Giraba la rueda dos minutos y la flecha apuntaba al jurista que debía realizar la pregunta. Esa noche los olores eran diversos y de todo precio, lociones baratas de estudiante recién egresado de las aulas, falsificaciones de togados presuntuosos, pero también el olor a oxido, a cigarro desgastado, a expediente en físico. Los rostros permeados por la norma y el inciso consideraban expectantes que la ruleta pare. Grinopio sonreía de manera nerviosa acicalándose las botas texanas

El club llevaba mas de una década, de escaso funcionamiento, justo antes de que la zona central sea declarada paso peatonal, funcionado muy cerca del vértice donde yacía la piedra fundacional de la ciudad y 6 grados al norte del ojo de pica, por donde salieron los topos que lustros atrás saquearon la bóveda mayor del banco

La flecha se cansó de girar y freno su curso, señalando de frente a Socorro Turpial, la vieja se persigno de manera constante, nerviosa, trago el último sorbo de café palatino y pregunto como definir el dolo eventual y la culpa con representación en el caso de Aurelio el therian, que los últimos años de su vida pensó que era un lobo atrapado en cuerpo de relator de Tribunal, en esa casuística al intentar una ataque en el drive del Juzgado decimo penal fue ultimado por una bala de plata disparada dicen por error, por el inadvertido doctor Igua

Un frio abrasador recorrió las humanidades de los inveterados alquimistas de la norma, la respuesta debía proveerla la maceta Velásquez. Si la respuesta no era efectiva, el club disponía de una forma asistida de terminar su existencia. Es así como en épocas de la pandemia fraguaron el temible club del suicidio jurídico, ambivalencia temida por la cruceta Martínez, específicamente al contemplar los rituales previos a la eliminación del virus de la nueva plataforma de notificaciones

La maceta uso varias combinaciones alfanuméricas, algoritmos que según los más antiguos había brotado de una grieta del Palacio de Justicia, en los días posteriores a la sopa china, se inclinó hacia adelante ejecutando una pausa activa. No era propiamente una mujer, ni una planta, ni un mito urbano: era una combinación de los tres, con hojas que temblaban cuando intuía una norma mal citada y raíces que se hundían en el piso de mármol como buscando jurisprudencia extraviada en el suelo primitivo, aun de chacla.

Dolo eventual… susurró, y el murmullo se esparció como un humo exegético entre los presentes …no es tanto prever y aceptar, sino olfatear el riesgo y no apartarse. Como Aurelio el therian en su última madrugada, cuando ya no distinguía si el drive del Juzgado era un bosque o una jauría, y aun así avanzó por la bandeja de entrada y los mosaicos del drive, obnubilando la aguda vista inquisitiva de Igua .

Un par de abogados jóvenes se estremecieron. Había algo en la voz de la maceta que arrastraba recuerdos de exámenes de grado y noches de insomnio, letras de canciones ochenteras, aromas amables de libro nuevo, cajas de lápices.

Cavilo en su pensamiento. En cambio, la culpa con representación —continuó— es la torpe confianza del que cree dominar el desenlace, incluso cuando la realidad se burla en su cara. El doctor Igua, por ejemplo. Juraba que la bala de plata era un mito administrativo, una leyenda procesal más, como las tutelas que aparecen con carencia actual de objeto o los expedientes que envejecen sin resolver en los tiempos determinados en el índice electrónico.

Grinopio dejó de acicalarse las botas. Socorro Turpial se persignó por inercia, aprontando con fuerza las pepas de la camándula. La rueda parecía observarlos a todos con ojos invisibles y cada segundo contaba, sin dejar lugar al arrepentimiento de haberse inscrito en el club

—Aurelio eligió el riesgo —dictaminó la maceta—. Igua creyó evitarlo.

Un silencio fúnebre se extendió por el salón. Afuera, la ciudad seguía latiendo sin sospechar que, en aquella reunión del Club del Suicidio Jurídico, los conceptos no eran solo categorías dogmáticas: eran sentencias existenciales que determinaban quien seguía con vida.

La cruceta Reyes —esa mujer que conocía más de la muerte que de los códigos— se acomodó el pañuelo y exhaló hondo. Ya sabía lo que vendría.

—Entonces —dijo—, queda abierta la puerta, quien deba salir, hágalo ahora.

Y todos comprendieron que nadie sale indemne cuando la norma se vuelve abismo. Los segundo postreros pulsaron tres teclas control, alf, supr y el nuevo cuadro de diálogo, iniciar sección con otro usuario

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