Capítulo 1. El relato
Aquella noche mi abuela entró en la habitación y me susurró al oído:
—Héctor, acompáñame.
La seguí hasta su cuarto. Cerró la puerta sujetando el pestillo para que no hiciera ruido. Por una de las hojas mal encajadas del balcón, se colaba dentro el olor de las hierbas aromáticas de sus macetas.
En la habitación, aparte de la cama, había un armario de roble que tenía los mismos años que la abuela, pero peor conservado, estaba desvencijado de un lado.
—Ayúdame.
Hice lo que me pidió, moví las sábanas que guardaba en el armario, dejando a la vista el tablero del fondo. Del bolsillo de su bata sacó una herramienta en forma de «L» con restos de óxido. El artilugio encajó en una muesca que se difuminaba con la veta de la madera. Con un movimiento de muñeca hizo saltar una pieza que desplazó un portón, revelando una guitarra. La tomó y me la mostró mientras me besaba la mejilla. Me pregunté por qué la escondía, cuando en casa había instrumentos repartidos por doquier.
—Esta guitarra me la regalaron cuando era una niña. No suena como las demás.
Rasgó las cuerdas, pulsándolas después como si las apretara. La puerta del balcón se movió agitada por la brisa. Olía a ella.
Pellizcó las cuerdas.
—MI – DO – SI – LA – LA, Takka.
—Tu voz parece una cuerda más de la guitarra, vibras con ella.
—Es anaranjada, pero si miras bien, las vetas nacaradas suavizan el naranja. Eso la hace única, entre otras cosas.
—Héctor, si algo me ocurriera, la guitarra podría terminar maltrecha y todo se olvidaría. —El párpado le temblaba.
—¿Por qué me asustas? —Me cobijé en su hombro, intentando que no notara que me había contagiado su pesar.
—Ha refrescado, ¿lo notaste? Acurrúcate a mi lado. —Apretó mi mano junto a su costado.
—Todo comenzó con un árbol.
Capítulo 2. La caída del árbol
Anchurica era una isla perdida en el mar de la niebla. La zozobra del mar la resguardó, pero no para siempre. Cuando eso sucedió, los supervivientes de los naufragios se encargaron de protegerla de nuevo, al menospreciar su valor.
En Anchurica solo había un bosque que cubría todo cuanto la vista podía alcanzar. Oculto en aquel mar verde, un ejemplar era custodiado. Las nubes ocultaban las ramas más altas, disfrazando su altura. El tronco, perdido entre los juegos de luces y sombras de sus semejantes, escondía su trayectoria sobre la tierra. Junto a él, desde el comienzo de los tiempos, adorándolo, unos seres cubiertos de harapos oraban. Lo único visible era su envergadura, por lo demás, los rastrojos de tela ocultaban con pericia cualquier tramo de su figura.
Un día empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios, a veces, azarosos. Los derribaron uno tras otro, los más ancianos primero. La naturaleza intentó defenderse, dejando impracticables los senderos o provocando parálisis en miembros al rozar con la vegetación.
Cuando llegaron hasta él, al elevar la mirada se sorprendieron. No era solo el árbol lo que impresionaba: la ubicación, en algunos momentos, se les antojó laberíntica. Se hacía invisible hasta encontrarse justo delante. Frente al árbol, el capitán Tanenbaum susurró:
—Más que un árbol, me atrevería a afirmar que es una catedral orgánica. —abrió los brazos para llenarse los pulmones de aire.
James dejó caer las herramientas resoplando. Sin pedir permiso, se acercó a tocar la corteza.
—Un templo —palpó las grietas de su corteza con los dedos—. No recuerdo haber visto un ejemplar como este ni en los viejos libros de botánica. Mire estas raíces: deben de llevar cientos de años aquí. —Se giró hacia Tanenbaum con el ceño fruncido—. No es solo talar un árbol; las raíces se extienden tocando cuanto aquí crece. No quiero mancharme las manos con esto.
—De todas las formas posibles de cortarlo, solo una es la menos arriesgada. Cortaremos por la zona de umbría para que se deje caer ladera abajo; tiene una ligera inclinación hacia ese punto.
Era temprano cuando emprendieron el trabajo. Los rayos del sol empezaban a asomar sobre las cumbres. El silencio que precede al alba es solemne, pero aquella mañana amenazaba. Apenas se escuchaba el canto de los pájaros. El riachuelo que bajaba del barranco disminuyó su cauce; el borboteo de sus aguas dejó de oírse. Ni siquiera el viento agitó las hojas. Los hombres dudaban que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones; incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito.
—Saquemos la boca. Se vencerá cuando extraigamos la cuña de madera de este lado. Todos a una en las zonas marcadas hasta que las partes se encuentren, entonces será nuestro —gritaba James.
El primer golpe hizo vibrar el tronco. James se detuvo con el hacha en alto.
—Seguid —ordenó el capitán Tanenbaum sin convicción.
La vibración de las hachas atacando el tronco retumbaba contra el silencio, ondulando los cuerpos de los leñadores, incapaces de sujetar con precisión las herramientas.
Uno de los hombres dejó caer la herramienta.
—No soporto el ruido.
James se dejó caer sobre la corteza, indicándoles que descansaran. Se retiró de inmediato.
—Está caliente.
—Es el sol —cortó el capitán.
—No ha llegado a esta parte del árbol, todavía. —replicó.
A cada golpe, se hacía más difícil respirar, como si el aire se densificara en los pulmones y les impidiera tomar aire.
El árbol se deslizó muy despacio. Se cimbreó buscando el equilibrio y volvió a erguirse.
James murmuró.
—Debería haber caído.
—¡Otra vez! —insistió el capitán.
Volvieron a golpear. De nuevo la vibración del sonido producido por las hachas les hizo crujir los oídos.
Uno de los hombres se arrodilló.
—¡Parad! ¡Dejadlo en paz! —la boca dejó de responderle. Comenzó a cantar.
—…Na…xa…
James intentó cerrarla, pero la mandíbula no le obedecía.
—…aquin, TAKKA.
El capitán dio un paso atrás.
Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente sur. Se dejó caer despacio, en una despedida anunciada. Fue acogido por el arbolado, que amortiguó su caída parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros. Uno de los leñadores dijo que el ruido al caer le recordó a un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero tenía la certeza de sentirse observado.
—Talar un árbol no te convierte en un desalmado —James estaba contrariado. Sin dejarse arrastrar por sentimentalismos gritó a los obreros.
—Por fin se ha vencido, ¡celebrémoslo!
Una lengua de aire invadió por sorpresa la meseta abierta por la tala. El tocón, unido a la tierra, desprendía un aroma a madera antigua que impregnó a los seres que se acercaron para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba orando junto a él.
Fue justo antes del amanecer cuando el ser que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza, acercando su rostro a la superficie mientras palpaba sus rugosidades. Buscaba una zona concreta. Clavó la herramienta repitiendo el gesto con ímpetu, hasta topar con un trozo deforme de madera encajado en el interior. De forma ceremoniosa lo extrajo. El chamán lo frotó con las tiras de tela de su ropaje, para limpiarlo de los restos de serrín. La oscuridad no dejaba ver sus facciones, ni la forma de sus manos, que seguían ocultas por los harapos. Emitió un sonido gutural al que se acopló el proveniente de los demás seres, haciéndo vibrar. Todos callaron cuando el sumo sacerdote elevó el volumen de los cánticos para concluir con:
—Naxa aquin lag, Takka. —descerrajado como un grito.
El chamán elevó el trozo mostrándolo. Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó la semilla de madera y, llevándola junto a su pecho, la apretó con fuerza. Después comenzó a realizar movimientos involuntarios. Los cánticos inundaron el bosque. Intuyendo la despedida, el chamán invocó su última oración mientras un destello atravesó el tronco anclado al suelo y se perdió en el cielo. Antes de que las primeras luces del día los delataran, corrieron a ocultarse. La semilla retornó a ellos.
* * *
—Abuela. —La zarandeé. Se había quedado perpleja; apenas reaccionaba. — Sigues pálida, ¿te encuentras bien?
—Será mejor dejarlo para mañana. —La acompañé a su cama.
—Lo que me cuentas te hace mal. No quiero seguir escuchando.
—Eso no lo decidimos nosotros, ahora eres parte de esto. Cada noche te espero en mi cuarto, salvo que alguna circunstancia nos lo impida. Su voz se volvió más grave, la habitación se estrechaba alrededor de su relato.
Capítulo 3. La tribu.
Me preocupó la forma en que me recibió en su habitación. Estaba inquieta, noté como disimulaba al limpiarse la humedad de las manos sobre la ropa.
—Hoy necesito sentir que vas a tratar de entender lo que voy a contarte. — repitió el gesto de sus manos al frotar la ropa.
—Confía en mí— la tranquilicé. Su mano deslizó mi flequillo, despejando mi frente. Tomó aire.
—No, no sabes a qué me refiero. La verdadera historia comienza ahora—me apretó contra su cuerpo.
—Si sigues así me voy a dormir. —noté el frío que entraba por la rendija abierta del balcón. Al levantarme a cerrarlo, sujetó mi brazo impidiendo que me alejara de su lado.
—No cierres, necesito el perfume de las hierbas aromáticas, me ayuda a tener la mente clara. Solo escucha como fue y no pongas en duda mi cordura.
*****
En el mundo antiguo tronaba por las tardes, y a la negrura seguía la lluvia caótica, que obligaba a buscar cobijo entre las fisuras de las piedras.
Durante millones de años, por ciclos, el terreno ascendió, llegó casi a hundirse y se rompió para unificarse después. Una pequeña isla se disgregó permaneciendo a la deriva desde el comienzo. El resto de masas chocaban y se alejaban en erráticas direcciones, cuando no se adherían para siempre. La isla esquivó esos golpes.
Aislados en mitad de la nada, solo quedaron ellos y la semilla traída. La custodiaron hasta que la atmósfera se volvió benévola, estabilizándose en ciclos regulares. Esperaron a que la negrura no arrastrara agua cada día, a que las ráfagas de viento amansaran y a que la tierra calmara sus vaivenes.
La noche apropiada fue elegida por Kner la criatura que los guiaba, congregándolos a un ritual. Al firmamento acudieron, como cada noche, las libélulas celestes. La forma que en la que se posicionaban en el cielo, indicaba el lugar del que venían. No debían olvidar quiénes eran.
Kner tomó la semilla elevándola. La orientó hacia su lugar entre las estrellas, mostrándola. Hizo una reverencia antes de su sumergirla bajo la tierra, inclinándose ante ella. El resto de seres sin forma visible, acompañaron a Kner. El gran chamán, inició el ritual cantando:
—Naxa aquin lag, Takka
La tierra tembló haciendo vibrar sus formas. Un suave fulgor se escapó del interior del terreno y se perdió en el cielo. Se elevó en la dirección indicada por Kner.
