Hacía meses ya que por la casa no se asomaba nadie. La última carta había llegado a finales de la primavera, antes que las hojas de los árboles empezasen a colorearse con el atuendo del fuego. Ahora la amorosa nieve caía como un manto envolvente sobre el mundo, y la calesa aguardaba en el cobertizo cerca de los caballos que dormitaban, uno junto al otro como dos buenos amigos de toda la vida.
Dentro de las macizas paredes de roble, un fuego perpetuo calentaba a un anciano entrado en años y salido en penurias, las canas poblando su cabeza por fuera, los recuerdos poblándola por dentro.
El mundo descansaba de la guerra. Nadie sabía por cuánto tiempo.
La soledad reinante fue lo que causó la sorpresa del viejo profesor al escuchar un par de tenues golpes a su puerta. ¿Quién podría andar a media tarde con esta tormenta?
Se levantó del mullido sofá, con piernas aún fuertes y pasos calmos y serenos. Cuando abrió su refugio al frío de la tarde, tuvo que bajar la vista para ver a los ojos a su misterioso visitante inesperado.
Allí, parado a su puerta, había un niño.
Ningún suéter ni abrigo lo protegía del clima. Ningún gorro resguardaba sus preciosos cabellos negros del viento helado, ninguna ropa en absoluto lo ocultaba de las miradas. Y no obstante, no se veía ni una pizca de incómodo. Y el tono rosa de su piel infantil no acusaba la menor influencia del frío.
El profesor se escandalizó por un segundo ante la vista de un niño indefenso en la nieve, pero antes de precipitarse, como de seguro habría hecho una persona cualquiera, se detuvo y lo miró a los ojos por unos instantes.
Aquellos ojos claros arrojaron hacia los suyos la mirada más inocente, carente de miedo y exenta de malicia que jamás hubiese visto. No había debilidad en ella, no había dolor, vergüenza o desconfianza. Sólo serenidad.
-¿Quién eres, hijito?
El niño poseía un acento inexplicable, como si por un lado fuese la criatura más inocente e ingenua del universo, y por otro el ente más sabio de todos los tiempos. Su voz, como su estatura, aparentaba unos ocho años.
-Yo… no lo sé, señor.
-No lo sabes… ¿Vienes con alguien?
-No, señor. Sólo sé que he caminado en la nieve por mucho tiempo. Es… hermoso ver la nieve, es muy bonita.
-¿Cómo es que no tienes frío?
-¿Qué es el frío?
El profesor trató de reponerse de una extraña impresión que crecía. ¿Quién era este niño? ¿Por qué se le hacía tan familiar?
-¿Quieres entrar, hijo?
-Claro, señor.
-Ven, te pondré algo encima.
Cerró el invierno que bullía afuera. Trajo una gigantesca manta, lo envolvió de cuerpo entero con ella. Lo condujo cerca del fuego, y el niño se sentó en el suelo, fascinado con las llamas, sin verlo a él, pero sus oídos abiertos a lo que pudiese decir. El viejo se dio la vuelta y lo estudió, miró con cuidado la pequeña figura sentada frente a la hoguera.
-Pequeño… ¿por qué? ¿Por qué has venido a mi casa?
El niño lo miró, girando sólo su cabeza negra de bucles grandes y suaves como el terciopelo.
-No lo sé. Supongo que quiero saber.
-¿Saber qué cosa?
-Lo que usted dijo hace un rato.
-¿Quién eres?
-Sí. Eso. Quiero saber quién soy.
Volvió a ver el fuego. Su timbre era rico en tonos y armonioso como la música de una flauta en las noches de verano, donde se apacentaba las vacas en los prados y las luciérnagas agujereaban notas en la caja de música de la noche.
-Y… ¿por qué he de ser yo quien lo sepa?
-Usted los tiene. Los papeles. Donde explica todo. No sé cómo lo sé, sólo sé que usted… entiende.
-Los papeles…
Dio unos pasos hacia el centro de la sala, como en un sueño. Papeles. Podría parecer una mentira, pero inexplicablemente sabía a qué papeles se refería aquel extraño pequeño. Acudió a un cajón de su mesita, donde guardaba aquel artículo que nadie había tomado en serio. El polvo lo forraba como un sudario.
“La materialización de los conceptos abstractos”, por Harold Hoffman. Era joven cuando lo escribí, ingenuo, se dijo a sí mismo. Me causó el descrédito, pensó. Me trajo la ruina y la soledad.
