La puerta, fabricada del mejor óxido en la comarca, rechinó agobiada. El empuje la impulsó apenas hacia el frío nocturno mientras en el arco se dibujaba, esquelética, la panteónica figura del único habitante del mundo.
El viejo puso un pie frente al otro como si hacerlo fuese la última odisea del universo, y repitió la hazaña como si al hacerlo tomase el esfuerzo de todos los hombres y mujeres que habían existido.
Empuje a empuje, vida tras vida perdida, se movió hacia adelante. Dio cuatro pasos en la noche que de a poco se adentraba inevitable en las sombras, cada vez menos iluminada y odorizada por su quinqué de querosén.
Y como si alguien se lo hubiese pedido como último favor, como si en la disonante orquesta del mundo hubiese un acto esencial que requería su participación sincronizada, a un tiempo alzó la cabeza y bajó los cansados brazos.
Abrió las fosas nasales a un viento inútilmente frío, un viento alicaído y ausente de tormentas, sucio y harapiento de décadas de descuido y soledad obligada.
Allí de pie, hundido como en aceite de maquinaria en la resignación más absoluta, podía, si se esforzaba, oír el eco de miles de años de alzamientos y caídas, de reyes y príncipes, profanos y santos. Podía sentir en los pies, como un eco desquiciante, el retemblar de las máquinas colosales que habían enjambrado todas las épocas, ese bramido que resquebrajaba huesos e impedía pensar, unido al penetrante olor a lubricante y azufre, vapor y plomo, hollín, diesel, metal y cuero, todos en un amasijo vibrante de sueños y proyectos que ahora sólo yacían en la memoria de la humanidad.
Y la humanidad estaba cansada, y la humanidad era él, allí agotado y vetusto, con viento seco rebotando en los goznes de su cordura; él, simplemente, su soledad y su amargura, un par de tuercas, una que otra polea y algunos litros de querosén eran lo único que quedaba tras la ira, la avaricia y la destrucción.
Extendió sus reducidos sentidos a la noche como lo hacía siempre, tratando con todo el orgullo de su alma indomable de penetrar la negrura y atisbar en la nada un sólo movimiento, un único matiz de aliento vital: Una señal, cualquier cosa, que le indicase que no estaba solo ni muerto, que el polvo asentado podía flotar de nuevo y que, tornillo a tornillo, bocanada a bocanada de vapor, el Hombre podía resurgir orgulloso, erguido entre los maleables artificios de su invención.
Pero ni el pasado ni el vacío futuro le respondían jamás. Volvía siempre derrotado, consciente del aplastante peso del fracaso colectivo, y desandaba los cuatro pasos hacia su bunker, volviendo a la luz del quinqué y la oscuridad de su alma.
Solo que esta vez fue diferente.
Allá, a una distancia indefinible sobre la cercana colina, una tenue pero discernible fuente de luz comenzó a parpadear.
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Por un momento, pensó que sus ojos lo engañaban, que la luz que tanto ansiaba ver empezaba a salir de su propio desquiciado cráneo en vez de venir de fuera.
Pero era real. Contó los parpadeos entornando los ojos. Uno. Dos. Tres parpadeos. Los intervalos no eran regulares, así que no era un sistema automatizado. En un inesperado arranque de energía que no tenía, corrió agitando el polvo a su búnker, hizo gritar la oxidada puerta y sacó el catalejo. Esperó un nuevo parpadeo. La colina le concedió el cuarto destello. Entonces dirigió el lente al punto de origen.
Muy poco, casi nada, se podía distinguir en la oscuridad de la noche cerrada. Apenas vista, casi imaginada, una silueta humana en posición indefinible parecía sostener algún tipo de fuente de luz. Aguardó un nuevo centelleo. Y ocurrió de nuevo, pero tan tenue que sin el catalejo no habría podido verse.
Súbitamente, el viejo tuvo la certeza de algo: Quien estuviera haciendo aquellas señales estaba en peligro. Quizás muriendo.
En el horno de fundición oxidado de su corazón, una a una, las calderas volvieron a prenderse. Sacó del costal de huesos que tenía de cuerpo un aliento casi postrero, una especie de grito desesperado, inaudible, en el que toda la raza humana, de pie sobre sus hombros, aulló que no quería perecer, que la inexistencia no era divertida, que podía haber más y de seguro habría más.
“Que la muerte no levante mi tristeza como bandera”, susurró.
La puerta chirrió una vez más. Salió el viejo, el último viejo, el viejo que al no tener otra persona con quien comparar su edad bien podría haber sido llamado joven, si hubiese alguien que le llamara de una u otra forma.
Llevaba su quinqué bien agarrado en la mano, apagado, ya que el querosén debía guardarse para la parte más difícil de la subida. Llevaba sus googles en los ojos, su gorro de cuero empotrado en la sesera, su chamarra de piloto bien apretada para que el aire enrarecido de las alturas no le impidiese pensar.
Esgrimiendo una palanca metálica como bastón, mantenía su pobre vista más que enfocada, clavada, fijada como con tornillos en el punto exacto de los cinco parpadeos. Sólo cinco habían sido, ni uno más ni antes ni después de que los notara. Pensó en el hombre, o mujer, que podía estarlos haciendo. ¿Estaba pidiendo ayuda? ¿Buscando a alguien? ¿Creía, al igual que él, que el peso de toda la humanidad recaía en sus rodillas y plantares?
Paso a paso, vida tras vida dejada en el pedregoso terreno, se acercaba invencible, jadeante a su objetivo, sudando apenas unas gotas frías que bajaban por su cuello y le producían escalofríos.
Sus manos temblaban y sus pies resbalaban en las piedras, y soñaba con la persona (o personas, ¡por favor que sea plural!) que podían haber iluminado la noche con aquellos parpadeos.