La semilla comenzó a nutrirse del entorno, aferrándose al lugar con una energía que se desparramaba hacia las profundidades. Desde el fondo se dispersó elevándose, hasta escaparse para colmar el aire que la rodeaba. La brisa que emergió del suelo movió los hábitos haciendo que se balancearan.
Fue creciendo sin aparecer por la superficie por dos inviernos. Hundida en la tierra fue adoptando formas. Primero fue piedra, pero no hubo cambio ni crecimiento, más allá de su estado inicial.
Se transformó en animal. Notó su viveza, la agitación del movimiento, la fugacidad de su vida.
De todas las formas del reino vegetal, el árbol le pareció la más elegante y duradera. La más bella de las formas que encontró en la naturaleza. Dispuso que se transformaría en ésta.
De los seres que la custodiaban, nadie vio nunca su rostro, si es que lo tienen, ni la geografía de su cuerpo, siempre oculto. Ni siquiera a mí, que, a través del instrumento, me ha sido concedido el don de conocer lo que sucedió, me ha sido permitido contemplarlos. Lo único que quedaba de ese otro mundo del que vinieron y que los aferraba a éste era el árbol. Llevan tanto tiempo entre nosotros, que son más de aquí que los que aquí nacieron. Deambulan entre éste y otros mundos que no conocemos. No pertenecen a este lugar.
*****
Hizo un descanso.
—Será mejor que lo dejemos, podemos seguir mañana. Te noto fatigada, debes descansar. No eres la de antes; estás abatida. —Por primera vez tuve la sensación de que las historias la consumían.
—Queda poco. —Se levantó para dirigirse al armario. Volvió a sacar la guitarra de su escondite. Con cuidado pellizcó las cuerdas rasgando con suavidad de arriba abajo. Este gesto me produjo un escalofrío, mi cuerpo vibraba con las cuerdas. Acompañó con su voz los acordes.
«Alma entre las almas,
Dios entre los seres,
El universo sabe quién eres».
Cantaba con voz grave, impostada, no era ella. Se detuvo mientras aspiraba hondo. La guitarra desprendía un suave aroma a madera recién cortada.
—¿Quieres tocarla tú? Solo debes pellizcar las cuerdas.
Me entregó la guitarra. Antes la acercó a su pecho apretándola fuerte, mientras le murmuraba algo. Me indicó con gestos cómo colocar las manos para hacerla sonar.
—Suena mejor así, abuela.
Rasgué las cuerdas.
—Hazlo como te he enseñado.
La vibración me atravesó. El pellizco desencadenó un escalofrío. Las cortinas se movieron livianas, dejando fluir en el aire partículas aromáticas provenientes del balcón. Mi boca se abrió, entonando un cántico sin ser consciente. El sonido era nítido, acompasado con mi voz. Me sentí transportado fuera de la habitación de la abuela, aunque eso no era posible. Unas figuras harapientas, sobre un altar enorme de madera, oraban haciendo reclamos al cielo.
No recuerdo más de aquella noche, o puede que sí: un olor profundo a madera mezclado con hierba buena. Puede que procediera de la guitarra.
—Ahora eres parte de ella, puede que lo hayas entendido—la depositó en su armario. Me despidió con una sonrisa.
Capítulo 4. Matilde
Mi abuela me esperó con una taza de chocolate caliente. Los labios le temblaban.
— Ponte la manta—le acerqué una toquilla de lana gruesa que ella misma había tejido. Al colocarla sobre los hombros, le toqué la frente.
—Estás destemplada. Podríamos dejarlo hoy.
Me miró torciendo la boca.
—Ni hablar, en cuanto me acabe el chocolate me encontraré mejor. —su mano se acercó a la mía hasta agarrarla, apretando con fuerza.
—Abuela—aproveché su proximidad—¿por qué me cuentas esto? ¿por qué a mí? Es todo tan…
Me agarró la cara, recolocando el vello incipiente de mi rostro, que crecía en todas direcciones alborotado.
—En unos meses serás un hombre de pleno derecho. No he sido yo quien te ha elegido, como tampoco fui yo quien eligió. —se limitó a decir—. Vamos a seguir, eso ahora no importa. Tómate el chocolate.
—A mí me importa, abuela. Si habéis decidido que puedo comprender algo tan extraño como lo que me estás contando, también deberíais haber pensado que tengo derecho a saber quién decide por mí— por fin tuve el valor de hablar sobre lo que me preocupaba.
—Confía en mí, solo te pido que esperes, que sientas lo que te cuento. —tomó un sorbo de chocolate.
—Dejémoslo por esta noche, abuela.
—No te preocupes por mí, soy fuerte—levantó la cuchara llena de chocolate, al sacarla se relamió los labios. No pude evitar sonreír, era una niña encerrada en el cuerpo de una abuela.
— La pregunta no es ¿por qué tú? Es ¿Por qué ese árbol? Es hora de que conozcas a Matilde.
*****
El proyecto.
Las pisadas de Matilde se escucharon minutos antes de que ella cruzara el umbral de la puerta. James miró al capitán, después apretó los labios.
El conserje la acompañó al despacho, despejando los pasillos y abriendo las puertas antes de que ella se acercara. La esperaron dentro.
Saludó con la cabeza, haciendo un gesto. Se limitó a preguntar:
—Bien, ¿qué tenemos?
No hubo saludos.
—Hemos dado con un bosque en el interior de la isla de Anchurica.
—Continúe, no se detenga.
El capitán, sereno, la miraba a los ojos.
—Mire este mapa— James se acercó.
—Es una copia de un mapa del siglo I, o lo que queda de él. Es la isla que ha mencionado el capitán. Por los dibujos puede que allí quede una reserva de árboles milenarios. Sería la última oportunidad para dar con lo que quiere. —le contestó sin evitar la mirada.
Matilde se mecía en su sillón pensativa.
—Último intento, Tanenbaum. —Solo miraba al capitán. Jugó con un papel que traía en la mano mientras se seguía meciendo. Hizo una bola y se lo lanzó.
James se adelantó al capitán atrapándolo en el aire. Lo extendió mientras Matilde lo miraba impaciente.
—¿Un barco? —Levantó las cejas.
Matilde no lo dejó seguir. Los dientes asomaron amenazantes tras lo que parecía una sonrisa.
—Un barco, no, James. El barco. Un árbol, un barco, ya me entiende.
James ojeó el diseño, las manos comenzaron a temblarle. Al salir de la sala, tomó al capitán del brazo parándolo, haciendo que se girara frente a él.
—¡No vamos a encontrar el árbol! ¿has mirado los planos? Es enorme para construirlo con un solo árbol —. su nerviosismo enfadó al capitán.
—Hemos ganado tiempo—se soltó de su brazo—. No se acueste muy tarde esta noche, mañana salimos temprano para Anchurica.
La isla se perdía entre la niebla, apareciendo y desapareciendo a su merced, respaldada por el mar de fondo.
Lo que ocurrió tras el desembarco ya lo conoces, pero no lo que hicieron con el vetusto ejemplar tras deshacerlo tablones. Aprovechando el caudal del río, los guiaron por su cauce hasta la desembocadura, donde los embarcaron para transportarlos, apilándolos en un almacén cerca del astillero. La madera desdentaba las herramientas, retrasando el proceso de convertirla en tablones. Estaban destinados a un proyecto de calado, de ahí la necesidad de un árbol con las características de Takka, que transformó su forma, pero no su esencia.
Una legión de obreros venidos de todas partes, se encargó de la gesta. La construcción se prolongó en el tiempo casi tanto como la búsqueda del ejemplar. Matilde Ferrer tomó distancia.
Botadura.
Eran las tres de la tarde cuando llegó acariciando a un pequeño caniche. Siempre que podía lo llevaba consigo acurrucado contra su pecho. El sol se hacía notar para la época del año. Cuando se encontró frente a él, se giró buscando entre los asistentes a Tanembaun.
—Si llego a imaginar la envergadura del árbol, no lo hubierais derribado sin haber tenido el privilegio de verlo en persona. Doy por bien empleada mi fortuna.
Se dirigía al capitán como la dama de un tablero de ajedrez que comprende las posibilidades de movimiento frente a un peón.
—¡Terminemos la ceremonia y vayamos dentro, estoy impaciente por ver lo que habéis logrado!
El capitán no se movió.
—¿Dónde está la botella? —Mientras la asía para lanzarla, notó las miradas fijas en ella, eso le agradó.
—Buena mar y buenos vientos, yo te nombro EL NAVEGANTE. —estampó la botella contra el casco haciéndola añicos.
A lo lejos se escuchaban los aplausos de la multitud que acudió al evento.
—¿Has oído eso? —se acercó al barco.
—¿Ha crujido? ¿no lo has escuchado?
El capitán la miró con frunciendo el ceño. Tras notar su extrañeza se sintió incómoda.
—Tomemos algo de una vez, me siento mareada. —la asió del brazo camuflando su acción como un gesto de cortesía.
—Me tiemblan las piernas, sujéteme fuerte, no sé si podré mantenerme en pie.
—Hace mucho calor, eso es todo —apostilló Tanenbaum.
La miraba de reojo, preocupado. Hasta ahora, esa mujer era para él poco más que un trozo de carne con dinero. No le merecía ningún respeto. La mirada de Matilde al suplicarle que la sujetara mostró algo de indefensión. No confiaba en nadie. Estaba sola.
El barco comenzó su maniobra de botadura, moviéndose despacio por deslizamiento de popa. Un leve bamboleo sembró cierta inquietud entre los presentes. Se introdujo en el mar, siendo acogido por sus aguas sin estrépito.
—Subamos a cubierta, Matilde. Lo mejor está por ver —Acercó su cara a la de ella.
—¡Cachorro!
El animal se revolvía en su regazo, inquieto.
—Rrrrrr, rrrr. —Comenzó a ladrar cada vez más fuerte, mientras intentaba escaparse de sus brazos.
—No te va a pasar nada, no te voy a dejar caer, acurrúcate junto a mi pecho y no mires abajo.
En un descuido, se escabulló descendiendo por la pasarela que llevaba a cubierta. Desapareció entre el decorado que ocultaba a la vista los aspectos menos agradables de la puesta en escena.
Se agitó inquieta mirando hacia todos lados.
—Traedlo de vuelta—ordenó.
Ya en cubierta, la panorámica hizo que esbozara una sonrisa, no pudiendo disimular lo que sentía.
—No me diga que no ha merecido la pena mi empecinamiento por esta locura.
Se había olvidado de Cachorro. Las comisuras de los labios se movían sin control.
—No sé si volvería a hacerlo si pudiera retroceder en el tiempo. —el capitán sembró en ella un atisbo de duda. Respetaba su criterio, casi tanto como la forma en la que la trataba. Era sincero, a veces en exceso. Le agradaba.
