El ocular del telescopio estaba frío contra la cuenca de su ojo, un círculo de metal helado que servía de frontera entre su soledad y la vastedad del cosmos. Era esa hora incierta de la madrugada en que La Serena duerme bajo un manto de silencio salino, y el cielo se abre como una herida luminosa sobre el Pacífico. Diego ajustó el enfoque, sus dedos moviéndose por memoria muscular sobre las perillas de ascensión recta y declinación, hasta que la Nebulosa de Orión floreció en el campo visual —un fantasma de gas y polvo estelar, una guardería de estrellas naciendo en el vacío, brillando con una luz que había partido de su origen mil trescientos años antes de que naciera.
Siguen ahí, pensó, y la certeza le golpeó con la fuerza de un axioma antiguo.
No era un pensamiento nuevo, sino una especie de mantra erudito que repetía cada noche frente a ese cielo impertérrito que lo sostenía. Las estrellas ardían en la indiferencia del espacio, persistiendo en su combustión nuclear sin esperar aplauso ni testigo. Había una dignidad en esa resistencia que Diego reconocía como propia. Ambos, la estrella y el hombre, habían aprendido a brillar en la penumbra sin pedir nada a cambio ni comprender del todo su entorno.
Se apartó del telescopio y la realidad de su pequeño departamento se precipitó sobre él. La pantalla de su computadora, el único otro foco de luz en la habitación, parpadeaba sobre el escritorio como el faro monumental. Un archivo abierto mostraba un título: El Tiempo Sobra. Diego apagó la pantalla, pero la imagen residual de las letras permaneció en su retina, sobreponiéndose a la oscuridad, arrastrándolo inevitablemente de regreso a la tarde de marzo donde todo había comenzado.
La luz de aquella tarde entraba por los ventanales del centro de salud con una fuerza dorada, casi sólida, transformando el aire aséptico del gimnasio en algo que se parecía peligrosamente a un escenario. Diego había llegado arrastrando un dolor en la rodilla, una molestia sorda y persistente, y, de alguna forma, salió de allí con una herida más profunda y extrañamente agradable. No supo su nombre hasta el final, cuando vio la firma en la ficha clínica —P. Cárdenas—, para entonces el nombre era lo de menos; ya Diego había comprendido, en una especie de serendipia, que nunca antes había conectado verdaderamente con nadie.
Ella lo recibió con una sonrisa profesional que duró apenas un instante antes de fracturarse en algo más genuino, una curiosidad que le iluminó el rostro al tocar la zona lesionada. «¿El dolor es reciente o antiguo?», había preguntado ella, sus manos firmes explorando la geografía de su contractura. Y él, traicionado por una sinceridad que no sabía que poseía, respondió: «Tan antiguo que ya no recuerdo su ausencia». Paulina detuvo sus manos e inclinó la cabeza, y en ese gesto hubo un reconocimiento que trascendía. Una brisa acarició su pelo. «Qué forma tan hermosa de describir algo que duele», dijo ella. Y en el silencio que siguió, el universo de Diego, ordenado y predecible, comenzó a colapsar sobre sí mismo.
La sesión duró cuarenta minutos, pero el tiempo, en esa ocasión, fue cómplice. Hablaron de la rodilla apenas lo necesario. El resto fue una deriva verbal, un flujo de conciencia compartido que los llevó de los libros que no terminaban a la vista del mar, y del mar al cielo nocturno. Diego le confesó su vicio secreto: las noches en el balcón, el telescopio apuntando al cenit, la búsqueda de luces muertas. Paulina no se rió. Al contrario, sus ojos se oscurecieron con una intensidad que le robó el aliento. «Me fascina eso, y a mi hijo aún más», dijo, y su voz adoptó la cadencia de una verdad confesada en la oscuridad. «Saber que cuando miramos las estrellas, estamos viajando al pasado. Que esa luz que toca tu ojo ya no existe en su origen, y sin embargo, es real aquí. Es como si el pasado nunca terminara de pasar. Como si las cosas amadas pudieran sobrevivir a su propia muerte solo porque alguien las mira». Diego la observó en silencio, admirando sus palabras, pero aún más su mirada.
