La Sentencia del Señor Palacios

El abogado Andrés Palacios, jurisconsulto de voz engolada y caminata de pavo real, decidió un día que la justicia necesitaba ser embellecida. Que los hechos simples –como el humilde reclamo pensional de un campesino llamado Juancho– debían pasar primero por una nube de palabras untadas de miel y latinajos, para así convertirse en obra maestra.

Y escribió, entonces, una sentencia de mil páginas. Mil páginas para decir lo que en una podía resolverse: que Juancho no había logrado redimir un bono pensional. Pero el doctor Palacios no era hombre de atajos. Él necesitaba desplegar su toga mental.

Comenzó evocando la Grecia clásica, luego Roma, después la Revolución Industrial, derramando elogios sobre máquinas, vapor, aceite, engranajes. Y en ese recorrido triunfal olvidó algo pequeño: las manos de Juancho. Manos arrugadas, curtidas por el cute y la garlancha, por faenas sin domingo.

Mientras Palacios bebía vino y limpiaba su geta con manteles bordados por las religiosas belemitas, Juancho soplaba el fogón en su tambo. Palacios escribía entre música de alta alcurnia y cenas en Margarita Pinta, rodeado de la crema y nata pastusa; Juancho escuchaba el campo, su tierra natal, con el viento como única orquesta.

El Banquete del Doctor Palacios

En Margarita Pinta, entre risas selectas y trufas, Palacios hilaba frases grandilocuentes. Cada sorbo de vino era una cita romana, cada bocado un nuevo párrafo de su sentencia monumental. La música clásica descendía sobre él como un velo de falsa sabiduría.

En cambio, Juancho recordaba su tambo: la lluvia que cae sin anunciarse, la tierra que se abre a fuerza de voluntad, la vida que se forja sin atajos. El contraste era brutal: el mantel fino frente a la paila tiznada, el violín dorado frente al silbido del viento.

La tarde de los árboles caídos

Esa tarde, mientras Juancho avivaba el fogón, dos árboles recién talados dejaron heridas abiertas en la tierra. Los animalitos sin destino —el cuy sin sombra, el tórtolo sin rama, los lagartijos sin tronco caliente— vagaban confundidos.

Juancho los observó con el aroma del café elevándose y el perfume de los eucaliptos envolviendo la tarde. A lo lejos, Palacios continuaba escribiendo, sin imaginar que la caída de dos árboles era más grave que toda su retórica.

Mandarinas, romero y tortillas en callana

La brasa tembló y el aire trajo el olor dulce de mandarinas recién peladas, mezclado con el aroma sanador del romero. En la callana negra, las tortillas se inflaban como pequeños pulmones de la memoria.

Las aves cantaban, los eucaliptos susurraban, el café hervía lento, y Juancho sintió que aún había vida. Que incluso en las tardes duras, ciertos olores sostienen el mundo.

Comprendió que la vida es más que decisiones en papel, más que firmas que sentencian otras firmas, más que sellos que dictan destinos. Entendió que la existencia vale más que el papel moneda que pasa de mano en mano sin conocer la tierra.

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