El cuerno de Amón

El agua golpea mi espalda como puños cerrados. Aquí, sola, le grito al guardián sombrío que se empeña en torturarme.

—¡¿Por qué?! —le escupo al vapor—. ¡¿Por qué no pudiste dejarlo afuera?!

«Porque duele, Lorena. Y yo conozco tu dolor mejor que tú misma».

—¡No! ¡NO! Tú no entiendes nada. Yo te pedí que lo olvidaras. Te supliqué que lo ignoraras. Pero tú… tú lo guardaste como si fuera un tesoro.

«Lo guardé porque gritaste. Porque lloraste tanto que pensé que te ibas a morir. Es mi trabajo, protegerte de volver a sufrir así».

Las lágrimas se mezclan con el agua del duchador y ya no sé qué sale de mis ojos y qué cae del cielo. Me tomo el pelo con las manos, tirando, queriendo arrancármelo junto con los recuerdos.

—¡Era UNA vez! ¡Una SOLA vez! ¿No podías haberme entendido y dejarlo afuera?

«Lorena… querida…» Su voz ahora suena cansada, como la de un anciano agotado. «¿Crees que no te conozco? Llevas treinta y cinco años conmigo. Sé cómo tiemblas cuando alguien te miente. Sé cómo se te cierra la garganta cuando te abandonan. No podía hacer nada. Era un instante que te partió en pedazos».

Me deslizo por la pared de azulejos hasta quedar sentada en el piso de la ducha, el agua cayendo sobre mi cabeza como una lluvia ácida personal.

—Pero yo solo quería… quería poder despertarme sin verlo. Sin sentir sus manos. Sin escuchar su voz diciéndome que me amaba.

«Y por eso mismo lo guardé, Lorena. Para que no te vuelvan a engañar así. Para que cuando veas esa mirada en otro hombre, te acuerdes. Para que cuando te prometan el cielo, veas el infierno».

—¡No quiero, no quiero acordarme! ¡Estoy harta! ¡HARTA! —golpeo el suelo con los puños enrojecidos—. ¡Quiero dormir sin soñar! ¡Quiero soñar sin sufrir! ¡Quiero follar con otro sin ver su cara! ¡Quiero que no les pese mi dolor!

El silencio se hace largo. Solo se escucha el agua cayendo y mis sollozos entrecortados.

«Lorena… hay algo que no te he dicho en tantos años.»

—¿Qué cosa?

“Mi trabajo no es solo archivar. También tengo que borrar memorias, muchas veces hermosas, para hacer lugar a más dolor.”

—No… no me digas eso.

«Lorena…» su voz es un susurro ahora. «¿Crees que no sufro yo también? ¿Crees que es fácil para mí editar esas imágenes y no quemarlas? Cada vez que lo recuerdas y lo niegas, yo soy quien reorganiza los libros. Cada vez que lloras por él, sufro la impotencia de tener que registrar más tristeza».

Me abrazo las rodillas contra el pecho, busco refugio bajo el agua que ya empieza a enfriarse.

—Entonces… ¿por qué no me dejas en paz?

«Porque soy lo que te hace ser. Porque eres lo único que tengo. Y porque sé que si te dejo olvidar, la próxima vez que te rompan el corazón no vas a sobrevivir. Esta herida es tu armadura, aunque sufras su lastre».

—No quiero armadura. Quiero volver a amar sin miedo, querer sin presentir.

«Y lo vas a hacer. Pero con cuidado. Con mi ayuda. Yo voy a estar ahí cuando conozcas a alguien nuevo. Voy a susurrarte y acompañarte. Y cuando por fin encuentres a alguien que sea real, que te ame de verdad, yo voy a desarchivar, intentar perder este libro, este recuerdo poco a poco, hasta que sea solo una pérdida menor».

—¿Me lo prometes?

«Te lo prometo. Pero necesito que me entiendas: no soy tu enemigo. Soy tus heridas tratando de curarse. Soy tu corazón aprendiendo a latir otra vez. Déjame hacer mi trabajo, aunque duela».

Me quedo ahí sentada hasta que el agua, ahora fría, me quema como hielo. Cuando me levanto, mis piernas tiemblan como las de una recién nacida. En el espejo empañado no escribo nada. Solo apoyo la frente contra el vidrio helado y susurro:

—Está bien. Pero no me lastimes más de lo necesario, deja algunos tomos fuera de mi alcance.

«Lo intentaré, mi amor. Nunca te enseñaré más de lo que puedas soportar, pero recuerda que cada lágrima es una firma, y forzando el olvido refuerzas la memoria».

Salgo de la ducha sabiendo que es una lucha eterna, una convivencia compleja, soy así.

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