El bate de la evidencia

El bate de la evidencia

salazarcuicar

05/02/2026

Los conflictos políticos hacía mucho tiempo habían polarizado a la población; pero en este momento, era toda la sociedad la que estaba enardecida. La gente intentaba adquirir lo básico para sobrevivir a lo que parecía ser una guerra. Transeúntes apresurados cruzando calles como huyendo del peligro. Había temor de toparse con un policía o un soldado. Estos eran sinónimo de represión y esta era brutal, no distinguía rasgos, raza, género, ni siquiera filiación política; todo el mundo era sospechoso de querer tumbar al gobierno y, por lo tanto, todos eran posibles enemigos del sistema.

Sin embargo, la vida debe continuar, la población debe buscar su sustento. El pueblo no puede olvidarse del trabajo y de la escuela; las necesidades del hogar no paran y esta realidad frena un poco esa efervescencia que había en el ambiente. Cada familia buscaba la manera de sobrevivir, a la espera de esa chispa que encendiera ese polvorín en la que se había convertido el país. Mientras que el gobierno afina sus métodos para que el temor venza a la insurgencia.

Carlos lo que piensa es en el Béisbol. Necesita reanudar sus prácticas porque su futuro y el de su familia dependen de ello. Con 16 años, sin filiación política y con unas condiciones deportivas que le permiten soñar con las grandes ligas, Carlos es un muchacho ajeno a los acontecimientos a su alrededor, inocente de la zozobra que a todos envuelve. Habla con sus padres para retomar a sus prácticas “total, ya la escuela va a reanudarse, ya no hay que temer”, le comenta a estos.

Esa mañana asiste a clases, de ahí, en la tarde va a su práctica deportiva para luego regresar a casa a las siete de la noche. Ese es el itinerario. Carlos sabe lo que pasa en el país, pero se siente seguro porque él es menor de edad, es un adolescente, además es estudiante, deportista y, lo más importante, no está haciendo nada malo.

 —¡Alto pajarito!¿Para dónde vas con ese bate?— la voz del policía perturbó al muchacho.

—Nada, yo estaba jugando béisbol en el estadio — la respuesta nerviosa alteró al funcionario.

—¡Épale jefe!, creo que este es uno de los encapuchados que andaba echando vaina en la principal

—Pídele los papeles y radealo para ver qué tiene. De repente ya está solicitado— ordenó el jefe

—No, yo soy beisbolista y estudio en el liceo, yo no he estado metido en esas cosas— balbuceó Carlos muy nervioso— aquí está mi cédula. Yo soy menor de edad .

—Llévatelo para la comisaría— dijo el jefe— él mismo se está delatando. Los encapuchados eran todos menores de edad. Ellos creen que la edad los va a salvar. 

—Mire este bate jefe, está todo amellado. Segurito que lo esta usando es para golpear policías o destruir los comercios.

—Llévatelo. Este es un malandro más. Que se defienda en tribunales.

—No señor, si quiere llame a mi papá, yo salí del liceo y me fui a jugar. Yo soy pelotero— respondió gimoteando Carlos.

El muchacho no regresó a casa. El gobierno ordenó juicios exprés para los revoltosos y entre estos estaba Carlos. Ese mismo día fue presentado en Audiencia y se le informó que sería juzgado y destinado a un Centro de Detención como adulto. 

El mundo de la familia empezó a tambalearse. Desde esa misma noche sus padres y hermanos, quienes no sabían que había ocurrido con él, salen a buscarlo por todos lados: Recorren muchas veces la ruta entre la escuela y el estadio; fueron a casa de amigos y familiares; lo buscan infructuosamente en hospitales, policía y hasta en la morgue; fueron dos días de sufrimiento ante la desaparición de un ser querido. 

Al tercer día aparece la noticia en radio, prensa y televisión: Carlos esta apresado acusado de terrorista. Lo capturaron en la noche portando un arma contundente, lo que fue suficiente para comprobar que era parte del grupo terrorista que protestaba contra el gobierno. 

Sus padres buscaron información del sitio de detención y del porqué de la misma. Nadie les decía nada, recorrieron muchas estaciones policiales sin recibir respuesta hasta que llegaron a la sede de la policía política.

—Disculpe, estamos buscando a Carlos Sánchez, somos sus padres. Tiene dos días desaparecido y queremos saber si está aquí detenido.

—Si lo están buscando en este sitio es porque saben que estaba cometiendo un delito.

—Mire, estamos desesperados. El salió al liceo y de ahí a su practica de béisbol, ayúdenos. ¿Nos puede decir si está detenido?

—Déjeme buscar en los registros a algún Carlos Sánchez… Efectivamente tenemos a uno aquí de 16 años.

—¡Ese es mi hijo!— la alegría de los padres por encontrarlo con vida se desvaneció en un segundo— ¿Por qué esta detenido?

—Su hijo es un terrorista. Estaba golpeando policías y destrozando los comercios hace dos días cuando lo capturaron.

—Eso no puede ser. Mi hijo es un muchacho tranquilo. Lo único que hace es estudiar y jugar béisbol. Además es menor de edad, no debería estar aqui.

—No sea vagabundo señor. Si está aquí es porque su hijo es una joyita. Mas bien ustedes también deberían estar presos por haber criado un malandro. 

 En ese momento comenzó el verdadero tormento. El laberinto judicial atrapó a toda la familia del muchacho. Cuando por fin tuvieron acceso al expediente la sorpresa fue mayúscula: el caso se basaba en que Carlos cargaba un bate de béisbol al momento de ser detenido 

Carlos no se libró de la cárcel, porque la fiscalía no acepta que este era solo un deportista y el bate su implemento para la práctica. Pese a ser menor está siendo juzgado como adulto. No le permiten visitas, no le permiten contratar abogado, nadie sabe cuándo es la audiencia, ni cuál es la acusación formal. Sus padres están desesperados porque saben que es un niño y que no ha hecho nada, él solo estaba regresando a casa de su práctica deportiva.

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