Cuando ella volvió a tocar su articulación para guiar un movimiento, el contacto fue una descarga eléctrica, una transferencia de energía que hizo temblar los cimientos de algún mundo. Diego pensó en Romeo bajo el balcón, negando su propio nombre; pensó en la luz que viaja para iluminar su mirada. Pensó: Que renuncie a todo mi vista, porque nunca vi verdadera belleza hasta esta noche. Pero era de día —el sol de la tarde la iluminaba de perfil—, convirtiéndola en el centro de todo lo que existía. Al despedirse, ella sonrió —una sonrisa que él luego recordó como un bálsamo— y preguntó si volvería la semana siguiente. La esperanza en su voz fue un cuchillo. Diego, paralizado por esa cobardía que es la sombra de todo gran deseo, solo asintió. No pidió su número. No pidió nada. Salió a la calle con la certeza de que la eternidad estaba allí y la había dejado escapar.
Volvió cinco días después, pero el universo había corregido su anomalía: Paulina no estaba. Había viajado por una emergencia, un imprevisto. No sabían cuándo volvería. Diego la buscó en redes sociales, en directorios, en los rincones de la ciudad, pero ella se había desvanecido. Escribió cartas mentales, borradores de una confesión que se le pudría en la garganta. Y entonces, cuando la ausencia se volvió insoportable, hizo lo único que sabía hacer: miró hacia arriba.
Esa noche de abril, con el telescopio orientado hacia Andrómeda —esa galaxia espiral, promesa de colisión y cambio—, Diego entendió que si la realidad le negaba el reencuentro, él tendría que forjar una nueva. Abrió un documento en blanco. Y escribió.
Escribir sobre ella era humo al principio: inasible, efímero, hecho de suspiros que se desvanecían en letras. Pero Diego persistió con la disciplina del astrónomo que espera la retirada de las nubes. Buscó la frecuencia exacta de su voz, el ángulo preciso de su mirada. Y poco a poco, el humo se condensó y se convirtió en fuego. El Tiempo Sobra dejó de ser un texto para convertirse en un espacio inconforme. En el cuento, Diego y Paulina no se perdían. Se encontraban. Se citaban en un café frente al mar y hablaban hasta que cerraban el local. Caminaban por una versión onírica de La Serena donde las luces de la ciudad no borraban las estrellas. En la ficción, él la llevaba a su balcón y le enseñaba a mirar a través del ocular, mientras le decía que él percibía el infinito en sus ojos, allí más precisamente al final de su mirada.
Diego escribía en estados de trance, robándole horas al sueño, viviendo más en la página que en su propia piel. No escribía por la pérdida; escribía para gestar existencia. Cuanto más te doy, más tengo, pues ambos son infinitos. El telescopio, testigo mudo junto a la ventana, se convirtió en el guardián de ese umbral. Diego comprendió que no solo observaba el cosmos, sino el instante: una conciencia espontánea, un universo completo que surgía del caos.
Pero el fuego, cuando consume todo el aire, asfixia. La crisis llegó en julio. Al intentar escribir el futuro de ellos, la imagen de la Paulina real —viva, tangible, probablemente en brazos de otro hombre sin telescopios ni melancolías— lo asaltó con la violencia de una marea negra. ¿Qué sentido tenía amar a un personaje de texto? ¿No era esto la locura de quien se enamora de un reflejo en el espejo? Diego cubrió el telescopio. Dejó de escribir. Retumbó el silencio en el departamento.
Fue el resplandor de la luna llena, entrando sin permiso una madrugada, lo que lo salvó. Diego destapó el instrumento y apuntó al cráter Tycho, con sus rayos blancos extendiéndose como cicatrices de luz. Y entendió. La luz de las estrellas no necesita reciprocidad. El astro arde y emite su verdad a través del vacío, indiferente a si hay un ojo que la reciba. Su naturaleza es dar luz, no pedirla. Diego comprendió entonces que su propio amor no exigía posesión; solo necesitaba expresión. Pura persistencia.
Retomó la escritura con una serenidad nueva, melancólica y pura. Terminó el cuento no como quien cierra una puerta, sino como quien abre una ventana en la noche. El final no fue un punto, sino un enigmático horizonte lejano: «Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida», citando a Mario Benedetti.
