He atravesado el espejo y me he encontrado con un lugar extraño. No malo. Extraño bonito. Repleto de paz y tranquilidad.
Hace frío, parece otoño y todo a mi alrededor es de un color amarillo mostaza. Ese color que desprenden los árboles cuando lo que llamamos vida ha terminado. Pero no. La vida no termina ahí, simplemente es un proceso de transformación propio y necesario de cada pedacito del mundo. Así como nosotros.
Hay un camino recto, inundado de hojas amarillas. A cada lado del camino, hay árboles enormes, imponentes. Siento que me miran y hablan mientras voy andando, como si yo fuese un tierno gusano al que lo asombra la majestuosidad de aquel paisaje.
Estoy sola. Quiero mirar la hora, pero mi reloj ya no está. Lo tenía antes de atravesar. Supongo que allí el tiempo no importa. Por eso desapareció.
Siempre soñé con un lugar así, debe ser por eso que resulté allí; sin embargo, la grandeza me abruma, la paz me agobia y el silencio me asusta. Comienzo a sudar frío, a entrar en un estado de alerta, a querer llorar por la profunda soledad que me embarga.
Pero en un momento de súbita magia, aparece un gato, bastante simpático y ronroneador para acompañar mi travesía.
-¿Será que estoy muriendo? – Me escucho preguntando en voz alta.
-Así es – me responde el gato mientras se pasea entre mis pies- así de tranquilo, asombroso y maravilloso es el dulce camino a la muerte. Fue un placer acompañarte en el último tramo. Ten un buen viaje.
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