los encendió uno por uno, siguiendo el orden indicado en el procedimiento plastificado que colgaba de la pared junto a la puerta. Algunos respondieron. Otros no.
Suficientes respondieron.
Subió de vuelta a la oficina.
Las mujeres estaban en el pasillo, de pie junto a la puerta, mirándolo trabajar desde el umbral con esa atención que tiene la gente cuando entiende que algo importante está ocurriendo, aunque no sepa exactamente qué. El perro estaba echado junto a la pared con la cabeza entre las patas, pero los ojos abiertos.
Ernesto verificó la conexión. Los servidores aparecían en la red, uno a uno, como luces que se encienden en una ciudad vista desde el aire.
Se recostó en la silla y miró a las mujeres.
—Les explico —dijo.
Les explicó despacio, sin tecnicismos innecesarios, como había aprendido a hacer las cosas importantes en los últimos años: con las palabras justas y sin adornar lo que no necesitaba adorno.
Aquí habían trabajado científicos chilenos, y algunos extranjeros, de distintas áreas. Física, geología, astrofísica, ingeniería. Era un centro pequeño pero activo, con acceso a redes internacionales de investigación, con equipos que registraban y medían cosas que la mayoría de la gente no sabía que existían y que de todas formas existían.
Después del evento, o quizás durante, alguien había seguido trabajando.
O varios alguien. Eso todavía no lo sabía.
Lo que esperaba era que hubieran guardado lo que encontraron. Que la respuesta estuviera en algún archivo de esos servidores, esperando a que alguien viniera a leerla.
Elena lo miró.
—¿Y si no encontramos nada? —dijo.
—Entonces sabemos que no estaba aquí —dijo Ernesto—. Y eso también es algo.
Pasaron dos horas.
Ernesto leyó archivos, siguió rutas de carpetas, abrió documentos que resultaron ser otra cosa y documentos que resultaron estar incompletos y documentos que resultaron ser listas de procedimientos o registros de inventario o minutas de reuniones que en otro tiempo habían sido urgentes y que ahora eran solo el esqueleto de una rutina que ya no existía.
Elena y Sofía exploraron el edificio con el perro, volvieron con algunas cosas que habían encontrado en las despensas, volvieron a salir, volvieron a entrar. El perro se instaló definitivamente bajo el escritorio de Ernesto y durmió con ese don que tienen los animales de dormir cuando no hay nada útil que hacer.
Y entonces Ernesto encontró el archivo.
Estaba en una carpeta sin nombre, dentro de otra carpeta etiquetada con una fecha de hace dos años. Un documento de texto simple, sin formato, escrito con la urgencia de quien sabe que puede no tener mucho tiempo y quiere que lo esencial quede registrado antes de que sea demasiado tarde.
Lo leyó.
Lo leyó dos veces.
Luego llamó a Elena y a Sofía.
Las dos se sentaron frente al escritorio. Ernesto giró la pantalla hacia ellas y leyó en voz alta, traduciendo sobre la marcha el lenguaje técnico a palabras que tuvieran forma humana.
Una tormenta geomagnética. Súper masiva, de una escala que los modelos existentes contemplaban como posibilidad teórica pero que nadie en los tiempos modernos había visto ocurrir. Provocada por una eyección de masa coronal del Sol: una burbuja gigante de plasma y radiación magnética, desprendida de la superficie solar y lanzada directamente hacia la Tierra con una energía que los instrumentos del centro habían registrado durante los minutos previos al impacto, antes de que los instrumentos también dejaran de funcionar.
Cuando esa burbuja golpeó la atmósfera, ocurrieron dos cosas al mismo tiempo.
Las luces en el cielo: la aurora austral más grande y visible que nadie había visto jamás, que se extendió desde los polos hasta las latitudes medias y que desde Santiago había parecido exactamente lo que Ernesto y Elena habían visto entrar por las persianas de su dormitorio a las tres y diecisiete de la mañana. Esa luz que no tenía nombre, que pulsaba con una frecuencia que se sentía en los dientes y en el pecho.
Y simultáneamente: el colapso de todo lo que dependía de la electricidad para existir. Las redes de distribución, sobrecargadas más allá de cualquier límite concebible, dispararon en cascada. Los transformadores explotaron. Los circuitos de edificios y casas recibieron una sobrecarga que los convirtió en fuentes de incendio en cuestión de minutos. Las comunicaciones cayeron. Los sistemas de transporte se detuvieron. Los hospitales, los que no tenían generadores suficientes, perdieron todo.
Muchas personas habían muerto esa noche. Muchas más en los días siguientes, cuando el orden había empezado a deshacerse con la velocidad que tienen las cosas que dependen de sistemas complejos para funcionar: rápido al principio, luego más rápido.
El Sol. Había sido el Sol.
No una guerra. No una decisión humana. No un error de nadie en particular al que pudiera ponérsele nombre y apellido y señalarse con el dedo. La estrella alrededor de la cual giraban, haciendo lo que las estrellas hacen, siguiendo sus propios ciclos con la indiferencia absoluta de lo que no tiene conciencia.
La propia naturaleza, con un gesto que no había sido dirigido a nadie, había interrumpido todo.
Ernesto terminó de leer.
El silencio que siguió fue largo y tuvo varias capas.
Elena miraba la pantalla, aunque Ernesto ya había dejado de leer, como si las palabras siguieran ahí y pudieran decir algo más si les daba suficiente tiempo. Sofía miraba sus propias manos sobre la rodilla, con esa quietud de cuando está procesando algo que es demasiado grande para procesarlo de una vez.
El perro salió de debajo del escritorio, se acercó a Sofía, y apoyó el hocico en su rodilla.
Sofía le puso la mano en la cabeza sin mirarlo.
Nadie dijo nada durante un tiempo que Ernesto no habría podido medir. Afuera, por las ventanas del segundo piso, el sol de la tarde caía sobre los cerros de Lo Aguirre con la misma luz de siempre, dorada y oblicua, completamente ajena a lo que significaba ahora mismo mirarla.
Encontraron el comedor-casino en la planta baja, ala sur.
Era un espacio largo con mesas de fórmica y sillas apiladas contra las paredes y una cocina industrial al fondo, separada del comedor por una barra de servicio. Las cocinas eran eléctricas y con la pila funcionando también lo estaban ellas, lo que significaba algo que ninguno de los tres había tenido en mucho tiempo: la posibilidad de cocinar de verdad, con calor regulable y superficie limpia y el espacio suficiente para hacerlo sin agacharse sobre una olla entre piedras.
Elena encontró las despensas detrás de la cocina. Había más de lo que esperaban: conservas en cantidad, algunos granos sellados en bolsas de papel grueso que habían sobrevivido a la humedad, aceite, sal, azúcar. En los refrigeradores, que no habían funcionado en dos años, no quedaba nada aprovechable. Pero en los estantes secos había suficiente para esa noche y para varias más.
Armaron los catres plegables que encontraron en una bodega adyacente. Sofía eligió el suyo con la seriedad de una decisión importante, probando cada uno antes de quedarse con el que le pareció más firme. El perro inspeccionó el perímetro del comedor y eligió el rincón junto a la puerta de la cocina, que era desde donde podía ver la entrada principal y la ventana lateral al mismo tiempo.
