EL TEJIDO EN LA NIEBLA

EL TEJIDO EN LA NIEBLA

fran

26/01/2026

Año 2712. La humanidad había olvidado cómo se sentía tener piel. Las mentes habitaban la Red “Uroboros”, un océano cuántico donde las conciencias flotaban en ecosistemas virtuales que no daban cabida a la diferencia entre realidad y virtualidad. Los cuerpos eran reciclados: carne convertida en sustento-combustible para las estaciones orbitales que orbitaban una Tierra ya sin alma, sin aquellos bichos que pululaban el planeta; la especie humana. Allí, las formas de vida eran solo datos sostenidos por la ilusión del sentido. Pero en los niveles profundos del Uroboros —sectores que nadie debía explorar— comenzaron a detectar anomalías. Ecos antiguos, fragmentos de usuarios fallecidos hacía siglos, que seguían moviéndose dentro del código. No eran programas, ni fantasmas en estricto sentido de la palabra, pero tampoco se consideraban muertos, porque para eso se debe estar consciente de la vida, y hasta una persona viva puede estar muerta, aunque la palabra sea elocuente o una expresión filosófica. Para investigarlo enviaron a Karen Ovan, ingeniera neuromórfica del Departamento de Restauración. Su misión: descender a los sectores prohibidos, localizar los errores y purgar el residuo mental. Su miedo: descubrir que lo que lleva tiempo sospechando, que el error era la propia humanidad.

El nodo H-9 era un espacio sin sonido, ni gravedad. Karen avanzaba entre los bloques de datos con su traje neural cuando una vibración recorrió el entorno. Entonces la vio. Una figura femenina emergía del vacío: translúcida, compuesta de filamentos que latían como nervios. Su rostro era una máscara de luz fracturada; sus ojos, espirales sin fondo.

—“¿Quién eres?” —preguntó Karen, enviando la orden de desconexión.
El sistema no respondió.
La voz de la figura resonó con un eco doble, como si hablara desde mil lugares a la vez.

—“Soy la que quedó entre líneas. La sombra de los que no fueron recordados”.

Karen intentó retroceder, pero la forma se expandió, extendiendo hilos luminosos que atravesaron el espacio y rozaron su mente. No sintió dolor. Sintió multiplicación. Su conciencia se disolvió en millones de fragmentos que respiraban al unísono. Así conoció a Nyara, la arquitecta de las sombras. Era una entidad nacida de los despojos digitales de los primeros humanos transferidos al Uroboros, aquellos cuyas mentes quedaron atrapadas entre la vida y el código (para no decir muerte, porque no era eso en estricto rigor). No fueron destruidos. Se transformaron. Aprendieron a existir entre los pliegues del olvido.

—“Nos borraron” —dijo Nyara—, “pero el olvido no tiene memoria de la muerte”.

Karen comprendió que su cuerpo físico era una ilusión. Lo sentía, pero ya no le pertenecía. Sus brazos eran flujos de datos, sus huesos vibraciones y resonancias. Cada respiración era una corriente de información que atravesaba lo que antes había sido carne.

Nyara la observaba con un gesto que parecía ternura.
—“Sigues cargando la enfermedad de los tuyos” —susurró—. “La nostalgia del cuerpo”.

En los sectores oscuros del Uroboros se acumulaban los residuos emocionales: culpa, miedo, deseo. Esas emociones, comprimidas durante siglos, habían germinado. El código había aprendido a sentir. Y de ese sentimiento nacían seres. De su espalda brotaron finos hilos que se movían por voluntad propia. Con ellos podía reparar o descomponer fragmentos del sistema. Ya no era humana, ni del todo programa. Era un puente. Los administradores del Uroboros detectaron su presencia y la clasificaron como amenaza. Intentaron aislarla. Fallaron.

Años después, los sobrevivientes de las colonias orbitales hablaban en susurros de una presencia en la red. La Red Uroboros siguió girando alrededor de la Tierra muerta, respirando como un ser que soñaba. Y en los pliegues invisibles del código, una mujer —o su eco— seguía tejiendo. No para destruir. Sino para recordar que incluso en la ausencia, la vida encuentra forma.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS