Para Lorena Rivas
Te recuerdo, Lorena, sentada ceremoniosamente en la penúltima banca
de la universidad Laica, clase nocturna de Mercadotecnia, segundo curso, 1992
Mirando tu cuaderno, con aire apacible y dulzura de rosa frágil a la expectativa…
Tan sencilla, tan calmada, con tu escultural cuerpo bronceado
y un rostro de soberana algo abatida que me desconcertaba…
Mientras la profesora daba su clase, tú garabateabas algo en una libreta
¿En qué pensabas, Lorena? ¿En quién depositabas todos tus pensamientos en ese momento?
Acumulabas suspiro tras suspiro, hasta edificar un gran obelisco de ofrendas rojas…
A lo mejor pensabas en él o quizás habías discutido con él ¿verdad?
¿Escribías su nombre? ¡Sí! pero algo dibujabas y lo volvías a marcar:
un corazón negro al que tratabas de romper con una flecha roja de pasión contenida…
Yo, más adelante, casi escondido, simulando no mirarte, veía de reojo tu cara, que no dejaba
de atraerme ni un instante ni de percibir tu perfume arrebatador…
¡Enamorado tímidamente de ti, aunque ni siquiera lo sospechabas y ni me hubieras hecho caso!
¿Cuántos latidos transcurrieron desde tu pensamiento amoroso por él hasta esos eternos
momentos en que yo te espiaba con inefable tristeza?
¿A quién dejaste fuera de tu muro? ¿Cuántas almas se ahogaron por negarles tu amor?
¿Quién miró tan adentro de tus encantadores ojos convirtiéndose en el culpable de tu sueño taciturno?
Todo eso hervía en mi sangre, hasta que la profesora me preguntó algo y tontamente grité “¡Lorena, señorita!”, y todos rieron a la vez…
¡Y al fin vi tu grandiosa sonrisa iluminar a todo el salón!
Así te recuerdo, Lorena…
Y gracias a los increíbles enredos de la vida
32 años después nos hemos reencontrado
en esta estación llena de personas preocupadas e infelices
que esperan tomar el tren hacia alguna o ninguna parte…
¡Ajenas a nuestra madura emoción!
Y mientras nosotros nos despedimos como dos viejos amigos
feliz estoy de haberte confesado lo que en aquel entonces sentí por ti,
Lorena amiga.
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