Mientras se tomaba el último sorbo, ya frío de su café, contempló la calle a través del vidrio borroso. Se percató de que era tarde; al observar cómo las luces ocres de las farolas se proyectaban a medias sobre el pavimento, la bruma y la llovizna acentuaban aún más la soledad de la ciudad, dándole el motivo apacible para quedarse un rato más.
La mesera, que no le quitó la mirada desde el instante en que entró al lugar, lo observaba una y otra vez, como buscando entre sus recuerdos una imagen que encajara con la figura de un fantasma conocido. Finalmente, se animó a acercársele, aprovechando la soledad del lugar; caminó sin trepidar, sin apartar la mirada, una fijación perspicaz que pronto se tornó en encanto.
─ Señor, buenas tardes ─ le dijo, mientras limpiaba la mesa con disimulo, intentando observarlo más de cerca.
─ No, señora, así estoy bien ─ le contestó el hombre con una suave sonrisa.
Ella se alejó, compartiéndole una sonrisa ligeramente contenida por la desilusión de no haber persuadido su atención. Tampoco logró acomodar la figura del sujeto en su ahora sacudido baúl de recuerdos, pero su fascinación fue en aumento.
En la amplia sala, con piso de concreto pulido y un cielo falso en láminas de madera machimbrada, solo se encontraban cuatro personas: el individuo al lado de la ventana, una pareja de ancianos a varias mesas detrás de él y la mesera, quien a la vez hacía de barman y chef. Era un pequeño café-bar que a menudo servía un tipo de menú para aquellos que no podían acomodarse en los restaurantes contiguos.
La mujer, ahora limpiando el mesón del recibidor, dejó caer un vaso de vidrio que se hizo añicos contra el suelo con un crujir agudo: silicios procesados ─ puros, frágiles ─ que se expandieron como fragmentos de un orden roto por todo el recinto. Los presentes giraron hacia el estallido, incluso el despistado hombre. Ella exhaló un grito breve de impotencia; él se acercó con un gesto protector, como quien recoge los restos de un instante irremediable.
─ ¿Te cortaste? ─ preguntó, sujetándole la muñeca, como cerciorándose de que no estuviera herida.
─ No, para nada, solo grité sin querer ─ respondió ella, halagada por el gesto del hombre.
─ De acuerdo ─ contestó él, con una ligera sonrisa de alivio.
La mesera se levantó y fue en busca del recogedor y la escoba. El par de ancianos abrió cada uno su paraguas y se dispusieron a partir. El hombre volvió a su lugar, mirando por la ventana mientras marcaba con los dedos sobre la mesa una leve tonadilla imaginaria.
Cuando la mujer terminó de limpiar las trisas de vidrio, el sujeto le pidió otro café y un vaso de agua. El sitio se encontraba prácticamente vacío; ella iba de un lado a otro, pero proyectando su mirada hacia él, mientras el hombre permanecía con una mirada congelada en una vil lontananza.
Al lugar había llegado un señor de mediana edad y se sentó en una de las sillas giratorias de la barra; pidió un aguardiente doble con soda y limón. Poco después, entró un grupo de jóvenes que hablaban de fútbol. El ambiente se llenó de voces, pero el hombre seguía ajeno a todo.
Finalmente se acercó a pagar. La mujer recibió el dinero y no pudo dejar de lado su fijación sobre el rostro del hombre. Él salió sin mirar atrás, confundiéndose en la lejanía, entre una espesa noche abrumada con la niebla y unas escasas luces.
Una hora más tarde, la mesera terminó su turno y salió a la calle, contagiándose de la soledad de la ciudad y, casi siguiendo la misma dirección del hombre. Caminó sola por el pavimento aún mojado y divisó a una pareja abrazada bajo la luz abrumada de una de las farolas.
Al acercarse, se percató de que era el mismo hombre. Siguió caminando sin detenerse, perdiéndose en la niebla nocturna que ahora estaba más densa.
─ Mi vida, ¿viste a esa mujer que pasó? ─ preguntó la mujer.
─ ¿Cuál mujer, mi amor? ─ contestó el hombre, girando su cabeza en busca de alguien.
─ La que pasó cerca de nosotros ─
─ No vi a nadie ─
─ Olvídalo… creo que te estaba mirando. ─
─ Te estás enloqueciendo. ─ dijo el hombre, que ahora le echaba el brazo alrededor de la cintura de la mujer y siguieron una marcha lenta.
La mesera tomó el autobús rumbo a su casa. Sentada junto a la ventana, plácida, como disipando el cansancio del día. El mundo se deslizaba de forma rápida ante sus ojos mientras sus pensamientos se replegaban en espiral: aún no lograba desentrañar quién era ese hombre.
