El pequeño Philip se sentía muy emocionado por esa noche de Navidad. Principalmente porque había planeado esconderse detrás del sofá para descubrir a Santa Claus mientras acomodaba los regalos. Tenía una apabullante curiosidad por verlo con sus propios ojos.
Entonces, a media noche se escondió, luchando contra su propio horario de sueño para no cerrar los ojos. Se pellizcaba constantemente para mantenerse despierto. De pronto, escuchó un golpe sordo proveniente de la chimenea, y en seguida, un montón de polvo comenzó a caer. Fijó la mirada en la oscuridad hasta que un cuerpo aterrizó con estruendo.
El cuerpo se movió torpemente, arrastrando las piernas hacia el árbol. ¿Sería aquél el famoso Santa? Pero… era peludo, como un animal; su altura rozaba el techo, no tenía manos definidas ni una anatomía que pudiera descifrar. Más bien parecía un monstruo, de esos que solían atormentarlo en sus pesadillas.
A pesar de todo, Philip no le quitó la mirada de encima, aferrando sus manitas sobre la tela del sofá.
La criatura empezó a olfatear el árbol, buscando con enjundia algo desconocido. En ese instante, se detuvo abruptamente. Emitió un sonido gutural y giró la cabeza de una forma tan aterradora que un escalofrío atacó la columna de Philip. El niño dejó de respirar y trató de quedarse quieto lo más posible, pero los ojos amarillentos de la criatura ya lo estaban observando a través de la densa noche.
—¿Qué tenemos aquí?
Su voz le estremeció, nunca había escuchado un sonido más espeluznante. Le hizo temer por su vida, pero al mismo tiempo sabía que ya estaba condenado a la crueldad.
—¡Ah! Un niño… Un niño desobediente.
La criatura se acercó a él, lo suficiente para asustarlo con sus facciones inhumanas.
—¿Q-quién eres? —Philip preguntó en un hilo de voz, aún escondido detrás del sofá, como si aquello le fuera a proteger.
—¿No sabes quién soy? —la criatura resopló. Su aliento era verdaderamente desagradable, tenía la esencia de carne podrida—. ¡Soy el Grinch!
La risa macabra que escapó de los hambrientos labios del Grinch obligó a Philip a retroceder de un brinco. Nuevamente, la criatura se detuvo de un golpe y permaneció estática durante unos tormentosos segundos con la boca entreabierta y los ojos exorbitantes.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Santa Claus? —Philip sollozó.
—Oh, Santa no pudo venir… Pero me mandó a mí en su lugar.
El Grinch volvió a reír, acercándose aún más al niño.
—¿Tú me darás mi obsequio?
—Te daré algo mucho mejor que eso… la muerte.
Antes de que Philip pudiera gritar, el Grinch abrió la boca, ensanchando la mandíbula para exponer dos filas de dientes puntiagudos; y de una mordida, consumió la mitad del niño, desparramando sus vísceras por toda la alfombra.
OPINIONES Y COMENTARIOS