La mañana cayó sobre Pasto con ese frío que obliga a pensar dos veces cada movimiento. En la esquina de la carrera con la calle angosta, don Efraín acomodó su puesto de lotería como una torre: recto, firme, viendo pasar la ciudad sin moverse más de lo necesario. Llevaba cuarenta años en el mismo cuadro del tablero y sabía que, mientras sobreviviera el día, la partida continuaría.
Al frente, cruzando en diagonal como quien corta el mundo sin pedir permiso, avanzaba Mariela, archivera del juzgado. Siempre iba rápido, con la carpeta contra el pecho, esquivando peatones y miradas. Nadie conocía bien su destino final; solo sabían que, donde hacía falta precisión, ella aparecía. Un alfil, pensó alguien alguna vez, aunque nadie lo dijo en voz alta.
Desde la esquina opuesta surgió Kevin, veinte años, gorra ladeada, audífonos grandes. Saltó la cuneta, bajó a la calzada aunque el semáforo no lo permitía, y volvió a subir a la acera en dos movimientos imposibles. Reía solo. Un caballo no pide permiso al tablero; simplemente cae donde nadie lo espera. Más de una vez había esquivado la muerte por centímetros, y otras tantas había visto caer a quienes saltaron mal.
En la mitad de la cuadra caminaba Rosalía, vendedora de minutos y dulces, empujando su vida un paso adelante cada día. Peón. Así la llamaban sin saberlo. Avanzaba despacio, contando monedas, pensando si ese día alcanzaría para la comida. Había nacido en este tablero, como su madre y como su hija recién registrada en el hospital. Sabía —sin palabras— que algunos peones llegaban al final del tablero y cambiaban de nombre, pero la mayoría caía antes.
A unas cuadras, detrás de un vidrio polarizado, el doctor Salazar revisaba el reloj del carro oficial. Concejal, intermediario, pieza central sin corona visible. No mandaba tropas ni daba órdenes directas, pero todo se movía con cuidado alrededor suyo. Cuando el tráfico se cerraba, alguien despejaba. Cuando el conflicto apretaba, surgía una llamada. El rey no corre; otros lo hacen por él.
En la esquina sur, dos policías —blanco y negro, broma vieja— vigilaban sin intervenir. Sabían que el tablero se equilibra solo, que una detención mal hecha puede cambiar la partida, que a veces hay que dejar caer un peón para salvar una pieza mayor. Nadie les enseñó eso en la escuela: lo aprendieron mirando.
Un ruido seco cortó la mañana. Una moto frenó tarde. Un muchacho cayó. La gente se agolpó un segundo, luego se dispersó con la misma rapidez con la que llega el jaque. Kevin se detuvo, serio. Mariela miró el suelo y siguió en diagonal. Don Efraín suspiró y acomodó de nuevo sus billetes. Rosalía contó sus monedas otra vez.
La ambulancia llegó. El tablero respiró.
El rey siguió a salvo.
La partida también.
Y ya, en algún hospital, lloró un peón recién caído mientras otro nacía en la sala contigua, para que mañana el juego pudiera continuar.
El día avanzaba con su lógica conocida cuando apareció el hombre del cuaderno.
No llegó desde una esquina ni cruzó en línea recta. Simply estaba allí, sentado en el borde de la fuente seca de la plaza, como si el tablero hubiera olvidado borrarlo la noche anterior. Tenía un abrigo viejo, demasiado largo para el clima, y un cuaderno pequeño apoyado sobre las rodillas. No pedía nada. No ofrecía nada. Observaba.
Don Efraín fue el primero en notarlo.
—Ese no es de aquí —murmuró, sin saber a quién se dirigía.
El hombre escribía con un lápiz corto, casi gastado. No miraba el cuaderno cuando escribía; miraba a la gente. A Rosalía la siguió con los ojos mientras avanzaba dos pasos y se detenía a vender una llamada. A Kevin lo siguió cuando saltó otra vez, pero esta vez no sonrió. A Mariela la observó cruzar en diagonal y, por primera vez en la mañana, ella se detuvo.
Sintió algo incómodo: no era ser vista, era ser leída.