—¿Dónde está James? — cambió el discurso cuando se dio cuenta que estaba empezando a prestarle demasiada atención a Tanenbaum. Lo buscó con la mirada, haciéndole gestos para que se acercara.
—Esto también es culpa suya. Lo habéis hecho posible, ¡brindemos!
—Es culpa mía, tiene razón. Hemos hecho posible su sueño, solo espero que lo disfrute. — A pesar del resultado, nada de lo que veía se asemejaba al ejemplar que vio por primera vez en aquel bosque perdido.
—No lo dude, lo más difícil ya está, ahora solo queda disfrutarlo. Tenga por seguro que pondré el mismo empeño en esta parte que el que he puesto en la anterior —se giró dejándolo con la palabra en la boca para acercarse al resto de invitados.
—Hay tanta paz en la belleza de esta madera tallada. —acariciaba la madera de cubierta mientras la recorría. No había salientes, ni zonas punzantes, era un trabajo hecho con cuidado artesano.
—Cachorro, ¿dónde estás? —se inquietó—te necesito. Sabes que me cuesta dormir si no estás a mi lado. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Ninguna resbaló por su mejilla, se contuvo, marchándose a dormir.
Cuando a la mañana siguiente las velas se desplegaron, la embarcación adquirió otra dimensión, ensanchando su volumen con el movimiento oscilante de las olas. Se dejó ver por puertos cercanos. Eran necesarias más pruebas de navegación antes de adentrarse en alta mar.
El cementerio de barcos.
El olor a podrido proveniente de las bodegas, fue incrementando hasta volverse insoportable. La tripulación, siguiendo órdenes, bajó a bodegas comprobando el estado de la comida fresca almacenada. No hallaron el origen de la putrefacción. Lejos de atenuarse se expandía de abajo hacia arriba intensificando las náuseas de la tripulación.
—Todo en orden, señora, no hay nada que justifique este horror, puede acompañarnos si quiere a las bodegas o a dónde disponga. La madera se está corrompiendo a pesar de encontrarse en perfecto estado, debe de ser eso, no hay otro motivo. La línea de flotación se acerca a cubierta, se está hundiendo, compruébelo usted misma.
Se acercó a la popa, entraba agua cada vez que una ola de poca entidad batía la nave.
— ¿Qué clase de madera es ésta? —se dijo. Sus manos se retorcían. —Tanenbaum, ¿qué has hecho?
El regreso a puerto hubo de hacerse tomando precauciones. El barco no respondía a las maniobras de la tripulación, ni navegaba en consecuencia. Se volvió ingobernable. Matilde pidió ser evacuada. El riesgo de hundimiento no se verbalizaba, pero se leía en los ojos de la tripulación. Una vez en puerto, nada cambió. Nadie pudo darle las respuestas que ella necesitaba escuchar, porque no las tenían.
La tarde que James regresó para asegurarse de que era cierto lo que le habían contado, la encontró en el astillero. Estaba sentaba frente a él, como si esperara a que alguien le dijera que todo se había solucionado. Sin hacer ruido se sentó a su lado.
—Si pudiera volver atrás, no talaría ese árbol. No soy el mismo hombre desde aquel día, usted tampoco volverá a serlo, se lo aseguro. No me busque, no intente contactarme porque no quiero volver a verla. Quédese con su dinero, ha destrozado mi vida. —le acercó un sobre, poniéndolo en sus manos.
—Nunca me pareció adecuado para esta expedición, es usted débil —no le dirigió la mirada, agitando las manos para que se marchara.
Las tardes en el banco esperando un milagro, comenzaron a afectarle.
—Este sueño no puede acabar así, amarrado a un muelle. Tu destino es atravesar mares, exhibirte por el mundo, mostrar quien eres, no eres un barco cualquiera. Hundirte navegando en alta mar en un accidente inevitable, te eternizaría como una leyenda. Morir anclado y abandonado, eso no es digno de un barco de tu calado.
El orgullo de la señora Ferrer comenzó a hundirse mientras flotaba el desprecio hacia el barco, que se convirtió en su vergüenza pública.
—Al principio no lo entendía, pero ahora, creo que eres como yo. Podrido por dentro pero impecable por fuera. Si tuviera un espejo, podrías reflejarte en mí cuando me empeño en algo. Necesito que sepas que no siempre fui así. Hubo un tiempo en que yo era otra persona. —Paró para respirar—. Puede que a ti te pasara algo parecido. Estoy agotada, quiero dejar este juego de una vez. Me has vencido, considero que has ganado.
Una ligera brisa se elevó de golpe, transportando partículas de perfume a madera recién cortada, recordando el desmayo que sufrió en la botadura. En los escasos segundos que duró pudo verse en un escenario distinto del que hasta ahora se había desarrollado su vida. Desde ese instante, la posibilidad de que esa visión fuera más una premonición que un desvarío se apoderó de ella. Dio orden de abandonarlo en un cementerio de barcos.
Esa noche, el capitán trajo de regreso a Cachorro.
—Te hará bien tenerlo de vuelta—la abrazó contra su pecho. Ella se dejó abrazar mientras cosquilleaba la cabeza del caniche.
—Usted no me conoce, capitán, no siempre fui lo que cree —agachó la cabeza.
—Nunca la he admirado por quien era. Ni siquiera ahora, que la tengo a mi lado, entiendo por qué no puedo dejar de pensar en ti.
—Capitán deje de hablarme así, —la estaba incomodando, era ella la que hacía sentir así a los demás.
—Olvide ese maldito barco, su empresa, su vida, su dinero. Venga conmigo.
Capítulo 5. Encuentro
Entre el enjambre de obreros que trabajó día y noche para trasladar el material desde Anchurica, para luego darle la forma final, hubo un niño que se hizo hombre tallando sus detalles. Ese hombre, lo buscó hasta encontrarlo desahuciado.
Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos, inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo. Lo contempló desde el muelle del fondeadero de desguace.
—Cómo he echado de menos este olor a madera. Vuelvo a casa —musitó mientras sus pensamientos lo devolvían a su infancia.
—Padre, ha sido la terquedad que heredé de ti la que me ha traído de vuelta.
De su padre recordaba casi todo: la fuerza descomunal, el aspecto descuidado, la ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo.
«Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño a su cargo»
Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improviso. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.
Los recuerdos estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Los días de trabajo lo golpearon de frente: el hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos.
«Si atiendes lo suficiente, y no te dejas ver cuando no debes, te convertirás en uno más de la cuadrilla. Aprenderás el oficio si pones de tu parte; solo tienes que mirar cuando trabajamos. Te enseñaré a tallar la madera por las noches, antes de dormir.»
Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos para labores más precisas, así que su padre comprendió que enseñarle el oficio podría garantizarle un futuro a su lado.
—¡Ya eres mío! —gritó cuando lo vio.
Ese barco lo entusiasmaba. Conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano. Deseaba quedarse dormido, porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el rostro mientras le murmuraba palabras de amor al oído; incluso le cantaba canciones. Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.
Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas.
«La vista es el mejor maestro»
le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo.
Cerró los ojos al alcanzar la cubierta, posponiendo la recompensa de contemplarla por dentro. Al abrirlos, se hincó de rodillas.
—No puedo verte así —gimió—. No has sido construido para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡No estás muerto!
Sollozó deseando que el barco lo escuchara. Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su dignidad, conservando el aroma de la madera que él podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello. Se tumbó bocabajo en el suelo sollozando. La furia que sentía por dentro lo impulsó a levantarse. En esa posición, el destrozo adquiría mayor importancia. Se dispuso a comprobar el alcance del saqueo. Mirara donde mirara, no quedaba nada de la belleza de antaño, pero tras tranquilizarse no le importó. Seguía sintiendo que era su hogar. Esa sensación lo llevó hasta la proa, encaramándose al mascarón. Con los dedos recorrió las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.
—Sigues aquí, madre. No han dañado tu rostro. —Se abrazó al mascarón.
Un crujido seco, seguido de un brusco movimiento de la embarcación, hizo que se descolgara. Asido por las manos y con el cuerpo colgando, estuvo a punto de caer al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco, buscando los salientes con la punta de las botas. El barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar; seguía trepando por el casco con dificultad. Tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar adentro.
El suave bamboleo del mar lo meció. Cayó dormido en cubierta mientras contemplaba la cúpula celeste bordada de estrellas. La claridad del día mostró con mayor crudeza la barbarie. Recorrió la cubierta en dirección a la popa palpando las partes que llevaban su impronta y la de su padre.
«Padre, esto es obra tuya.»
Abrazó el palo mayor mientras ascendía sin perder de vista la madera, hasta la cofa.
—¿Te acuerdas, padre? Cómo sudabas el día que lo hincasteis amarrados al soguero hasta conseguir la perpendicularidad del enclave. La cuadrilla, amarrada también a las sogas, evitaba como titanes que se desplazara en el sentido equivocado. Todo eran abrazos cuando quedó afianzado, tal como ahora sigue. —Recordaba en voz alta, podía escucharlo. Qué orgulloso se sentía.
Recordar tiempos pasados le ayudó a soportar el presente. Se alegró de que su padre no lo hubiera acompañado. Siguió moviéndose por instinto, intentando asir a su lugar todo lo que había sido dispersado. Ya en la popa tomó con ambas manos el timón. Lo giró con suavidad: solo unos pocos grados hacia babor, cambiando de nuevo hacia estribor. No desvió el rumbo. Volvió a intentarlo. Como una súplica, esta vez puso intención cuando lo maniobraba. El barco giró sin brusquedad, accediendo al ruego.
—¿Quieres jugar conmigo? —Una ráfaga de aire hinchó las velas de la mesana, el palo mayor y el trinquete despacio, en secuencia. El movimiento avivó el olor a madera que penetró con fuerza en sus pulmones. No regresó a suceder en todas las mañanas que pasó dentro. Lo tuvo por una especie de bienvenida a bordo—. Estás hecho un desastre; puede que quieras que te repare.
Oteó el horizonte; el mar seguía en calma. No lograba orientarse por mucho que se afanaba. Las explicaciones de su padre sobre las señales del viento, las nubes y el movimiento de las aves no le habían servido de mucho.
—Me has traído para curar tus heridas. No tengo idea de hacia dónde me llevas, pero imagino que será importante para ti.
Capítulo 6. El lutier
—Tengo una sorpresa para ti, cierra rápido la puerta.
—¿Qué tienes entre las manos?, déjame ver.
—Pon tus manos en forma de cuenco y cógelo con cuidado. —dejó caer un pequeño saltamontes que había cogido de una de sus macetas. —Estaba escondido tras el tallo de la maceta de los jazmines.
—¿No sería mejor dejarlo marchar, abuela?
—Tienes razón, sería injusto apartarlo de su destino, aunque los destinos a veces se eligen.