En septiembre encontró su rastro digital: un correo electrónico en el encabezado de un perfil público. Diego pasó tres días mirando el cursor parpadear, oscilando entre el terror y la necesidad. Finalmente, liberó el destino. Fue un mensaje breve, una botella lanzada al océano: «Escribí algo. Te dejo un pequeño regalo». No esperaba respuesta. El acto de enviar constituía la consumación. Pero necesitaba un testigo científico, alguien que validara la esencia de su creación. Reenvió el texto a José, físico teórico, un colega de órbitas distantes.
José leyó esa noche. Al recorrer las descripciones del mar, el físico percibió el aroma del yodo inundando su estudio cerrado. Al leer los diálogos bajo las estrellas, escuchó los susurros como si ocurrieran a su espalda. José —hombre de ecuaciones y certezas— lloró sin entender por qué, y anotó con trazo tembloroso al margen: «La conciencia pesa y está ahí fuera, colapsando en cada uno». El cuento no era solo texto; era un evento trascendente.
Tres meses después, Paulina lo encontró. El mensaje había quedado sepultado en el ruido digital, como una señal perdida en la estática. Lo abrió una noche de diciembre. Leyó, y el mundo se detuvo. Reconoció el telescopio, la luz de la tarde, la frase sobre el dolor antiguo. Pero lo más estremecedor fue reconocerse a sí misma. Vio su propia alma reflejada en el cristal de esas líneas, más nítida y bella de lo que jamás se había sentido. El hombre con el que salía, Martín, dormía a su lado, sólido y predecible como la tierra firme, pero Paulina ya flotaba en el espacio profundo de lo que pudo ser. Lo vi sin verlo, y ahora lo reconozco demasiado tarde. Leyó hasta el final, y en cada lectura, la historia ocurría de nuevo. En cada lectura, ella elegía quedarse.
No respondió. El silencio fue su respuesta, un escenario que se expande eternamente entre dos actores atribulados.
Pasó un año. Diego siguió mirando el cielo. Siguió amando a la distancia, con la paciencia del astrónomo que sabe que la luz tarda, pero eventualmente llega. Y entonces, un martes cualquiera, las piezas se reordenaron.
Diego caminaba por un mall con las manos en los bolsillos cuando la vio. Iba del brazo de un hombre, avanzando con la seguridad de quien tiene un lugar en el mundo. Hasta que ella levantó la vista.
Sus miradas se cruzaron. Y el tiempo, la historia y las imágenes discreparon en silencio. La conexión fue tal, que no hubo lugar para gestos ni saludos.
En ese instante, que duró menos de lo que tarda un latido, no hubo parque, ni gente, ni ruido. Hubo calma. Paulina vaciló en su paso —un tropiezo infinitesimal, una perturbación en la órbita— y sus ojos se llenaron de todo el texto que había leído, de todas las noches estrelladas que habían compartido en la ficción. Diego vio en ella el recuerdo de la historia que él había forjado. No se dijeron nada. Ella siguió caminando. Él siempre la dejaba ir.
Pero ambos lo sabían. Mientras se alejaban, unidos por la paradoja de un adiós silencioso, comprendieron que la realidad tangible no es la única que existe.
Diego volvió a su departamento esa noche. El ocular del telescopio estaba más frío. Apuntó hacia la oscuridad, hacia un vacío aparente donde él sabía que ardían soles. En algún lugar —en un archivo digital abierto en una pantalla, en la memoria de un físico, en el corazón secreto de una mujer que caminaba del brazo de otro— la historia sucedía, inevitable.
Diego y Paulina se conocían. Se hablaban. Se amaban bajo la Cruz del Sur.
Completa. Eterna. Real.
Porque el amor, como la luz de las estrellas muertas, tiene la obstinada costumbre de seguir viajando a través de la noche, desafiando al tiempo, resplandeciendo inalterablemente en el fondo de los ojos de quien se atreve a mirar hacia arriba.
En el adiós ya estaba la bienvenida. Y en el silencio del cosmos, todo lo que alguna vez fue amado permanece para siempre.
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