Ella estaba segura de haberlo visto antes, pero el recuerdo se le escapaba. Su mente mitificó al hombre al saberlo comprometido; recuerdos y escenas del pasado giraban en bucles, sin hallarlo por ninguna parte. El viaje a casa ─cuarenta y ocho minutos exactos─ duró lo mismo que su rompecabezas mental.
A la mañana siguiente, la mesera apuró el paso hacia el bar, con el corazón latiendo en la prisa de verlo cruzar de nuevo la puerta, pero él no llegó.
Pasaron días, semanas, meses.
Hasta que, siete meses después, él volvió.
Se sentó en la misma mesa, pidió lo mismo, mirando por la misma ventana hacia la misma parte. En esta ocasión la tarde era distinta: el cielo estaba cubierto en una abrasada magia de arreboles.
Ella sintió una emoción inmediata. Se acercó, aun sabiendo que ya había sido atendido.
─ Gracias, ya me atendieron ─ respondió él con una breve sonrisa, marcada por una leve indiferencia.
Ella se quedó mirándolo, intentando descifrarlo.
Después de mucho tiempo intentando comprender ─ o recordar ─ por qué el hombre le resultaba familiar, optó por encarar la situación y obtener una respuesta. Cuando se dispuso a acercársele, hasta él llegó la mujer que lo acompañaba la otra noche; sin embargo, no detuvo los pasos y para disimular su propósito, ofreció su servicio a la dama, quien solo sonrió y agradeció.
El hombre pagó la cuenta y se marchó en compañía de la mujer, abrazados y sonrientes.
La mesera los vio alejarse, con una mezcla de frustración y fascinación contenida.
<<Ese hombre me encanta>> Se dijo para sí misma, <<Pero… ¿por qué no logro recordar quién es? Se me hace que yo lo conozco>> Seguía ahondando en su pensamiento.
Al cabo de un instante, tres disparos de arma de fuego quebraron la calma del pueblo.
El sonido se expandió con violencia por el recinto. Los comensales se sobresaltaron; algunos se pusieron de pie, otros se asomaron por las ventanas y la puerta. En la calle, la gente corría hacia una sola dirección.
La mujer comprendió de inmediato: era el mismo rumbo que había tomado la pareja.
Un presentimiento la atravesó, sin atender a su labor, corrió junto con la demás gente, arrastrada por una inquietud que no alcanzaba a comprender.
Corrió.
Al llegar, encontró a un hombre que yacía en el suelo, inmóvil, en medio de un oscuro lago hepático. A pocos pasos, una mujer lloraba desconsoladamente, cubierta en sangre, pero sin mostrar algún indicio de herida. Sus gritos se alzaban con desesperación, sin hallar consuelo en nadie.
La mesera quedó paralizada por un instante. No supo qué hacer, ni qué pensar. Solo escuchaba a los presentes decir lo mismo: un robo, un asalto.
Nada más.
Minutos después llegaron los agentes. Con rapidez apartaron a los curiosos y tendieron la cinta amarilla con negro que cercó la escena. El murmullo se volvió espeso, incierto.
Ella regresó al bar.
El dueño la esperaba en la entrada, más atento a comprender lo sucedido que a recriminarle su ausencia.
En horas de la noche, cuando la mujer iba de nuevo en el bus hacia su casa, pensaba con tristeza la situación ocurrida.
Pero, sobre todo, en él.
Aquel hombre.
Ese rostro que le había insistido en la memoria sin llegar a tomar forma.
Miraba por la ventana; la ciudad pasaba como un reflejo borroso, Algo, en algún punto estaba a nada de encajar.
Y entonces sucedió.
Al descender del autobús, lo recordó todo.
<<Claroooo…. ya sé quién era ese hombre>> Se dijo casi en voz alta.
La revelación llegó con una claridad inquietante.
Era el joven con quien, años atrás, había compartido un viaje en un bus intermunicipal.
Se llevó las manos a la boca, ahogada en un breve desasosiego e incertidumbre, sus ojos se aguaron brevemente.
<<Como no lograba acordarme de ese hombre, por Dios>> Seguía la mujer en su pensamiento. <<Dios bendito, ojalá esté gozando de tu reino, ¡qué pesar!>> Nuevamente concurría la mujer en su razonamiento.
Siguió caminando en silencio, con el paso de una memoria que había llegado demasiado tarde.
Al llegar a su casa, se dejó caer sobre el sillón sin encender la luz. Cerró los ojos.
El recuerdo, por fin, era nítido.
Pero ya no se veía nada.
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