—¿Se puede elegir el destino?
—A veces sí, lo importante es elegir bien. Acompáñame hasta el balcón, lo dejaremos donde lo hemos encontrado. —arrancó unos cuantos jazmines de la maceta colocándolos en el bolsillo de mi camisa.
—Con esto, no necesitarás usar perfume, su fragancia es mucho mejor.
—Retomemos nuestra historia. Solo cuando hayas escuchado todas las partes tendrás una idea precisa de lo que trato de contarte. —el aroma a jazmín perfumaba sus palabras.
— Si me dejas hacer una petición, te pediría que esta noche me contaras algo menos trágico. Anoche me costó conciliar el sueño.
—La historia es la que es, no debo cambiarla. Toca conocer al artesano, Carlote.
La luna iluminaba las macetas. El saltamontes seguía donde lo dejamos, inmóvil. Tuve la sensación de que se sentía a gusto.
******
Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el cementerio de barcos. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, se sabía poseedor de una gran virtud: sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido.
Construía aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca el nombre: poseía oído absoluto. Percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de sus colegas convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Era cuestión de tiempo que sus proezas llegasen a oídos de un gran músico. La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente.
Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos sin encontrar lo que buscaba, pero aquel día todo cambió.
Al acercarse desde lejos en el muelle, antes de llegar al barco, se dio cuenta de que allí tenía un aserradero para él solo. La madera de aquel barco era algo fuera de lo común: su color era intenso a pesar de la decadencia del lugar y del aspecto de abandono. Subió a bordo y sacó de su morral una pequeña maza con la que comenzó a golpear los tablones para hacer pruebas de resonancia. Golpeó mástiles, cuadernas, tablones arrancados y esparcidos por la cubierta, escuchando su respuesta. Quería localizar la madera más cercana al centro del árbol, por experiencia sabía que era la mejor, pero allí había demasiada para provenir de un único árbol. Fijó su mirada en el mascarón de proa: era un tablón grueso, enorme. Lo golpeó con fuerza.
—Suena bien. —Fijó la mirada en la talla—. Espera, Carlote, es tan delicada, tan compleja en sus detalles; ese rostro… —Volvió a golpearla—. Umm, suenas muy bien, belleza. —Algo lo detuvo; una duda frenó su mano cuando comenzó a aserrarlo—. ¿Y si no eres el único que suenas bien? Mereces una oportunidad.
Continuó su búsqueda. Se dirigió a la popa frotando la maza con toques rítmicos por doquier.
—¡Podría construir una orquesta si me lo propusiera contigo! Eres una caja de resonancia. ¡Cómo vibras, armatoste!
No terminó de pronunciar la última palabra cuando tropezó con un saliente mal clavado que se elevaba junto al timón.
—¡Maldita sea, casi me caigo! —Lo golpeó con fuerza para arrancarlo, iracundo—. Casi me parto los dientes por tu culpa.
El sonido al golpearlo con fiereza le hizo retroceder.
—¡Aquí estabas! Esto es lo que buscaba, y has sido tú el que me has encontrado a mí. —Lo regresó a golpear probando por zonas—. Y hueles mejor.
La fragancia que desprendía lo hizo tambalearse y casi perder el conocimiento.
El violero se marchó pensativo con su tablón en la mano. Era una madera como pocas había visto hasta entonces. No era palo santo, ni ébano, ni caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando densidad y contracción para obtener información precisa. No obtuvo pistas del tipo de árbol del que procedía. Tampoco nadie supo decirle.
—Quizás proceda de un árbol exótico —se dijo, centrándose en lo que importaba.
No dudó ni por un instante del éxito de su misión. Dedicó años y todo su talento a transformar aquel trozo de madera. Cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea; se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir. En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación. Cuidó con mimo todos los detalles; de sobra sabía que cualquier error afectaría a la calidad del resultado.
La sorpresa llegó después. Pese al esfuerzo, la sonoridad no era la esperada para un instrumento de esa calidad, y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos negaba cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario.
—Jamás he tenido entre mis manos una materia prima de tanta calidad que dé peor resultado. Seguiré insistiendo; lijaré día y noche si es necesario —renegaba para sus adentros.
Pasaba tantas horas en su taller que había naturalizado hablar consigo mismo, aislándose del exterior.
—Has conseguido alterar mis nervios y mi salud.
Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba:
—¡Paparruchas! —negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla—
—¡No me vas a volver loco, a Carlote no!
La colgó en el escaparate.
Capítulo 7. María
La pequeña niña contemplaba a diario, absorta, el cristal del escaparate. Tras él, una guitarra se ofrecía a la venta. Que ella recordara, siempre estuvo allí. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda componían lo expuesto en la tienda llamada «Carlote e Hijos». Le entusiasmaba ese instrumento, aunque no tuviera claro el motivo. Tener la posibilidad de contemplarla a diario le resultaba un privilegio.
«Carlote e Hijos» era un reconocido taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda. También se dedicaban a la venta. Había pasado de padres a hijos por varias generaciones, pero ahora solo quedaba Carlote al frente. Los hijos se marcharon lejos, a las nuevas tierras. Carlote se negó a cerrar para marcharse con ellos. Tampoco consintió en cambiar el nombre al negocio.
—Algún día volverán cuando no consigan que su guitarra suene como han soñado —se decía, haciendo alusión a su particular desgracia.
Adoraba su trabajo, su ciudad, pero sobre todo el olor a madera. Una tarde, Carlote notó de la rutinaria visita de aquella niña que miraba la guitarra como hipnotizada. Desde aquel día estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una costumbre. De reojo, escondido para no ser visto, trataba de entender el interés inusual hacia el instrumento que le había supuesto un desastre a nivel profesional y una tragedia en lo personal. Observaba cómo se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal; entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller intentaba entender la obsesión de aquella niña.
Recordaba el día que, para salir de dudas, la cambió por otra de las muchas que almacenaba en el taller de similar aspecto. La pequeña mostró una mueca de desagrado a la que siguió un conato de llanto. Se repuso, conteniendo con una profunda respiración su malestar. Al día siguiente no fue necesario indicarle que todo estaba de nuevo en su lugar: llegó y, esbozando una sonrisa, regresó a colocar su nariz frente al cristal, evadiéndose de todo cuanto la rodeaba. Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir. Tomó la guitarra y salió a la puerta:
—¿Te gusta?
Ni lo escuchó, absorta como estaba en su mundo.
—Te la regalo; es tuya.
La guitarra era, en definitiva, un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y muy pocos beneficios económicos. Llevaba años en el escaparate. Todos cuantos se interesaron alguna vez por ella la habían devuelto reclamando la cuantiosa cifra que habían desembolsado. Tras esto se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácil. No fueron pocas las veces que ideó hacer una hoguera enorme para verla arder y desprenderse de ella al fin. Pero eso fue justo antes de ver a esa niña.
María no podía creer lo que le estaba pasando. La tomó contra su pecho y, agarrándose al cuello de Carlote, lo besó.
—¡Gracias! ¡Gracias!
Por primera vez escuchaba su voz; le resultó curiosa. Temblaba de alegría mientras lo abrazaba. Sintió sin un atisbo de duda que la guitarra estaba en las manos correctas.
—Cuídala mucho; tiene carácter. Me atrevería a decir que es una guitarra rebelde. He dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja; te lo digo yo, que la conozco bien.
Hablaba de ella con cercanía, como de algo propio, su propia mujer. Una mujer a la que adoraba pese a la diferencia de caracteres. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido.
—Seguro que sabrás hacerla sonar. —Intuía que ella podría conseguirlo, sintiéndose feliz y contrariado al mismo tiempo. Dejaba marchar el instrumento que debía haberle dado la fama para alcanzar la gloria, habría resuelto su jubilación y proporcionado el viaje de sus sueños—. Solo una cosa más: me encantaría saber tu nombre.
—Me llamo María —lo miraba mientras sonreía.
Ya no parecía tan delgada ni tan descuidada de aspecto. No mostraba la palidez de otros días.
—¿Me tocarás alguna pieza cuando aprendas? Me alegrarías la vida.
—Algún día, señor, no lo dude —afirmó la pequeña mientras se alejaba saltando.
Al volver a casa nadie la vio entrar a su habitación. Con sumo cuidado guardó el instrumento debajo de la cama, tapando con la colcha la visión. Bajó a cenar como lo hacía todas las noches. Tan solo su hermano pequeño se dio cuenta de que algo había sucedido, cuando notó el leve temblor en la comisura de sus labios tratando de evitar que se le escapara una sonrisa.
Capítulo 8. Guitarra
No sabía cómo sonaría. Por eso, cuando la sacó de su escondite y acarició despacio las cuerdas, el sonido producido no suscitó en ella la emoción que esperaba. Aun así, no paró de rasgar porque la vibración cosquilleaba, además de sus dedos, su cuerpo entero. Notó un pequeño terremoto.
—Eres una guitarra; tendrás que sonar, ¿no? Tendré que aprender a tocarte; seguro que si lo consigo me contarás tus cosas y yo te contaré las mías.
Cuando rasgaba despacio las cuerdas, en los primeros intentos, los acordes fluían con ciertos matices reconocibles, pero eran pocos los que llegaban a buen término. Aunque era paciente, perdía los estribos cuando, tras practicar con insistencia, confundía notas y el resultado la decepcionaba.
—Querías estar conmigo, me llamaste, y ahora no me haces caso.
Ya no era tan pequeña, pero su hermetismo seguía intacto respecto al resto del mundo. Necesitaba alguien con quien hablar de las cosas que le interesaban de este mundo; daba igual que fuera un objeto inanimado, ella no lo percibía así.
—Puedo llevarte de vuelta con Carlote; creo que añoras tu escaparate, no quieres estar con nadie. —la amenazó—. Tenía razón: eres un instrumento triste, como yo. Pero dos tristezas son demasiado para mí. No entiendo por qué me elegiste.
Le afeó el día que volvió del colegio, tirando la mochila al suelo y pateándola.
—Todos me decepcionan. —Recordó a Carlote, lo mucho que había sufrido; a ella le haría lo mismo. La tomó por el mástil con la intención de llevarla de vuelta a la tienda, pero recapacitó un momento. Debía despedirse antes de deshacerse de ella. Se tumbó en la cama para darle un último abrazo.
— Nada es como necesito que sea —se lamentó.
Quería llorar para que el llanto se llevara el dolor. Quería que las lágrimas alejaran las burlas. Compartió sin darse cuenta el sufrimiento que albergaba mientras la amarraba a su pecho para que lo sintiera.
—Tú no tienes la culpa de nada. Lo siento, no he debido pagarlo contigo.
—No te preocupes; aunque no quieras sonar no me importa. Solo quiero que no me dejes nunca, tú no.
