El guerrero de los nueve bloques

El guerrero de los nueve bloques

Timur Galasov

11/01/2026

Estoy dando mi última ronda por la urbanización, ya falta poco para que me vaya a casa. Y entonces oigo el maullido al que ya estoy tan acostumbrado. Tenue, dulce.

Viene el gato redondo, pero no por gordo, sino por compacto. Siempre está alerta al menor movimiento, al menor ruido. Corretea hacia mí y es engañosamente adorable. No puedo levantarlo y achucharlo como si fuera un gato casero. Tiene una gran dignidad, y espero agachado a que él decida.

Se queda a unos metros, me mira, mira a un lado, a otro. No quiere que le vean sus rivales en un momento en que el humano le acaricia detrás de las orejas y le dice cosas tiernas. Al final se decide y avanza hacia el humano. Y el humano le acaricia detrás de las orejas y le dice cosas tiernas.

Hasta que el gato gira la cabeza, y ese es el gesto de ‘ya es suficiente’. Entonces retiro la mano. No es una sugerencia, hay una autoridad que no se puede ignorar.

Se llama Simba, pero el nombre no le pega, porque no es un recién llegado inocente. Es un guerrero curtido. No deja que nadie pase a su territorio, y su territorio es una urbanización de nueve bloques. Para mí no hay otro nombre mejor para él que Gengis, y así es como le llamo.

No le teme a los perros, mucho menos a ningún gato. Siempre parece tener el control, se sienta donde quiere, nunca huye por las esquinas. Tiene dieciséis años y lucha con todo. Sus innumerables cicatrices lo atestiguan. Por todo el cuerpo, detrás de las orejas y en el hocico, un ojo velado, una cara temible. Pero sabe ser dulce cuando quiere. No son muchas veces, nunca de una manera excesiva. Hay siempre una sobriedad, una calma y una presencia que impone respeto. Solo se deja tocar por mí, y eso después de muchos meses conociéndonos. Me sigue, me examina, me analiza. Pero no lo hace como un subordinado, ni mucho menos como una mascota. Lo hace en todo caso como un líder que decide si yo puedo formar parte de su mundo, y al final me ha aceptado. No puedo dejar de estar orgulloso de que me haya aceptado.

Un día sucede. Un gato blanco y negro ha entrado al jardín.

Los gatos, cuando pelean, no se guardan nada. Se avisan con antelación, profieren terribles aullidos que son como llantos desgarradores, y si al final no basta, se enzarzan en una brutal pelea. Gengis está encarado con aquel gato, y este no se amilana. Es un gato escuchimizado, pero tiene agallas o está muy desesperado. En la urbanización hay una cuidadora que les da de comer. Ese gato lo sabe y ha venido para quedarse. No es la primera vez, pero lo vuelve a intentar.

Los maullidos son espeluznantes, la pelea inevitable. Están rodeados por unos setos y no se puede acceder. Se conocen de hace tiempo, y parece que hayan elegido el lugar a propósito, para que nadie pueda separarlos.

Gengis se lanza. Ruedan. Se funden en un abrazo en el que no se diferencian cabezas, patas ni colas. Forman un círculo que recuerda a un ying-yang. Pero aunque Gengis es más corpulento, el otro gato es mucho más joven, y sus dientes y uñas más afilados. Es astuto y busca quedarse panza arriba, la posición más cómoda para no cansarse y atacar con las cuatro patas.

Los movimientos son frenéticos, los mordiscos son tan rápidos que parecen inofensivos. Nada más lejos de la realidad. El pelaje y la noche tapan la sangre.

Les grito desde fuera, trato de espantarles, pero me ignoran. No puedo intervenir, y aunque pudiera, no debería. Gengis no me lo perdonaría. Para él, su vida es una constante batalla. El pequeño y corpulento guerrero, está en su naturaleza luchar, está en su naturaleza imponerse, y si cae, quiere hacerlo de una manera digna, peleando hasta el final.

Y cae. Puede que haya sido derrotado en otras ocasiones, pero esta es la definitiva. Estoy asistiendo a un cambio de reinado. Gengis se destraba, se queda mirando al otro gato desafiante, le fallan las patas. Trata de levantarse, pero no lo consigue.

El otro gato se incorpora, pero no se ensaña. Mira a un lado, a otro, vuelve a mirar a Gengis, que está tumbado, resignado, con una mirada triste que se pierde hacia ninguna parte.

El otro gato se marcha.

Aquí podría terminar la historia con un trágico final, digno de este relato, diciendo que Gengis murió y le enterré con honores, en un mausoleo mongol con una lápida donde estuvieran grabadas en piedra su vida, hazañas y legado. Pero esto es una historia real y no una película americana.

Llamé a la cuidadora, que se llevó a Gengis al veterinario, y después de unos días, el pequeño y orondo luchador estaba de vuelta.

La diferencia ahora es que el otro gato también está. Se maúllan, se amagan, pero no vuelven a pelear. Hay un acuerdo.

Y los veo a los dos, sentados a una distancia prudencial el uno del otro, ojeándose, respetándose como viejos rivales. Han resuelto sus diferencias, y aunque no lleguen a ser amigos, ahora se aceptan. En este reino de nueve bloques, ya no hay un solo jefe, sino un pacto entre dos guerreros obligados a entenderse.

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