Las lluvias habían vuelto después de tanto tiempo; resultaba casi inevitable que llegaran con tanto furor, debido al largo e infernal lapso de sequía que tenía abatida a toda la región. Había llovido toda la noche hasta la mañana siguiente, cuando las noticias locales de la radio comenzaban a informar de los primeros daños y secuelas a consecuencia de su feroz poder.
Eva María, quien vivía en la parte norte y más alta de la ciudad, era casi ajena a aquella realidad. Despertó pasadas las siete y media de la mañana por el eco del radio que su madre mantenía en la cocina. Entre sueños y una vaga percepción de distancia, escuchó lo sucedido; luego de ir al baño, se acercó a donde estaba su madre para comprobar lo que había oído.
La saludó con un beso en la mejilla, tomó una taza de chocolate bien caliente y notó, a través de la ventana, que el movimiento en la calle no era normal. Sin embargo, terminó su bebida y se regresó a su habitación.
Prendió su equipo de sonido, evitó las emisoras y puso su música a todo volumen. Mientras cantaba, organizaba su habitación aprovechando que era fin de semana, sabiendo que eran los únicos días en los que podía hacerlo, ya que pasaba la semana absorbida por su trabajo en su oficina de asesorías técnicas y jurídicas.
Su celular sonaba una y otra vez, pero no lo escuchaba debido al ruido. Era Marcos, su novio, quien desde el otro lado de la ciudad intentaba por enésima vez comunicarse con su amada y no obtenía ninguna respuesta; para él, aquel silencio formaba parte de su carácter y había aprendido a tolerarlo.
Las lluvias amainaron y, en lo alto, el sol comenzó a abrirse paso con un brillo insistente, como queriendo reclamar lo que le pertenecía. A las tres de la tarde, la calma en la ciudad parecía haberse restablecido, y las ayudas a los damnificados ya circulaban entre los más afectados.
Fue entonces cuando Marcos logró comunicarse con ella, y acordaron que Eva lo visitaría por la noche para cenar con sus padres. Ellos llevaban más de cinco años de relación, desde sus días de Universidad. Él trabajaba en el Juzgado Municipal y, de manera paralela, mantenía algunas inversiones y negocios discretos, que pocos conocían, pero que le aseguraban una estabilidad económica considerable.
A pesar de los altibajos que habían atravesado en su relación, se mantenían unidos y proyectaban organizar su vida en común y formar una familia tras su matrimonio, previsto para finales de junio de ese mismo año.
Cuando el reloj marcó las siete y treinta de la noche, Eva aún se encontraba en el baño; había dejado la puerta abierta y el televisor encendido, con todo el volumen alto para no perder detalles de las noticias, aunque repudiaba que todo giraba en torno a abusos, asesinatos y maltratos a niños, muertes de soldados, el regreso de las guerrillas y el mal manejo del presidente en la conducción del país, mientras el resto de noticias hacía que el resto del país parecía reducido a un segundo plano frente a Bogotá, de la cual era el resto de primicias.
El reloj marcó las ocho, y Marcos ya la había llamado para decirle que la estaban esperando.
Eva María salió de su casa despidiéndose de su madre, con evidente prisa, pero esta la detuvo para insistirle en que se llevara su automóvil, ya que el de Eva había quedado averiado desde la mañana. Aceptó sin discutir.
Mientras conducía rumbo a la casa de su novio, no dejaba de revisar el celular, saturado de mensajes y llamadas perdidas de Marcos, cuya paciencia se agotaba con cada minuto.
Había recorrido gran parte de la ciudad cuando, al atravesar una zona desolada, notó la presencia de un niño llorando en una acera. La escena resultaba extraña, casi fuera de lugar.
Detuvo el carro y descendió para ayudarlo.
El niño se echó a correr de inmediato, perdiéndose en la oscuridad. Antes de que pudiera reaccionar, dos hombres la rodearon. Uno, a su espalda le ordenó que no girara; el otro le mostró un arma.
Eva quedó paralizada. Apenas pudo suplicar que no le hicieran daño.
La obligaron a subir al automóvil. Uno tomó el volante; el otro se sentó junto a ella, arrebatándole de manera brusca el bolso y el celular, que no dejaba de sonar. Era Marcos. El hombre lo apagó y extrajo la tarjeta SIM con frialdad mecánica.
Eva lloraba, ellos solo exigían silencio total.
El vehículo se internó en una ruta distinta, alejándose progresivamente de la ciudad. Mientras tanto, al otro lado, el novio, consumido por la irritación, no hacía más que maldecir la situación.
Las horas pasaron.
En un lugar apartado, sin luz, sin testigos, una joven fue sometida a una violencia atroz, una y otra vez. Cuando terminaron, la abandonaron, inmóvil, creyéndola vencida. El silencio que dejaron fue absoluto.
A las doce y media de la noche; Marcos y ambas familias se encuentran en la estación de policía, intentando reportar su desaparición. Les informaron que debían esperar setenta y dos horas, aunque el caso ya había sido informado a las unidades.
El tempo parecía avanzar con una lentitud insoportable.
A las dos de la mañana, una llamada irrumpió en el silencio: un hombre había encontrado a una joven y no sabía si estaba con vida.
La movilización fue inmediata.
Eva María fue trasladada al hospital departamental. Estaba viva, pero en estado crítico.
Mientras la atendían, Marcos recibió una llamada urgente de Richard. Se apartó para contestar. Lo que escuchó lo dejó inmóvil:
Los hombres que cometieron el ataque pertenecían a su propia red.
Habían llegado hacía pocos días. No sabían quién era ella.
Habían elegido mal.
Marcos permaneció en silencio, atrapado entre la culpa y el horror, antes de volver la mirada hacia la sala donde luchaba por vivir la mujer que amaba.
OPINIONES Y COMENTARIOS