Había pasado un año desde que Orin Zale abandonó la Tierra. Lo llamaron
traidor, cobarde, desertor. No discutió. Solo partió hacia el último rincón de
espacio donde nadie hacía preguntas: la Estación Vahn. Allí, el tiempo parecía
detenido. Las luces titilaban sin ritmo, las paredes oxidaban en silencio, y
los pasillos se deslizaban entre ecos apagados. La estación albergaba a los
olvidados, a los que no encajaban en el orden férreo del régimen.
Entre ellos, Zale era apenas una sombra más.
Los primeros días no habló con nadie. Observaba desde la sala de control,
con su chaqueta raída y sus ojos que ya no brillaban. Algunos pensaban que era
un oficial caído en desgracia; otros lo llamaban “El Asocial del Módulo Norte”.
A Zale no le importaba. Había dejado atrás todo: su rango, su uniforme, sus
convicciones.
Pero todo cambió la noche en que la nave del gobierno apareció en los
radares.
Un viejo instinto despertó. Zale reunió a los habitantes de Vahn. Les habló
como un hombre cansado de huir. Les mostró los túneles ocultos bajo la
estación. Les explicó los antiguos planos, los errores de diseño que podían ser
usados contra los invasores.
—“No quiero volver a luchar” —dijo—, “pero tampoco permitiré que nos borren
del mapa, así no más”.
Esa noche, bajo el sonido lejano de motores enemigos, alguien escribió su
nombre en la pared oxidada de la sala principal.
“Zale vive”.
Y por primera vez en años, la Estación Vahn tuvo un líder.
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