El silencio se mantenía oculto bajo las sombras angostas en la habitación. Caída la noche, era posible escuchar tantas clases de ruidos sutiles, como el palpitar arrítmico de nuestros corazones, el rasgar de las hojas cada vez que Ryuu cambiaba de página, Berry y Lighfly haciendo travesuras en la lejanía, la mirada amatista de Sytal puesta sobre mí.
Estar en su escondite secreto me resultaba muy cómodo, de hecho, lo era mucho más que el hotel de los semidioses. La decoración rústica me hacía imaginar que estaba en un cuento de hadas; sobre todo, ese enorme librero cuya primera repisa alcanzaba el techo, su madera tradicional me regalaba una curiosa sensación de pertenencia. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
—Aún no respondes a mi pregunta. ¿Por qué viniste aquí?
Sytal hizo un mohín mientras agarraba una almohada para abrazarla. Yo suspiré y la imité, desviando los ojos por un momento hacia el arco empolvado en una esquina.
—Quería huir del lugar en donde estaba. O de la situación. O de todo—mis labios se curvaron en una sonrisa.
Recordé, entonces, los días que habían transcurrido desde mi llegada a Alkrayre. Lo mucho que me había sentido libre; libre de ataduras, de pensamientos. Era tan pacífico este sitio, y lo mejor era que no me preocupaba por mantener una imagen falsa que los demás suponían cuando se enteraban que yo era una demonio.
—Aquí me siento aceptada. Puedo ser yo misma, actuar como lo desee —continué—. Allá vivía en una tensión constante y tampoco podía soportar el dolor de mi roto corazón. Alkrayre es el paraíso.
Ryuu cerró su libro y rodó sobre su cuerpo para acomodarse boca abajo. Luego, apoyó los codos sobre la alfombra y levantó un poco el pecho para así dirigir su atención en mí.
—Solo quédate unas semanas más y cambiarás de opinión.
Un par de orejas peludas emergieron de su cabeza. Ya me había comentado anteriormente que su forma de zorro aparecía cuando se encontraba en un estado de placentera relajación.
—No puede quedarse más tiempo… —interpuso Sytal, casi contrita de sus propias palabras—. No puede huir por siempre.
—No quiero volverme invisible otra vez —repliqué de inmediato, alzando ligeramente el tono de voz sin poder evitarlo. Al contrario de sentirme enojada, la tristeza y la desesperación me dominaban las fibras emocionales—. No quiero volver a lo que era ahí. Con ustedes estoy bien, mejor de lo que alguna vez he estado. ¿Por qué abandonar eso?
A Ryuu se le ocultó una oreja, había percibido mi angustia.
—Regresas para ser una mejor versión de ti. Una que ya no es la pasada, ni la presente, sino una renovada.
Un nudo escaló hasta mi garganta. Tenía razón, Alkrayre era donde mis sueños habitaban; sin embargo, me impediría crecer, como Peter Pan en Nunca Jamás. Quedarme significaría continuar huyendo, desheredarme ante las nuevas posibilidades.
Segundos que se transformaron en minutos viscosos. Esta vez pude apreciar el crujir de la madera, el flujo incesante de mi torrente sanguíneo, el viento implorando hospedaje, el burbujeo dentro de mi pecho a punto de reventar.
—¿Vendrán a visitarme?
Los miré a ambos con los ojos aguados, pues sabía con seguridad que extrañaría este momento. Extrañaría estar aquí con ellos, en este escondite secreto. Extrañaría el giro tan utópico que mi vida había adquirido en este lugar.
—Lo haremos —Ryuu respondió, una de sus colas había brotado—. Ya no estás sola.
Mientras me limpiaba el rostro, sonreí enternecida por su apariencia. En verdad estaba feliz por haberlos conocido. Toda mi vida me había sentido fuera de lugar, me había hecho a la idea de que no encajaba ni ahí, ni allá; ni en el gris, ni en el marginado. Siempre había tomado el papel del testigo en las historias felices, pero ahora, junto a ellos, no necesitaba de un protagónico para encontrar la felicidad.
—Gracias…—traté de decir.
Sytal se apresuró a abrazarme con fuerza en lo que yo dejaba salir en forma de lágrimas gruesas todo lo que tenía guardado. Sus prendas aromadas con efluvios de hierbabuena me sobaron el corazón.
Por su parte, Ryuu se acomodó en su posición original y retomó la lectura. Sus largos dedos sosteniendo el libro, el color azabache de su pelo, un monitor perdido de una computadora deteriorada, la silla que alguna vez albergó grandes reyes.
Eso fue lo que vi antes de partir.
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