Elena cocinó con la concentración tranquila de quien tiene por primera vez en mucho tiempo los elementos necesarios para hacer las cosas bien. El olor que salió de la cocina llenó el comedor y el pasillo y probablemente parte del piso de arriba: algo con legumbres y aceite y sal y una especia que había encontrado en un frasco sellado cuya etiqueta no identificaba del todo pero que olía a algo que todos reconocieron, aunque no pudieran nombrarlo.
Comieron en silencio.
No era el silencio incómodo de cuando no hay nada que decir, ni el silencio tenso de cuando hay demasiado. Era el silencio de cuatro criaturas que han recibido demasiada información en un día y necesitan tiempo para que se asiente, para que encuentre su lugar entre todo lo demás que ya saben y todo lo que todavía no entienden del todo.
El Sol.
Ernesto miró la ventana del comedor, que daba al poniente. El cielo afuera era de ese anaranjado profundo del atardecer, con franjas de rojo en el horizonte y el primer azul oscuro asomando en el cénit. Hermoso, como siempre había sido hermoso, como lo había sido antes y lo seguía siendo ahora con exactamente la misma indiferencia.
Pensó en lo que la naturaleza hace cuando hace lo que hace: sin intención, sin dirección, sin conciencia de lo que interrumpe. Pensó en la tristeza particular de descubrir que no hubo villano, que no hubo motivo, que la civilización que habían construido durante siglos había resultado ser tan frágil ante las fuerzas que siempre habían estado ahí que bastó un gesto del Sol para recordárselo.
La naturaleza no había tomado venganza. No sabía tomar venganza. Simplemente había seguido siendo lo que era, y lo que era resultó ser suficiente.
Eso era, de alguna manera, más difícil de sostener que cualquier otra explicación.
Sofía terminó su plato y puso la cuchara con cuidado sobre la mesa.
—¿El Sol va a volver a hacer eso? —preguntó.
Ernesto la miró.
—No lo sé —dijo, con honestidad—. Puede ser que sí. Puede ser que no en mucho tiempo.
Sofía procesó eso.
—Entonces tenemos tiempo —dijo.
Nadie respondió. Pero nadie la contradijo tampoco.
El perro bostezó desde su rincón junto a la puerta, con la misma sonoridad de siempre, y Sofía le dirigió una mirada que en cualquier otro momento habría producido una sonrisa y que esta noche produjo algo más suave y quieto.
Las luces del comedor siguieron encendidas.
Después de tanto tiempo, era extraño tener luz sin haber tenido que encender nada. Ernesto las miró un momento antes de apagar las que no necesitaban y dejar solo las de la mesa donde estaban, y pensó que la luz también era del Sol, en el fondo, como casi todo lo que habían tenido y perdido y seguían teniendo.
Se echaron a dormir en silencio, cada uno con sus pensamientos girando despacio en la oscuridad parcial del comedor, mientras afuera la noche se instalaba sobre los cerros de Lo Aguirre con la misma paciencia de siempre.
Fin del Capítulo X
El último reflejo
Capítulo XI — Lo que el túnel guarda
El perro los despertó de la misma manera que el día anterior: sin ruido, sin urgencia, depositando su ofrenda en el suelo del comedor con la misma precisión deliberada de quien ha establecido una rutina y piensa mantenerla. Otro conejo.
Ernesto lo miró desde el catre, todavía a medio despertar, y pensó que el animal había encontrado en este rol algo que le acomodaba profundamente: contribuir, pertenecer, ser necesario. No era tan distinto de lo que todos ellos habían tenido que encontrar en los últimos dos años.
—Gracias —le dijo, en serio.
El perro lo miró un momento y luego fue a buscar a Sofía para sus cariños matutinos, que era claramente la parte del día que más le interesaba.
Prepararon el conejo en la cocina eléctrica por última vez, con el privilegio de la hornalla y la superficie limpia y el espacio suficiente para moverse. Elena cocinó con esa concentración tranquila de siempre, Sofía puso la mesa con los cubiertos que había encontrado en un cajón y que nadie le había pedido que pusiera, y Ernesto fue a cumplir lo que tenía pendiente.
La sala de control de la pila atómica estaba en el subterráneo, dos pisos más abajo, al final de un pasillo que en la oscuridad previa a las luces había recorrido con la linterna y que ahora veía por primera vez en su totalidad: las tuberías en el techo, los paneles de instrumentos en las paredes, el orden meticuloso de una instalación que había sido diseñada para durar y que había cumplido su promesa más allá de cualquier expectativa razonable.
Siguió el procedimiento inverso al del día anterior, en el orden indicado, con el mismo cuidado. Los sistemas respondieron con la obediencia de lo bien construido. Cuando el último indicador pasó de verde a amarillo y luego se apagó, el zumbido suave que había llenado el subterráneo sin que él se diera cuenta hasta que cesó desapareció, y el silencio que quedó fue más completo.
Luego las luces del pasillo parpadearon y cambiaron.
Las luces principales se apagaron. Y en su lugar, desde unas cajas rectangulares montadas en la pared a intervalos regulares, se encendieron focos de un blanco más frío y directo: las luces de emergencia, que habían pasado la noche cargándose en silencio mientras la pila funcionaba y que ahora cumplían exactamente la función para la que habían sido diseñadas.
Ernesto se acercó a una de las cajas. Treinta por veinte centímetros, aproximadamente, con dos focos orientables y un sistema de fijación a la pared que cedió con un cuarto de giro. La desenganchó. La apagó. La sopesó en la mano: liviana, manejable, del tamaño de algo que podía cargarse sin problema.
Desenganchó otra.
Las llevó al comedor con el perro a los talones, una caja bajo cada brazo, y las puso sobre la mesa junto a los platos del desayuno.
Elena y Sofía las miraron. Se miraron entre ellas. Luego miraron a Ernesto con esa complicidad silenciosa que comparten los que entienden el valor de algo sin necesidad de que nadie lo explique.
Ernesto se encogió de hombros, como quien dice que no era para tanto, aunque sí lo era.
El perro aprovechó el momento de distracción general para apoyar el hocico en el brazo de Sofía con una insistencia que no admitía postergación. Sofía le rascó detrás de las orejas sin mirarlo, con el automatismo de quien ya ha incorporado ese gesto a su repertorio habitual, y el animal cerró los ojos con la satisfacción de quien ha conseguido exactamente lo que quería.
Desayunaron. Recogieron. Prepararon todo para salir.
El Evento.
Eso era lo que era. No la eyección de masa coronal, no la tormenta geomagnética, no ninguna de las frases largas y técnicas que el documento en el servidor había usado para describirlo. El Evento, así, con mayúscula, como se nombran las cosas que son demasiado grandes para caber en una descripción más precisa.
Ernesto pensaba en eso mientras terminaba de ajustar las correas del carrito para el camino. Elena lo había dicho esa mañana, mientras recogían los catres: «el Evento», sin más, y los dos habían asentido porque era suficiente y porque a veces las palabras más simples son las más honestas.
Ahora sabían qué había sido. Tenían el nombre, el mecanismo, la secuencia de causas y efectos. Y sin embargo saber no cambiaba nada de lo que había pasado, no devolvía nada de lo que se había perdido, no explicaba por qué algunos habían sobrevivido y otros no, que era la pregunta que ningún archivo de ningún servidor podía responder porque no era una pregunta científica sino otra clase de pregunta completamente.
