I
fueron testigos de mí llanto
los pinos verdes del verano
en el Chubut
cuando anduve sin saber dónde
querenciarme;
pero hubo dos cosas
que jamás dejé de hacer
ni en el calor agobiante
de la madrugada
en las terminales de buses
ni en el invierno hostil
de la más alejada Cordillera:
jamás dejé de orar
ni siquiera cuando anduve
enojado con Dios;
y jamás dejé
de escribir estas poesías
ni siquiera cuando anduve
jugando
con el facón en mí garganta.
II
peones jóvenes
escapados del pueblo
peones viejos que leen la biblia
y que carnean las ovejas;
salgo a caminar
con los galgos de cacería
porque los caballos relinchan
en los cuadros del río;
se ven las luces
de las camionetas de los cuatreros
en el filo de la barda
junto al cañadón;
desde el casco de la estancia
bebiendo ensillamos sigilosos
movemos las vacas
para ahuyentar
la presencia maldita que llega
cuando muere el braserío.
III
sol de la siesta
estepa ciega
en el viento
respiro tierra de los caminos
espinal de tristeza
valle del arenal
sin sombra ni reparo;
en el río seco
gotas de sudor en tu cara
cigarros
pena
nunca más he vuelto
hacia aquel paraje;
supe que esperabas
verme llegar al amanecer;
y tuve que llamarte
cuando bajé al pueblo:
te dije
que ya no volvería.
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