Sacó “los papeles”, les quitó el polvo. Se puso sus gafas. El niño seguía viendo el fuego.
-¿Quisiera explicarme, por favor? (le sonrió al fuego, sonriéndole a él sin mirarlo).
-Yo… claro. No… ¿no esperarás que te lo lea todo, verdad?
-Sólo lo que más importa, señor. Lo que necesito saber.
-Claro. Bueno… Bueno, esta es… Es una teoría solamente. Mi teoría es en parte científica y en parte filosófica. Afirma, en sentido general, que las grandes cosas que definen la vida en realidad se componen de la misma materia que nosotros, que se alimentan con la misma energía, solamente que de una forma totalmente incomprensible para una mente humana. Que el universo es una gigantesca fábrica de conceptos y esencias, una sala de maternidad enorme donde nada se destruye, solamente se crean cosas. Donde las nebulosas dan a luz estrellas, donde las estrellas dan a luz la luz, donde la luz da a luz la oscuridad. Una de mis aseveraciones fue… resumiendo, fue que si muchas personas, muchas mentes, muchos corazones, muchas almas vibrantes y ardientes en el silencio del mundo estuviesen en el mismo lugar, tiempo y sintonía armónica, e “invocasen” todas, por decirlo así, al mismo concepto, la misma idea con todas sus fuerzas, si algo que deseasen fuese tan intenso, tan vívido en su interior que fuera capaz de moverlos a cambiar, a ser personas distintas a lo que serían de no tener esa idea en su mente, pues entonces, entonces…
-¿Sí?
-Entonces esta idea, este concepto, simplemente se… materializaría. En algo conocido para nosotros, en algo que reflejase la esencia del concepto, el corazón de la idea, por decirlo así.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo… El valor, si de pronto muchos lo nombraran, lo practicaran, lo hicieran arder como un fuego en un espacio muy pequeño, generaría quizás un majestuoso león adulto que aparecería cerca de allí, cerca de donde la idea se gestó. Y si fuese algo malo como el rencor, si muchos corazones lo creasen dentro de sí, lo alimentasen y lo dejasen caer todo en el poco espacio de unos metros, tal vez… tal vez crearía un charco horrendo de la peor podredumbre imaginable. Quizás dentro de esa casa, o a la mitad de ese camino, o en medio de esa muchedumbre. Es largo de explicar. Pero es la… idea básica.
-Entiendo, señor. Yo… acabo de nacer, ¿verdad?
Las llamas creaban fulgores gemelos en sus ojitos. No dejaba de admirarlas, como si supiera que formaban parte de él. El profesor lo miró por largo rato.
-Creo que sí. Por lo visto, hijo.
-Todo esto que me dice… Yo, lo recordaba… pero no sabía expresarlo. Ahora entiendo. Así es como nací.
Harold Hoffman no supo cómo responder a eso.
-Señor… dígame, ¿qué pudo haber causado que fuera creado de la nada… alguien como yo?
El anciano se levantó. Miró hacia la ventana. La nieve empezaba a verse gris con la caída paulatina de la noche.
-Hay una cosa… No sé si me equivoque… Pero creo que es lo que daría lugar a la creación de un niño como tú. Una palabra, no tan larga, que fuese dicha o imaginada simultáneamente por varias personas… Digamos que en un tren va sentada una madre que piensa en su hijo, que está en la guerra, y desea que vuelva a salvo, y a su lado va un chico enamorado que no sabe si lo van a aceptar, pero quiere creer que sí, y de pie, junto a ellos, un hombre que recibió dinero desea aprovecharlo de la mejor forma posible, y al mismo tiempo el boletero pasa, y tiene el anhelo de que su jubilación llegará pronto, y si aún con todo esto, el tren además fuese pasando en ese mismo instante por una calle donde en la acera un mendigo ansía de verdad tener lo necesario para el día, y una niña aguarda con ilusión comprar el regalo para su madre, si todo eso, todo eso ocurriese en el mismo instante y en el mismo lugar, entonces yo creo… creo que nacería un niño como tú. Como fruto directo de esa palabra. Allí, cerca del tren, cerca de la calle. Cerca, siempre cerca.
El chico se quedó pensativo unos minutos.
-Yo no nací cerca de un tren. Ojalá recordara dónde, no obstante. Señor… ¿Puedo quedarme aquí esta noche? El fuego… es agradable.
-Por supuesto… Yo me quedaré aquí sentado. No suelo dormir mucho a mi edad, de todos modos.