Sabía que debía estar imaginando un plan, sopesando opciones, previendo los posibles riesgos.
Pero nada le permitía hacerlo. En aquella colina, dirigiéndose a su meta, él era todo anhelo, todo pasión. Se había sacudido el polvo de la cabeza, había desbaratado los nidos de los pájaros encima de su cordura, había barrido las telarañas en su corazón. Sin pensamiento alguno, sin raciocinio ni cálculos maquinales, el viejo era, en aquel preciso momento, el Humano en todo su brillo, tal y como siempre el Humano ha sido: ansioso, febril y rellenado de sueños y emoción quemante.
Avanza, camina, que un pie se adelante al otro, que el otro se adelante, que tu corazón adelante a tus pies. Que la luz reciba compañía antes de apagarse, que la piel toque más piel, que las palmas choquen, que nuevos nombres sean escuchados, que los corazones reunidos ahuyenten la soledad.
«Que la muerte no levante mi tristeza como bandera», volvió a susurrar. ¿Dónde había leído aquello?
Lo estaba pensando cuando algo en su pecho estalló como granada, doblegando sus pies y congelando sus ojos en el vacío. El dolor lo aprisionó como trampa para osos. Su viejo corazón, siempre tan fiel en el pasado, había elegido este preciso momento para detenerse.
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Con los ojos bien abiertos y su cuerpo abatido por una explosión de dolor sordo, el viejo sintió la lámpara de querosén resbalar de su mano y oyó el cristal quebrarse contra las frías rocas.
La confusión fue la primera reacción. ¿Qué había pasado? Su pecho, ardiendo como si tuviese un agujero de bala de cañón en el centro, le dio la respuesta. El dolor le atenazaba los huesos, le entumecía las manos. Luego se preguntó cómo. Su corazón jamás había fallado antes, ni había intentado siquiera hacerlo.
Pero ahí estaba, crudamente caído de rodillas y agonizando, sin que nada en su febril ansiedad previa pudiese haberlo preparado con anticipación. A su alrededor, las cosas habían cambiado. En un instante sintió que el frío era más intenso, la oscuridad solo un poco más profunda que antes, y sobre todo, la llanura era distinta.
Porque, allá abajo en su búnker, había una luz encendida.
El viejo crujió los dientes mientras la agonía del infarto se volvía peor. No era posible, pensó. La única luz era la suya. Su lámpara, ahora quebrada en el suelo antes de haberla podido encender. Y por lógica, si había una luz abajo, había personas abajo. Podrían haber bajado de la colina mientras él subía, pensó mientras dejaba de respirar. O eran otros viajeros, más visitantes, y él, él…
“¡Reacciona!” El fuego en su corazón flameó de pronto en desesperación. “¡No, no, no!” No iba a quedarse allí, no iba a morir esta noche, no esta noche. La humanidad dependía de él, la esperanza, el renacer. Que la muerte no levante, (gruñó), que la muerte no, (gritó ahogado), que la muerte… Que la muerte NO…
Pulgada a pulgada, usando algo llamado Fuerzas Inexistentes salidas de un lugar de su cuerpo llamado Ninguna Parte, se acercaba a su destino. Sólo había una cosa por hacer. Su lámpara quebrada aún tenía el querosén empapando la malla. Su olor le daba fuerzas, lo empujaba. El punto donde había visto la luz estaba solo a un metro de distancia. Jamás lo había perdido de vista. Y era un punto elevado, desde donde fácilmente lo verían sus intrusos-visitantes-futuros amigos. Y si pudiera llamar su atención, si tan solo pudieran verlo, tal vez podrían acaso salvarlo… No, muerte, no. No hay banderas para ti esta noche.
Sus lastimadas manos ya ni siquiera sangraban. Su cabeza no resistía más la falta de oxígeno. E invocando su último esfuerzo (esperando que no fuese el Último Esfuerzo de la raza humana), prendió el mechero, acercó la lumbre, y la lámpara ardió por un instante, pero el viento invadió sus cristales rotos y la apagó, así que acercó de nuevo el mechero, y encendió, y de nuevo la lumbre fue asesinada por el viento, y una tercera, y ya no resisto, y me muero pero no (“que la muerte no levante”), y una cuarta, y el combustible a punto de acabarse, y una quinta…
El pequeño resplandor de la llama de un agotado suministro de querosén murió casi al instante, junto con todas las funciones corporales del último habitante del mundo.
No, no el último, se dijo en los postreros instantes de vida cerebral. Hay más personas. No estamos acabados. Yo moriré, sí, pero mi casa servirá de refugio, y mi querosén, mi agua, mi comida, les darán otra oportunidad. En tu cara, oh muerte. No tienes nada que levantar.
No hay banderas para ti esta noche.
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Atisbando con su catalejo desde el búnker, el viejo contó los destellos. Cinco. Habían sido cinco resplandores, en la oscuridad de la cerrada noche.
Sonrió. Sus manos temblaron de la emoción, y el horno de su corazón se encendió una vez más. Su viejo quinqué, la única luz en el mundo, estaba en su mano en un dos por tres. Estaba listo. El peso de toda la humanidad se recargaba en sus más que cansados hombros, sí, pero aquellos resplandores lo llamaban, y significaban gente, voces y calor, esperanza de nuevos inicios.
Tornillo a tornillo, bocanada a bocanada de vapor, el Hombre resurgiría orgulloso, erguido entre los maleables artificios de su invención.
Tomó su lámpara, su chamarra, sus googles y su bastón, dijo algo sobre la muerte, la tristeza y las banderas, y se encaminó, ansioso y febril, hacia la luz en la colina.
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“Que la muerte no levante mi tristeza como bandera» – Ray Bradbury, “La Feria de Las Tinieblas”.
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