Pensó en los humanos antiguos que habían mirado al Sol y habían decidido que algo tan poderoso no podía ser menos que un dios. Ra, Inti, Amaterasu, Apolo: distintos nombres para la misma intuición, la de que aquello que puede darte la vida con la misma naturalidad con que puede quitártela merece una categoría aparte. No habían estado equivocados, pensó Ernesto. Solo habían elegido un lenguaje distinto para decir lo mismo que el documento del servidor decía con ecuaciones y datos instrumentales.
El Sol no sabía lo que hacía. Eso era lo más difícil.
Un dios que supiera lo que hace al menos podría ser interpelado, podría tener motivos, podría eventualmente ser comprendido. Pero el Sol simplemente era, y lo que era incluía la posibilidad de esto, siempre había incluido esa posibilidad, y la civilización humana había construido todo lo suyo sobre una superficie que nunca había sido tan estable como parecía.
Sofía caminaba junto a Elena, un paso adelante de Ernesto, con el perro entre las dos. Ernesto la observó desde atrás y pensó en lo que ella estaría procesando: era de esa edad en que las explicaciones grandes no caben del todo todavía, en que la mente toma los bordes de las cosas y los sostiene sin poder abarcar el centro. El Evento para Sofía era probablemente algo más parecido a una presencia que a una comprensión: algo que estaba ahí, que lo había cambiado todo, que tenía un nombre y una causa pero que seguía siendo, en el fondo, algo demasiado grande para mirarlo de frente.
Ernesto entendía eso. A los setenta años, con toda la comprensión que el documento le había dado, él también lo miraba desde los bordes.
La boca del túnel Lo Prado apareció a la hora de camino, exactamente donde Ernesto la había calculado.
Era una apertura en la roca, sostenida por una estructura de hormigón que el tiempo y la falta de mantención habían empezado a trabajar desde afuera pero que, por dentro, según lo que Ernesto podía ver desde la entrada, seguía siendo sólida. Sobre el portal, las letras del nombre todavía eran legibles. Dentro, la oscuridad era completa a los veinte metros.
Ernesto se detuvo.
Miró al perro, que ya lo estaba mirando a él.
—Vamos —le dijo.
Regresaron quince minutos después.
El perro fue directo a Sofía, como era su costumbre, y Sofía lo recibió con las dos manos en el pelo del cuello sin hacer preguntas, leyendo en la postura del animal que todo estaba bien de la misma manera en que Ernesto leía las situaciones en la postura de Elena.
Ernesto se acercó a Elena y le habló en voz baja, cerca del oído.
Le dijo lo que había visto. Los vehículos detenidos a distintos puntos del túnel, oxidados, con las puertas en distintos estados. Los esqueletos, que el tiempo había llevado ya a ser eso y no otra cosa, dispersos en el interior con la quietud absoluta de lo que ya no tiene urgencia. Le dijo que le preocupaba la reacción de las dos, especialmente de Sofía, y que si ella consideraba que era mejor buscar otra ruta él lo evaluaría.
Elena lo escuchó. Cuando terminó, lo miró.
En su mirada había ternura, sí, pero también algo más firme debajo: la convicción de quien ya ha medido sus propios límites y sabe dónde están.
—No te preocupes por mí —dijo, en el mismo tono bajo—. Y Sofía lo llevará bien. Yo me encargo.
Se separó de él y fue hacia la niña. Ernesto los observó desde la entrada del túnel: Elena hablando con Sofía en voz baja, con esa manera suya de decir las cosas difíciles sin quitarles la verdad, pero sin agregarles más peso del que ya tienen. Sofía escuchándola con la cabeza levemente inclinada, asintiendo a intervalos, con la expresión concentrada de quien está tomando nota de algo importante.
Cuando Elena terminó, Sofía miró hacia la oscuridad del túnel.
Miró a Ernesto. Asintió una vez.
Ernesto encendió la primera de las luces de emergencia.
Entraron.
La luz del exterior fue reduciéndose a sus espaldas hasta desaparecer, y el haz de las luces de emergencia tomó su lugar: más frío, más directo, proyectando sombras largas sobre las paredes de hormigón y el asfalto del suelo que el tiempo había cubierto de una capa de polvo fino que amortiguaba los pasos.
El primer vehículo apareció a los cien metros: un camión de transporte detenido en el carril norte, con el capó abierto y la cabina inclinada hacia la derecha. Ernesto se acercó con la linterna mientras Elena mantenía a Sofía a distancia suficiente. No había nada útil: lo que alguna vez había sido útil había desaparecido hace tiempo, ya fuera por el tiempo mismo o por otros que habían pasado antes.
Siguieron.
El túnel tenía esa acústica particular de los espacios largos y cerrados: los pasos se multiplicaban, la respiración se escuchaba propia con una claridad desconcertante, cualquier sonido pequeño viajaba más lejos de lo esperado. El perro iba entre Ernesto y las mujeres, con el hocico trabajando constantemente, leyendo en el aire lo que los ojos no alcanzaban.
Los esqueletos estaban donde estaban, y no había manera de no verlos.
Ernesto pensó en eso mientras caminaban: en quiénes habían sido. Alguien que viajaba al trabajo, quizás, a esa hora de la madrugada en que el túnel estaba menos congestionado. Alguien que regresaba. Alguien que iba a buscar a alguien. Cada uno con su propia dirección, su propia urgencia, su propia vida que al momento del Evento tenía planes para el día siguiente y para la semana siguiente y para el año que venía.
El Sol no había sabido eso. El Sol no podía saberlo.
¿Fue el destino, entonces? Ernesto no era un hombre dado a esa clase de preguntas, o no lo había sido, pero en el interior de ese túnel la pregunta llegaba sola con la misma naturalidad con que llegaba el frío del aire o el eco de los pasos. Si no había intención, si no había propósito, si la causa era simplemente física y la física simplemente era lo que era, entonces ¿qué era lo que había decidido quién estaba en el túnel esa noche y quién no?
El azar. Solo el azar.
Y sin embargo el azar no se sentía como una respuesta suficiente cuando uno caminaba entre sus consecuencias.
Elena caminaba con una mano en el hombro de Sofía, no como sujeción sino como contacto, como la clase de presencia que no necesita explicarse. Ernesto la observó de reojo y vio que ella también miraba los vehículos, los espacios entre ellos, los detalles que el haz de luz iluminaba por un momento y luego dejaba atrás. No con miedo. Con algo más parecido al reconocimiento: esto también había pasado, esto también era parte de la misma historia, y mirarlo era una forma de respeto que no costaba nada y que era lo único que podían ofrecer.
Sofía no habló durante el primer tramo.
Luego, en algún punto del kilómetro dos, en voz baja, le preguntó a Elena:
—¿Sufrieron?
Elena tardó un momento.
—Probablemente fue muy rápido —dijo—. La mayoría de las veces las cosas grandes ocurren antes de que uno pueda darse cuenta de lo que está pasando.
Sofía procesó eso en silencio.
—¿Y después? —dijo—. ¿Hay algo después?
—No lo sé —dijo Elena, con la honestidad tranquila que le era propia—Nadie lo sabe con certeza. Pero hay muchas personas que han pensado en esa pregunta durante mucho tiempo, y la mayoría de ellas ha llegado a la conclusión de que vale la pena vivir como si hubiera algo.
—¿Tú crees que hay?
Una pausa.
—Creo que me gusta pensar que sí.
Sofía asintió, como si eso fuera suficiente. Y quizás lo era: no la certeza, sino la posibilidad. No la respuesta, sino alguien dispuesto a sostener la pregunta junto a ella.
El perro se pegó un poco más a la pierna de Sofía, sin motivo aparente, como hacen los animales cuando detectan algo que los instrumentos humanos no registran.
Revisaron cada vehículo que encontraron.
Era un ritual que habían desarrollado sin discutirlo: Ernesto se acercaba primero, evaluaba, y si había algo que pudiera ser útil hacía una señal. Encontraron una linterna en el compartimiento de la guantera de un automóvil que no funcionaba, pero cuyas pilas, retiradas con cuidado, resultaron tener algo de carga todavía. Encontraron una manta térmica doblada bajo el asiento trasero de una camioneta, intacta en su envoltura original. Encontraron, en el maletero de un sedán que habían tenido que forzar con la palanca, una caja de herramientas metálica cuyo contenido era demasiado pesado para cargar entero, pero de la cual Ernesto extrajo tres piezas específicas con la selectividad de quien sabe exactamente lo que necesita.
Lo que encontraron junto a los esqueletos lo dejaron donde estaba.
No era una decisión que necesitara discutirse.
Casi seis horas después de entrar, la oscuridad del túnel empezó a ceder.
Fue gradual, de la misma manera en que había comenzado pero al revés: primero un gris apenas perceptible en la pared, luego la silueta del asfalto haciéndose visible sin necesidad de la linterna, luego el óvalo de luz al fondo creciendo a medida que avanzaban hasta que de repente estaban afuera, bajo un cielo de atardecer temprano que los recibió con el sol todavía en el poniente y el aire de los valles entrando en los pulmones como algo que se había echado de menos sin saber que se estaba echando de menos.
El perro salió primero y se sacudió, como si el interior del túnel hubiera dejado algo en él que necesitara quitarse.
Los tres se detuvieron juntos en la boca de salida y miraron el paisaje que se abría desde lo alto de la cadena de cerros. Abajo, extendiéndose hacia el poniente, los valles centrales: tierras rurales, onduladas, con la vegetación baja y parda del secano que en otro tiempo habían sido campos cultivados y que ahora simplemente eran lo que siempre habían querido ser. El sector de Los Panguiles se desplegaba en la distancia como un mapa en relieve, silencioso y vasto, sin humo ni movimiento visible. El mar estaba lejos todavía, a unos ochenta kilómetros hacia el poniente por la ruta que se perdía entre los cerros, y Valparaíso más lejos aún, invisible desde aquí. Pero el camino bajaba desde donde estaban y eso era suficiente: unos seis kilómetros cerro abajo antes de llegar al valle, y después la ruta, y después lo que hubiera después.
Ninguno dijo nada.
No había nada que decir que no estuviera ya en lo que estaban mirando.
El cansancio los encontró a todos al mismo tiempo, con esa honestidad del cuerpo que espera el momento adecuado para presentar la cuenta.
Ernesto miró hacia arriba, hacia el talud sobre la boca del túnel, donde la roca formaba una repisa natural protegida por arbustos densos y con visibilidad hacia el camino sin ser visible desde él.
—Ahí —dijo.
Subieron con el carrito, lo que requirió tres intentos y trabajo en equipo y un momento en que el perro intentó ayudar empujando con el hocico y casi hizo que todo se volcara, lo que en cualquier otro momento habría producido más risa de la que produjo, porque el cansancio también hacía eso: dejaba menos espacio para todo lo demás.
Armaron el campamento con los movimientos automáticos de siempre.
La carpa, las frazadas, las piedras del fogón. El fuego pequeño, contenido, sin anunciarle nada a nadie. La olla al centro.
Comieron poco y en silencio, y el silencio esta vez tenía la textura específica del agotamiento: no había nada que resolver esta noche, no había nada que entender que no pudiera esperar hasta mañana. El túnel había sido lo que había sido, y los habían atravesado juntos, y eso era suficiente por ahora.
Sofía se quedó dormida antes de terminar su plato, con la cabeza apoyada en el hombro de Elena y el plato sostenido todavía en las manos. Elena se lo quitó con cuidado y la recostó sobre su frazada, y la cubrió, y le acomodó el pelo de la cara con un gesto que no necesitaba nombre.
El perro se echó junto a la niña.
Elena y Ernesto se quedaron un momento más junto al fuego, hombro con hombro, mirando las brasas.
Al poniente, más allá de los cerros, el mar que no podían ver desde aquí seguía siendo el mar: indiferente, constante, más antiguo que el Sol mismo y más antiguo que la Tierra y más antiguo que cualquier pregunta que cualquier criatura sobre su superficie hubiera llegado a formularse.
Mañana llegarían a él, o se acercarían más.
Mañana era su aniversario.
Ernesto recordó el bolsillo interior de su chaqueta, quiso comprobar su contenido. El collet. La pinza. La peineta a la que le faltaban cuatro dientes. Pero Elena notaría el movimiento de sus manos, prefirió no hacerlo. Habrá tiempo al amanecer.
Cerró los ojos un momento y respiró el aire del poniente, que olía a eucaliptos y a tierra húmeda y a algo que podría haber sido sal, todavía lejos, pero ya presente.
Fin del Capítulo XI
El último reflejo
Capítulo XII — Lo que el amor guarda
La costumbre de despertar temprano no falló.
Ernesto abrió los ojos en la oscuridad previa al amanecer con la misma puntualidad de siempre, como si el cuerpo llevara décadas ensayando ese momento y no estuviera dispuesto a abandonar el hábito por ninguna razón. Se quedó quieto un instante, escuchando. Elena respiraba a su lado con la cadencia larga y regular del sueño profundo. Sofía, al otro lado, con el brazo sobre donde habría estado el lomo del perro.
El perro no estaba.
Ernesto sonrió en la oscuridad, para sí mismo, sin que nadie lo viera.
Salió de la carpa con cuidado y fue a rearmar el fuego. Las brasas de la noche anterior todavía guardaban algo de calor bajo la ceniza, lo suficiente para que el material seco prendiera al segundo intento. Puso las latas con agua y se sentó a esperar, con la frazada sobre los hombros y la vista en el horizonte que empezaba a aclararse muy despacio hacia el oriente, sobre la cadena de cerros.
Pensó, mientras esperaba, que se habían vuelto dependientes del animal de una manera que no había previsto. No solo del afecto, que era evidente y que nadie en el grupo habría negado, sino de su contribución práctica y concreta: el desayuno que traía cada mañana con la puntualidad de un compromiso tácito, la vigilancia nocturna que ejercía sin que nadie se lo pidiera, la manera en que cubría los flancos del grupo cuando caminaban como si hubiera calculado solo cuál era su posición óptima. Se habían reorganizado alrededor de él sin darse cuenta, como ocurre con las cosas que encajan bien: sin esfuerzo, sin negociación, simplemente encontrando su lugar.
El agua empezó a hervir.
El perro no llegaba.
Ernesto revisó el horizonte, el borde del matorral, el camino de bajada. Nada. Dejó las latas a un lado del fuego para que mantuvieran el calor sin hervir más y esperó con la paciencia que le había dado la edad, que era distinta a la paciencia de la juventud: menos ansiosa, más quieta, más consciente de que apurarse no cambia la velocidad de las cosas.
Cuando llegó, llegó diferente.
