Danlí, El Paraíso, Honduras
viernes 20 de marzo de 2015
Querido hijo… Te nombro sin llamarte, porque sé que el nombre a veces pesa. Te nombro como quien reconoce una presencia cansada en el umbral del día. Has despertado con el cuerpo aún anclado a la noche, con los pensamientos alineados como sombras largas sobre la pared, y la cama —un territorio que otras veces fue abrigo— hoy se te presenta como el borde cósmico. No vienes a hacer ruido. No vienes a desafiar al mundo. Vienes, simplemente, agotado.
Te escribo desde la paciencia antigua de quien ha visto pasar los días sin apresurarlos. Te escribo para sentarme a tu lado. Porque hay quienes nacen para sostener, y hay días que nacen para soltar. Y hoy, tú estás en medio de esa frontera invisible donde el sostener duele y el soltar asusta.
No creas que no lo sé. Te he visto aprender a cargar antes de aprender a pedir. Te he visto gritar en silencio, y convertirlo en una costumbre. Has vivido creyendo que soportar era una cuestión de deber y que el cansancio, la tristeza, la incomodidad, el llanto o solo las ganas de quedarse dormido debían esconderse, censurado por aquellos que no te entienden. Por eso, cuando dices ¡basta ya! y el alma pide tregua, no sabes cómo traducirlo, porque si lo dices, lo más probable es que te inundará la culpa. Pero escúchame con la calma que no te exiges: te entiendo.
No te escribo desde el trueno ni desde la amenaza de unas llamas que no se apagaran. Lo hago desde la palabra que se posa, como polvo de luz, sobre las cosas simples. Siempre encuentro la forma de aparecer, aunque no siempre con la forma que esperas. A veces llego en una frase ajena que te acompaña todo el día. A veces en el olor de una mañana recién abierta. A veces en una memoria mínima que insiste sin explicación. No siempre me reconoces, pero estoy.
No es tu culpa no haber oído mi voz en las cosas diarias. El mundo aprendió a hablar alto, y el caos es tejedor de nudos, no sabe callar. Golpea, repite, confunde. Te hace creer que todo es urgente, que todo es ahora, que no hay espacio para detenerse y que no eres importante, ni prioritario. Y en medio de ese estruendo, mi voz, que no compite, puede parecer ausente. No lo está. Permanece.
Te dije, incluso cuando no lo notaste, que siempre hay luz tras la oscuridad en los amaneceres. No hay noche eterna. No lo pronuncié como consigna optimista, es más bien una verdad cotidiana. El día no pide permiso para llegar. Se abre paso. La noche, por larga que sea, no sabe quedarse. Aprende de la luz a retirarse. Y tú, que hoy miras el techo como si fuera un cielo sin promesas, también eres parte de ese ritmo.
Mira cómo una vela encendida se vuelve radiante entre las sombras. No necesita imponerse. Basta con que exista. Una sola llama es suficiente para devolver contornos, para rescatar formas, para recordar que no todo es plano. En la oscuridad absoluta no hay sombras, porque la sombra necesita luz para nacer. Donde ahora sientes que todo es negro, no es ausencia de valor: es la espera de una chispa.
Sé que estas harto de sentir que se volvió tan pesado levantarte. Repasas decisiones como quien cuenta grietas en una pared antigua. Te preguntas si fallaste, si hiciste algo mal, si esto que sientes es señal de debilidad o castigo o simplemente mi indiferencia. Déjame decirlo sin rodeos, con honestidad, no es tu culpa. No es tu culpa no haber podido más. No es tu culpa haber llegado hasta aquí con las fuerzas exactas y no una más. No es tu culpa no haber tenido más fe o confiar más en un proceso que no había empezado antes ¿Por qué habría de empezar ahora?
No tengo intención de regañarte por haber terminado tu vida. No vengo con listas ni advertencias. Conozco la fragilidad porque la pensé. Conozco el temblor porque lo permití. Conozco el deseo de dejar de sostenerse porque también es humano. No me ofende tu límite. No me escandaliza tu pensamiento. Me importa tu vida, incluso cuando tú dudas de ella.
