La voz que se hunde en la hierba

La voz que se hunde en la hierba

Silence Unicamm

09/03/2026

Esta no es la voz de la montaña.

 Pero alguien llama.

En silencio.

 Con la forma de la memoria y del silencio.

Mirándote fijamente, sin moverse.

En internet hay videos que advierten: si en la montaña escuchas una voz que grita «¡Oooh, oooh!», huye. Al parecer, ese sonido es el llanto de un osezno. Y donde hay un osezno, la madre osa está cerca. Por eso conviene alejarse cuanto antes.

No quisiera cruzarme con un oso en plena montaña. Pero lo cierto es que, desde hace un rato, a cierta distancia, escucho una voz: «¡Oooh, oooh!»

No es una excursión propiamente dicha. Subí esta montaña de altura moderada para acampar solo: buscaba una buena vista, un arroyo y un cielo estrellado sin ruido. Dejé el coche en un camino secundario y tardé algo más de una hora en llegar, cargado con un equipaje considerable.

El sonido del viento entre los árboles llega extrañamente lejano.

No me habrá atraído el olor de la comida ni la basura. Saco el silbato antiosos que llevo colgado al cuello y lo hago sonar con fuerza. La boquilla de latón, fría al tacto, es la prueba de que estoy a salvo.

Aguzo el oído y escucho el entorno.

Por ahora, la voz de «¡Oooh!» ha cesado. Pero el aire pesa más que antes. Supongo que no hay más remedio.

Suspiro, doy media vuelta y comienzo a bajar la montaña.

Llevo un rato descendiendo cuando, desde arriba, me parece escuchar la voz sorprendentemente cerca: «¡Oooh, oooh!» Me vuelvo y entorno los ojos hacia la cima.

Hago sonar el silbato y aprieto el paso.

¿Y si este silbido está delatando mi posición? Como si estuviera llamándolo hacia mí.

Sacudo el miedo por enésima vez y me digo que debo concentrarme en bajar. Pero sin caer: torcerme el tobillo o fracturarme algo sería lo peor que podría pasarme. Aun así, mis piernas se aceleran solas.

Ah.

Por un instante, resbalo y caigo de golpe. El equipo de campaña sale disparado a mi alrededor. Vaya con el bulto que llevaba.

Me levanto despacio. Más que el dolor, lo que siento es vergüenza, aunque no haya nadie mirando. Mierda, se me escapa en voz alta.

Basta. La tienda puede esperar. En el camino donde dejé el coche me crucé varias veces con camionetas que parecían ser de cazadores. Si hace falta, les explico la situación y les pido que me acompañen hasta aquí a recoger el equipaje. Mientras no haya comida dentro, los animales no lo tocarán.

«¡Oooh, oooh!» La voz sonó muy cerca.

Abandono todo salvo la mochila y echo a correr montaña abajo.

Bajo volando por el sendero, mirando la cima una y otra vez, tratando de no apresurarme demasiado. Despacio pero rápido. Despacio pero rápido. Me lo repito como un mantra.

Si pierdo el equilibrio mental, caeré. Me haré daño. Puede que me rompa un hueso.

Los osos, las bestias, corren a cuatro patas. Pueden bajar corriendo. De entrada, una carrera contra una bestia no tiene ganador.

Concéntrate. No te asustes. Mira dónde pisas.

Aunque, ¿puede un osezno correr tanto?

Pero aquella voz… no era la de un oso. Eso me parece ahora.

Era la voz de alguien.

No, era algo que tenía la forma de «alguien».

Entonces, junto a mi oído, escuché:

Oye.

Se me heló la sangre. Para mantener el equilibrio, no podía girarme.

Era la voz de un hombre de mediana edad. Me pareció oler, levemente, a tabaco.

Bajaba la montaña a una velocidad brutal. Mis piernas abrían grandes zancadas, saltaban, aterrizaban, y en el mismo instante lanzaban el siguiente paso. No podía parar, y sin embargo no caía.

Como si algo me manejara, bajaba a saltos como una bestia.

Lo único que podía oír era el grito que brotaba de mi propia boca y que mis oídos apenas reconocían.

Ayuda.

Ayudadme.

El cazador abatió a su presa cuando el perro de caza se había alejado siguiendo el rastro de un jabalí.

Algo salió disparado desde la cima, por el flanco de la montaña, lanzando un alarido feroz, distinto al de un jabalí o un oso.

Disparó por reflejo.

La presa rodó por la ladera y cayó justo delante de él.

Expulsó el cartucho y desenfundó el cuchillo de monte para examinarla.

Era una criatura parecida a una comadreja gigante, con el rabo incluido, de la estatura aproximada de un hombre. Aunque una comadreja de pie no llegaría ni a la rodilla de una persona; lo verdaderamente extraño era que las orejas de aquella criatura no tenían pelo: eran, de forma inequívoca, orejas humanas.

La bala había dado en el punto vital del pecho. La bestia tenía los ojos abiertos de par en par. Muerta en el acto.

—Pero qué demonios es esto…

Jamás había visto ni cazado nada semejante.

El cazador llamó por radio a su compañero veterano.

Del transceptor brotó una voz ronca, con el peso de los años:

—Eso es un Apu. ¿No lleva ropa ni nada parecido?

El cazador pensó que era imposible que una bestia vistiera ropa, pero entonces reparó en que algo metálico y brillante rodeaba su cuello. Un objeto parecido a un silbato.

—Ya veo… Entonces escucha: cava un hoyo ahí mismo y entiérralo.

—¿Eh? ¿Así, sin más?

—Así, sin más. Entiérralo antes de que empiece a hablar.

La voz que se hunde en la hierba
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