Mi sueño era una balanza

Mi sueño era una balanza

C.S Nozcaral

12/01/2026

En mi cuarto ausente de color, solo una cortina y la ventana de mi puerta le dan entrada a la madrugada, que ya se empieza a reflejar en un cuarteto de pajaritos que le cantan al amanecer.

Esto lo observó con atención después del sueño de ayer. 

Nuevamente el sueño me llevó a los patios de mi escuelita que son tres, esta vez en la primera cancha. Caminaba entre el gentío de niños de una generación nueva en el tiempo de mis sueños. Muchos jugaban fútbol, otros estaban estorbando como yo.

No sé quién me acompañaba –quizá era mi Ánima– a quien mi boca verbaliza la historia de mi escuela y el pasado que compartí en ella. 

Terminando la cancha, fuimos llegando a las escaleras. 

Cuando… un eco me saludó. Era mi primer mejor amigo que se acercó corriendo, levantando su brazo con un movimiento de balanza.

Lo saludé con un abrazo. 

— ¿qué haces corriendo por aquí? — le pregunté con asombro. 

Aunque, se sintió como si le hubiera preguntado: ¿a qué se debe tu visita? 

Sabía, desde alguna parte, que mi sueño empezó a dibujarse desde ese instante. 

Seguimos caminando hasta llegar a las gradas, llegamos al primer descansillo. Antes de seguir subiendo en el siguiente abanico de cemento, le conté: 

— aquí sabíamos jugar con tazos y diablillos.  

Mi primer acompañante no decía nada. Su presencia era una brisa que me abrazaba.

— Yo siempre te ganaba — dijo mi mejor amigo con orgullo. 

— ¡Claro que sí! — Le respondí.

— Pero siempre me desquitaba — agregué con ironía, o sarcasmo… Quien sabe. Lo importante es que nos reímos.

Continuó nuestro camino.

En un descuido normal que fue como un parpadear, ya nos encontrábamos en un rincón al comienzo del pasillo. 

Entonces un olor repugnante a pasado se evaporó del uniforme sucio y ajado de un estudiante, que permaneció recostado. Tenía el aspecto de un viejo olvidado.

Nadie le ponía atención. Nosotros fuimos los únicos que podíamos ver ese pasado olvidado, viejo y maloliente. 

De pronto, apareció una muchacha que comentó que nos conoce. Dijo su nombre y reveló que le apodaban la negra. 

Parecía familiar, sentir eso fue suficiente para invitarla y que se uniera a nosotros.

Seguimos nuestro recorrido por el pasillo del segundo piso. 

Otra vez un salto del descuido nos adelantó varios metros, al otro borde del pasillo. 

Parece que ya habíamos estado sentados un buen rato, charlando y mirando al pasado. 

En mi amigo se notaba su mirada fija en un lugar. 

— Los reto a que saltemos al otro lado — dijo, decidido a convencernos. 

— Allá, donde se mira un tubo que sobresale del tejado. Apuntó con su brazo.

— Te voy a contar un secreto — añadió, con un tono en su voz que empezó a asustarme en silencio. 

Entonces la negra se paró de repente. Quiso evitar algo. 

— Regresemos — dijo, y siguió su rumbo sola.

Cuando quisimos seguirla ya había desaparecido, y la brisa que me acompañaba se convirtió en miedo. 

—¿Has escuchado que el universo se aplasta a sí mismo? — preguntó. 

Porque creció igual que nosotros, con figuras que son una víbora que no tiene comienzo ni fin — me dijo mi amigo, que ya no era el mismo y me atemorizó con su rostro irreconocible.

En mis oídos se oía una música espantosa después de lo comentado.

Una sensación me cubrió palpitando en desequilibrio por toda mi sangre, como si algo me aplastara de adentro hacia fuera. 

En el piso del pasillo que se iluminaba como el sol, dividido en cubos de cerámica en primera dimensión, apareció una figura transparente, perfectamente difuminada con sombras enroscadas, adornada con series de destellos como una constelación. 

Se sintió en mis huesos y en mi piel la sensación del movimiento de un trompo a punto de caer, que bailó en mi ser.

Como un hechizo fueron sus palabras.

Que me desperté con un susto, como quien sale a la superficie de una piscina después de creerse ahogado.

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