Te cambio dos por esta: el último refugio de la espera…

Hay algo profundamente triste en ver a un padre completar un álbum antes que su hijo. No por la velocidad, ni siquiera por el dinero, sino por la forma en que el mundo adulto ha comenzado a devorarse también los rituales de la infancia, como si no pudiera tolerar ni siquiera ahí la demora, el misterio, la falta.

Antes, abrir un paquete de figuritas era una ceremonia mínima. Uno lo hacía con la gravedad de quien abre una carta llegada desde un país remoto. El olor del papel recién impreso, el sonido seco del sobre rasgado, la esperanza absurda de encontrar justo esa figurita imposible. Messi, Maradona, el escudo brillante, el número que faltaba desde hacía semanas. Y después venía lo mejor: el recreo. El murmullo colectivo de chicos inclinados sobre el piso como pequeños jugadores de póker sentimental intercambiando tesoros repetidos. “Te cambio dos por esta.” “No, esa vale mucho.” Ahí, en esa economía precaria y fantástica, aprendíamos más sobre el deseo y la justicia que en muchos manuales escolares.

También estaban los kiosqueros, que sabían más de nosotros que muchos maestros. Nos veían entrar con la solemnidad de quien viene a invertir sus últimas monedas en un sueño improbable. Algunos guardaban figuritas difíciles debajo del mostrador como si custodiaran reliquias. Otros nos fiaban un paquete porque entendían que la infancia también era eso: creer que mañana aparecerá la moneda que hoy falta. Qué extraordinarios eran esos hombres que, sin saberlo, administraban la ilusión de un barrio entero.

Pero ahora pareciera que incluso el álbum debe obedecer la lógica feroz de la productividad. Hay adultos que no soportan ver páginas vacías. Como si el vacío fuera una derrota. Como si todo debiera completarse rápido, mostrarse rápido, exhibirse rápido. El álbum deja entonces de ser una travesía para convertirse en una meta. Y cuando la meta reemplaza al camino, algo se rompe silenciosamente.

Porque los hombres no añoran tanto la felicidad como las vísperas de la felicidad. Tal vez por eso un álbum lleno produce una alegría breve, casi administrativa, mientras que uno incompleto puede durar para siempre en la memoria. Porque lo inolvidable no era pegar la última figurita. Lo inolvidable era esperarla. Era creer que podía aparecer en el próximo paquete. Era mirar el kiosco desde lejos como quien mira un templo. Era caminar con unas monedas sudadas en el bolsillo sintiendo que el universo entero cabía dentro de un sobre de papel.

La infancia necesita demora. Necesita tardes inútiles. Necesita aburrimiento, repetición, espera. Necesita perder el tiempo para aprender que el tiempo no siempre se pierde. Pero vivimos en una época donde hasta el deseo tiene ansiedad. Los adultos corremos desesperadamente detrás de todo: del éxito, del consumo, de la validación inmediata. Y sin darnos cuenta, arrastramos a los chicos a esa misma carrera absurda. Les pedimos paciencia mientras nosotros vivimos intoxicados de inmediatez. Les pedimos atención mientras miramos el celular cada treinta segundos. Les hablamos del valor de las cosas mientras competimos por mostrar quién llenó primero un álbum.

Tal vez por eso algunos adultos se desesperan hoy por llenar primero el álbum de sus hijos: porque sospechan, aunque no lo digan, que ya no saben esperar nada con esa pureza. Entonces compran cajas enteras, organizan estrategias, calculan probabilidades, aceleran el final. Como si completar el álbum pudiera devolverles algo de aquella emoción antigua de caminar hacia el kiosco con el corazón apurado. Pero la infancia no vuelve por acumulación. La infancia vuelve apenas en ciertos destellos: un olor a papel nuevo, una figurita brillante encontrada al azar, una tarde donde todavía parece que el mundo puede caber entero entre las manos.

Qué injusticia condenar a un niño a no tener figuritas repetidas. Porque las repetidas eran una forma de la esperanza. Eran la posibilidad del encuentro con otro. La excusa para conversar. Para negociar. Para decepcionarse un poco y volver a intentar. Un álbum completado en una tarde quizá sea eficiente, pero una infancia eficiente es una tragedia.

Hay chicos que quizá olviden el resultado de una final del mundo. Pero nunca olvidarán quién les regaló la figurita que les faltaba.

Las cosas verdaderamente importantes siempre suceden al costado de lo importante. En las rayuelas dibujadas sobre la vereda, en las instrucciones inútiles para subir una escalera, en los objetos mínimos que abren mundos infinitos. Las figuritas pertenecen a esa categoría secreta de las cosas pequeñas que organizan la memoria de una vida. Uno no recuerda cuántas tenía. Recuerda quién le regaló una difícil. Quién le robó una brillante. Quién se sentó al lado en el patio mientras el invierno empezaba a bajar temprano sobre la escuela.

Quizá crecer consista justamente en esto: en aprender a dejarles a los chicos el derecho a que las cosas tarden. El derecho a no completar todo. El derecho sagrado a desear algo durante mucho tiempo.

Porque un álbum lleno puede terminar en una biblioteca juntando polvo. Pero un álbum incompleto, vivido lentamente, acompañado de amigos, kioscos, recreos y domingos de lluvia, queda abierto para siempre en algún rincón del alma.

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