—¿Usted qué hace? —le preguntó, sin dureza.
El hombre levantó la vista. Sus ojos no tenían prisa.
—Anoto movimientos que no deberían existir —respondió.
Mariela cerró la carpeta con fuerza.
—¿Periodista?
—No —dijo él—. Eso también es una pieza conocida.
Kevin se acercó, curioso.
—¿Y qué pieza es usted, entonces?
El hombre sonrió apenas, como quien reconoce una trampa legítima.
—No soy pieza. Soy el error del tablero.
En ese momento, el carro oficial del doctor Salazar pasó más despacio de lo habitual. Detrás del vidrio polarizado, el rey sintió una presión incómoda, como si alguien hubiera señalado su casilla sin tocarla. Ordenó acelerar. El conductor no preguntó por qué.
Los policías miraron al hombre del cuaderno y luego se miraron entre ellos. Por primera vez en semanas, dudaron si avanzar o quedarse quietos. Esa duda —mínima, invisible— fue suficiente: el equilibrio del tablero tembló apenas.
Rosalía, sin entender por qué, se acercó y miró el cuaderno. Vio su nombre escrito. Vio también una fecha que todavía no llegaba. Cerró los labios, apretó la bolsa de monedas y retrocedió un paso.
—No debería saber eso —dijo.
—Lo sé —respondió el hombre—. Por eso no debería estar aquí.
Un viento frío atravesó la plaza. Nadie murió. Nadie nació en ese instante. Pero algo se desajustó: como si una partida antigua hubiera cambiado de color sin aviso.
Al rato, cuando la tarde empezó a inclinar las sombras, el hombre ya no estaba. Nadie lo vio irse. El cuaderno quedó ausente también, como si jamás hubiera sido escrito.
Sin embargo, esa noche, el rey durmió mal.
El alfil dudó al día siguiente.
El caballo cayó donde nunca había caído.
Y un peón —uno solo— no avanzó, y por no avanzar, sobrevivió.
Desde entonces, en Pasto se dice en voz baja que, algunos días, el tablero no pierde por jaque mate, ni gana por estrategia,
sino porque una pieza que no existe decidió mirar de frente la partida.
Al día siguiente, el hombre del cuaderno volvió.
O eso creyeron.
Esta vez estaba de pie, junto a un carrito de empanadas, usando el mismo abrigo largo… pero con gorra. Don Efraín lo reconoció de inmediato, lo señaló con el mentón y dijo con alivio:
—Ahí está otra vez el error del tablero.
El hombre lo miró sorprendido.
—¿Cuál error?
—Usted —respondió Don Efraín, muy serio—. El que anota destinos ajenos.
El hombre soltó una carcajada que no figuraba en ningún manual de ajedrez.
—Amigo, yo no anoto nada. Yo vendo empanadas.
Kevin se acercó, miró el carrito y luego miró al cuaderno —que ahora era un cuaderno de fiados.
—¿Entonces ayer…?
—Ayer fue el del chance —dijo Rosaita, la señora del aseo, barriendo la esquina—. Siempre se sienta ahí a escribir números “seguros”.
Mariela abrió los ojos.
—¿Y mi nombre?
—Eso fue el del censo —dijo el empanadero—. Andaba perdido.
Los policías se miraron.
—¿Y el rey? —preguntó uno, bajito.
—Ese se asusta solo —respondió el empanadero, entregando una empanada caliente—. No necesita profetas.
El tablero entero, entonces, pareció carraspear.
Nadie había movido mal.
Nadie había visto visiones.
Nadie era pieza secreta.
Solo había ocurrido lo de siempre en Pasto:
la gente confundió pensamiento profundo con frío,
profecía con cuaderno,
y destino con hambre.
El hombre del carrito levantó el aceite, gritó:
—¡Últimas empanadas antes del jaque mate!
Y el jaque mate no llegó.
La partida terminó en tablas,
porque todos se sentaron a comer.
Desde entonces, cuando algo no encaja en la ciudad, alguien dice: —Tranquilo… seguro es otra empanada mal entendida.
Y el tablero sigue. ♟️
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