Hace mucho no veía dormir a alguien con tanta plenitud y tranquilidad como a ella; nada perturbaba su sueño, ni siquiera la mirada curiosa de una observadora que, cada tanto, paraba su lectura para confirmar que su bella durmiente moderna seguía sumida en la profundidad de su descanso.
La miraba nuevamente, no se despertaba. Sé que no habían pasado dos horas desde que llegué a ese lugar, pero estaba preocupada porque no se despertaba. La veía moverse, voltearse para el lado de la ventana sin cortina desde donde podía verla. Pensé que estaba enferma, de pronto los cambios de clima abruptos terminaron por bajar sus defensas y la fiebre la tenía agotada; o tal vez tuvo que cuidar a alguien en un hospital durante toda la noche, por eso estaba tan cansada; o quizás simplemente es una mamá, de esas que se levantan de primeras y se acuestan de últimas, que tiene que resolver la vida de sus hijos y su esposo.Nunca sabré quién es, ni qué soñaba o si pudo descansar. Solo ustedes y yo sabemos que hoy se convirtió en musa de mi escritura y que su cabello recién pintado por las canas me hizo pensar en que mi mamá esta semana estaría cumpliendo 77 años, si no fuera porque ella y Dios se pusieron de acuerdo para pasar el resto de la eternidad juntos. Te agradezco, amada extraña, por traer a mi memoria desde la simpleza del sueño, la grandeza del amor.
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