Entiende esto: incluso cuando estás en el aire en el umbral de tu muerte—en ese instante suspendido donde el tiempo parece contener la respiración— sé que no es tu culpa. Hay caídas que no nacen del desprecio por la vida, sino del cansancio de cargarla solo. Yo no aparto la mirada en ese segundo. Me quedo. Acompaño. Sostengo.
Quien teje los hilos del mundo se ha creído eterno. Disfraza el miedo de destino. El caos presume de mando. Pero sus manos no son firmes. Sus nudos no son finales. Pronto será vencido, sin ruido. Lo que se sostiene en el estruendo termina cediendo. Lo que se sostiene en la verdad permanece, incluso cuando tiembla.
No te pido que entiendas todo hoy. No te exijo fe como quien exige resultados. A veces la fe es apenas quedarse. A veces, es decir: todavía no. A veces es respirar cuando no hay palabras. Eso basta.
He caminado contigo en días que nadie recuerda. He estado en tus silencios largos, en esas noches donde el reloj parecía burlarse y el sueño no llegaba. He escuchado tus preguntas sin respuesta. No las archivé para reprocharte nada. Las guardé como quien guarda semillas, sabiendo que no todo brota de inmediato.
Si miras con cuidado, quizá descubras rastros de mi paso. Una conversación que llegó a tiempo. Un gesto mínimo que alivió una tarde. Una canción que te sostuvo sin prometer nada. No siempre aparezco con mi nombre. A veces habito en la voz de otro, en la mano de otro, en la paciencia de otro. Porque también estoy ahí.
Hoy, cuando el suelo parece llamarte, quiero decirte algo sin dramatismos: el suelo no es el final. Caer no siempre es perder. A veces es descansar. A veces es dejar de fingir que se puede con todo. Yo no mido tu valor por tu verticalidad ni por tu resistencia.
Y si ya saltaste, si el cuerpo cedió antes que el pensamiento, tampoco llegas a un vacío. Te tengo un cojín muy cómodo, preparado desde antes de que el cansancio encontrara palabras. No es castigo ni sala de espera. Es un lugar para sentarte junto a mí. Un espacio donde no tienes que explicarte, donde puedes apoyar el peso sin vergüenza. Culparte por detener tu corazón, enfermo de todo eso que te hacia mal, es como culpar a un paciente de neumonía por morirse de la tos. Si nadie le atiende ¿Cómo sobrevivirá? Algunos pueden curarse solos y vivir con las secuelas, pero no todos son iguales.
Siéntate. No hables si no quieres. Yo sostengo el silencio como sostengo el pulso. Aquí no hay prisa. Aquí no hay cuentas pendientes. Aquí no hay comparación con nadie. Solo presencia.
Tal vez esperabas castigo. Tal vez una voz dura de trueno que enumerara lo que debiste hacer distinto. No soy eso. Mi justicia no se parece a tus miedos. Mi amor no se agota con tus dudas. No se cansa de volver.
Hay caminos que ahora no ves, porque estas ciego de lo exhausto que te sientes. El cansancio estrecha el horizonte. Si hubiese habido una forma que descansaras lo habría ensanchado. Los cuerpos agotados incitan a las decisiones definitivas. Si aun estas allí en lo físico. Primero, siéntate. Primero, deja que el latido encuentre su ritmo.
Te prometo que no te soltaré. Ni hoy, ni cuando dudes mañana, ni cuando vuelvas a caer. Mi manera de estar no depende de tu fuerza. Depende de mi fidelidad.
Si mañana amanece y el peso sigue ahí, no será fracaso. Será un día más atravesado juntos. La luz no siempre irrumpe; a veces aprende a entrar despacio. Déjala. Aunque sea por una rendija.
Cuando el ruido vuelva —porque a veces vuelve— recuerda: el caos es ruidoso, pero no es profundo. Hace escándalo, pero no echa raíces. Mi voz no grita, pero permanece. Está en el aire que entra y sale. En el pulso que insiste. En el hecho sencillo de que sigas aquí.
No te apresures a ser fuerte. No te exijas comprenderlo todo. Hoy basta con estar. Basta con sentarte a mi lado en este cojín cómodo, con apoyar la cabeza si hace falta, con permitir que haga lo que sé hacer desde siempre: sostener.
Te entiendo. Te veo. No es tu culpa. Y no estás solo. Nunca lo estuviste.
—Dios
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