La visita esperada

El día en que La Muerte llegó por Virgelina, Patricia la vio a través del vidrio de la ventana de la habitación de Virgelina, que quedaba en un cuarto piso. Desde el otro extremo por allá medio escondida, estaba dándole las últimas bocanadas a un cigarrillo, eran las 8:30 de la noche y necesitaba seguir haciendo las rondas, entre esas, a la habitación de Virgelina.

Virgelina era una de las abuelas que habitaba el hogar desde hace varios años. Ya estaba sedada porque su condición era crónica e incurable, sus esperanzas se desvanecían también por la edad, noventa años no pasan en vano. Pero a la par, le ponían medicamentos para alargar su vida mientras el hijo llegaba de otro país para poder despedirse. Ese día el hijo llegó, estuvo con su mamá y se fue a las 6:30 de la tarde. Patricia, pensando que era el hijo de su paciente, no se alarmó por la figura humana y en forma de hombre que vio a través de la ventana mientras se fumaba su cigarrillo habitual. Fue, se cepilló los dientes, se lavó las manos, se aplicó perfume y fue a la habitación de su viejita, como ella la llamaba. Tocó la puerta y entró pidiendo permiso. No había nadie. Estaba sola, dormida y ardiendo en fiebre, en su cama. Le preguntó al vigilante del lugar que a qué hora se había ido el familiar de la paciente.- Se fue a las 6:30 – respondió él tranquilamente. – No, señor, yo acabo de ver al familiar de la paciente en la habitación – replicó ella. Ahí fue cuando entendió que no le quedaba mucho tiempo a Virgelina. Pues a quien había visto, era a La Muerte, que había llegado por ella. En la mañana, cuando fue a tomarle los signos vitales, Patricia le agarró la mano; Virgelina, soltó un suspiro largo y plácido que la llevó directamente a los brazos de quien la noche anterior, había venido por ella.

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