No con el trote habitual, ese paso medido y profesional que era su manera de moverse por el mundo. Esta vez venía con algo en el paso que Ernesto tardó un momento en identificar porque no lo había visto antes en el animal: una especie de energía contenida, de satisfacción que no cabía del todo en el cuerpo y que se escapaba por los bordes. Las orejas más altas. La cola describiendo un arco amplio y constante.
Y en el hocico, sujeto con el mismo cuidado de siempre, un cabrito.
Ernesto lo miró.
Miró al perro.
El animal depositó su ofrenda en el suelo con la ceremonia habitual, pero esta vez se quedó de pie en lugar de echarse, mirando a Ernesto con esos ojos oscuros y brillantes que tenían esa cualidad desconcertante de parecer que sabían más de lo que podían saber.
—¿Cómo supiste? —dijo Ernesto, en voz muy baja.
El perro movió la cola una vez más, con alegría franca y sin disimulo, y luego fue a beber agua del recipiente que tenían junto al carrito como quien ha cumplido con lo suyo y ahora atiende sus propias necesidades.
Ernesto se quedó mirando el cabrito un momento. Pensó en lo que costaba cazarlo, en la diferencia de tamaño respecto a un conejo, en la energía y la habilidad que requería. Pensó que era posible que fuera una coincidencia. Pensó también que había cosas para las que la palabra coincidencia era demasiado pequeña.
Le puso la mano en la cabeza al perro cuando pasó de vuelta junto a él.
—Gracias —dijo, en el mismo tono que usaba para decir las cosas que importaban de verdad.
El perro retribuyó con otro movimiento de cola, largo y alegre, y fue a instalarse junto a la carpa.
Ernesto aprovechó que las mujeres dormían para dejarlo listo. Era trabajo que prefería hacer solo, no por pudor sino por consideración: siempre había algo en esa parte de la preparación que era psicológicamente pesado, especialmente para Sofía, y lo que no necesitaba verse era mejor que no se viera. Lo hizo con eficiencia y con el respeto que merecía lo que iba a alimentarlos, y cuando terminó acomodó el cabrito sobre las piedras del fuego de una manera que el calor llegara parejo y el aroma hiciera su trabajo.
El aroma empezó a hacer su trabajo casi de inmediato.
Elena salió primero, con los ojos todavía a medio abrir y la expresión de los primeros minutos, y se detuvo en la entrada de la carpa porque el olor que la había despertado era real y estaba ahí y era distinto a todo lo que habían tenido en mucho tiempo. Miró el fuego. Miró lo que había sobre las piedras. Miró a Ernesto.
Ernesto estaba de espaldas, revisando algo en el carrito, y Elena lo estudió un momento con esa atención que le dedicaba cuando quería leer algo que él no estaba diciendo en voz alta. Había algo diferente en su postura. Una tensión suave, casi imperceptible, que no era la tensión de la alerta ni la del cansancio sino otra cosa que ella tardó un momento en identificar.
Nerviosismo.
En treinta y cuatro años de matrimonio, Elena podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto a Ernesto nervioso. Era un hombre compuesto por naturaleza, templado, que procesaba las cosas hacia adentro antes de mostrarlas afuera. Verle esa tensión pequeña y nueva en los hombros le produjo algo que no era exactamente curiosidad sino algo más cálido que eso.
Se acercó al fuego sin decir nada.
Sofía salió de la carpa detrás de ella, con el pelo revuelto y la frazada arrastrando, y el perro fue a su encuentro con el entusiasmo matutino de siempre. Sofía lo recibió agachándose y dejando que le lamiera la cara con la resignación feliz de quien ya ha aceptado que eso va a ocurrir cada mañana y ha decidido que no le importa.
—Buenos días —dijo Sofía, hablándole al perro principalmente.
Luego miró a Ernesto, que se había vuelto hacia ellas, y luego miró a Elena. Y vio lo que Elena había visto: esa tensión nueva en Ernesto, esa evasión leve en su mirada cuando Elena lo miraba directamente, ese algo que no era el Ernesto de siempre y que sin embargo no era preocupante sino todo lo contrario. Sofía frunció el ceño levemente, procesando.
Y luego sonrió, para sí misma, apretando un poco los labios como quien guarda un secreto que acaba de descubrir.
Desayunaron con el cabrito asado y el agua caliente, sentados los tres alrededor del fuego en la repisa sobre la boca del túnel, con el valle de Los Panguiles extendiéndose abajo y el sol de la mañana calentando el aire con una generosidad que los días anteriores no habían tenido.
Era un desayuno distinto. Más abundante, más caliente, con el sabor de la carne que el cuerpo recibía con una gratitud que iba más allá de la decisión consciente. Sofía comió con los dos ojos abiertos y una expresión de concentración feliz que nadie habría llamado recatada pero que tenía su propia elegancia. Y observó las manos de Ernesto.
Lo vio cuando extendió la mano hacia la olla: un temblor leve, apenas perceptible, que no era el temblor del frío ni el del cansancio sino el de alguien que está conteniendo algo que quiere salir y todavía no encuentra el momento. Sofía lo miró y luego miró hacia otro lado con la discreción de quien sabe que hay cosas que es mejor no ver demasiado directamente.
Pensó: nunca lo había visto así. Siempre compuesto, siempre el primero en evaluar el peligro, siempre el que tomaba las decisiones difíciles con una calma que a veces parecía no costarle nada, aunque ella ya sabía que le costaba todo. Verle ese temblor pequeño en las manos era como ver una grieta en algo que parecía sólido, pero no una grieta que daba miedo sino una que dejaba pasar la luz.
Algo bueno pasaba hoy. Estaba segura.
Terminado el desayuno, el silencio se instaló un momento.
Elena recogió los platos con la eficiencia habitual. Sofía ayudó apilando las latas. El perro buscaba entre las piedras del fuego algún resto que hubiera escapado la inspección general.
Ernesto no se movió.
Estaba sentado con las manos sobre las rodillas, mirando el valle abajo, y Elena lo conocía demasiado bien para no saber que estaba reuniendo algo. Lo dejó. Siguió con lo suyo, sin mirarlo directamente, dándole el espacio que necesitaba.
Sofía también lo dejó. Se sentó junto al perro y le rascó detrás de las orejas con la atención de quien finge estar completamente ocupada en otra cosa.
Ernesto respiró.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Y cuando sacó la mano, tenía en ella los dos collet de tela elástica color verde oscuro, la pinza de plástico negro con el resorte apenas rígido, y la peineta de carey sintético a la que le faltaban cuatro dientes en el centro pero que en los extremos estaba intacta.
Los sostuvo en la palma abierta un momento, sin decir nada, como si los estuviera viendo por primera vez. Luego levantó la vista hacia Elena.
La miró.
La miró de la manera en que la había mirado la primera vez, treinta y cuatro años atrás, con esa atención completa que no deja espacio para ninguna otra cosa, que hace que el mundo alrededor pierda definición porque lo único que tiene foco está ahí, en esa cara, en esos ojos que lo conocían mejor que cualquier otra cosa sobre la tierra.
—Feliz aniversario, amada mía —dijo.
Su voz sonó tranquila. Las manos, que habían temblado durante el desayuno, estaban quietas ahora.
Elena miró la mano extendida de su marido. Miró los collet, la pinza, la peineta. Los miró con la misma atención con que habría mirado las cosas más valiosas del mundo, porque en este momento y en este lugar eran exactamente eso.
