Todo tiene la misma sustancia que el ave. Los pájaros buscan donde anidar, consiguen del suelo lo que les puede servir para después entregarlo a su reposo y autocuidado, apenas nacen y no deben tardar mucho en practicar su vuelo. Hay pájaros que pasan hasta dos años en el cielo cruzando grandes territorios… sin querer conquistarlos, solo volando. Esa debería de ser la utopía, volar sin desear otra cosa, solo sentir el viento, dejarse llevar, mirar los árboles y las casas ajenas con admiración, porque todo ser viviente siempre busca solo algo, refugio, pero el deseo de dominar y de tener poder sobre los otros lo llevan a hacer de ese “refugio” un laboratorio y un espacio de conflicto que no cesa salvo la satisfacción de sentir tenerlo todo. La manera de crear un nido, es la misma para el hombre como para el pájaro; pequeños trozos del suelo, materia prima obtenida de la naturaleza, optimizando su capacidad mental para construir un espacio que habitar. Hacerlo hogar es algo que puede venir después. Luego, esa similitud de arranque se bifurca completamente en cuanto el hombre conoce el dinero y la condescendencia; la ternura con la que construyó su nido se convierte en ambición y deseo por dinero. Y no es que la búsqueda de generar capital sea absurda, al final hasta la educación debe pagarse. Lo que es realmente aberrante es el egoísmo que hay de por medio. A las aves les basta con alcanzar una altura más allá de los árboles. Las aves que no pueden volar, les bastará con ser aves. Pero al hombre no le basta con ser hombre, ni con ir más allá de los árboles. El hombre desea ir a la Luna y luego regresar entre ovaciones y admiración, y como si la visita al espacio no fuera suficiente, en la tierra aún busca espacios donde sentirse grande, inteligente, osado, increíble. Y claro que subirse a una nave espacial, atravesar la corteza terrestre y habitar unos días tan lejos de casa no debe ser cosa sencilla, un astronauta debe prepararse física y mentalmente para lograr una misión que seguramente pocos soportarían. Pero qué pasa entonces con la compra de un celular de hasta sesenta mil pesos. Quien decide comprarlo, además de que seguramente tiene el dinero suficiente para hacerlo, no solo está buscando comprar un celular, sino presumir, ser parte de un grupo “selecto”, estar al día con la tecnología y demostrar en su trabajo, en sus reuniones, etc, que puede tomar las mejores fotos, aunque esa misma cámara lo tenga un teléfono de menor costo, pero claro, ese celular tiene un nombre, una marca, un status, un plus de prestigio que nadie se lo puede quitar. ¿Y después? ¿Con ese celular costoso puede cambiar el mundo? ¿Ese celular hará que su interior como persona mejore y entonces pueda contribuir a la sociedad de una mejor manera? ¿Esa marca le ayudará a ser un mejor jefe, un mejor hermano, un mejor padre? ¿Con esa cámara logrará realmente darse cuenta de lo esencial en el porvenir? ¿Así hará que la muerte también se asombre por su compra y entonces ya no vendrá por él? Bueno, creo que todos sabemos la respuesta. Volvemos a los pájaros, ellos no necesitan más que sus alas para ser quienes son, seres que cantan, que buscan hogar, que quieren alzar su vuelo; cuando mueren solo se quedan ahí, en el pavimento sin que nadie reclame su cuerpo, y así, en vida no necesitaron más que su fuerza, lo mismo en la muerte. Pero el hombre… el hombre… si se diera cuenta que tampoco necesita más que de su lengua, su capacidad mental y de su intención de hacer con ternura el mundo que le rodea, tal vez pasaría menos tiempo en las tiendas prestigiosas, se dejaría llevar menos por la apariencia de la gente, saludaría con alegría a todo el que pase, cuidaría sus palabras como si sostuviera un arma, respetaría el trabajo ajeno, buscaría el bien común y no la fama, no desearía tener siempre la razón humillando a otros, no se autopercibiría superior por poseer ciertas cosas. Si al hombre le bastara con ser quien es quizá habría menos tristeza en el mundo, menos incertidumbre; habría más ganas de trabajar, de buscar un espacio solo para reír y ser libres. Si el hombre no quisiera dañar a otros solo por sus impulsos, entonces podría extender sus alas, esas que todavía no conoce y ser parte del cielo sin desear que el cielo sea parte de él y su bolsillo. Si el hombre fuera pájaro entonces sabría lo que realmente vale tener un espacio en la tierra.
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