Se acomodó en el mullido sofá y lo vio al pequeño hacerse bolita en la alfombra gruesa frente al hogar, envuelto del todo en la sábana y con una expresión soñadora que se perdía en las ardientes brasas. El profesor no dejaba de pensar. Tenía para toda la noche. ¿Para qué existía este niño? ¿Cómo podía ser que después de todo, todo, todo, su teoría fuese… cierta? ¿Cómo podía creerle sin ninguna dificultad? Pero le creía. Reconocía el color de la certidumbre, como el aroma del café hecho en casa. ¿Y qué seguía ahora? Vio que el niño aún no dormía.
-¿Qué harás mañana? ¿Partirás?
-Sí, señor. Pero… no sé adónde. Para decidirlo… yo, creo que debo saber cuál es la palabra a la que se refería, la que tendrían que decir muchas personas para que yo naciera.
Y el anciano se la dijo.
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Temprano por la mañana, los caballos se abrían paso en la nieve, halando la calesa, con el cielo calmo sobre sus lomos y el viento suave agitando sus crines. En la estación de tren, a una hora de allí, se apearon de la calesa el viejo y el niño. Hoffman había regalado al pequeño las antiguas ropas de un nieto perdido en la guerra, como tantos hijos y nietos de tanta gente. Había llorado al acordarse.
El profesor compró un boleto hasta donde el tren llegaba. Subió al niño solamente y le dio la mano. El chiquillo le habló.
-Gracias, señor. Por ayudarme a recordar.
-No fue nada. ¿Decidiste… adónde vas?
-A todas partes. Una a la vez. Hasta que llegue a donde deba. Supongo. Lo iré entendiendo en el camino.
-Claro… ¿Volveré a verte?
-No lo creo. Pero sabrá de mí. Usted siempre ha creído en mí.
-Por supuesto.
El tren partió, llevándose el milagro consigo. Dejando más preguntas que respuestas.
Pasado un rato, un amigo de Hoffman, un anciano profesor llamado Schütz, apareció a su lado. Palmeó su espalda como tantas veces en su larga amistad.
-Harold, ¿quién era ese niño? Te vi desde el otro lado. ¿Era tu nieto? No sabía que tuvieras… um, otro. ¿Y lo dejaste ir sólo en el tren?
-No, es un amigo nada más.
-¿Te refieres… al hijo de un amigo?
-No, compañero. Él es un amigo. Un muy antiguo amigo. Y te aseguro que nada le ocurrirá. Puede parecer un niño, pero es más viejo que todos nosotros. Muchos, por mucho tiempo, han tratado de destruirlo, de olvidarlo, de callarlo. Pero nunca se calla y siempre sobrevive. Se sabe defender. En eso reside su naturaleza.
-Eso espero. Es un peligroso mundo. ¿Sabes? Yo sólo… Bueno, me pareció haberlo visto antes. Se parece al niño del que tanto hablan los rumores.
-¿Rumores?
-Sí, rumores. Historias raras que ha contado la gente las pasadas dos semanas desde que el campo de exterminio fue clausurado. Que lo han visto en las cercanías de ese horrendo lugar, corriendo por la nieve, desnudo, y que han tratado de atraparlo y nunca lo consiguen. No hagas caso, son exageraciones. La gente está viendo visiones, traumada por la guerra. Aún no la superamos.
-Ni lo haremos en mucho tiempo.
El profesor Harold Hoffman se quedó allí, parado junto a su calesa, viendo el tren que se perdía en el horizonte, entre la reluciente nieve. Claro. El campo de exterminio. Donde sólo habían nacido otras cosas, cosas horribles, por supuesto. Quién sabe dónde estarían, si es que alguna se había materializado. Pero ahora…
Ahora había surgido este niño, cuando la guerra tocaba a su fin. Y había surgido allí.
Hoffman se imaginó una barraca con decenas de presos, quienes, aplastado su orgullo, muerta su dignidad, destrozados sus huesos y sus tímpanos, sus dedos en carne viva, sus costillas al aire y su mente quemada por los horrores, debían haberse sentado juntos cada día, cada noche a hablar, a murmurar, a susurrarse unos a otros, a ocupar el poco aliento restante de sus bocas en decir lo que aún creían, en lo que aún confiaban, para no quedarse callados. Para no dejar que muriera la fe. Para no olvidarse de que existían.
Y sonrió. Era de lo más lógico. ¿Dónde más podrían muchas personas, al mismo tiempo y en un pequeño espacio, invocar juntas la palabra “esperanza”?
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