Las lágrimas llegaron sin que ella hiciera nada por detenerlas ni por disimularlas. Llegaron despacio, sin drama, con la naturalidad de las cosas que simplemente son lo que son.
Tomó los regalos con las dos manos, con una delicadeza que los objetos no requerían técnicamente pero que el momento sí, y los sostuvo contra el pecho un momento, con los ojos cerrados.
Cuando los abrió, brillaban.
Se rio, un poco, con esa risa que sale cuando las emociones son demasiadas para caber todas en un solo gesto y el cuerpo elige la más inesperada. Una alegría casi infantil, franca y sin cálculo, de la que no le importaba que la vieran.
Sofía los observaba desde su lugar junto al perro.
Sentía algo que no tenía nombre exacto pero que reconocía igual: un calor suave que empezaba en el pecho y se expandía hacia afuera, como cuando uno se acerca a un fuego después de mucho frío y el cuerpo empieza a recordar que sabe estar caliente. Pensó, con la claridad simple de los diez años, que aún había amor en este mundo. Que estaba ahí, delante de ella, en la palma de la mano de un hombre viejo temblando de nerviosismo por unos regalos pequeños para su mujer.
Ernesto se puso de pie.
Elena también.
Se miraron un momento, de pie frente a frente en la repisa sobre el valle, y luego Ernesto puso una mano en la cara de Elena con ese gesto que tienen los que se conocen desde hace mucho tiempo y saben exactamente dónde caben sus manos, y Elena cerró los ojos, y se besaron.
No fue un beso rápido ni un beso con prisa. Fue el beso de dos personas que han caminado juntas durante treinta y cuatro años y a través de dos años de fin del mundo y que saben, con la certeza que da el tiempo, que lo que tienen entre ellos es de la clase que no se termina.
Sofía abrazó al perro.
El perro movió la cola.
Cuando se separaron, Elena miró los regalos en su mano otra vez. Luego miró a Ernesto con una pregunta en los ojos, una pregunta sin palabras, señalando levemente con la vista hacia Sofía y luego hacia los collet.
Ernesto sonrió. Asintió.
Elena fue hacia Sofía, que la miraba llegar sin saber del todo qué venía. Le dijo que se diera vuelta. Sofía obedeció, con esa confianza nueva que había ido construyendo sin darse cuenta, y Elena le recogió el pelo con manos tranquilas y lo sujetó con el collet, acomodándolo con la atención que se le da a algo que importa.
—Ya —dijo Elena.
Sofía se tocó el pelo con los dedos. Sintió el collet, la suavidad de la tela elástica, el pelo recogido de una manera que no era el nudo con cuerda de siempre sino algo distinto, algo que se parecía a estar arreglada.
Se volvió hacia Elena y Ernesto.
Los dos la miraban con esa ternura que Sofía había aprendido a recibir sin esquivarla, aunque al principio le había costado. Una ternura que no pedía nada a cambio, que no tenía condiciones, que simplemente estaba ahí.
Sonrió.
Y dos lágrimas le bajaron por las mejillas antes de que pudiera decidir si las dejaba o no, y las dejó, porque a esta altura ya sabía que las lágrimas no siempre son tristeza y que a veces son exactamente lo contrario.
El perro se levantó y fue hacia el centro del grupo.
Y los cuatro se abrazaron.
Fue un abrazo sin cálculo ni ceremonia: Ernesto y Elena y Sofía y el perro en el medio con el hocico apoyado en el brazo de Sofía y la cola describiendo arcos lentos y felices, todos juntos en la repisa sobre el valle de Los Panguiles bajo el sol de la mañana.
La manada estaba completa.
Decidieron que ese día era para descansar.
No hubo discusión, no hubo deliberación. Ernesto lo dijo y los otros dos asintieron y el perro se echó al sol como si también él hubiera estado esperando exactamente eso.
El lugar era bueno para quedarse: la repisa alta, protegida por el matorral, con visibilidad hacia el camino de bajada y el valle sin ser visible desde abajo. Un lugar que los ponía en ventaja sobre cualquier cosa que pudiera acercarse, que era la condición mínima para que el descanso fuera descanso de verdad y no solo quietud vigilante.
Hicieron inventario con la calma que da el tiempo disponible. Ernesto extendió el contenido del carrito sobre la lona impermeable y fue nombrando cada cosa en voz alta mientras Elena registraba mentalmente y Sofía escuchaba aprendiendo: las latas contadas, el aceite medido, la sal pesada a ojo, las velas de cumpleaños que todavía guardaban, las vendas, los fósforos, la cuerda, las herramientas rescatadas del túnel. Las luces de emergencia con su carga intacta. El cuchillo, la linterna, el abrelatas.
No era mucho. Era suficiente por ahora, que era lo que importaba.
Luego conversaron.
Fue una conversación sin peso, de la clase que habían tenido poco en los últimos meses porque el peso siempre estaba ahí y era difícil dejarlo afuera. Hablaron de cosas pequeñas: Sofía preguntó cómo era el mar y Elena se lo describió con una precisión que venía de haberlo querido mucho, el olor y el sonido y la sensación de la arena fría bajo los pies. Ernesto contó algo de cuando era joven, una anécdota sin importancia sobre un viaje en bus a Valparaíso que había tomado el camino equivocado y había terminado en un lugar que no esperaba, y que al final había resultado ser mejor que el destino original. Sofía se rió. Elena también.
El perro dormía al sol con las patas estiradas y esa entrega total al descanso que tienen los animales cuando deciden que el mundo está bajo control.
Comieron tres veces ese día.
Era un lujo que ninguno de los tres habría sabido imaginar hacía poco tiempo y que recibieron con la misma seriedad con que se reciben los lujos cuando uno sabe lo que valen. El mediodía con lo que quedaba del cabrito. La tarde con una lata abierta sobre el fuego. La noche con algo sencillo, caliente, que llenaba.
Bebieron agua hervida hasta que no tuvieron más sed, que también era un lujo.
El sol cruzó el cielo sobre ellos con la indiferencia de siempre, que esta vez se parecía menos a la indiferencia y más a la constancia, que son cosas distintas, aunque a veces cuesten lo mismo.
La noche llegó despacio, como llegan las noches cuando uno no tiene apuro de que lleguen.
Sofía se quedó dormida junto al perro, con la mano en el lomo del animal y el pelo recogido con el collet que Elena le había puesto esa mañana y que ella no se había quitado en todo el día, tocándoselo de vez en cuando con los dedos como para confirmar que seguía ahí.
Ernesto y Elena se quedaron junto al fuego.
Se abrazaron sin decir nada, porque no había nada que decir que no estuviera ya en el abrazo. Se besaron otra vez, con la calma del final del día y el calor del fuego y el sonido del valle abajo que era el sonido de nada, que era el mejor sonido.
Elena apoyó la cabeza en el hombro de Ernesto.
Ernesto miró las estrellas sobre Los Panguiles, que eran las mismas estrellas de siempre, más de las que nadie podría contar, indiferentes y constantes y hermosas sin pedirle permiso a nadie.
Pensó que treinta y cuatro años era mucho tiempo.
Pensó que no había sido suficiente.
Pensó que mañana volverían a caminar, y que el mar estaba todavía lejos, y que había un nombre de ciudad en el horizonte que todavía no habían pronunciado en voz alta pero que los dos sabían que estaba ahí.