Sus dedos se acercaron a las cuerdas, pellizcándolas despacio. Estaba tranquila y se abandonó a la sensación que le produjo el gesto con las cuerdas. Las notas musicales cobraron sentido en forma de una melodía triste que la reconfortaba. La guitarra la indujo a un estado de seminconsciencia donde la música se fundía con visiones que no llegó a entender, templando el dolor. Tarareó mientras acompañaba con su voz a la guitarra.
—MI-DO-SI-LA-LA, Takka. —Esa fue la primera vez que solfeo la canción. Cantaba con la mirada perdida. Cuando volvió de su fuga mental, había olvidado el sufrimiento que le comprimía el pecho. Los dedos le cosquilleaban incitándola a tocar de nuevo. Probó a tocar cualquier melodía de las que conocía del colegio.
—Siempre has estado aquí, solo que no sabía cómo hacer que me entendieras. —pellizcó de nuevo las cuerdas y se dejó llevar por la música. —miró sus dedos reconociendo el gesto con las cuerdas, la vibración especial que provocaba cuando lo hacía, entendía cómo conectar. —Ya sé cómo hacer sonar el árbol—murmuró.
Capítulo 9. Pérdida.
Años después.
—¡Carlote, ¡cuánto me alegro de verte! —se abalanzó sobre él. Seguía nerviosa tras el concierto. Tocar frente al público la excitaba.
—Hola María, yo también me alegro de verte. —el anciano atrajo el frío con sus palabras.
—No te ha gustado el concierto, ¿es eso? —seguía nerviosa pero el motivo difería.
—Lo haces muy bien. Nunca te he visto tocarla en ninguno de tus conciertos. —recorrió con la mirada los carteles decorando el camerino. Organizados por fechas, seguían su trayectoria desde su comienzo, poco después de que él se la entregara.
—Las primeras actuaciones sí que la usé, pero notaba que adormecía a los espectadores. A veces se dormían. Je, je.
—¡Dejemos eso ahora! ¡Cuánto tiempo ha pasado! Deja que te cuente, o cuéntame tú, seguro que tienes muchas cosas que decirme —-intentaba que no notara el intento de desviar la conversación—ven, siéntate a mi lado. Le señaló con la mano una bancada larga llena de ropa que cambió de lugar antes de indicarle donde sentarse. Carlote la siguió y con un poco de esfuerzo se sentó junto a ella.
—Has crecido mucho, eres toda una mujer—los ojos casi se le derraman al decirlo.
Giró la cabeza en un intento de no ser descubierto vulnerable, fue cuando la vio, en la esquina del fondo del camerino, colocada en un apoya guitarras.
—¿Quién te enseñó a tocar así o es que acaso ya sabías cuando te la entregué? ¿Cómo conseguiste que sonara tan bien? Siempre me lo he preguntado— buscaba en sus ojos una respuesta sincera.
María no dijo nada. Se limitó a bajar la cabeza.
—Si te dijera la verdad ¿me creerías?
—Te sorprendería mi comprensión—no tenía la respuesta a su fracaso, puede que ella las tuviera de su éxito.
—Ella me enseñó.
El artesano movió la cabeza hacia atrás.
—Es una curiosidad de violero, que lleva buscando respuestas muchos años. ¿Sabes que casi pierdo la cabeza cuando me empeñé en que sonara? No he vuelto a construir ningún instrumento. Desde entonces solo reparo. Caí en desgracia. —la cabeza se dirigió de nuevo al instrumento.
—Sigue siendo una belleza. Déjame tocarla de nuevo.
La bancada se desvencijó con el movimiento de los dos al intentar levantarse a la vez. Carlote la alcanzó primero pese a su torpeza.
—Estás como siempre, no te ha afectado el tiempo. —el brillo de la lámpara sobre la guitarra resaltaba el nácar de las betas. — Se nota que María te ha cuidado muy bien. Hice lo correcto cuando te dejé ir con ella—no conseguía detener la barbilla.
—Necesito decirte algo y no te va a gustar. Estoy arruinado y la necesito. Vivo como un pordiosero y esta guitarra puede aliviar la miseria en la que me encuentro. Es esta guitarra la que te ha encumbrado, no me preguntes cómo, pero lo sé. Si funcionó contigo, funcionará con otro. Esta vez seré yo quien la haga sonar, ya veré cómo.
María no dejó de mirarlo mientras se reubicaba el pañuelo de lana que se había deslizado por los brazos. Lo colocó sobre el cuello.
—Puedes llevártela si quieres, es tuya, pero no te podrás lucrar con ella, no sonará con nadie más que conmigo. —las palabras evitaron que se desplomará en el suelo. La armaron de valor.
—No estés tan segura de eso. —la hirió de nuevo.
—Es tuya, haz lo que quieras con ella. —Abandonó el camerino sin permitir que Carlote se reconfortara con el dolor que le había provocado. A cada paso que daba notaba como cristales hincándose en su cuerpo las palabras del anciano.
—¿Te crees la única virtuosa? – eso fue lo que pensó cuando la escuchó tocar la primera vez.
— ¿Quién sabe? ¿Y si hay más como tú? Si los encuentro, no cometeré el mismo error que contigo, no cederé la propiedad de la guitarra. —recobró la energía mientras se alejaba diligente del teatro hablando a la guitarra.
—¿Has sido tú la que has intervenido de alguna manera para que María aprendiera tan rápido? ¿Esa forma de tocar es obra tuya? De alguna manera has intervenido para dotarla de ese talento. Te presentaré a más jóvenes. Alguno te gustará tanto como ella. Estoy en horas bajas, podrías ayudar a un pobre anciano.
Estaba tan convencido de que lo escuchaba que la gente se giraba al verlo hablar con el instrumento por la calle. Se paró.
—¿Me aceptas un intento?, ¿no crees que me debes algo de respeto? Solo como gesto de agradecimiento por haberte convertido en lo que eres. —intentó hacerla sonar sentado en el quicio de la primera puerta que encontró.
—Sé que conoces mis manos, las desechaste sin darme una oportunidad. Pero puedes haber cambiado de opinión. No sé si lo sabes, pero mi primera vocación fue la música, construir instrumentos vino más tarde. Mis manos eran más acertadas las herramientas que con las cuerdas. Ya no son gráciles con nada. Los años y las penurias contigo me han dejado un temblorcillo incómodo que me imposibilitaba los acabados de entonces. He aprendido a esconderlo, disimulando que toco al aire. —le seguía hablando, como se habla a un amigo de toda la vida.
—Solo dos personas han intentado hacerte sonar. Las dos con suertes dispares. Es el turno de probar con un tercer intérprete.
Era conocido en los gremios de músicos y artesanos. Así que, en los días siguientes, dedicó sus mañanas a recorrer con su guitarra todos cuantos consideró que podían serle de ayuda. Llegaba se presentaba y hacía una pequeña prueba a los candidatos. Los sentaba, les daba a elegir una melodía de su gusto para hacerlos sentir cómodos, y escuchaba atentamente.
—¡Sentimiento! ¡Pon sentimiento, maldita sea!
Golpeaba la silla cuando no la arrojaba contra cualquiera que intentara tranquilizarlo.
Recordó las noches del taller. Sonaba igual.
Un día, casi sin esperanza, un pequeño al que casi no le llegaban los dedos al mástil, pellizcó las cuerdas al intentar tocarla. Un nuevo sonido vibró de forma diferente. El anciano abrió los ojos como platillos creyendo haber encontrado lo que ansiaba.
—Hazlo de nuevo, lo que sea que hayas hecho con los dedos—el chico repitió el pellizco, pero no volvió a sonar como antes.
—¡Inténtalo otra vez!
Al gritar el pequeño arrancó a llorar.
—Viejo loco, deja a mi hijo en paz.
Tomó la guitarra de las manos de su hijo. Carlote tuvo que suplicar que se la devolviera sin dañarla.
—Deberías estar en un manicomio, o en la cárcel, no amedrentando críos.
Tras meses de búsqueda comprendió que solo encontraba buenos ejecutores, pero ninguno hacía que apareciera la “magia”, la que todos elogiaban a María.
—Solo interpretaciones correctas, no transmiten nada.
Capítulo 10. La casa de empeños
Llevaba varios días sin comer cuando entró en la casa de empeños. La flojera provocada por la inanición se unió a la pesadumbre que lo carcomía por dentro.
—Mi terquedad me traiciona. Tu forma, los matices de tu madera, creí que había construido “el instrumento”. Solo eso te di, el agrado a los ojos. Que la piel se rindiera a tus cuerdas, eso me fue negado. Solo con María vibrabas, emocionando a las almas de los escuchantes, solo con ella. —se confesó a sí mismo antes de entregarla.
—¿Cuánto podría obtener por ella? —adelantó al empleado mientras la dejaba sobre el mostrador, despidiendo cualquier posibilidad de remontar ese último bache — Vale más de lo que imaginas.
—No vale mucho, ese color anaranjado no me gusta, — le soltó un billete sobre el mostrador indicándole con la mano el camino hacia la puerta.
—He hecho las cosas demasiado bien, pero eso no siempre es suficiente—el señor del mostrador lo miró con indiferencia.
—Si consigue que alguien la haga sonar, de por seguro que se volverá rico. —Se echó a llorar.
—La guardaré un tiempo. Haga un esfuerzo, pero si tarda demasiado no cuente con ella —el llanto del anciano lo conmovió.
—Es muy tarde, solo quiero cenar algo caliente y dejar de pensar. Se llama María, ¿sabe? La chica que consiguió hacerla sonar, no he conseguido dar con ella para devolvérsela. Si algún día pasara por aquí, es menudita y morena. Solo tiene que mirarla a los ojos cuando vea la guitarra y sabrá a quien ha de devolvérsela. Es ella la única que podrá arrancar una nota. No me pregunte por qué. ¡Júreme que solo se la dará a ella!
Necesitaba convencerse de que lo había entendido, que reconocería a María, aunque sabía que n usurero es lo que es.
—No puedo garantizarle nada. Pero tenga por seguro que tendré en cuenta su recomendación. — Una mentira piadosa le evitaría más sufrimiento.
Cuando salió del restaurante miró al cielo, nada había cambiado sin embargo ya no era el mismo. Con el estómago lleno pensaba con una lucidez que le hizo perder la cordura. Comenzó a vagar por las calles hablando solo. Se burlaban de la forma en la que tocaba el aire, simulando tocar una guitarra.
—Vamos suena, ¿a qué suenas tú? —golpeaba a todo cuanto veía con su palo redondo poniendo la oreja atenta al sonido que emitía.
—No sonáis a nada, esto es ruido, solo eso. Pero yo he escuchado la música especial. Dos veces. Una en un barco, esa fue mi ruina. La otra en manos de una niña tocando la guitarra del barco. Yo escucho la música, se cómo suena.
