La novena noche fue la más alarmante: salí de la cama disparado, asombrado de seguir dando pasos. El sueño fue mucho más pesado, y la rutinaria muerte nocturna de tres horas ya no era suficiente para recargar la vida mañanera. Otra vez me sentía arrastrado por una mancha oscura que, para mi suerte o poca paciencia, empezaba a enfermarme.
Sentado al borde de la cama, alineada con mis pensamientos, hundía cada vez menos el colchón. Los recuerdos en la hacienda Francia me animaban a creer que podría volver a pasar por ese lugar. Siempre pendiente de un naranjo fuerte, de corteza firme, como si su dureza sobria hubiera sido planificada para ese fin. Los niños siempre me veían como un bicho raro, y los adultos pensaban lo mismo que los infantes. Siempre sobraba el jugo más fresco, como si fuera el desayuno de un rey en el oasis.
Finalmente, tu hermano falleció. Fin de la correspondencia.
Un joven lánguido, de cabello azaroso, corroído por vicios que a los adultos les costaba entender. A nadie le daban buena sazón las malas noticias, y él no sería la excepción. Mirada tenue, ojos cabizbajos, voz desesperante… y todo eso solo era lo recordado después de cinco copas.
Su presencia fue más fuerte la duodécima noche. Después de sueños lúcidos, empecé a notar que aquel oscuro reflejo al lado de la cabecera podría tratarse de él. Todos los sueños comenzaban igual: un despertar inmediato y una sombra, reflejo del ventanal, que empezaba a moverse y jugar conmigo. Se posaba en mi cama y, ya sin miedo, yo empezaba a ver de qué se trataba.
En un jugueteo de oscuridad, sentí que empezaba a burlarse de mí, de mi soledad. Sabía que estaba soñando, pero en una risa de sombra empezó a tocarme y yo, sin saber de qué se trataba, sentí esos tocamientos. Mi piel se petrificó y mis ojos empezaron a cerrarse para evitar el destino. Podía intentar moverme, pero era inútil. Aquella sombra no parecía real, y aun así, al tocar mi brazo, sentía que alguien invadía la habitación.
Después de tantas noches, empecé a perderle el miedo; empecé a jugar también con la sombra. Salía temprano a estudiar y, aun así, llegaba tarde. Me cuesta demasiado llegar.
Empecé a notar los patrones: siempre en aquellas noches en las que conciliaba el sueño después de encender un cigarrillo y sentenciar; siempre en las noches en que dormía menos tiempo; siempre en esas noches sentía al invasor. Ya no vivía más en La Merced, ya no vivía más en Marco Barzola, ya no vivía en ningún lado. La cuarta mudanza era la definitiva: aquí dejaría el vicio del cigarro y empezaría a dejar atrás esas noches de mala muerte.
En la cena con los colegas del trabajo me revivió la buena moral saber que empezaban a tocar temas paranormales, sin siquiera nombrar mi pequeño detalle con la mala muerte. Terminamos un six y la noche era perfecta; organizaron una noche de terror y me sentí conmovido por la idea hallowinesca. Ramón sirvió cuatro copas de champaña y detuvo un momento la algarabía para anunciar su buena nueva: iba a ser padre.
La noche se sintió eterna, y por primera vez nos dimos un abrazo fraternal. Aquel amigo que compartía cualquier aventura junto a mí y el resto del grupo se volvería finalmente un hombre de bien. Álvaro tuvo mala noche y, embriagado por el trago mal combinado, empezó a lanzar palabras, pero de desaire:
—Por las noches no logro conciliar el sueño, siento un vacío por ahí en el estómago, pero ya he comido bastante.
Rubén solo atinó a darle más cerveza, y Ramón no se negó a comprar dos six más para celebrar a lo grande aquella noche. Llegadas las cinco de la mañana, nuevamente Ramón se me acercó para conversar algo más profundo.
—Cholo, tengo miedo de cagarla.
—Dale, hermano, eres un buen muchacho; siempre has sido mejor que todos nosotros.
—No me comprendes… tengo miedo de ser igual que mi padre.
