Alex se apoyó en el marco de la ventana y respiró hondo, dejando que el frío de la noche le llenara los pulmones. La ciudad estaba iluminada con luces que parpadeaban como pequeños destellos de esperanza, y el silencio parecía abrazarlo, como si el mundo entero contuviera la respiración junto a él.
Mientras miraba el cielo, los recuerdos comenzaron a desfilar en su mente. Recordó los días felices: risas compartidas con amigos, logros que parecían pequeños pero que le llenaban de orgullo, abrazos inesperados que lo hicieron sentir acompañado. Pero también vinieron los días difíciles: errores que le pesaban, discusiones que le dolieron más de lo esperado, y esos momentos de soledad que lo hicieron mirar dentro de sí mismo. Cada instante, bueno o malo, había dejado una marca, enseñándole algo sobre la vida… y sobre él mismo.
Se sentó frente al calendario, pasando los meses con los dedos, como si pudiera tocarlos y comprenderlos mejor. “Sobreviví. Aprendí. Crecí”, se dijo en un susurro. Sonrió. Entendió que no necesitaba que todo fuera perfecto; la perfección no era el objetivo. Lo importante era seguir adelante, tomar cada experiencia como brújula y aprender a caminar con ella.
Cuando el reloj comenzó a acercarse a la medianoche, Alex cerró los ojos y respiró hondo otra vez. Sintió que todo el año pasado se condensaba en ese instante: la risa, el llanto, los aciertos y los tropiezos. “El año que viene será una página en blanco”, pensó. “Yo decidiré qué escribir en ella, cómo quiero vivir cada día, a quién quiero abrazar, qué sueños perseguir”.
Y así, con el corazón latiendo con fuerza y la mente llena de esperanza, Alex dio la bienvenida al nuevo año. Sabía que no podía controlar todo lo que vendría, pero estaba listo para enfrentarlo con valentía, con gratitud por lo vivido y con la certeza de que cada día es una oportunidad para empezar de nuevo.
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