Andorreaba solo atemorizando a la gente. Acabó internado, para evitar el desagrado de su presencia.
El encierro lo fue apagando. Solo en ocasiones, levantaba la voz golpeando la estructura de madera de la cama. Hacía un gesto, golpeando con los nudillos los barrotes, luego apoyaba la oreja a la espera de escuchar algo, pero se desesperaba. Dejó de hablar.
La mañana que recibió la visita de María, ella lo encontró sentado en una esquina en el suelo. Tenía apoyada la espalda en una de las patas de la cama, con la mirada ausente, perdida hacia el infinito. Su delgadez extrema y la palidez de su rostro preocuparon a María.
—Carlote, soy María—tomó sus manos acariciándolas con suavidad, —he venido a verte, necesito hablar contigo. El artesano levantó su plateada cabeza y no pareció reconocerla.
Los rayos de sol se filtraban por la ventana, calentando la piel del rostro del anciano.
—Voy a llevarte conmigo. No dejaré que pases más tiempo en este lugar.
Carlote no se movía apenas, indiferente a todo cuanto tenía lugar en la habitación, sordo ante los sollozos de María.
—Eres el artesano más grande que haya existido, tú le diste forma. Necesito encontrarla, quiero que vengas conmigo, yo te cuidaré. Necesito que me ayudes. —sollozó intentando que Carlote la reconociera y le hiciera caso. No reaccionó a ninguna de sus palabras, no estaba allí.
—Carlote, por favor, escúchame. Soy yo, la pequeña a la que diste ese instrumento tan especial, y que…—paró un instante antes de seguir—y que casi te vuelve loco.
Probó a agitarlo tomándolo por los hombros. Hasta que entendió que ese hombre ya no estaba allí. Se serenó y le acarició el pelo y la cara antes de despedirse. Lo besó con el mismo ímpetu y cariño con el que lo hizo cuando le regaló su guitarra.
Al marcharse se volvió de nuevo hacia el anciano. Cantó, como lo hizo la primera vez con la guitarra, cuando despertó a la música.
—MI-DO-SI-LA-LA, Takka.
Carlote tembló. Movió con dificultad la cabeza, hasta dar con ella.
—Has sonado, te he escuchado—tocó con los nudillos el suelo.
María lo tomó por la barbilla mirándolo a los ojos.
—Carlote estoy soy yo, María.
—¿Lo has escuchado? Esa música. —volvió a golpear el suelo con los nudillos, cinco veces, rítmicamente.
—Eso es, Carlote, son las notas que te he cantado. Vuelve.
—No estás loco. Tienes un don, eso es todo. No te guardo rencor, has sido la persona más importante de mi vida, me conoces mejor que nadie.
Carlote parecía recuperar la lucidez por momentos, como si le costara volver del todo.
—María, esa guitarra me desconcierta. Creo que ha afectado a mi cabeza, se desconecta, no logro controlarla. Tengo que volver.
—Ven conmigo, no te voy a dejar solo.
—Solo sácame de aquí, debo volver al barco. Si quieres ayudarme, sácame de este lugar. Te diré dónde encontrarla, ojalá estés a tiempo de recuperarla.
Capítulo 11. Retorno
El mar en calma lo acompañó en los primeros días de viaje. De vez en cuando algún delfín saltaba por los costados aliviando la soledad. Otras veces, a lo lejos, como motas de polvo, las siluetas de los barcos se deslizaban sobre la línea del horizonte, haciéndole albergar esperanzas sobre la cercanía de tierra firme. Tumbado en cubierta se abandonaba.
—Padre, eso que decías de las nubes yo no lo entendí; solo usé mis ojos para ver cómo se usaban formones y lijas, cómo se hincaban los clavos en la madera. Lo demás era un murmullo que tal como entraba salía de mi cabeza. ¡Si mis oídos hubieran estado tan atentos a tus palabras como mis ojos lo estaban a tus manos con las herramientas, otro sería mi destino ahora! Por lo menos sabría dónde me hallo. —sollozaba mientras se hacía compañía escuchándose a sí mismo.
—Madre, ¿me recuerdas? ¿Era alguien con tu voz, o eras tú la que susurrabas a través del aire de este lugar? Entonces no me sentía tan solo como ahora. Olvídalo, solo tengo hambre y mucho tiempo para pensar.
—Podrías llevarme a tierra firme; necesito agua y algo de comida. Ya llevo varios días sin beber y no aguantaré mucho más. —Este pensamiento lo alentó a dar una última vuelta—. ¿Y si hubiera quedado alguna caja por revisar en la bodega?
Mientras recorría de nuevo la nave, revisando camarotes, cocina y sala de máquinas, su mente lo llevaba de un lugar a otro de su memoria, sin orden aparente.
—Desde aquí te contemplé el día de tu botadura, ¿lo recuerdas? —sonrió mientras se asomaba al ojo de buey en el camarote de tripulación, cerca de la bodega—. Llenamos las bodegas con comida para un ejército. Matilde Ferrer estampó la botella contra tu casco diciendo: «Buena mar y buenos vientos, yo te nombro el navegante». Nunca imaginó que tanto esfuerzo daría con su barco, medio podrido, abandonado en un muelle de desguace. Pobre mujer.
Seguía hablando solo mientras descendía hasta la bodega. Revolvió entre el desorden de cajas. Al revisar la estancia fijó la mirada en una rata que trepaba por las cuadernas.
—No huyas: si te atrapo podría hacer dos cosas contigo, comerte o convertirte en mi amiga.
Un golpe seco hizo que se girara, pero solo escuchó las olas al romper contra el casco. Volvió a escucharlo.
—¿Quién anda ahí?
La puerta de la bodega que daba al almacén se deslizó haciendo gruñir los goznes. Al moverse desplazó parte de la basura que impedía que se abriera del todo. De entre los restos, una figura comenzaba a vislumbrarse. A contraluz se desdibujaba; no se apreciaban con nitidez sus rasgos; se intuía la silueta de un hombre con aspecto fantasmal. Conforme se aproximaba, la tez ennegrecida destacaba sobre la palidez del pelo cano. Gonzalo retrocedió.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? No te acerques más.
El hombre se cubrió el rostro con las manos y siguió caminando hacia él. El barco se alzó con brusquedad para caer con fuerza. El mar comenzó a agitarse.
—Sufren, ¿no escuchas sus lamentos? Yo sí. Shhh, pon atención y no hagas ruido; ya verás cómo también puedes oírlos —gemía tambaleándose de un lado para otro—. Acércate, pon tu cara junto a la madera. Están orando, ¿quieres escuchar su quejido?
—¡No me toques o te juro que…! —levantó la mano en tono desafiante.
—¿Acaso estás sordo? Debe ser eso. Todos están sordos. MI-DO-SI-LA-LA, Takka. Escucha la madera.
—Qué has dicho —murmuró Gonzalo.
El barco giró a babor de golpe, haciendo que cayeran golpeándose contra los costados del casco.
—Lo entiendes ahora: es el barco el que está hablando. No puedes escucharlo, ¿verdad? Nunca has podido.
—MI-DO-SI-LA-LA, Takka. —tarareó Gonzalo, recordando la melodía.
—¿Quién te ha enseñado esa melodía? No deberías conocerla; es solo para mí. No te atrevas a cantarla; no te pertenece. Ella me la regaló; era nuestro secreto. Ya no acude en las noches; se ha marchado. Ya no me canta.
—Nadie me la enseñó. La está cantando, pero tú no puedes oírla. Nos lleva a Anchurica; ellos nos llaman. Hay algo que hacer. Estamos cerca.
—Viene el fin. Acompáñame. —Le hizo gestos con las manos y se dirigió al almacén—. Espera. —Se paró volviéndose hacia atrás para comprobar que Gonzalo le prestaba atención—. ¿No lo hueles? Vuelve el hedor. Así es como empieza, luego va en aumento hasta que sea imposible soportarlo y tengamos que marcharnos de aquí, si es que no se hunde antes —apuntó el viejo.
—Eso fue lo que dijeron los marineros —se sobresaltó Gonzalo—. Tras su botadura, Matilde Ferrer se empeñó en hacer una pequeña gira por los puertos cercanos para mostrar el barco, pero tuvieron que regresar porque de las bodegas ascendía un olor a podredumbre que les impidió seguir a bordo. La propia Matilde, tras el desastre, que fue su ruina, se pasaba las tardes en el puerto contemplándolo mientras inventaban cientos de reparaciones posibles. Nada funcionó. Así fue como di con él de nuevo, siguiendo el rastro de la empresaria.
—Come, no queda mucho más, te lo aseguro. —Le ofreció con pulso tembloroso los restos de comida enlatada que había escondido tras un tablón del almacén.
El hambre pudo más y se acercó. No tenía motivos para temerle: la luz que entraba por una rendija entre las cuadernas lo hacía parecer un viejo loco.
—¿Quién eres? —lo interrogó con la boca llena, —¿Por qué te escondes aquí? —tenía más preguntas que hacerle, pero esas eran las más importantes.
Capítulo 12. El polizón.
No contestó en ese momento. Sabía que se quedaría dormido con el último bocado, lo vigilaba desde que se coló en el barco y allí no había más alimento que el que tenía escondido. Ocultó la puerta del almacén tras una montaña de basura y enseres rotos para protegerse. No sabía de quien se trataba, llevaba mucho tiempo escondiéndose de maleantes que arremetían contra la embarcación descargando la miseria de sus vidas contra el barco.
—Si tan solo lo escucharan, pero no saben hacerlo. —a veces estaba cuerdo y otras no hacía más que decir cosas sin sentido.
—No me has dicho quién eres —se movió nervioso incorporándose. Podría haberle atacado, pensó.
—Lo mismo te preguntaría yo.
—Está bien, dada la situación puede que eso no importe demasiado.
—Tienes que ser importante para él, he visto pasar a muchos por aquí pero solo contigo se adentró mar adentro, ¿estás seguro que no lo oyes? A mí me habla. No estoy loco, a veces escucho demasiado, ese es mi don y mi castigo. Pero ellos hablan y quieren que vayamos, hablan a través del barco.
—¿Quiénes son ellos? —la pregunta buscaba confirmar su hipótesis de que estaba enfermo de la cabeza, pero llevaba tanto tiempo solo en el barco que hasta las historias de un chiflado llamaban su atención.
—Acerca tu cabeza al forro, rasca un poco con la mano. —le indicó mientras le mostraba cómo hacerlo.
—Llegaremos pronto, estamos cerca. —es así como me hablan. Repitió el gesto, pero no con intención, tan solo imitaba.
—Yo no escucho nada. —confirmó su hipótesis.
El anciano se tumbaba en cubierta moviendo los dedos sobre el aire, pulsando algo que no estaba allí.
—Sabes, cuando era joven era conocido por mi trabajo, era un artesano, construía instrumentos de cuerda, hasta que esa…—calló de forma súbita.
