El cuarto de motel

Era la primera vez que veía un cuarto de motel por dentro de los que usan las trabajadoras sexuales. Me dijo que lo acompañara, que me prometía que no se iba a demorar ni cinco minutos.

La cama estaba tendida con una sábana verde, se veía una mancha en la mitad grande, como si apenas se hubiese alcanzado a secar. La luz era tenue, las paredes estaban sucias y el olor a mugre se incrustaba por la nariz de forma violenta, obligando a aspirar esos olores que eran una mezcla de fluidos corporales, alcohol, cigarrillo y hasta marihuana. La cama era amplia. Diagonal a mano derecha, había un clóset y en el suelo, había ropa arrumada, basura tirada por todos lados. Yo me hice al rincón de la cama y él a la orilla, mientras llegaba la mujer que había contratado para esos menesteres. Cuando ella llegó, él se quitó la ropa rápidamente y me volvió a decir: Dahia, cinco minutos, aunque no creo que dure tanto. Yo vi todo el acto. En efecto, no fueron cinco minutos, fueron dos. Ella se limpió, se puso de nuevo las tangas y se acomodó la falda, ni siquiera tuvo necesidad de desvestirse. Él, habiéndose liberado de esa necesidad primitiva, suspiró, me miró y dijo: perdón, Dahia, no lo puedo evitar, ellas son mi adicción. Me desperté con la sensación de haber conocido un cuarto de motel, de los que usan las trabajadoras sexuales, por dentro.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS