*esta historia juega con saltos temporales y pausas breves; recomiendo leerla despacio.
SEGUNDA PARTE
Cargó la penúltima caja entre sus manos y, entregándosela a Arthur, dijo:
—Toma. Hospital Harrington, treinta frascos. Está pesada, así que ten cuidado.
—Lo tendré —sonrió confiado.
Arthur sujetó la caja y entró con ella por la reja del hospital, donde lo esperaba un hombre.
Caldwinn apenas podía distinguir de qué hablaban, aunque no había que pensarlo demasiado: cantidad de frascos, el precio, agradecimientos por el arduo trabajo que hacían; quizá le estaría ofreciendo una taza de té y un lugar para descansar. En tal caso, probablemente estaría dando las gracias, pero rechazando la oferta, porque aún había camino por recorrer. Conocía muy bien cómo funcionaban esas conversaciones; nunca variaban demasiado.
Arthur y aquel caballero se despidieron con un apretón de manos, y Arthur se dirigió de vuelta al carruaje.
—La última caja la entregas tú, Caldwinn —dijo mientras subía a la carreta.
Esa misma noche, estarían juntos disfrutando de la compañía del otro. Mientras Caldwinn la abrazaba, pensó y dijo:
-¿Vamos mañana a la nueva plaza que instalaron? Dicen que quedó muy bonita.
-Sí, podríamos ir.
-También podríamos irnos a Londerflench, he oído que no va mucha gente al bosque que hay ahí.
-¿Sugieres que nos escapemos? -lo miró con emoción.
-Sí -comenzó a acercarse a sus labios.
-¿Como lo hacíamos antes? – preguntó con los ojos iluminados.
-Como lo hacíamos antes -finalmente se atrevió a besarla.
El camino se hacía cada vez más familiar, ya no quedaba tanto, pudo ver la farmacia en donde harían la última entrega. Una vez en frente, bajó del carruaje.
-Aquí tienes, Caldwinn. Son quince frascos para la farmacia de Billygrey.
-Perfecto, gracias -se retiró hacia la farmacia con la caja.
La farmacia se veía antigua, aunque bien equipada. Al acercarse, distinguió a un anciano tras el mostrador y supuso que sería a él a quien debía entregar la caja.
—Hola, buenas. Soy Caldwinn, he venido a entregar estas medicinas para la farmacia. ¿Usted retira el paquete? —preguntó con gentileza.
—Así es, buen hombre. ¿Debo firmar, verdad?
—Sí, señor —extendió la cartola con la descripción de la medicina y señaló el espacio al final—. Aquí, por favor.
—Scottel Billygrey —dijo el anciano mientras sacaba un bolígrafo del bolsillo de su camisa—. ¿De dónde vienen ustedes?
—De un pueblo a no más de veinte kilómetros de aquí.
—Un viaje largo. Deben de estar cansados.
—Un poco, aunque hemos hecho los descansos necesarios. Los caballos también lo necesitan.
Scottel asintió despacio.
—Viajes así agotan bastante. Si gustan, pueden descansar en una de las habitaciones que tenemos.
—Muchas gracias por su amabilidad, pero mi amigo y yo—
—Perdón que interrumpa —dijo Arthur, acercándose—. Por mi parte, sí me gustaría.
—Entonces vengan —sonrió el anciano—. No es gran cosa, pero es mejor que dormir en una carreta.
Los guió por un pasillo estrecho hasta una puerta que abrió con cuidado; la madera chirrió suavemente.
—Aquí pueden quedarse el tiempo que necesiten. Incluso toda la noche, si lo desean.
Arthur no tardó en acomodarse y quedó dormido casi de inmediato. Caldwinn, en cambio, no podía quedarse quieto. Sabía que su amigo estaba agotado, también sabía que no podía obligarlo a continuar, pero su esposa lo estaría esperando.
—Señor Caldwinn —dijo al notar la inquietud de su invitado—, ¿ocurre algo? ¿Preferiría otra habitación? —preguntó al verlo afligido.
—No es eso. La habitación es agradable —respondió—, pero necesito llegar pronto a casa.
—Oh, lo entiendo muy bien. Es difícil pasar tanto tiempo sin volver al hogar —se detuvo un momento antes de continuar—. ¿Cuánto llevas lejos de tu esposa?
Caldwinn quedó perplejo ante una pregunta tan directa y, al mismo tiempo, tan certera.
—Llevamos… —titubeó— dos meses separados. Y, si te soy sincero, no me gusta estar lejos de ella, menos durante tanto tiempo. La extraño mucho, y le prometí que llegaría esta noche. Ella debe… estar esperándome.