—¿Quién era ella? fue una mujer, ¿perdiste la cabeza por una mujer, fue eso? —creyó haber dado con el motivo de su locura.
—Qué equivocado estás…—paró de hablar. ¿Sabes, este barco tuvo la culpa? Aquí empezó y terminará todo.
—Es curioso, a mí me pasa algo parecido. Este barco es mi vida, mi regreso a él no es casualidad. Dices que lo escuchas, yo escuchaba a mi madre cuando era pequeño y trabajaba con mi padre dando forma a estas maderas. Nunca la conocí, pero aquí la sentía. Di forma a su rostro cuando esculpí el mascarón de proa, la veía en sueños. Pero de eso hace ya…—no pudo continuar. Un nudo en la garganta lo asfixiaba.
—Estuve a punto de cortar el mascarón hace mucho tiempo…—Gonzalo hizo el amago de golpearlo.
—No lo hice muchacho, lo pensé dos veces, la talla es tan perfecta… Mi vida era otra, no imaginaba lo que me deparaba el destino. —Bajó la voz, —Algo nos llama y nos lleva de vuelta, no sé quiénes o qué, pero falta poco.
—¿De vuelta, a dónde?
—Escucha la madera, —la golpeó con una maza que sacó de una especie de saco viejo, — hazlo como lo hace un violero, shh… —colocó la oreja sobre el suelo mientras rascaba la madera.
El barco inició un leve cabeceo que fue creciendo sin prisa. Por un tiempo mantuvo la verticalidad hasta que la niebla lo envolvió y comenzó a escorarse hacia babor.
—¡Hemos llegado! —gritó el anciano agarrado a los salientes del lado contrario, tendiendo una mano a Gonzalo que se deslizaba golpeándose.
La nave zozobró hasta terminar encallada en la arena.
Capítulo 13. La isla.
—Toma la llave—me ofreció el objeto en forma de “L”. —Es tuya. Ya no la necesito.
Estaba serena y animada, no parecía cansada. Me tomó la cabeza con las dos manos y me besó la frente.
—La guitarra me eligió, me llamaba por las tardes, cuando salía a jugar tras el colegio. Al principio era como un juego, luego se convirtió en una necesidad. La primera vez que la vi, me resultó curiosa. De todos los instrumentos del escaparate, ella tenía el color más llamativo, y eso hizo que detuviera la mirada. Cuando me coloqué frente a ella, creí escucharla sonar, como si alguien la estuviera tocando, me parecía divertido porque no se movían las cuerdas. Acerqué tanto la cara al cristal para escuchar, que mi nariz al hacer contacto con su superficie notaba las vibraciones cosquilleándola, me adormecían. Entonces soñaba cosas que luego olvidaba. Tú ya sabes de que hablo. No me he separado jamás de ella. Ha venido conmigo de gira por el mundo, pero salvo las primeras veces, cuando todavía no sabía lo que se esperaba de mí, la he vuelto a exponer. Me ha proporcionado una vida plena.
María tragó saliva y respiró hondo. El claro oscuro de la habitación acentuaba las arrugas de su rostro. El gris de sus ojeras se oscureció degradando a negro.
—No quiero escuchar más. No quiero esa guitarra maldita, te está consumiendo, ¿no lo ves? Cada vez estás más débil, más enferma. —Cuando terminé de hablar, la puerta del balcón se desplazó dejando entrar la brisa de la noche. Había llovido y el aroma a petricor, tomillo y romero humedecidos nos hizo callar un instante. El olor a madera camuflado por los barnices de la guitarra, opacó los anteriores.
—Todavía no lo has entendido, ¿verdad? Todos somos tú, Takka. Lo que sucede al uno, afecta a todos. No hay forma de volver atrás, no puedes decir que no. Solo escucha, ahora es cuando empieza tu vida.
****
El grosor de la arena sobre la que encalló el navío era del tamaño de una mota de polvo. Las corrientes marinas golpeaban con fuerza las zonas más accesibles de la playa protegiéndolas, como un sistema de defensa.
Al tocarla con las manos, se les escurría entre los dedos. Se miraron satisfechos de haber llegado hasta allí. Gonzalo señaló con el dedo hacia el arbolado que bordeaba el interior de la playa. Los estómagos rugían como fieras que sorprenden una pieza tras un ayuno de varios días. Entre los arbustos, los frutales los esperaban. El contorno de la boca rebosaba el jugo sobrante, las sonrisas impedían que la boca se cerrara.
—Había olvidado el sabor de la fruta fresca—se divertía limpiándose la boca con las manos y salpicando al anciano que tras comer solo deseaba dormir bajo las sombras.
La vegetación lo cubría todo, contagiando con el verdor una calma antigua, de saberse no necesitado de nada más. Su orografía irregular, la convertía en un laberinto de vertientes saturadas de follaje. En algunos puntos, la escalada de vegetación se apilaba en niveles simulando montañas. A sus espaldas, sin avisar, los precipicios aparecían camuflados entre matojos. Desde la cumbre más alta, la vista no alcanzaba a ver el fin de aquel océano de color verde. Ese era su tamaño.
—Estamos en casa, he venido para quedarme, me esperan—el anciano olfateó el aire. Se puso de cuclillas para besar la arena de la playa, al incorporarse hizo una reverencia.
—Y yo, ¿qué hago aquí? —le preguntó, buscando respuestas. —Solo quiero estar en casa, en mi barco, tan solo necesito aprovisionamiento y que no me mate de hambre—sonrió despreocupado.
—Ellos lo saben, pero tú no los escuchas, no puedes.
—Si me han traído hasta aquí, podré preguntarles.
Giraba la cabeza buscando a su alrededor.
—Deberían estar aquí, dices que saben que hemos llegado.
Le pareció que el viejo lucía más enjuto, la piel se le adhería al hueso sin un intermediario que aportara lozanía. Pero más que la delgadez, era como si a aquel hombre se le hubieran oscurecido los ojos al tomar tierra. Lo achacó a la fuerza con la que el sol se reflejaba en la arena y a los días en el barco sin nada que comer.
—Tiene que haber una manera de comunicarte y que te expliquen qué hago aquí. Pregúntale, si es que te escuchan.
El aburrimiento en alta mar, había hecho que creyera todas las locuras de aquel viejo, pero ahora, en tierra, todo parecía ridículo, hasta cuestionaba sus propias percepciones en el barco.
—Solo escucho lo que debo saber. Demos un paseo. —lo tomó del brazo para adentrarse entre la vegetación. Al tocarlo se le erizó el vello de la nuca.
—Has hecho que la vea de nuevo.
Paró de andar.
—Es ella, está allí, dentro del barco —se giró hacia la nave que enclavada en la arena se movía ligeramente, como si quisiera desasirse para marcharse de allí.
Carlote lo soltó asustado.
—No hay nadie, ya lo sabes. Hemos pasado dentro más de una semana.
Lo convenció, pero no del todo. Cada vez estaba más confuso, más trastornado.
—Te he tomado por loco todo este tiempo, pero, por un instante la he sentido tan de verdad que puede que el que esté loco sea yo y no lo sepa. Vayamos a dormir, lo necesito.
Entre los rosas del amanecer la luz del astro se escapaba alargando sus rayos sobre el mar en calma. Las sendas escondían los rastros del paso del hombre por la isla. Al despejarlas aparecieron las pistas de tierra por las que habían dejado caer los tablones. Cuerdas, plataformas y herramientas abandonadas con las que realizaron el trabajo de despiece del ejemplar. Hicieron acopio de lo que fueron encontrando para resguardarse en las noches.
Durante una de las exploraciones, una ardilla se deslizó por colocándose en el hombro de Gonzalo.
—No esperaba hacer amigos, por aquí—se dejó acariciar.
Saltó de su hombro brincando de rama por el sendero. — Gonzalo puso una nuez sobre la mano y se la mostró, el animal no se interesó por el ofrecimiento. Aparecía y se ocultaba. Gonzalo lo tomó como un juego y fue tras ella, trepando y saltando. La noche se cerró de forma acelerada. Las nubes ocuparon el cielo opacando de golpe la caída del sol.
—Hemos perdido una hora de luz en un instante. —miraba alrededor frunciendo el entrecejo. —No debemos continuar, está muy oscuro y ya no confío en mis instintos.
Gonzalo asintió tras tropezar un par de veces.
Se disponían a descansar sobre una llanura elevada despejada de vegetación cuando un suave murmullo los hizo incorporarse. Una tribu los rodeaba con antorchas.
—Sed bienvenidos, soy Kner. —Carlote movió los labios, pero los gestos de bienvenida los hacía el ser que se había adelantado. No era la voz de Carlote, era una vibración articulada en palabras.
Se acerca a ellos alejándose de Gonzalo que intentó sujetarlo.
—¿Qué está pasando? —gritó asustado.
—Contempla el suelo que te sostiene.
Gonzalo solo veía madera, una superficie elevada que no tenía fin. Carlote continuó moviendo los labios.
—Un día, este suelo que te sostiene fue el tronco de un árbol. Ha regresado en otra forma. Está varado en la playa. Aún conserva su esencia, pero no está completo. Debe volver.
Carlote no era él, dentro había alguien que lo manejaba como una marioneta, ese alguien estaba en frente.
—¡Carlote!, diles que se marchen, tengo miedo. —intentó detenerlo.
—No temas.
—Te lo ruego, vuelve.
El violero volvió a ser él.
—Este es mi hogar, mi sitio está con ellos. Tuve que aprender a escuchar para entender que no todo nos pertenece.
—Y yo, ¿qué hago aquí, pregúntale?, no me han dicho por qué me han traído.
El viejo loco bajó la mirada.
—¿Debo ser yo quien se lo diga? —se giró hacia los chamanes sin elevar la cabeza.
—Toca la madera que te sostiene golpéala con los nudillos, luego huele. —con voz impostada el viejo instrumentista se volvió hacia él. Sus labios articulaban de nuevo palabras que no salían de su interior. Las dejaba pasar por sus labios.
Se tumbó boca abajo. Con las manos cerradas golpeó varias veces la madera. Giró la cabeza para intentar escuchar, tal como había visto hacer al viejo tantas veces, inhalando el perfume de la madera. Cerró los ojos, no podía escuchar nada. Entonces lo comprendió. Golpeó de nuevo, las partículas de perfumen la traían de vuelta.
—Esto también es el barco, mi madre está aquí. —fueron las palabras que salieron de su boca.
—Eso es, lo has comprendido. Debe volver a casa.
—¿Y cómo hago que mi barco vuelva a ser un árbol, eso es imposible? —seguía contrariado.
—Un hacha lo destruyó y un hacha debe traerlo de vuelta. Debe abonar la tierra. —la boca del lutier se desdibujaba al hablar.