Pensó en Sofía durmiendo con el collet en el pelo y la mano en el lomo del perro.
Y pensó que este había sido, con todo lo que había costado llegar hasta aquí, un buen día.
Un día muy bueno.
Fin del Capítulo XII
El último reflejo
Capítulo XIII — Lo que se nombra y lo que se encuentra
La gallina apareció al amanecer.
Ernesto estaba reavivando el fuego cuando el perro regresó desde el borde del matorral con ese paso suyo de quien viene de cumplir un encargo importante, y depositó su ofrenda en el suelo con la misma ceremonia de siempre. Ernesto la miró. Miró al can. Pensó que el animal había decidido que la variedad era un principio culinario que valía la pena aplicar.
—Dieta variada —dijo, en voz baja, con la seriedad de quien hace una observación técnica.
El perro movió la cola una vez y fue a beber agua.
La gallina tomó más tiempo de preparar que el conejo, pero el resultado compensó la espera con creces: el olor que empezó a recorrer el campamento cuando el fuego llevaba un rato trabajando era de los que despiertan a la gente antes de que decidan despertarse solos.
Elena salió de la carpa con los ojos todavía a medio abrir y se detuvo, aspirando.
—¿Gallina? —dijo.
—El can tiene criterio —dijo Ernesto.
Elena miró al perro, que estaba echado al sol con la satisfacción tranquila de quien ha contribuido y ya no tiene nada que demostrar.
Sofía salió detrás de Elena, encontró al can, y el saludo matutino ocurrió con la intensidad habitual. Luego se sentaron los tres a desayunar, con el valle de Los Panguiles abajo y el día abriéndose despacio sobre los cerros.
Estaban recogiendo el campamento, con los movimientos ya automáticos del desarme matutino, cuando Sofía se detuvo.
Se quedó quieta en el centro del campamento con las manos a los lados, con esa postura que tenía cuando algo importante estaba tomando forma en su cabeza y necesitaba espacio para terminarlo antes de decirlo. Ernesto y Elena la miraron sin interrumpirla.
—Hay que darle un nombre —dijo Sofía.
Lo dijo seria, con el tono de quien enuncia algo que debería haberse resuelto antes y que ya no puede seguir pendiente.
—Al perro —agregó, aunque era innecesario.
Ernesto y Elena se miraron. Era verdad: llevaban días llamándolo el perro, el animal, el can, rodeos que evitaban el nombre porque el nombre no había llegado todavía. O no había llegado para los adultos, porque era evidente por la expresión de Sofía que para ella sí había llegado y llevaba un tiempo esperando el momento de decirlo.
—Se llamará Hope —dijo Sofía.
Silencio.
Ernesto frunció el ceño levemente, no de desaprobación sino de procesamiento.
—¿Hope? —dijo Elena—. ¿Esperanza? ¿En inglés?
—En inglés —confirmó Sofía, con la paciencia de quien tenía la explicación lista y sabía que iba a necesitarla—. Porque es lo que trae todas las mañanas. Esperanza de que el día empieza bien. Que hay desayuno. Que vamos a seguir.
Hizo una pausa.
—Pero no lo puedo llamar Esperanza porque Esperanza es nombre de mujer y él es hombre. Y Esperanzo no existe. Así que me acordé de las clases de inglés del colegio y me acordé de Hope. Es corto. Es preciso. Y suena masculino.
Ernesto la miró durante un momento.
Miró a Elena.
Elena tenía esa expresión que aparecía cuando algo le parecía no solo correcto sino inevitable, como si la respuesta hubiera estado ahí desde el principio y simplemente hubiera esperado a que alguien la encontrara.
Hope, que había estado observando el intercambio desde su posición junto al carrito con las orejas en ángulo de atención moderada, movió la cola. Una vez, dos veces, con esa alegría contenida y digna que era su manera de expresar las cosas.
Ernesto asintió.
Elena asintió.
Y los dos dijeron al mismo tiempo, sin haberlo coordinado:
—Hope.
El perro levantó las orejas. Las levantó completamente, con esa verticalidad repentina que tienen los perros cuando algo en el mundo exterior coincide exactamente con algo en su interior. Miró a Ernesto. Miró a Elena. Miró a Sofía.
Movió la cola con más convicción.
Sofía lo miró con la satisfacción seria de quien acaba de resolver algo que necesitaba resolverse.
—Ya —dijo—. Hope.
Bajaron desde la repisa sobre el túnel con el carrito y entre los cuatro, que era como pensaban en ellos mismos ahora sin tener que decirlo. El descenso por el camino de tierra tomó más de lo previsto porque el terreno era irregular y el carrito exigía maniobras constantes, pero Hope iba adelante marcando el paso con el hocico pegado al suelo y las orejas alternando entre la posición de trabajo y la posición de alerta, leyendo el camino en capas que los humanos no alcanzaban.
Cuando llegaron a la ruta, Hope tomó la delantera sin consultarlo.
Ernesto lo observó un momento y luego miró a Elena con las cejas levemente alzadas. Elena respondió con un gesto de la cabeza hacia el perro: dejémoslo. Ernesto asintió y ajustó el asa del carrito.
Así quedó establecida la formación: Hope adelante, Ernesto con el carrito detrás, Elena y Sofía cerrando, con la distancia entre Hope y el grupo lo suficientemente corta para mantener el contacto visual y lo suficientemente larga para que el animal pudiera hacer su trabajo.
El camino hacia Los Panguiles se extendía entre los cerros bajos del sector, con el asfalto más deteriorado que la ruta 68 pero todavía transitable, bordeado por campos que en otro tiempo habían sido cultivados y que ahora simplemente eran tierra en distintos estadios de recuperación. Pasto alto, arbustos que avanzaban desde los bordes, algún árbol frutal abandonado que seguía dando fruta sin que nadie se lo pidiera.
Caminaron durante horas.
El sol cruzó el mediodía y empezó a bajar hacia el poniente. Los pies encontraron el ritmo de siempre, ese ritmo que después de suficiente tiempo deja de ser consciente y se convierte en el estado natural del cuerpo. Hablaron poco, como era su costumbre en marcha, con los sentidos repartidos entre el camino y el entorno y Hope, que de vez en cuando se detenía, levantaba el hocico, evaluaba, y seguía.
Ernesto lo miraba caminar y pensaba que ese animal conocía el terreno. No de la manera vaga en que los animales conocen un área general, sino con la especificidad de quien ha recorrido ese camino antes, que sabe qué hay al doblar cada curva, que anticipa los puntos donde el asfalto cede y los puntos donde el matorral se abre. Pensó que Hope había hecho ese trayecto muchas veces, a lo mejor de noche, probablemente en búsqueda de exactamente lo que traía cada mañana. Que la población estaba en su mapa interno desde antes de que ellos llegaran.
Lo miró con algo que era admiración sin reservas.
La tarde estaba transformándose en noche cuando Hope redujo el paso.
Lo hizo gradualmente, con la precisión de quien está calculando algo: el hocico más pegado al suelo, las orejas rotando, la cola baja y quieta en la posición de trabajo concentrado. Luego se detuvo y miró hacia el norte, hacia un sector que quedaba a unos doscientos metros de donde la ruta formaba un trébol: una zona de galpones bajos y algunas viviendas dispersas, con vegetación más densa entre las construcciones.
Ernesto estudió el lugar desde donde estaban.