Ramón detuvo mi mano en su espalda y empezó a soltar más lágrimas que eructos en la noche de terror.
—Aún sin recibir una gota de cariño, ese huevón pudo darme techo, comida y muestras de afecto que no sé si pueda replicar.
—¿Y cómo terminó?
—No me jodas, Gonza… muerto. Terminó muerto, terminó como un perro en la pista por no controlar sus vicios.
El brazo de Ramón empezó a temblar y solo pude predecir una paliza por la metida de pata.
—No tengo mucho que decirte entonces; solo creo que eres un buen hombre.
Ramón se apartó de mi lado y comenzó a conversar con el resto del grupo, todos lanzando comentarios de que eran jóvenes y, aun así, ya terminaban con el cuerpo hecho pedazos al regresar a casa por las tardes. Me vi reflejado en cada comentario.
La cura de la resaca estuvo a cargo del ceviche de pescado de mi mamita Susan, tan hermosa como las flores que le llevé por la mañana. Siempre tenía problemas para conversar con ella, pero nunca me callaba una vez que comenzábamos a hablar.
—Cuando era joven, yo ya no iba a seguir con tu abuelo…
Empezó a reír, como si el comentario no hubiese desestabilizado mi tranquilidad.
—Después de darme cuenta del hombre con el que me casé, le pedí a mi papá que me mandara dinero para el divorcio y, sobre todo, para poder regresarme a mi tierra, allá en Huánuco. Éramos muy pobres.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Nunca supe qué me respondió papá. Mis hermanos vinieron luego a la capital y, al preguntarles…
—¿Qué dijeron?
—Pues que no sabían nada, que quizás la carta no le había llegado.
—¿Y cómo terminó?
—Siempre pensé que ellos se chuparon el dinero. Nunca me cuidaron, y mi papá me amaba.
—¿Y mi bisabuela?
—Indiferente, esa señora. Cuando le comenté mi situación me dijo: “Ya te decidiste a casar, pues te jodiste; con él te morirás”.
Terminé el ceviche, agradecí los alimentos y salí a la calle de la Independencia sin dar muchas explicaciones. Fumé dos cigarrillos y regresé con un helado familiar. Pasamos la tarde conversando y compartiendo en copas de vidrio.
Esa noche, en casa de la mamita Susan, apareció la sombra. Me sentía cada vez más débil, con esa sensación de despegarme del cuerpo y ser jalado por su oscuridad, pero nunca cedía al impulso. Aquella noche, el magnetismo era más fuerte: me adentraba en su unidad. Apreté los puños y finalmente desperté.
Despedí a la abuela y dejé la casa, no sin antes besarle la frente y darle un fuerte abrazo. De regreso al departamento la llamé para avisarle que ya estaba en casa; llamé también a Ramón para saber cómo había bajado aquella bomba. No obtuve respuesta.
Me corté el cabello como solo yo sabía hacerlo, un ritual de «ahorro» que mantenía desde hacía tres años. Puse música pop a todo volumen, intentando ahogar el silencio de la casa, y me eché a concretar el descanso tan pospuesto. Antes de cerrar los ojos, revisé el celular: un mensaje de Ramón.
—Oe, no te olvides. Mañana a las 7:00 en el paradero de La Noventa. Quiero que seas el padrino. No falles.
Sonreí con desgano, di doce vapeadas profundas al vaporizador y dejé que el sueño me venciera.
La melodía en los audífonos cambió. Dejó de ser pop para volverse un zumbido grave, un compás diabólico. Entonces entendí que, nuevamente, estaba dentro de la mala muerte. Pero esta vez fue distinto. La sombra no estaba sobre mi pecho; estaba de pie, sólida y gigantesca, bloqueando la puerta de mi habitación.
Intenté gritar. Quería decirle que tenía que salir, que Ramón me esperaba temprano. Pero mi lengua era de piedra. La sombra se abalanzó sobre mí, no con violencia, sino con el peso insoportable de una losa funeraria. Me clavó en el colchón. Susurró algo que no pude escuchar, pero que sentí en los huesos: «Aquí te quedas».
