En verdad, no sé exactamente de dónde ni por qué mis amigos y yo habíamos sacado esa idea de que en el patio de mi casa había brujas; por ende, teníamos que cazarlas. Aquella certeza se ancló en nuestras mentes con la fuerza de una verdad absoluta, avivada por el susurro del viento entre los árboles y las sombras alargadas que el sol matutino proyectaba. Debí creer que, a lo mejor, era otra de esas tantas ideas que se nos ocurrían de repente y llegábamos a ese punto de darlas por ciertas.
Aquel patio era una extensa área cercada con varias líneas de alambre de púas, clavadas en palos secos de madera. Cada vez que se acercaba esa fecha de hacerle mantenimiento era un fatídico dolor de cabeza para mis hermanos y para mí; debido a que nunca había dinero en casa, y menos para poderle pagar a alguien que hiciera aquel trabajo, entonces, nos tocaba tal labor como retribución a nuestros padres por la crianza dada. Nuestras manos amanecían surcadas por el óxido y las púas, heridas que para nosotros valían como trofeos en una guerra doméstica contra el olvido.
En todo caso, ese era el patio de los sueños perdidos e ilusiones de aquella muchachada del barrio; de aquellos pequeños pueblerinos escurridizos y soñadores sin afanes, integrantes de la pandilla «El Pozón». Aquel lunetario fue el lugar en donde solo éramos nosotros y nuestro mundo; no nos importaba cualquier otra cosa o lugar que no fuera ese. El universo mismo, con sus galaxias y enigmas, parecía condensarse en ese rectángulo de tierra reseca ─ a veces, paradójicamente lodosa, dependiendo de la época del año ─, donde el tiempo se suspendía en un letargo eterno.
Durante las vacaciones de finales de 1990, José Carlos y Tulio se acercaron a mi hogar para conversar conmigo. Llegaron con el argumento de que era hora de poner fin a la situación de las brujas. Planteaban, de forma preocupada y casi arrogante, que, si mis padres no prestaban atención a ese problema, tendríamos que hacer algo nosotros. Sus rostros, endurecidos por el juego y la picardía infantil, mostraban una seriedad casi marcial, como generales tramando la conquista de un pueblo invisible. Aquel fue el ultimátum de los dos cabecillas, quienes ya poseían un plan.
Mi hermano no dudó en buscar a Robert, su mejor amigo, y ponerlo al tanto. Con ellos venía Aníbal José, quien era su sobrino y se la pasaba siempre en su casa y, como cosa extraña, también apareció John Jairo, el hermano menor de José Carlos. Casi nunca queríamos juntarnos con él por su rebeldía, pero esa vez coincidimos todos. Hasta la discordia cede ante la oportunidad de atrapar lo sobrenatural. El plan era sencillo: excavar un hoyo profundo, ocultarnos y esperar. Hablar de excavar era, para nosotros, hablar de rasgar una herida en la realidad por donde manarían los secretos de la noche.
Le pedimos a John Jairo que se abstuviera de contribuir y nos desvirtuara la idea. Días antes había intentado convencernos de abandonar el proyecto del avión ─ construido a partir de madera, cartón y cables de una vieja grabadora ─, declarando con sorna que de aquel montón de desechos era imposible obtener algo semejante. Esa verdad racional nos hirió más que cualquier golpe, porque nos forzaba a mirar los restos de cartón sin la magia de nuestra imaginación. Sin embargo, su excesiva lógica le trajo como consecuencia otra “muñequera” de su hermano mayor.
La cacería consistía en esperar a que las brujas deambularan para emboscarlas con conjuros que Robert conseguiría de su abuelo materno, el rezandero de la calle. Imaginábamos a las brujas como jirones de penumbra descendiendo sobre el patio, atraídas por el olor del miedo y la curiosidad; una vez hipnotizadas, las amarraríamos con hilos de coser mojados en ajo y sal. Comenzamos la excavación con una sola pala, un barretón y algún otro instrumento rudimentario. El sudor se fundía con la tierra, y cada palada se sumergía más en un abismo de expectación.
Surgían nuevas incógnitas: ─ ¿Qué haremos luego de atraparlas? ─ preguntó alguien. Mi hermano sugería rajarles la barriga para saber qué tenían por dentro, mientras que Tulio recomendaba que una se enamorara de John para que se lo llevara lejos, lo que nos hizo reír. Esa risa nos blindaba contra el miedo que ya se escurría por las paredes del pozo que rascábamos con uñas y ganas. Para disimular el hueco ante mi madre, decidimos taparlo con unas llantas de carro que habíamos encontrado unos días atrás en el basurero del pueblo.
El día avanzaba y no sentíamos cansancio alguno, ni hambre, porque figuraba en nosotros un entusiasmo superlativo. Cantábamos desafinados y reíamos con las anécdotas de Tulio sobre su primo, un joven terco que siempre termina en problemas. La fatalidad parecía ser su sombra perpetua. Justo cuando hablábamos de él, escuchamos los gritos de la madre: el primo había llegado con el brazo roto y lleno de sangre tras la patada de una mula, mientras se ponía curioso con ella. Esa coincidencia nos erizó la piel; era como si nuestras palabras hubieran despertado una fuerza tenebrosa, un presagio de que nuestra guardia nocturna no sería un mero juego infantil.
Terminada la tarde, poco a poco cada uno se fue marchando a su casa, y solo quedamos Tulio y yo, haciendo algunos detalles que disimularan aún más el trabajo ya hecho. Mi hermano nos avisó que esconder el hueco era inútil: nuestra hermana menor ya le había contado todo a mi madre. Sorprendentemente, no se enfureció; tal vez en su silencio yacía la sabiduría de quien comprende que los monstruos del patio son menos temibles que los que habitan en la adultez y que su mal humor esta vez no la poseía. Al día siguiente concluimos el trabajo. Los vecinos nos gritaban burlas: ─ ¡Cuidado, las brujas los dejan encueros! ─ gritaba el vecino David. Hicimos caso omiso, protegidos por nuestra convicción.
La primera noche de vigilia fue el 7 de diciembre, el Día de las Velitas. La noche olía a parafina quemada y a pólvora lejana. Nos dividimos en turnos, pero la madrugada no trajo éxito. Las noches pasaron y las brujas nunca llegaron. La quietud del patio se hizo aburrida, y el enigma comenzó a desfallecer bajo el peso insostenible de la realidad. Al final, el asunto se olvidó. Mi madre rellenó el hueco con basura, convirtiendo nuestra trampa sobrenatural en un vertedero de lo cotidiano.
El grupo se dispersó: Tulio partió hacia Venezuela; Robert se marchó a Barranquilla; Aníbal José, siguiendo la costumbre de sus padres, volvió a mudarse del barrio; mi hermano se convirtió en sacristán al mudarse con mi tía Gilma, y John Jairo se cambió de pandilla definitivamente. Solo quedamos José Carlos y yo, con la noción latente de que pronto todos nos volveríamos a reunir y de seguro habría nuevas ideas para realizar. Aunque las brujas no cayeron en la trampa, parte de nuestra esencia quedó sepultada en aquel hoyo, a la espera del siguiente ardid, del próximo invento, del nuevo pretexto para convencernos de que el mundo aún escondía misterios reservados solo para nosotros.
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