Gonzalo abrió los ojos desencajados. Se incorporó acercándose a Kner que lo paró en seco con una elevación de su brazo frente a él. El muchacho insistía en acercarse a pesar de que no lograba avanzar. Se volvió hacia el cuerpo de su amigo que ya no lo reconocía.
—¿Quieren que lo destroce? No sabes lo que me pides.
—Ese es tu sacrificio.
—Ni siquiera sabéis de lo que estoy hablando. ¿Quiénes sois?, dejadme ver vuestro rostro. Yo no he dicho que quiera sacrificarme, ni sacrificar mi barco. —sintió los labios de su madre sobre su rostro como un recuerdo reciente.
—No pienso hacer lo que me pedís, no tenéis derecho. — estaba furioso. La ardilla saltó sobre el hombro del chamán, moviendo la cola nerviosa. “Eres parte de ellos”, “todo aquí es parte de ellos, puede que hasta yo lo sea y no he sabido reconocerlo”. —se dijo furioso.
Retrocedió sin dejar de mirarlos, despacio al principio, lanzándose a correr al llegar al filo de la plataforma. Descendió apretando el paso, mientras retiraba con las manos toda la maleza que dificultaba el descenso. Tropezó golpeándose contra los riscos. Las heridas de las piernas no dejaban de sangrarle cuando consiguió encaramarse al barco.
—Quieren que te destruya, —gritó agarrado al mascarón de proa— No saben lo que dicen. Pueden pedirme lo que quieran, pero eso no, madre, sabes que no podría hacerlo.
—Tú lo entiendes, ¿verdad? Porque sigues aquí, yo lo sé, has enmudecido, pero sigues aquí.—solo se escuchaba el oleaje que humedecía la arena alejándose sin prisa.
—Madreee, madreee, ayúdame te lo ruego.
Temblaba.
—No pueden obligarme, ¿Quiénes son ellos, acaso tienen poder sobre mí?
Al pronunciar esta última frase paró de llorar. Se soltó del mascarón sentándose sobre él, elevando el tronco. El barco comenzó a crujir.
—No te haré daño, yo no.
Había dejado de suplicar, estaba sereno. A lo lejos, las voces del anciano que se acercaban lo interpelaban.
—¡Te ayudaré a hacerlo, no lo perderás! Déjame ayudarte, te lo suplico. No debes cargar solo con esto. Hagamos una hoguera sobre el tocón. Debe volver a casa. Las cenizas se adentrarán en la tierra formando parte de su ser, en otra forma. Cuando todo termine, buscarás la guitarra, tal vez la puedas escuchar de nuevo en otra forma. Ven conmigo, solo necesitas descansar.
Capítulo 14. La semilla.
*****
—¿Y si no haces el sacrificio que piden?, es cruel, esta historia no me gusta, no quiero ser el elegido. Estás enferma por su culpa, cada vez más débil, es por esa guitarra, ¿no?
—Soy mayor, cargada de años, es diferente. Deja que termine, debes saberlo todo, guardar el secreto. El precio a pagar es demasiado elevado. —acabó diciendo.
Nunca pasó por su cabeza, que su nieto, se viera obligado a enfrentarse a una decisión tan compleja.
—Termina, abuela, ¿qué pasó después? —le tomó la mano relevándola del peso que soportaba. —Acepto lo que viene, asumo y te descargo. Ya has soportado bastante.
Héctor se vio trasladado a la isla como un espectador invitado a una ceremonia.
*****
—No lo entiendes, ¿verdad?, si tengo que elegir, no lo haré, sería como hacerme daño a mí mismo.
—Nadie puede elegir —Carlote le gritaba a lo lejos, se acercaba con dificultad. Las olas comenzaron a golpear el casco. Lo escoraban sobre la arena.
—Hay algo en mí que no se deja arrastrar, que no obedece más que a mí mismo, no me conoces.
—Solo sé que eres un gran chico, con una gran pérdida que no ha asumido.
—He asumido demasiadas cosas, me toca decidir a mí. ¿Qué sentido tiene vivir sin propósito?, si lo destruyo, destruiría el mío.
Las nubes dejaban ver la luna por momentos. La fuerza del viento las desplazaba en bloques de diferentes tamaños, arrastrando una neblina que se espesaba poco a poco. El mar se cargaba de fuerza,
Un golpe fuerte de mar hizo que el barco se desplazara hacia delante y hacia atrás.
—Regálame un paseo a solas antes de despedirme. Me lo debes, — suplicó agarrado de nuevo al mascarón.
—Déjame que te sienta por última vez, que note que me besas como cuando era un crío y te tallaba, necesito despedirme antes de hacer lo que debo. —el barco incrementó el vaivén sobre la arena, acercándose y alejándose mecido por las olas que lo golpeaban con insistencia.
—¿Sabes lo que es querer a alguien? —se descolgó dirigiéndose al palo mayor. Una ola de varios metros embistió la embarcación, liberando la proa. El mar la separó de la playa hacia mar adentro. Estaba lejos para que el viejo artesano pudiera alcanzarlo, solo podía hacer señales y aspavientos desde la lejanía.
—Sé que me escuchas, siempre lo he sabido. Ella eres tú y tú eres ella. Debo devolverte a casa, pero si lo hago, ¿cómo volvería a la mía? — El barco giró en dirección a la playa de nuevo.
—¡No te haré virutas para quemarte después, el destino de un barco es el mar, no un cementerio o deshecho en mil pedazos!
Recordó que el viejo tenía en la bodega una bolsa con herramientas. Descendió las escaleras buscando entre la basura. Todo se movía. Agarraba cuanto se encontraba para soltarlo después. La encontró donde recordaba, en el almacén, colgada en un saliente. Desesperado la vació sobre el suelo. Agitaba las manos, alejando todo lo que era inservible. Tomó el punzón de hierro, un martillo, y una sierra.
—Madre, ahora podré estar contigo.
Su rostro estaba desencajado. Se movía por el casco palpando la madera. El barco continuaba moviéndose en dirección a la playa.
—¡Nos iremos juntos, no me desharé de ti!
Hincó el punzón con ayuda del martillo varias veces sobre el casco cerca de la quilla en la popa. La fuerza con la impactó la herramienta lo hizo caer hacia atrás. La sangre de las piernas volvió a brotar con fuerza, debilitándolo, pero no lo detuvo. Se incorporó y siguió ensañándose con el boquete hasta hacer un orificio considerable. Como si hubiera abierto un grifo, el agua se introdujo en el interior.
El olor a madera podrida le produjo una arcada. Continuó golpeando el casco, llenándolo de orificios que acumulaban agua en cantidades cada vez mayores. Tuvo que subir a respirar aire limpio varias veces antes de continuar, la podredumbre de la madera se hacía insoportable. El peso del agua que se acumulaba comenzó a hundirlo, levantándola la proa que se erguía sin esfuerzo. Gonzalo se dirigió entonces al mascarón de proa, casi perpendicular al agua.
—No han debido pedirme que destruya mi hogar— golpeaba con el punzón el mascarón queriendo arrancarlo, antes de que se hundiera del todo. Tomó la sierra para terminar de separarlo antes de que se sumergiera. El agua le llegaba al cuello. Se sumergió bajo el agua para terminar de serrar. El barco lo arrastraba hacia el fondo. Antes de que la nave se perdiese en el fondo lo desprendió. Solo en ese instante dudó si arrastrarse con él hacia la superficie o volver a casa. ¿qué le quedaba ahí fuera que necesitara más que a esa nave podrida? Soltó el mascarón que se elevó hacia la superficie.
El anciano se adentró en el mar. Cuando consiguió llegar, fue demasiado tarde.
—Gonzalo, ¿dónde estás? — Gritaba desesperado. Se introdujo en el agua, tratando de buscarlo, se hundió y volvió a salir para tomar aire y seguir buscando. El movimiento del navío al dejarse tragar le impedía acercarse más, pero no lo veía.
—Qué has hecho, muchacho—se agarró del pelo amarrado a la talla del mascarón que había emergido del fondo.
—No has debido hacerlo—se lamentó arrodillado en el suelo cuando consiguió llegar a tierra. Solo teníamos que devolverlo a casa, esto no estaba escrito ¡Cuánto has debido de amarla!
Incapaz de regresar oró junto a la playa.
—Esto no era necesario. —se despidió de la arena internándose en la espesura para regresar junto a los chamanes.
Durante el camino de vuelta, dudó de todo lo que había dado por sentado. Volvió al taller, a la desesperación de no poder conseguir lo que era justo, lo que él quería. Al ascender, todo se difuminaba en su cabeza, mimetizándose con la naturaleza y los seres que lo esperaban. No quedaba nada del hombre cuando llegó.
La luz del día estaba próxima a desplegarse. La quietud lo silenciaba todo. La luna en estado creciente ya no se ocultaba por las nubes, que habían sido arrastrada por el viento. Su estado en fase de crecimiento estimularía el proceso de conversión de la semilla. La transportó Carlote, que, bajo los jirones de tela, había desdibujado la forma de su cuerpo, metamorfoseándose. Solo la diferencia de envergadura lo hacía reconocible entre el resto.
El tocón fue golpeado en su centro, hasta formar crear un cráter que alcanzó la tierra, hurgando entre las raíces muertas. La tierra que las abrazaba.
El frío se calmó, aclimatando la tierra. La templanza fertilizó la siembra cuando el nuevo chamán la mostró antes de entregarla a la tierra. Los seres se inclinaron frente a la semilla.
De su morral sacó los restos del tablón que no usó para la guitarra, besándolos despacio y depositándolos sobre la tierra que cubrió la semilla.
El mascarón, rescatado del mar, completó el retorno del ser. El rito concluyó con los gritos del viejo maestro orando al cielo mientras una fugaz esfera de luz se elevó perdiéndose en el firmamento hacia la estrella más inquieta de todas cuantas se podían contemplar aquella noche:
Naxa aquin lag,
TODOS SOMOS TÚ,
MI-DO-SI-LA-LA,
TAKKA
“Vuelves al sitio al que perteneces”
Sela kin sela, (Alma entre las almas)
Takkai kin korax, (Dios entre los seres)
*****
—Lo he visto todo, abuela. Pero está incompleto. ¿Por qué no buscaron la guitarra?
—Cuando algo se rompe, las piezas ya no encajan del mismo modo, las partes que se pierden por el camino, también son pérdidas irreparables. —sostuvo la abuela —aun así, no pierde del todo su valor. La guitarra es la prueba de que un día existió el árbol, esconde el relato encerrado entre sus cuerdas.
—Ahora lo entiendo, es el refugio de la historia. Almacenará el relato del nuevo árbol para que no caiga en el olvido.
—No, mi vida. Todavía no has entendido.
La semilla no ha adoptado forma todavía o si lo ha hecho, nadie la conoce.
—Tendrás que averiguarlo.
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