Hope lo miró. Luego miró el sector norte. Luego volvió a mirar a Ernesto, con esa paciencia suya de quien ya ha tomado la decisión y está esperando que los demás la alcancen.
—Hay un estero —dijo Ernesto.
Lo dijo despacio, como confirmando algo que estaba viendo con los ojos pero que Hope ya sabía desde antes. Miró al animal con una admiración que ya no intentaba disimular.
Hope movió la cola una vez y echó a andar hacia el norte.
Los siguieron.
El estero era pequeño pero real: agua que corría entre piedras y vegetación de ribera, con ese sonido que tiene el agua en movimiento que es distinto a todos los otros sonidos del mundo y que el cuerpo reconoce con algo que no es exactamente sed sino algo más antiguo que la sed.
Instalaron el campamento en el sector más protegido de la orilla, entre dos galpones cuyas paredes les daban pantalla desde la ruta. Ernesto verificó los ángulos, las líneas de acceso, la visibilidad. Sirvió.
Cenaron con lo que quedaba del día: una lata abierta sobre el fuego, agua hervida del estero, el pan duro que Elena había reservado. Era poco, pero era caliente, y mañana había agua para bañarse y para recargar, y pasado mañana habría que ver qué había en el pueblo, y eso era suficiente planificación por ahora.
Hope comió su parte con la eficiencia de siempre y se echó junto a Sofía, que era su posición natural al terminar la jornada.
Fue Sofía quien rompió el silencio de la cena.
Lo hizo con la misma seriedad con que había dicho lo del nombre de Hope esa mañana: sin preámbulo, sin tantear si el momento era adecuado, con la actitud de quien ha aprendido que los momentos adecuados hay que crearlos.
—Ernesto —dijo—. ¿Tú crees en Dios?
El silencio que siguió duró exactamente lo que dura una pregunta que nadie esperaba y que de todas formas era completamente legítima. Elena miró a Ernesto. Ernesto miró a Sofía, que lo sostenía con esa mirada frontal y tranquila que usaba cuando preguntaba algo que genuinamente necesitaba saber.
Ernesto dejó su lata sobre la piedra.
—Es una pregunta importante —dijo, sin ganar tiempo sino reconociendo el peso de lo que se le había preguntado.
—Lo sé —dijo Sofía.
Ernesto pensó un momento. No buscando la respuesta, que ya la tenía, sino la manera de darla que fuera honesta sin ser descuidada, que dijera lo que pensaba sin imponerle a una niña de diez años algo que ella tenía todo el derecho de construir por su cuenta.
—Soy algo parecido a agnóstico —dijo—. ¿Sabes lo que significa?
Sofía negó levemente con la cabeza.
—Significa que mientras nadie me demuestre que existe un Dios, no puedo creer en ello. —Hizo una pausa—. Y nadie lo ha demostrado todavía. No de una manera que yo pueda verificar. Así que no creo.
Sofía asintió, procesando.
—Pero —continuó Ernesto— respeto completamente a quienes creen. A quienes tienen fe en un ser supremo. La fe es algo poderoso, y lo que hace en las personas que la tienen es real, aunque yo no comparta la creencia. —Miró el fuego un momento—. Lo que yo no tengo derecho es a decirle a alguien que está equivocado por creer. Eso no lo sé. Nadie lo sabe.
Sofía asintió de nuevo. Luego, sin pausa:
—¿Y en qué tienes fe tú?
Ernesto la miró.
Era la pregunta correcta. Era, en realidad, la pregunta más importante, y Sofía la había encontrado sola con esa precisión que tenía para ir directo al centro de las cosas.
—En el ser humano —dijo Ernesto, despacio—. En la capacidad que tenemos de seguir adelante a pesar de todo. —Buscó las palabras con cuidado, porque esta respuesta merecía cuidado—. Hay una fuerza adentro de cada persona que no conocemos del todo, que nunca sabemos cuánto tiene hasta que la situación la exige. Y entonces aparece. Siempre aparece, en las personas que deciden seguir.
Hizo una pausa.
—También creo en los sentimientos. En que somos capaces de sentir cosas que nos hacen mejores de lo que seríamos sin ellas. —Levantó la vista del fuego y miró a Elena, y luego miró a Sofía, con esa ternura que a estas alturas ninguno de los tres intentaba esconder—. Sobre todo, el amor. En eso creo sin ninguna duda.
El fuego crepitó suavemente.
Elena tenía los ojos brillantes, aunque no dijo nada, que era también su manera de decir algo.
Sofía asintió por última vez, con la lentitud de quien está archivando algo en un lugar donde no se va a perder. No hizo más preguntas. No era necesario: había obtenido lo que buscaba, que no era una doctrina sino una manera de pararse frente al mundo, y la había encontrado en la respuesta de un hombre de setenta años sentado junto a un fuego pequeño al borde de un estero en los valles centrales de Chile.
La cena continuó en silencio.
Sofía miraba el fuego y pensaba.
Era algo que había empezado a ocurrirle con más frecuencia en los últimos días: ese pensamiento que se vuelve sobre sí mismo, que se hace preguntas a sí mismo, que a veces llegaba a lugares que no esperaba.
Pensaba en la palabra familia.
¿Por qué familia?, se preguntaba. Con la madurez que esta vida le había dado a la fuerza, con esa capacidad de mirar las cosas de frente que uno desarrolla cuando no tiene otra opción, se lo preguntaba en serio: ¿qué hacía que esto fuera una familia y no otra cosa?
Porque me respetan, pensó.
Eso primero. Ernesto le explicaba las cosas sin simplificarlas demasiado, sin tratarla como si tuviera cinco años, sin decidir por ella lo que podía o no podía escuchar. Elena le hablaba de igual a igual cuando la situación lo pedía y la protegía cuando la situación lo requería, y sabía cuándo era una cosa y cuándo era la otra. Ninguno de los dos le había dicho nunca eres muy chica para entender esto.
Porque me quieren, pensó.
Sí. Me quieren. Era distinto al cariño de los conocidos o a la amabilidad de los extraños. Era algo que estaba en los gestos pequeños: en el collet verde que Elena le había puesto en el pelo el día del aniversario, en la manera en que Ernesto le había enseñado el nudo de cuerda con la seriedad de quien enseña algo importante, en cómo los dos se miraban cuando ella decía algo y en esa mirada estaba la confirmación de que lo que había dicho valía.
Porque me dejan ser parte de todo, pensó.
No la apartaban de las decisiones. No la mandaban a un lado cuando las cosas se ponían difíciles, o no siempre, solo cuando había un peligro real y concreto. Le explicaban. Le preguntaban. Contaban con ella.
Hope la miraba desde su posición junto a ella, con esos ojos oscuros y atentos que tenía, respetando el silencio de sus pensamientos con esa intuición que los animales tienen para saber cuándo la presencia basta y las palabras sobran.
El sueño empezó a llegar despacio, con esa suavidad particular del cansancio honesto, del cuerpo que ha trabajado lo que tenía que trabajar y ahora pide lo que necesita. Los párpados se volvieron pesados. El fuego se hizo borroso.
Hope se acomodó junto a ella, ajustando su cuerpo al contorno de la niña con la precisión de quien ha encontrado su lugar en el mundo y ya no tiene dudas al respecto.
El último pensamiento consciente de Sofía, antes de que el sueño se la llevara del todo, fue claro y simple y completo:
Mi familia.
Fin del Capítulo XIII
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