A veces no hace falta pedir sitio en una foto. Hay quien simplemente se coloca.
Cuando llega, lo hace siempre con la cabeza levantada, como quien mira por encima del hombro.
Llega siempre más tarde que los demás. Necesita que se note su ausencia, que alguien se pregunte si vendrá o no, que la esperen.
Necesita sentirse imprescindible.
A partir de aquí la llamaré Envidia.
Cuando participa con el grupo, casi siempre lo hace desde la crítica. Pero no de esas que ayudan o aportan una opinión sincera. No.
Sus críticas llevan escondida una burla, una exigencia imposible, algo que ni siquiera ella misma sería capaz de hacer.
Envidia, a pesar de saber de su mediocridad, siempre se ve superior al resto.
A Envidia poco le importa lo que puedan sentir los demás. En esos momentos disfruta, se siente poderosa, aunque en realidad no lo sea.
Lo peor llega cuando sus burlas se dirigen siempre a la misma persona, a la que suele llamar amiga.
Envidia no está para ayudar. Está para destacar. Para señalar errores sin ofrecer soluciones, para pisotear el esfuerzo de otros… para figurar.
Quiere que su nombre sea el más repetido, que todo gire a su alrededor, que cada decisión que se tome sea suya, a pesar de que no sea la más acertada.
Poco a poco, Envidia se coloca donde mejor se la puede ver: en el centro de la foto, aunque para eso tenga que empujar a los demás.
Mientras Envidia intenta brillar a su manera, otros construyen, ayudan y sostienen el trabajo en equipo.
Y esa amiga a la que disfruta humillando sigue haciendo lo mismo de siempre: ayudar sin pedir reconocimiento, sin buscar protagonismo.
Envidia siempre quiere aparecer en la foto.
Su amiga, en cambio, se gana el respeto quedándose fuera de ella.
Y curiosamente, cuando alguien recuerda aquella imagen, nadie pregunta por la persona que estaba en el centro… y todos recuerdan el esfuerzo de quien no necesitó estar.

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