Otra forma de habitar el mundo

El año nuevo no llegó envuelto en promesas brillantes, sino descalzo y en silencio. Se sentó frente a mí mientras el café humeaba, como si supiera que no necesito estruendos para empezar de nuevo. Se habla de propósitos, de palabras bien ordenadas que pronto se deshacen. Yo pensé en otra cosa: en puertas que aún cuesta cerrar, en miedos que conocen de memoria el camino de vuelta, en la posibilidad de avanzar sin huir.

Deseé días en los que la sonrisa no fuera un acto de valentía, sino una consecuencia natural. En los que alguien pudiera mirar más allá de las grietas y reconocer que también ahí habita la belleza. Los días oscuros llegan solos. Mis gatas se enroscan cerca, como constelaciones domésticas, y me recuerdan que permanecer también es una forma de resistencia. Son días sin lenguaje, donde el silencio pesa, pero sostiene.

Ojalá este año conozca personas que comprendan que el silencio no es ausencia. Que un libro abierto y una taza caliente pueden ser refugio suficiente. No celebro la soledad como herida, sino como elección consciente. Aún busco mi zona de confort. Tal vez no sea un lugar, sino una manera honesta de estar en el mundo.

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