Luché. Luché como nunca antes, movido por la ansiedad de la promesa hecha a mi amigo. Pero mis párpados se cerraron contra mi voluntad, sellados por esa oscuridad pegajosa.
Desperté de golpe.
El silencio era absoluto. No había música. No había sombra. Solo un rayo de sol hiriente entrando por la ventana. Miré el reloj de la mesa de noche: 10:45 A.M.
—Mierda —susurré. El pánico me golpeó el estómago. Había fallado. Otra vez.
Busqué el celular entre las sábanas. La pantalla estaba estallada de notificaciones: treinta llamadas perdidas. Quince de Rubén. Diez de la tía de Álvaro. Cinco de números desconocidos.
El teléfono vibró de nuevo en mi mano. Era Rubén. Contesté, tratando de armar una excusa rápida.
—¡Aló! Rubén, escúchame, me quedé jato, la maldita parálisis me agarró y…
—¿Gonza? —La voz de Rubén sonó extraña, aguda, como si le faltara el aire—. Gonza, ¿dónde mierda estás?
—En mi casa, huevón, recién me levanto. Ya sé que la cagué, pero voy para allá ahorita mismo y…
—No vengas —lo cortó Rubén. Se escuchaba un ruido de fondo, sirenas y gritos de mujer—. Ya no vengas, causa. Ya no hay nada que hacer.
Sentí un frío helado recorrer mi espalda, más gélido que el tacto de la sombra.
—¿De qué hablas? ¿Qué pasó con la reunión? ¿Y Ramón?
Hubo un silencio al otro lado de la línea, roto solo por un sollozo ahogado que Rubén intentaba reprimir.
—Gonza… nos subimos a la combi en La Noventa, la de siempre. Ramón estaba terco, quería esperarte, decía que tú no fallabas. Pero Álvaro lo jodió para subir, para no llegar tarde a la chamba.
—Rubén, habla claro.
—Fueron unos malditos, Gonza… cobro de cupos. Se subieron dos tipos en el semáforo. —La voz de Rubén se quebró, transformándose en un llanto histérico—. ¡Empezaron a disparar a lo loco, carajo! ¡A quemarropa! Yo me tiré al piso, me tapé con la mochila… pero Ramón… Ramón se paró, Gonza. ¡Ese huevón se paró a encararlos!
Me dejé caer sentado en el borde de la cama. Las piernas no me respondían.
—¿Ramón? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Le dieron tres, Gonza. Y a Álvaro… a Álvaro le cayó uno en el cuello. Están fríos, hermano. Se los bajaron a los dos. Están muertos. ¡Todos están muertos menos yo!
El celular se deslizó de mi mano y cayó sobre la alfombra. Escuchaba lejana la voz de Rubén gritando mi nombre, pero mi mente estaba en otro lado.
Miré hacia el rincón oscuro de la habitación, donde solía formarse aquella figura. No había nada, solo el polvo flotando en la luz de la mañana.
De pronto, todo tuvo sentido. La pesadez de anoche, la imposibilidad de despertar, el «bloqueo» en la puerta. La sombra no había venido a matarme. Había venido a retenerme.
Me levanté embalado a casa de la mamita Susan y caminé desesperado hacia la cocina. Allí estaba la mamita Susan, tarareando mientras secaba unos platos, ajena a que el mundo se acababa de terminar. Me vio entrar, pálido y temblando.
—¿Mala noche otra vez, hijito? —preguntó con dulzura.
La abracé. La abracé con una fuerza desesperada, hundiendo mi cara en su hombro para que no viera mis lágrimas. Ella me acarició el pelo, sin saber que abrazaba a un fantasma.
—Sí, abuela —mentí, sintiendo el peso de la culpa aplastar mis pulmones—. Tuve una pesadilla, pero ya desperté.
Pero sabía que no era cierto. Ramón y Álvaro se habían ido, llevándose consigo la promesa de una vida mejor. Yo me quedaba aquí, condenado a seguir respirando, salvado por un monstruo para vivir este infierno. Entendí entonces que esa era la verdadera mala muerte: no la que te lleva, sino la que te deja vivo cuando todos los demás se han ido.
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