I. TIEMPOS DE FIEBRE

Dicen que en aquellos días, Tuquerres se volvió un silencio enfermo. Las casas cerraban sus ventanas desde temprano, el humo de los fogones se mezclaba con los rezos, y las madres ponían paños húmedos en las frentes de los niños mientras afuera, en los caminos, la fiebre avanzaba como un viento invisible.

Juan Sánchez decidió salir aquella tarde, cuando el sol empezaba a ponerse como si estuviera cansado también. Montó su caballo, se echó la ruana sobre los hombros y llevó las herramientas con las que trabajaba la tierra. Su mente iba lejos, muy lejos, repasando preocupaciones que no se contaban, sino que se tragaban.

El caballo caminaba despacio por el sendero de Cunchila. Las piedras, secas por el verano, sonaban huecas bajo las herraduras. El viento arrastraba polvo y traía ese olor particular: mezcla de tierra vieja, maíz tostado y algo más… como vacío.

Fue allí, justo en una curva donde el camino se estrecha, que Juan vio algo en la ribera. Al principio creyó que era un animal agachado, pero luego distinguió brazos humanos escarbando la tierra.

II. EL ENCUENTRO

El caballo se detuvo sin que Juan jalara las riendas. Un escalofrío subió desde la columna hasta la nuca. La figura, encorvada, tenía ropa raída, harapos húmedos adheridos al cuerpo, y un cabello que le cubría totalmente el rostro.

No parecía oírlo. No parecía estar en este mundo.

Juan tragó saliva.

—¿Eres de esta vida… o de la otra? —se atrevió a preguntar, con voz que no parecía suya.

La figura se congeló. Luego, lentamente, giró un poco la cabeza, apenas lo necesario para dejar salir una voz que no se sabía si venía de una garganta humana o de la tierra misma.

—De la otra —respondió—. Pero estoy en camino de salvación… y mis huesos están esparcidos en este camino.
Necesito que los recojas y me des sepultura.

El caballo relinchó, retrocedió un paso. Juan sintió que todo el aire del mundo se había ido.
Pero la compasión —o el destino— le ganó al miedo.

Se bajó.

El aparecido comenzó a sacar huesos de la tierra: huesos largos, pequeños, restos de vértebras, fragmentos oscurecidos por el tiempo. Los colocó en la ruana que Juan sostenía con manos temblorosas.

—No mires mi cara —advirtió el aparecido, sin levantar nunca el cabello que lo cubría.

Juan obedeció.

Cuando la ruana estuvo llena, hizo un nudo, montó en su caballo y se alejó sin mirar atrás. No escuchó pasos. No oyó despedidas. Solo sintió que el aire, de repente, se volvió más frío.

III. LA VELACIÓN DEL QUE NO TENÍA NOMBRE

Al llegar a su casa, Juan entró con los huesos como quien carga un niño recién nacido.

Sus hermanas lo miraron espantadas.

—¡Juan! ¿Qué traes ahí?

—Café… hagan café —dijo él, sin emoción aparente—. Y acompáñenme a rezar.
Tenemos que velar a un cristiano.

Las mujeres se persignaron sin entender, murmurando que Juan había perdido la razón.

Pero él, que era carpintero, desarmó una mesa vieja y la convirtió en ataúd. Lo hizo con manos rápidas, como si alguien detrás de él marcara el ritmo. Puso los huesos adentro con respeto. Encendió velas. Rezó rosarios enteros. Y al amanecer llevó el pequeño féretro al cura del pueblo para que le diera misa.

Sus hermanas, desde un rincón, observaban en silencio, sin saber si debían temer por él… o por ellas mismas.

Esa misma noche, Juan soñó con el aparecido. Lo vio de pie, con forma humana, pero rostro borroso, como envuelto en luz.

—Gracias —dijo la figura—. Ya puedo descansar.

Y desapareció.

IV. EL RUMOR EN LA VEREDA OLAYA

Pasaron meses. Tal vez años.

En la vereda Olaya, donde la vida era tranquila como las vacas pastando entre la neblina, algo comenzó a inquietar a los animales.

Era una noche fría cuando los perros se alborotaron. Ladraban hacia la puerta como si alguien invisible caminara afuera. Los caballos terreaban con fuerza, tiraban de las sogas, resoplaban.

Doña Anita despertó sobresaltada.

—¡Segundo! Esas bestias se soltaron… van a destruir la papa. ¡Anda a ver!

Segundo se levantó gruñendo. Salió, revisó el corral. Todo estaba en orden.

Volvió a la cama.

Pero minutos después, el estruendo fue peor. Los animales parecían ver algo que los humanos no.

—¡Segundo! ¡Ve ya! —exigió Anita—. ¡Eso no es normal!

Segundo tomó la carabina y salió, malhumorado, envuelto en su ruana.

V. LA ENCRUCIJADA

La luna estaba oculta.
El viento parecía murmurar palabras entre los eucaliptos.
Segundo caminó hasta la encrucijada: un punto donde cuatro caminos se cruzaban como cicatrices en la tierra.

Allí, algo lo esperaba.

Nadie sabe qué vio.
Nadie sabe qué escuchó.

Lo único seguro es que gritó.
Gritó como si lo estuvieran levantando del suelo.

Luego… silencio.

VI. EL CUERPO

A las tres de la mañana, los vecinos, alertados por doña Anita, encontraron a Segundo tendido en la encrucijada.

El cuerpo estaba hinchado al doble de su tamaño, como si lo hubieran golpeado con la furia de algo que no era humano.

Olía a humo.
A azufre.
A un fuego que no venía de chimenea alguna.

—Eso fue el demonio —murmuró una mujer—. Ese demonio que rondaba por estos contornos…

La noticia se regó por la vereda como pólvora.

VII. EL DESTINO QUE CRUZA AL NACIMIENTO

Pasaron los años.

La hija de don Segundo, marcada para siempre por la muerte de su padre, eligió un final triste. Dolor amoroso, soledad, decisiones atravesadas por sombras antiguas.

Pero antes de eso —años antes— había sido ella quien atendió a tu madre el día que estabas por nacer. Fue esa misma mujer quien colocó la inyección para que doña Aura dilatara más rápido, sin saber que en su vida había un hilo tejido con apariciones, demonios y caminos oscuros.

Un hilo que, de alguna manera, llegaría a tocar tu historia. Tu origen. Tu nombre.

Porque así son los pueblos antiguos:
las vidas se entrecruzan,
los muertos hablan,
las historias se heredan.

Y quienes nacen allí cargan, desde el primer día, un destino que viene de mucho antes

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