—Tienes razón —dijo Scottel con firmeza—. No puedes hacerla esperar más. Si le dijiste que llegarías hoy, entonces eso es lo que debes hacer.
Guardó silencio unos segundos, pensativo.
—Tu carruaje tiene dos caballos. ¿Por qué no tomas uno y regresas con él? —miró a Arthur, que dormía profundamente—. Deja que continúe descansando, para que pueda salir por la mañana con el carruaje y el caballo que quede. No es bueno hacer esperar tanto a quien te ama. Tu amigo lo entenderá.
Sonrió con amabilidad.
Estaban recostados en la cama, en silencio, Caldwinn la vio tan tranquila y se quedó contemplando su belleza.
—Te amo, ¿lo sabías? —dijo mientras acariciaba el cabello de su amada, quien sonrió ante la pregunta.
—Lo sé muy bien. Yo también te amo.
Caldwinn sacudió levemente a su amigo para despertarlo.
—Arthur, Arthur… —Arthur abrió los ojos y lo miró confundido—. Yo me voy ahora. Tomaré un caballo e iré con él. No puedo descansar aquí sabiendo que mi esposa me espera en casa. Tú descansa tranquilo y parte por la mañana.
—Entiendo, Caldwinn. Recuerda dejar el caballo en el corral de la oficina, por favor. No olvides asegurar bien la puerta.
—No te preocupes, eso haré —sonrió, emocionado, y se dirigió a Scottel—. ¡Muchas gracias por la gran idea! —dijo, sujetándole la mano con gratitud.
—Vaya con cuidado —respondió Scottel entre risas.
—¡Eso haré! —se apresuró a salir.
En unas horas estarían así, abrazados. Al verla frente a él, soltó:
—Nunca imaginé que fuera posible estar así contigo… ahora míranos —rió mientras la sostenía entre sus brazos.
—Nunca imaginé que volveríamos a tener tanto tiempo para estar juntos —respondió ella, besándolo.
Tomó el caballo y acomodó las riendas lo más rápido que pudo. Luego montó y emprendió el último tramo que le quedaba de viaje.
Ya queda poco.
Ya pronto la veré.
Escucharé su voz otra vez.
—Prometo aprovechar cada segundo a tu lado.
—Y yo prometo hacerte feliz en cada uno de esos segundos.
Entonces vio una calle conocida. Valingson. Solo quedaba una cuadra más para llegar a su oficina.
—Ya me haces muy feliz —dijo mientras besaba su frente, con una sonrisa marcada en el rostro.
—Entonces prometo hacerte aún más feliz —rió ella, estremeciéndose por las cosquillas de sus besos.
Aseguró bien la cerradura y la forzó un poco más, solo para cerciorarse. Luego se dirigió a su casa a la velocidad que sus piernas le permitieron.
Cinco cuadras más.
—Te amo —dijo él, con los ojos vidriosos.
—Te extrañé tanto estos dos meses —respondió ella, recostándose en su pecho.
Cuatro cuadras más.
—Aunque no lo creas, llegué a extrañar tus retos.
—Menos mal, porque seguirán estando —respondió ella entre risas.
Tres cuadras más.
—¡No te cambiaría por nada en el mundo! —dijo, riendo, mientras la abrazaba con fuerza.
Dos cuadras más.
—¡Déjame respirar! —gritó entre risas, sin que su marido la escuchara.
Una cuadra más.
—Está bien —la soltó lentamente.
—¡Siempre eres tan brusco!
—¿No te gusta? —preguntó con una sonrisa burlesca.
Corrió hasta la puerta y se acomodó el cabello, aún revuelto por el viento. Antes de que pudiera abrir, alguien desde dentro se adelantó. Era ella.
—¡Henry! ¡Llegaste! —exclamó conmocionada, abalanzándose sobre él de un salto.
—Te extrañé, Missy… Te extrañé como no tienes idea —dijo entre lágrimas.
—Me alegra que pudieras llegar hoy. Llegué a pensar que no podrías —lo abrazó con fuerza.
—¡Ni hablar! No podía estar un día más lejos de ti.
Henry Caldwinn, al sentir el olor, el calor y la presencia de su esposa, decidió quedarse entre sus brazos un par de minutos.
—Extrañaba estar así.
—¿Así?
—Sí… justo así.
***
Nota de la autora:
A veces, lo más largo del camino es el final.
Desde ahí nació esta historia: desde ese último tramo que se hace eterno, desde la idea de volver a casa y, por fin, poder llegar a quien nos espera.
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